diumenge, 16 de desembre de 2018

La madre de Ismail

La madre de Ismail, y su padre, viajaron de Marruecos a España. Una vez aquí empezaron a trabajar en trabajos muy precarios, muy pequeños. Se instalaron en una ciudad mediana, de provincias, a no muchos kilómetros de Barcelona. Alquilaron un pisito. Un tiempo después, nació Ismail. Uno de los motivos que tuvieron para emigrar a España fue ese: darles mejores oportunidades a sus hijos. Hicieron como tantos emigrantes a lo largo de la historia.

Viven en Ca n'Anglada, que e un barrio antaño conflictivo y hoy un buen barrio, porqué el ayuntamiento hizo sus deberes y Ca n'Anglada es un barrio pobre, obrero, de inmigrantes, pero un buen barrio: tranquilo, con sus tiendas y sus quinquis, bastante limpio, sus locutorios, sus tres mil lenguas, sus bares, sus bazares, sus motocicletas zumbando a las tres de la magrugada cuesta arriba, su panadería de toda la vida, su colegio, su restaurante de bodas y banquetes en decadencia, su mezquita, sus moritos con la chilaba, su salam aleikum, su buenos días, su bon día. Un barrio más. Pobre pero alegre.

Ismail nació con una cardiopatía congénita. No se preocupe, señora, le dijeron los médicos de la mútua que hace las funciones de la sanidad pública en la Cataluña post Artur Mas, post Boi Ruiz. Le ponemos en lista de espera, no se preocupe.

Ismail y yo coincidimos en su primer curso de primaria. Ismail es un morito de ojos claros (medio verdes, medio azules) y pelo rubio, aunque un pelo endiabladamente rizado. Ismail es bueno, dulce, sonríe siempre. A veces llora y me cuesta mucho saber las razones de su llanto. Es un niño delicado, frágil. Es menudo, escaso, invisible a veces. Discreto, como quien está per sin estar, sin intención. Está en las nubes, en los paisajes indescifrables de su imaginación, ensoñado. Sonríe. Con una sonrisa leve, generosa, ancha. Una sonrisa silenciosa, sin risa.

No pregunta, no se pelea con nadie, pasa desapercibido, como el torrente de agua que transita el bosque lejano tras la lluvia, lejos de los caminos, lejos de los ciclistas y los trotadores con ropas relucientes del Dectahlon. Ismail es así, pequeño como un secreto. No le gusta salir al patio y por eso descubro su cardiopatía. A veces le pido que se quede en clase, sin patio. Le pido que me ayude a preparar cosas, a ordenar la biblioteca del aula. El me sonríe, no dice nada. A veces le toco su cabeza de pelo rubio y rizado. El me mira, me sonríe. Jamás comprenderé que les pasa por la mente a los abusadores. Hablamos a veces, pero poco. A él todavía les cuestan el catalán y el castellano. Cuando se termina el primer trimestre monta un álbum de pena y yo no me doy cuenta hasta que su madre no me lo muestra y con sus grandes ojos me dice: ¿qué álbum es esto? Ismail ha puesto la portada del revés, la contraportada tras la portada, las hojas desordenadas. Jolines, le digo yo. No se preocupe, eso no sucederá más. Los álbumes del segundo y del tercer trimestre llegan impecables a las manos de su madre y el se los entrega con esa sonrisa que le conozco, esa sonrisa de silencios, de ojos claros.

Ismail murió hace quince días. Estaba en lista de espera, esperando una operación que ya no hace falta. Ismail murió hace quince días, está muerto. Su sonrisa ya no existe. El mundo perdió la sonrisa ancha de Ismail, perdió su mirada de ojos claros. Mientras Ismail moría, un señor llamado Quim Torra hablaba de la vía eslovena para conseguir la felicidad de él y de los suyos. Otro señor, llamado Donald Trump, defendía los muros electrificados en las fronteras. Otro señor, catalán como Ismail, insistía en reclamar donaciones para mantener su tren de vida en Waterloo. La muerte se ensañaba en el lado de los pobres, de los pobres que sonríen sin hablar, sin micrófonos, solo números grandes en una lista de espera que la Parca cuenta, siniestra y solemne como una declaración de independencia, siniestra y seria como un protocolo, como una sesión parlamentaria.

Ismail está muerto. Muerto de veras. Yo ando buscando a su madre para mostrarle algo, una forma de pésame que deberé improvisar, un gesto, algo.


dijous, 13 de desembre de 2018

La noche del velero desmemoriado. Lectura de Jordi Ledesma.


Leí "La noche sin memoria" en dos sesiones de lectura nocturnas. Noche de viernes y noche de sábado. Puente de la Inmaculada Constitución. Hice lo que yo se que no es correcto: leí deprisa. Aunque debo admitir que la prosa de Jordi Ledesma, que es pausada y equilibrada en apariencia, exige una lectura a tumba abierta. Hay algo de pendiente hacia el infierno en esas páginas. La aceleración la impone la ley física que gobierna todas las caídas. Por los mismos días estaba yo releyendo la "Crónica de una muerte anunciada", novela que releo cada pocos años (cada uno tiene su religión, y cada religión sus obligaciones, sus sacramentos). Y también estaba empezando a leer la "Comedia" de Dante, en esa nueva y flamante traducción que nos brinda El Acantilado. A priori, uno hubiese dicho que la novela de Ledesma poca esperanza albergaba ante tan altos adversarios. Sin embargo, ahí está. Ahí están esas dos noches (las horas previas a acostarse) dedicadas a "La noche sin memoria", título que establece un juego de significados con mis otras lectura de esos días.

Publicada poco después (y quizás demasiado poco después) de "Lo que nos queda de la muerte", "La noche sin memoria" entabla un diálogo con la anterior. Y es un diálogo tan estrecho que, en mi primera reacción, sentí que esos dos textos deberían ser publicados juntos. Hay una hermandad entre ambos títulos, una relación estrecha, visceral, apasionada. Incluso incestuosa.

Me atrevo a decir que el narrador de "La noche sin memoria" es el mismo de "Lo que nos queda de la muerte", solo que aquí ha adquirido mayor relevancia y tiene mayor empeño en mostrarse. Un narrador que es un hallazgo, y que, tras ser el protagonista camuflado en la anterior, ahora se desvela un poco más. Eso es, en efecto una virtud: los buenos autores saben que el protagonista de una buena novela es el narrador. Solo hay que leer la primera frase de "Ana Karenina" para comprenderlo. Aquí el narrador no solo se desvela más: también incluye reflexiones sobre la escritura, sobre el hecho de la misma, opina, critica, se muestra. Bravo por ese narrador cuando distingue entre novelista y escritor, y cuando admite que la novela es la más lamentable de las formas literarias. El mayor defecto de un novelista es ese deseo que tiene de completar la obra de Dios, de otorgarle sentido, coherencia, lógica, intención. Ni la vida ni el mundo tienen nada de eso, que son azar sin necesidad, incluso en la belleza: ¿qué sentido tiene que la atmósfera de Júpiter sea más bella, más inquietante y más estremecedora que cualquier pintura hecha jamás por la mano del hombre?.

Ledesma vuelve a ese pueblo de la costa, ese puerto que protagonizó su aventura literaria anterior. Ese pueblo inspirado en uno real que es algo así como un Comala catalán en ciernes (tanto es así, que no tardaré mucho en irme para allá un rato, a buscar esos bares y restaurantes, a tomar el sol en ese puerto que creo conocer a partir de las páginas de Ledesma), y lo contrapone a esa Ciudad de los señoritos de la avellana que todos conocemos de algún modo. Ese Reus de señoritos falangistas antaño, y hoy de señoritos muy catalanes, muy soberanistas, de la estelada y el lacito amarillo.

"La noche sin memoria" extiende, amplía y comenta, a veces, la novela anterior. Quizás sean dos capítulos de una gran novela que todavía solo existe entera en los sueños del novelista, y a medias en el mundo. Yo diría que algo hay de eso. Eso explicaría, de paso, la evolución del narrador que ahora osa ser un poco más presente, un poco más visible. Como la lectura de Ledesma me pilla leyendo al Dante, le diría que Alighieri no se cortó ni un pelo y se situó a si mismo en el primer verso. (Al fin y al cabo, Ledesma también se halla a mitad del camino de la vida).

La verdad: uno espera que algunos factores del narrador adquieran el relieve que merecen (o que prometen). Hablo de esa politoxicomanía de la que habla sin mostrarla, y que, a mi entender, podría dar mucho más de si. Un narrador toxicómano, y que dice que se droga a menudo (aunque argumenta excusas peregrinas, como todos: la droga estimula mi creatividad, me desinhibe, etc ) podría jugar al juego del narrador poco fiable, una posibilidad que se le aparece en la mente del lector y que no obtiene, a mi parecer, la respuesta que en algunos momentos uno espera (o desea). Decía el crítico Mikhaíl Bakhtín que la obra literaria solo existe cuando tiene un lector, ya que la literatura solo aparece en el diálogo del autor con el lector (por eso se le atribuye, a Bakhtín, el concepto de la lectura dialógica). En el sentido de Bakhtín, "La noche sin memoria" es literatura de veras: el diálogo del narrador con el lector es un diálogo fluido, interesante, sugerente. Incluso la sordidez de las escenas sexuales, que acrecienta la sordidez de las de la novela anterior, activa el resorte de las preguntas: esa reducción de la sexualidad a las relaciones de poder (que tanto gustaría a Michel Foucault) invita al diálogo. ¿Es posible una relación sexual sana e igualitaria? ¿Porqué no hay ninguna relación desprovista de mezquindad en la novela? ¿Porqué todos los personajes están sometidos a una desgracia tan grande?

Ledesma pone de nuevo los pasos en las huellas de Soler, de Chirbes y de Marsé. El orden puede ser otro, pero podría ser este. Y lo comprendo: aquí están los nombres de la trinidad que cualquier lector español contemporáneo conoce. En la ignorancia mía, que puede ser enorme (no en vano soy maestro de primaria), no he hallado otros autores que superen a los mencionados: por eso hace bien Ledesma subiéndose a hombros de gigantes. Solo andando a hombros de gigantes uno puede aspirar a ser gigante algún día (no muy lejano, lo advierto o solo lo intuyo). Salido de la factoría de la editorial Alrevés, creo adivinar en él a un gigante más alto que otro, que lleva apellido forestal: Ledesma le supera en todo. Y especialmente en estilo, algo de lo que carece el otro. Ledesma se encuentra a muy poco pasos de tener un estilo reconocible. Eso es algo especial. Es lo que hace especial a Beckmann entre otros pintores, lo que hace especial a Francis Bacon, a Velázquez, a Murillo, a Hockney.

En un lugar de otra parte del mundo y con editores inteligentes, Ledesma tendría hoy mismo columnas en periódicos y daría clases en una universidad. Pero eso es otro asunto, que no me atañe ni me importa (aunque me preocupa).

diumenge, 25 de novembre de 2018

Bennassar en el Hotel Metropole

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He estado algunas veces en Lisboa. Cuatro. Una de ellas fue un proyecto frustrado, pero soñé que iba, así que la cuento. Siempre como turista o como viajero: no sabría precisar cual de las dos categorías detesto más. Me hubiese gustado vivir en Lisboa, por un tiempo largo a ser posible. Quizás me jubile en esta ciudad, si todo anda bien. Vivir en Lisboa hasta olvidarme de haber nacido en la triste y ensimismada Cataluña, esa patria que solo quiere a unos cuantos y procura echar a los demás. Lisboa parece lo opuesto a Cataluña: es una ciudad abierta, algo dejada, decadente, tolerante, leve. Nadie se imagina a un Torra en el poder, en Lisboa.

Sebastià Bennassar suma ya más de 30 títulos publicados, aunque para llegar a esta cifra se deban contabilizar los libros de autores varios (colectivos) o los libros en los que consta como editor. Sea como sea, 30 títulos son muchos para un autor de 42 años. La contención no es lo suyo. A Marx le bastó con un solo manifiesto. A Mateo, con un Evangelio breve. A Moisés, con diez frases. A Tolstoi, con una sola frase (seguida de mil páginas, es cierto, pero ninguna de las mil dice nada que no estuviese en la frase incial). Bennasar es expansivo con su pluma y con su verbo. Uno diría que no desaprovecha ninguna idea que se asoma a su cabeza. Y, sin embargo, uno sigue esperando la novela de Bennasar. La novela de Bennasar llegará, lo prometo. Es decir, lo intuyo.

Bennasar es el único escritor en catalán que conozco, aunque en realidad es un escritor mallorquín. El único que vive de su escritura, lo que le hace escritor de veras. Mallorquín y pancatalanista, una de esas personas que creen en la existencia de una entidad llamada "Països catalans" y que, sin tener ningún dato científico que lo sostenga, lo sostienen. Bueno, la ficción no es la realidad, pero entre ellas hay una relación dialógica y a veces pacífica (e incluso educada). Digo que es el único escritor en catalán que conozco porqué es el único que escribe y vive de escribir. Eso es un mérito tremendo. A mi, en este sentido, Bennasar me parece un héroe y un loco. Yo, por ejemplo, escribo. He publicado algunos textos en papel. No los cuento ni los recuento. Pero eso es  porqué no vivo de ello, ni creo que me gustase hacerlo. En realidad, espero no ser nunca un escritor. Espero no vivir jamás de la escritura creativa.

"Hotel Metropole" es otra aproximación al talento narrativo de Bennasar. Yo diría que el autor no durmió jamás en ese hotel lisboeta. Quizás estuvo ante la entrada, quizás incluso pisó el hall con sus zapatos (¿un 45?). Y de ahí nació esta historia de espías que es una historia bella, elegante, delicada, humanista. Se agradece todo eso en un autor que se dejó deslizar por la pendiente del género negro y del cinismo. "Hotel Metropole" no es novela negra. Es una novela con espías, sin ser una novela de espionaje.  Es una novela construida con anacronismos: ¿todas las épocas son la misma época?. Si Shakespeare es universal lo es porqué cuando habla de Macbeth habla de la ambición desmedida, si Homero es universal lo es porqué cuando habla del hombre que pretende volver a casa habla de todos los hombres y de que la vida es un intento, siempre fallido, de volver al hogar. A Bennasar le falta algo, aunque poco, para hablar de lo que es humano y universal. Le falta una vuelta de tuerca.

La literatura de espías, con espías, es una apuesta de riesgo. El otro día me dijeron que la novela de espías solo gusta a los hombres. Y a los hombres homosexuales. Sin entenderlo muy bien, creo que algo entiendo. En esos tiempos de hoy, en los que solo leen las mujeres, y en el que las mujeres se inclinan por el género policíaco, escribir una novela con espías es una osadía. Ante cualquier osadía, uno se inclina con respeto ante el osado que la acomete. A mi, John Le Carré me gusta mucho. Llevo 50 años creyendo que soy hombre heterosexual, pero quizás debo replantearme mi identidad.

"Hotel Metropole" me gusta y a la vez insisto en lo mismo: uno espera la novela de Bennasar. Con Bennasar me sucede lo contrario que con el otro mallorquín, el inefable Baltasar Porcel. Porcel escribió una primera novela magnífica ("Cavalls cap a la fosca") y jamás escribió nada que se pareciese a esa opera prima, ni de lejos. Lo demás es débil, genuflexo, pujoliano, prescindible. Bennasar parece prepararse para su novela una y otra vez. Yo, partidario más bien de la contención, no haría lo que él hace. Preferiría el silencio. Pero Bennasar parece seguir el consejo del malagueño genial: "que la inspiración te encuentre trabajando".

Sobre "Hotel Metropole" quiero decir algo más concreto: en el juego narrativo que emprende, Bennasar reincide en el uso de la segunda persona y debo decirle lo mismo que otras veces: el narrador que habla en segunda persona es original, pero es muy pesado. Dice el autor, en una entrevista que le leí, que él piensa que el narrador en segunda persona acerca al lector y lo implica, pero a mi se me hace insoportable y me invita a cerrar la lectura. La segunda persona es original, como lo es el uso del theremin en la música: sin embargo, nadie compuso una sinfonía para theremin. Y será por algo, digo yo. Ni Dostoievsky ni Faulkner usaron la segunda persona en el narrador: dicho esto, está todo dicho sobre la segunda persona.

Mi sensación es que Bennasar se acerca a su novela, se aproxima a ella en círculos, quizás en espiral, girando cada vez más cerca del centro. Pronto llegará a ella, o eso creo. O eso espero.

dissabte, 27 d’octubre de 2018

La maldad hereditaria (Hereditary)

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Hacer cine de terror con dignidad y aportando cosas nuevas está muy difícil. Por este motivo me quedo con los clásicos, aún reconociendo que ellos lo tuvieron más fácil: tenían todo el terreno virgen ante ellos y cada osadía abría un nuevo camino. Vistos a día de hoy, algunos hitos del terror pecan de ingenuidad, pero excelen en imaginación y en valentía: construían su imaginario sobre la nada, apenas sin referentes ni citas. "Demencia 13", la cinta gótica del joven Coppola, es casi experimental. "Carnival of souls", del 62, es casi pueril, pero descubre un montón de recursos baratos y efectivos. Y ¡qué decir de "La noche del demonio", de Tourneur! Y luego, más atrás en el tiempo, las grandes creaciones del expresionismo alemán (y sus réplicas americanas). Mi lista de imprescindibles del género se inicia con "El gabinete del Doctor Caligari", y a veces pienso que el cine se inventó para ella y sus secuelas.

Alguien dirá que, en realidad, deberíamos ser mejores y más creativos ahora, creciendo sobre el sustrato de todo lo rodado anteriormente. Pero sin embargo, la experiencia del sufrido seguidor del terror fantástico demuestra que la creatividad disminuye, se achica e incluso desaparece. Solo muy de vez en cuando aparece una propuesta distinta.

Es el caso de "Hereditary", una cinta que aún recurriendo a muchas citas y referencias, por lo menos intenta abrir caminos nuevos. Por lo menos lo intenta. Ari Aster, director y guionista, destaca por el tratamiento visual de la cinta con un interesante juego de miniaturas, maquetas y dioramas rodados con lentes que confunden al espectador, ya que practica un extraño juego de muñecas rusas.

Tratar a los humanos como si fuesen muñequitos, sometidos al capricho de un ser superior (y cruel) puede ser una metáfora del propio cine, y una ironía sobre la figura del director. También puede ser una hipótesis sobre la naturaleza de Dios. Y, quien dice Dios, dice el Diablo, que asoma sus cuernos en la cinta. A la vez, parece un referencia a la prosa de Thomas Ligotti, posiblemente el más innovador de los escritores de terror contemporáneos. En los cuentos de Ligotti, los humanos son tratados como marionetas, o las marionetas como seres humanos.

Aster renuncia al susto, al uso de la música como instrumento para enervar al respetable y a la previsibilidad. El resultado es que "Hereditary" no pega sustos pero, sin embargo, produce algo mucho peor: deja al espectador con muy mal cuerpo. Es lo mismo que hace Ligotti en sus cuentos, crear desasosiego, pena, un malestar indefinido. Ligotti avanza dos pasos más desde el lugar en donde nos dejó Lovecraft.  El visionado de la cinta es una inmersión lenta pero segura y eficaz en el horror, lo feo, lo desagradable. Para ello se sirve de todo lo que dispone: algo de psicoanálisis, algo de terror a la muerte, algo de asqueroso, de tedio, de maloliente, de pesadilla, de estupidez. Incluso algo extraído del "Diccionario Infernal" de Colin de Plancy. Es un retrato de lo gratuito y estúpido que es el mal, lo malo, la desgracia. Sus personajes -como muñecos desdichados- sufren toda clase de atropellos, algunos de crueldad insidiosa, cósmica, y cuentan la vida humana como un relato insoportable.

Eso es una caída, dice Aster, y hacia abajo no hay límite. Se diría que, para escribir el guión, Aster se soltó por la pendiente hacia la negrura y no puso freno a su imaginario negro. Me da un poco de miedo pensar en lo que sueña la cabecita de este director, nacido en 1986 (¡32 añitos!) y con cara de niño bueno. Su imaginario debe atormentarle mucho: no hay nada positivo ni alegre ni tan siquiera neutro en la cinta. Quizás no habría estado mal introducir un personaje o una situación de tono optimista, positivo, luminoso: aunque solo fuese para contrastar, por lo del contrapunto, que nunca está de más. Pero no, nada de eso: Aster es despiadado. En la historia se mezcla la enfermedad mental (el temor a sufrirla), el satanismo, el espiritismo malvado, la explotación de los unos sobre los otros, la impotencia, la mala intención, la falta de empatía, la soledad de los miembros de una familia "unida", la pulsión suicida unida a la pulsión asesina (en el ámbito familiar), las ideaciones negras, los jóvenes perdidos en el aburrimiento y los adultos atónitos, incapaces. La negrura ambiental es tan enorme que... ¿quién necesitaría sustos para asustarse más?. ¿Qué susto podría asustarle a alguien que sabe que la vida es horrorosa?.

Es posible que a la cinta le sobren minutos, y que alguno de los varios giros argumentales sea innecesario. Creo que ese tipo de críticas siempre se le pueden aplicar a una opera prima, porqué la opera prima tiene unos defectos clásicos y universales: uno intenta poner en ella todo lo que sabe, todo lo que piensa, demostrar todo lo que es capaz de hacer. El resultado salta a la vista: es como querer matar a una mosca con 20 kilos de dinamita.

He leído en alguna parte que se compara "Hereditary" con "Rosemary's Baby". Aunque tienen algo en común (no solo argumental), Aster es mucho más barroco que Polansky, más excesivo.

Después de "Hereditary" vi "El hombre de más", otra opera prima. En este caso, una opera prima del italiano Paolo Sorrentino. Filmin acaba de recuperar esta pieza de 2001 -nunca estrenada en España- para su clientela. Sorrentino es un pesimista, también. También cree que la vida no es lo mejor que te puede pasar, pero no se olvida de reconocer que la vida tiene sus momentos buenos, instantes de alegría, escenas de luz. Que en todo buen momento se esconde uno malo. Pero del revés también: en cualquier desgracia podría esconderse la semilla de un instante brillante.

Lo advierto: si alguien desea ver "Hereditary" que escoja bien el día, y mejor todavía si conoce a Séneca o a Epicteto, su esclavo.

diumenge, 14 d’octubre de 2018

El reverendo de First Reformed Church

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Del director Paul Schrader he visto algunas cintas, no todas. De lo visto hasta ayer, me quedaba con "Affliction", que me pareció una obra madura, sobria, elegante. Casi un clásico. En "Affliction" está el Nick Nolte más rudo y más humano filmado, su interpretación más adulta y conmovedora. Sin embargo, después de ver "First reformed" (en la versión española "El reverendo") tengo mi nueva obra predilecta de Schrader.

En la sala hay menos de una docena de personas. Un sábado lluvioso por la tarde, en el centro de Barcelona. Creo que hoy no juega el Barça. Un día ideal para ir al cine. A priori, me temía una cola enorme. Pero nada, lo dicho: menos de una docena de espectadores. Uno de ellos chatea en Whatsapp hasta que aparece la primera imagen. No es un jovencito. Los créditos iniciales no le interesan más que su chat.

Lo primero que me atrae es la capacidad que ha tenido Schrader para filmar en los EUA como si estuviese en Suecia. La cinta es un largo homenaje a Dreyer, al mejor Dreyer según mi gusto. De Dreyer sigo quedándome con "Ordet", de 1955. Y luego "Vampyr", claro. Creo que más de un plano de Schrader está sacado de "Ordet", así como el edificio de la iglesia que protagoniza la película.

Siempre tuve una debilidad para ver referencias a Tarkovsky en el cine, y aquí también están. Referencias incluso gráficas, no solo conceptuales: la cascada de cabello de la joven Mary en el instante previo a la levitación es una réplica de algo muy parecido en "El espejo" del ruso. Sobre la presencia de Tarkovsky en la cinta de Schrader podría extenderme y no lo haré, por miedo a la adulación y, por consiguiente, al ridículo. Pero he visto fragmentos de "Sacrificio" y de "Andrei Rubliev". Incluso de "Stalker", y bastante obvios. Uno se siente cómodo y como en casa cuando descubre las citas de Tarkovsy en una cinta de hoy. Me digo "vaya, estoy como en casa, con amigos". Las cintas del director ruso me produjeron algo que podría llamarse una epifanía, y es muy grato saber que, en una parte del planeta (tan lejana de mi como de Andrei) alguien lo reivindica, hoy.

Cuando Tarkovsky rodó "Sacrificio" sabía que el cáncer estaba muy avanzado, sabía que no habría otra cinta, que se encontraba ante las puertas del fin del mundo.

Es difícil (e inútil) resumir la cinta de Schrader, pero voy a intentarlo con muy pocas palabras: un sacerdote cristiano se pregunta si Dios podrá perdonar el daño que infrigimos a su obra. El hombre ha sufrido un despertar muy repentino a la conciencia ecológica, y eso es algo que, en un primer instante, me chirriaba. Lo único que no me encajaba bien: ¿se puede despertar a una nueva conciencia tan velozmente como lo hace él? Sin embargo, y después de pensarlo, mi respuesta es sí. Se puede. Del mismo que uno se puede iluminar de repente (u oscurecerse en un solo instante). Saulo de Tarso creyó de repente. Chateaubriand lo cuenta con unas palabras bellísimas: Lloré y creí. J'ai pleuré et j'ai cru. Dios llega en un solo instante, no necesita largos procesos: su voz resuena en lo más profundo, sin necesidad de convencer con razones intelectuales. De repente está ahí y nada podrá ser como antes. Vendrán luego las razones, los motivos, los argumentos y la lógica. Después. Y más tarde las consecuencias, que pueden ser definitivas.

En el interior del cristianismo (del cristianismo místico, no del vaticano) hay una invitación a la muerte, a la renuncia definitiva, al sacrificio con todas las consecuencias. Algunos autores se ocuparon de eso. El reverendo de la cinta se rebela ante el maltrato que los hombres le producen a la creación de Dios que es el mundo, pero a la vez maltrata a su cuerpo, que también es creación divina. Paolo Sorrentino, el director de cine que poco o nada tiene que ver con todo esto, le hace decir al protagonista de "La Juventud": la vida no me ha gustado mucho. El mismo personaje que ha dicho esto no cree en los cuidados paliativos que le ofrecen: acepta lo que el destino le da. Morir.

Vuelvo a Tarkovsky: en "Andrei Rubliev", el monje protagonista asiste a la visión de la pasión de Cristo enmedio de la estepa helada, en un instante de duda. Cristo asciende por una pendiente nevada bajo la cual la nieve se ha desplomado y aparece la tierra. La herida en la tierra, eso es la pasión de Cristo: una herida sangrante en la Tierra. Schrader revisita esa imagen cuando filma al cura andando por el caminito de tierra roja enmedio de la nieve que le lleva hasta el cadáver de un suicida que se ha inmolado, también, para sacrificarse y remover nuestras conciencias. El joven suicida tiene algo de un Cristo lleno de dudas, agobiado por malos presagios. Un Cristo del siglo XXI, sin esperanza, y que evita la paternidad en consecuencia. Un Cristo cuyo aspecto recuerda a la efigie del Che Guevara en los últimos tiempos del argentino y que nombra la edad de 33 años durante un dialógo muy largo, en una escena osada.

"First reformed" podría convertirse en una película de culto, pero  quizás solo hablo por mi. Veo, en internet, que gentes de varias partes del mundo y de edades muy diversas debaten sobre el significado de la escena final, que hiela la sangre de los espectadores. Aunque sean pocos y algunos de ellos demasiado pendientes del whatsapp. ¿Hay esperanza o desesperación en esa escena final? No lo voy a responder. Mi deseo (mi necesidad, supongo) de interpretar esa escena final como la revelación de un milagro me lleva a pensar de nuevo en el final de "Ordet". Dreyer mostró un milagro y se quedó tan pancho: ahí lo tenéis, parece que diga, feliz el que cree. El valor inmenso que tuvo Dreyer cuando rodó un milagro sin perder la compostura. Finalmente, la intervención divina. Finalmente, pues, el destello de la esperanza en un mundo sucio y corrupto, feo.

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Dejo el enlace al trailer de "El reverendo" y al de "Affliction" para los curiosos.
Y para los más curiosos, también el trailer de "La juventud" de Sorrentino.

dimecres, 19 de setembre de 2018

Schneider, Bax, Warmerdam y el fin del cine negro

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Ramon Bax es un escritor politoxicómano que vive en una casita de madera de la costa, en medio de un cenagal de aguas turbias y juncos enfermos. Schneider es un asesino a sueldo que recibe el encargo de matar al escritor. Este es el punto de partida de "Schneider versus Bax", la segunda cinta que veo del director Alex van Warmerdam, un holandés al que descubrí por una cinta fantástica, "Borgman".

"Borgman" es un cuento de terror que propone un acercamiento furiosamente contemporáneo al tema del vampirismo, al que relaciona con la lucha (muy salvaje) de clases y la pederastia, asuntos que trata de un modo que complacería mucho a Michel Foucault, ya que, en resumen, todo es analizado como una pulsión de poder. Mientras "Borgman" recurre al género fantástico para irse hacia un realismo oscuro, muy oscuro, en "Schneider vs. Bax" el fantástico está ausente (quizás una sutil referencia, en el final) y todo es tediosamente realista. Se diría que Warmerdam va al grano, se deja de retóricas y de estilos y cuenta una historia atroz, con una crudeza digna de entomólogo. Hay que señalar: el director interpreta al escritor drogadicto, hijo de un drogadicto pederasta y que, como padre, intenta llevar a su hija hacia las bondades de la drogadicción como único medio para escapar del horror de la vida.

Todo es deprimente, y cada giro narrativo ahonda más en la depresión, la amoralidad o el elogio de la inmoralidad. Lo que pinta Warmerdam es un mundo salvaje, absurdo. Los hombres (y las mujeres) son animales sumidos en una lucha por la supervivencia más estricta, una supervivencia que consiste en matar antes de que te maten. Las relaciones personales están subordinadas al principio de la supervivencia, como si no hubiese nada más.

Es cierto que la empatía (e incluso la compasión) encuentran un hueco en esa historia que transcurre en la Holanda de hoy, pero podría transcurrir en una selva primitiva. Sin embargo, compasión y empatía parecen puestas ahí enmedio como contrapunto, sin otra intención.

Hay que reconocerle al director que ha depurado la narrativa, y que con pocos escenarios le basta para contar su historia. La factura es limpia, elegante, con predominio de los colores claros y con especial mención al blanco. Hay que destacar el papel que juega el teléfono móvil, un instrumento que adquiere un matiz diabólico y nefasto, ya que lo único que hace es importunar, promover la mentira, la hipocresía y el error.

Recuerdo haber visto "Borgman" en 2016. La nueva cinta del director, vista en 2018, me ha llevado a algunas consideraciones. La primera de ellas es que cada vez me interesa menos el género negro: me estoy hartando de él. Lo que nos cuenta el negro, ese realismo que pone el foco en la maldad y todo su entorno, me satura y me fatiga. Exceptuando a cierto tipo de ingenuo, creo que todos sabemos lo que hay. Citar la "banalidad del mal" de Hannah Arendt empieza a resultar una banalidad, repetida pero quizás no bien pensada.

Quizás estoy perdiendo el interés por esa mirada sobre el retrato de una humanidad triste y egoísta, a la brutalidad como medio para sobrevivir como individuos, sin consciencia. Hace un par de años, también, dejé de leer los reportajes sobre políticos de El diario.es y los reportajes sobre delincuentes de El español. Leer sobre los malos es cansino por aburrido, obvio y recurrente. Ya se que están ahí, pero no necesito leerlo cada día. Me gustaría la novela negra si fuese un niño rico que vive en Pedralbes, o un niño catalanet y ganadero que vive en Olot. Pero no es mi caso. Ni fui un niño rico ni mi realidad cotidiana es nada parecido a eso. veo la pobreza, la fealdad, la hipocresía y todos los derivados de la miseria de cada día. La miseria moral que se deriva de la pobreza material.

¿Las personas pueden ser malas e hipócritas? Claro que si, ya lo se. Prefiero leer ensayos sobre como vivir mejor entre todos, o novelas que hablen de sueños. El lector de novela negra y el visionador de cine negro tiene algo de voyeur, y de beata que se complace al escandalizarse con los horrores que se suceden en los otros barrios, los bajos, los de por debajo. Nada hay más interesante en las clases bienestantes que repetirse que los hay por debajo de ellos: que los hay más feos, más sucios, más innobles. Más delincuentes. ¡Qué lejos queda la idea de Rousseau, cuando dijo que la propiedad privada es la génesis del mal! ¡Cuan lejos queda Rousseau, por Dios! Y qué fácil es no haber leído a Rousseau pero haber leído novelas negras.

Creo que el cine y la novela negra son productos de una subcultura, bastante zafia, destinada a satisfacer la morbosidad de las clases bienestantes. Lo creo de veras. Del mismo modo que el cine con superhéroes debe estar pensado para calmar a los pobres. Todo eso es pensable, posible, probable.

Como también creo que hay que buscar el bien, la excelencia y la sorpresa del bien. La belleza. La belleza.

divendres, 20 de juliol de 2018

Salvando las distancias, Éric Vuillard


El título de la novela de Vuillard (premio Goncourt 2017) es "El orden del día" y empieza con la escena de una reunión secreta en el Reichstag que, como es natural, no estaba en el orden del día oficial del 20 de febrero de 1933. Uno se pregunta cuantas reuniones de esta categoría se producen hoy. La "transparencia" de los políticos es un espejismo aumentado por su reflejo en otro espejismo, el de la sociedad de la información, de las cámaras dispuestas por doquier y de las redes "sociales". La política, sin embargo, se cuece en el secreto y en la intimidad, en esas reuniones con humo y copas que tanto se parecen a las reuniones de los hampones, tal como rodó con maestría y lucidez Fritz Lang en 1931 (M, el vampiro de Dusseldorf).

Vuillard escribe una novela breve, de 140 páginas de letra generosa que remiten a un original de apenas 100 folios. Sin embargo, ofrece una lección de literatura para el siglo XXI, aunque bebe de una inspiración que lleva más de un siglo mostrándose por el mundo. Leo con admiración, lento, me detengo en algunas frases. Me pregunto porqué, salvando las distancias, no leo nada parecido en la prosa de ningún autor catalán. ¿Leen lo que se escribe más allá de La Junquera? ¿O será que su autosuficiencia estúpida y engreída se lo impide?

Hace un tiempo, un amigo me contó una anécdota: unos conocidos suyos volvieron de un viaje veraniego por cierto país de Europa y, en una cena tras el viaje, le dijeron: aquel país no está mal, pero en Cataluña tenemos de todo, así que pensamos: ¿para qué viajar fuera, cuando aquí tenemos de todo?. Creo que esa actitud se refleja en lo que se publica en catalán: todo tiene un sospechoso aire endogámico y pueblerino que me lleva a recordar las "culturas cerradas" de las que habló Vargas Llosa (se puede leer en "La verdad de las mentiras").

Vuillard (vuelvo al asunto) propone una literatura que, sin abandonar su función, trata de la realidad.  Para ello se ha documentado, ha investigado y, sobretodo, ha pensado antes de ponerse a escribir. ¿Qué nos cuenta un suceso acaecido en 1933 a los lectores de 2018? Es así como supera el problema de una novela del XXI que es incapaz de ir más allá del bochornoso "la marquesa salió a las cinco" y, a la vez, no cae en el tedioso ejercicio vacío de la "novela histórica" al uso. Ni se refugia en el asunto de la "autoficción", un género que me cae bien por simpatía pero por nada más ya que, a menudo, es muy débil.

Vuillard escribe un cuento sobre las tramas del mal que arranca en 1933 pero lo escribe hoy y para el lector de hoy. Para eso nos recuerda que, detrás de los nombres rimbombantes de aquellos empresarios que auparon a Hitler están los nombres verdaderos: Opel, Bayer, Telefunken, Varta, Allianz, Siemens. Tanto es así que, en Cataluña, es imposible leerle y no pensar en Quim Torra o en Carles Puigdemont cuando se lee lo que sucedía en los palacios del Tercer Reich. Salvando las distancias. Y que conste: no estoy acusando a esos dos señores de nazis ni mucho menos ni nada que se le parezca, pero también siento que deberían pensar en la posibilidad de que se les hayan deslizado tics nazis entre algunas de sus actitudes, en ciertos comentarios suyos sobre la democracia, en el ideal de "pueblo" que pretenden transmitir (o construir), o en afirmaciones como la que exhibió Roger Torrent unos meses atrás: "Ningún tribunal [constitucional] está por encima de un presidente escogido por la voluntad del pueblo". (Aunque esta frase se puede rebatir con el caso de Nixon, sin necesidad de recurrir a Hitler). Salvando las distancias: les recomiendo el título de Vuillard a los dos presidentes catalanes -y a muchas otras personas. Creo que hay traducción al catalán. Y aprovecho la situación para felicitar al traductor, Javier Albiñana.

La prosa de Vuillard me ha fascinado. He ahí una afirmación que, a estas alturas de la reseña, es innecesaria. Y además me da envidia (envidia acrecentada por el hecho de que Éric es algunos años más joven que yo). Yo, que llevo años dándole vueltas a un suceso catalán de mediados de los años 40 porqué se que tiene mucho valor pero, sin embargo, no consigo dar ni con el tono ni con el narrador. Trata de falangistas, catalanes de buenas familias catalanas, y ofrece una sombra alargada, densa y premonitoria que reposa sobre nuestro presente. Pero ya lo ven: no lo consigo. Y Vuillard sabe hacerlo. Con sus excursos extemporáneos pero oportunos, bien situados, brillantes en léxico y en sintaxis, párrafos que uno lee y relee para saborearlos como si quisiera detener el tiempo.

Sin temor a cometer "spoiler" (algo imposible en este caso), me permito transcribir el último párrafo de la novela:
Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera no volver a caer, se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves.

dijous, 12 de juliol de 2018

El cuento de la novela catalana (con 30 y pico adjetivos catalanes)

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El escritor catalán, lleno de buenas intenciones y creyéndose lo que le han dicho (eres una promesa de las letras catalanas) se levanta temprano, se ducha y busca el coche que dejó aparcado en la calle, dos calles más allá. Su economía no le permite pagarse un garaje como dios manda. Hoy se va para un festival de novela catalana que se celebra en un pueblo catalán cuya principal actividad económica es la producción de vino catalán. Aunque también elaboran rifaclis, unas galletas catalanas, adustas y algo correosas (aunque nutritivas) no aptas para dentaduras postizas.

La ruta es larga y transcurre bajo un cielo triste y catalán, de nubarrones gris de Payne. (En sus tiempos mozos, el escritor catalán probó suerte con la acuarela y por eso retumba en su recuerdo el fascinante gris que -dicen que- inventó William Payne a principios del XIX.

El siglo XIX viene bastante a cuento, ya que de cuentos del XIX trata el asunto. Mientras el escritor catalán conduce hacia el pueblo del festival piensa, disgustado consigo mismo, que lo que ha publicado se parece mucho a las cosas que se publicaban en el siglo XIX: no deja de ser, otra vez, "la marquesa salió a las cinco".

Sabe que la fórmula es obsoleta, vieja y cansina. Pero también sabe que la narrativa catalana de hoy es eso y nada más que eso. Le gustaría escribir como Barnes, por ejemplo, recordar las enseñanzas de Bajtín mientras escribe, tener presente a Vila-Matas, a Roland Barthes, a Laurent Binet. Pero sabe que ni el editor (catalán) ni el hipotético lector (catalán) van a apreciar esos esfuerzos. Lo que le piden es un argumento facilón, un protagonista simpaticote con quien empatizar y una resolución del conflicto que se parezca a la fábula moralizante. Como por ejemplo lo que hace ese chico que escribe en el tiempo libre que le permite su labor como policía autonómico catalán, sin ir más lejos. La prosa del agente del orden es estéril y mala de narices, pero eso es lo que le gusta al público catalán de hoy.

Cuando llega al pueblo catalán busca el lugar del evento, no lo encuentra y pregunta por la calle a uno de los escasos viandantes. Se le ocurre un cuento sobre pueblos fantasmas, dimensiones paralelas y otros horrores cósmicos. Se acuerda de Innsmouth, el pueblo de un gran cuento de Lovecraft. El paisano le indica. Lo hace con esa actitud catalana del interior tan característica, antipática y sarcástica. Eso es la Cataluña interior, se dice, ya sabías a lo que ibas.

En el lugar del evento literario catalán, sumido en una penumbra litúrgica y catalana, hay unos pocos acólitos. ¿Cincuenta? Catalanes todos. Todos parecen muy atentos, religiosamente entregados. Sus padres escuchaban a los ministros de Franco con la misma reverencia sumisa, entrenados en la obediencia a la autoridad competente. De nuevo acude Lovecraft a la mente del escritor catalán. Dagón, se dice para sus adentros. Les hecha una ojeada y descubre que son los mismos que se encontró en otro evento catalán y similar que visitó unos meses atrás, en otro pueblo catalán. Las mismas caras. La misma ausencia de juventud. Algo sugiere una secta, más bien senil y con una sospechosa tendencia a usar complementos de color amarillo en su atuendo. Eso amarillo debe significar algo, algo oscuro, sin duda. Ahora el escritor ya no piensa en Lovecraft si no en aquel cuento escalofriante de Robert Chambers, "El rey Amarillo", que es, a su parecer, el más terrorífico cuento de terror jamás leído.

Algunas caras  de los feligreses le son conocidas. Bueno, en realidad casi todas lo son. Casi todo el mundo es autor (o autora) de alguna novela, de alguna novelita. Nadie lee, solo escriben. Nadie compra libros. Hay abundancia de señoras, y todas ellas en la edad de la respetabilidad. Se sienta y escucha. Alguien, de entre la tiniebla, le ofrece una copa de vino catalán. Bebe con nerviosismo. El vino es bastante malo. La literatura catalana vive de mujeres maduras que escriben novela breve, mujeres que escriben reseñas en blogs en donde otras mujeres aplauden las reseñas y prometen comprarse el libro recomendado, aunque eso último sea mentira, una mentira de esas, tan catalana y tan consentida. Todo el mundo sabe que en Cataluña no se venden libros. Vender libros aquí es, más o menos, como vender jamones de cerdo ibérico en Meknès.

El escritor catalán se siente incómodo. Nadie le mira, nadie le saluda. Le hacen saber, a su modo silencioso, que le han invitado, si, pero que eso es tan cierto como que no es bienvenido. A veces, ese escritor ha publicado críticas que hirieron sentimientos patrios y fueron tomadas como burlas u ofensas entre graves y muy graves. Quizás tengan razón, pero ahora ya es demasiado tarde para lamentarse.

Así que, aprovechando el anonimato que le brinda la parroquia catalana -ahora están ensimismados escuchando a una vieja gloria tan nostálgica y trágica como catalana, cuyo rostro quiere emular a Núria Feliu- se desliza con suavidad hacia la puerta que le brinda una escapatoria cobarde e indigna, pero necesaria.

Afuera el cielo sigue gris y apesadumbrado. Pero el aire es fresco y las bajas presiones que conlleva la borrasca le animan.

-Ep, vostè! On va? -escucha la voz detrás suyo pero no osa darse la vuelta y se apresura hacia el lugar en donde dejó el coche. Desea irse, irse lejos de aquí, hacia el mar o hacia donde sea- Vostè no és l'escriptor català que venia a la taula rodona sobre èxits i llorers de la novel·la catalana?

-Me han confundido -murmura mientras echa a correr, desafiando su sistema respiratorio asmático- No soy de aquí, yo no se nada, discúlpenme, todo ha sido un error, un error lamentable, lo siento.

La insuficiencia respiratoria del desdichado autor catalán detiene su carrera. Su perseguidor le alcanza. Una mano huesuda y leñosa le agarra por el hombro derecho. La garra le presiona de tal modo que podría dejarle una huella indeleble.
-No... es que yo... yo no soy catalán -se le ocurre declarar, a modo de disculpa.

- Ah. D'acord. Pot marxar. Però intenti no molestar-nos mai més. El nostre mal no vol soroll. Recordi això, que és molt important. Li ho repeteixo per darrera vegada: el nostre mal no vol soroll, i vostè no és ningú...

La mano le suelta despacito.

-No, no, por supuesto que no. Lo entiendo. Eso no volverá a suceder.

Poco más tarde llega a Miami Platja, en donde el escritor catalán se detiene ante un garito con rótulos en inglés y allí se emborracha con cervezas irlandesas y del país de Gales, dispuesto a morir por exceso de alcohol. Cuando a la mañana siguiente se desvele tumbado en la arena de una playa desconocida pero catalana, creerá que todo ha sido una pesadilla. Y volverá a su vida y no intentará publicar jamás nada más en lengua catalana. Por si acaso.

dimecres, 4 de juliol de 2018

El diablo en Vallecas


Alberto Ávila lleva ya unos cuantos textos a tener en cuenta, entre los que están ensayos y novelas. Celebro lo de los ensayos ya que, quizás por la edad, el interés por la novela está declinando en mi espíritu. Y porqué es bueno que los autores de ficción ensayen (vaya jueguecito semántico): la escritura ensayística enriquece a quien escribe. Por aquí no son muy frecuentes los autores que combinan los dos géneros, así que mis felicitaciones para Ávila quien, en cierto sentido que ahora no entraré a concretar, me recuerda un poco a mi admirada Pilar Pedraza.

"El diablo en casa. El expediente Vallecas", de todas formas, es más un trabajo periodístico que un ensayo, aunque hay un poco de todo: la fusión de géneros me encanta.

Los sucesos que relata Ávila nos llevan al caso de "posesión diabólica" (o del llamado pánico satánico")  más reconocido en España, el de la niña Estefanía Gutiérrez, a principios de los 90, popularizado de nuevo gracias a una cinta de Paco Plaza (Verónica) que no he visto.

El texto empieza con una larga (quizás demasiado larga) introducción que intenta contextualizar la historia del diablo en la cultura popular reciente, empezando por los Estados Unidos y terminando en Vallecas. Este viaje me gusta, así como la descripción de un paseo por el distrito madrileño bajo la lluvia en el que Ávila muestra su destreza narradora y sus dotes como creador de atmósferas (ahí se echa de menos que haya sido demasiado breve). Por las páginas del texto flota el homenaje, nostálgico y levemente distanciado, a aquella España en la que éramos jovenes y nos dejábamos fascinar por los casos más oscuros, esos sucesos que nos transportaban a la frontera de la realidad y que nos permitieron, siendo casi analfabetos en la materia, comprender el significado de la palabra "metafísica" por la vertiente de la cultura pop en vez de por las lecturas de Swedenborg o de Schopenhauer, que me llegaron más tarde.

Poltergeist, posesión diabólica, folie à famille, suspensión de las leyes naturales, parapsicología... en mi caso, ese universo turbio me había llegado a través del añorado Andreas Faber-Kaiser y su "Mundo desconocido", la revista que se compraba un tío mío y que, cuando las había leído, me las regalaba. Sin embargo, a mi el caso Vallecas me llegó cuando me acercaba a los 30 y por aquel entonces había desconectado de los misterios de la ouija. Aunque, a diferencia del autor, yo sí jugué con el invento que invoca a los espíritus en un buen puñado de ocasiones y, como no podía ser de otra forma, experimenté situaciones a todas luces inexplicables al amparo de la luz racional.

Así que, a estas alturas y después de un viaje que ya ha rebasado los 50, lo que me gusta es leer un texto bien escrito -aunque bellamente imperfecto- en el que el suceso paranormal se explique dentro del contexto de pobreza, ignorancia, miedo e ingerencias de una prensa que explota a los más pobres para jugar al espectáculo, tan indigno, de mostrar la miseria ajena para sacar tajada. Por eso se le agradece a Alberto Ávila que no solo no caiga en la vieja trampa si no que intente restituir la dignidad a la familia de Estefanía.

Y se le agradece que nos recuerde la larga lista de "periodistas" que practicaron la desvergüenza para aumentar sus cuentas corrientes (o sus cuentas offshore) para hacer, sin arte ni escrúpulo alguno, lo que Tod Browning, en 1932, había hecho en "Freaks". Ya se que la historia de la exhibición del monstruo y lo grotesco es antiquísima, pero su uso espúreo más chirriante y deplorable es, sin duda, una aportación debida a cierta prensa reciente. Antes se debía hacer una larga cola para contemplar al hombre elefante: ahora basta con encender la tv.

A pesar de los años transcurridos, los intereses que cambian y todo lo demás, la lectura de "El diablo en casa" me lleva de nuevo a los asuntos oscuros: es muy probable que ahora los observe des de una distancia sideral, pero aún así revivo la vieja fascinación por lo extraño, aunque a día de hoy me inclino a pensar en las fronteras de la psiquiatría y en las consecuencias aterradoras de la miseria: no hay película de terror más terrorífica que "El ladrón de bicicletas".

Me han entrado ganas de irme a pasear por Vallecas (¿Vallekas?), pero debo esperar a un día oscuro y lluvioso de invierno.

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Ávila Salazar, Alberto. EL DIABLO EN CASA. EL EXPEDIENTE VALLECAS.
AC Agita Vallecas, Madrid 2018



divendres, 15 de juny de 2018

Mister Turner y el sol que era Dios

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La providencia me permitió ver "Mr. Turner", la cinta que dirigió Mike Leigh en 2014. Lo mío no son las novedades. Además, empecé a ver la película lleno de desconfianza: el biopic me parece el género más aborrecible de todos los géneros del cine, incluso peor que el musical, que ya es decir.

Sin embargo, "Mr. Turner" es una de las grandes cintas que he visto, y debo no solo aceptarlo, si no también proclamarlo. Aunque sea por aquí, lo cual es una proclama bastante exigua. Leigh y sus guionistas han elaborado una pieza llena de poesía y de sutilezas, con humor (a veces blanco, a veces negro).

Se trata de una cinta que explora la figura tan dífícil del artista en relación a la sociedad que le toca vivir (o sufrir, que es su sinónimo más claro). Vemos al señor William Turner paseando, ocupado en tareas de toda clase, comiendo, bebiendo, susurrando, maldiciendo, perdiendo el tiempo en banalidades. Y, de vez en cuando, pinta un cuadro. Magnífico. No hay fechas ni acotaciones, ni esas insufribles voces en off tan frecuentes en el cine biográfico. La luz que inunda la pantalla es la luz de sus cuadros, siempre esa luz mortecina, enferma y a la vez brillante.

Mike Leigh no se anda con tonterías y presenta a un William Turner humano en el sentido que todo el mundo comprende: sin hablar de grandezas. El artista no es mejor que el panadero, y su trabajo tampoco es más importante. Es un tipo con luces y sombras, generoso y audaz, capaz de filosofar y de empatizar pero también rastrero a veces, ramplón, sentimental, furioso, mezquino, poeta y vulgar.

Debo decir que siempre me ha fascinado la pintura de Turner. Recuerdo que un amigo pintor, hace muchos años, me hizo descubrir la amplitud del genio inglés cuando me dijo que es uno de los pintores más adelantados a su época, ya que anticipó el impresionismo, e incluso el impresionismo abstracto. Y creo que es cierto.

La cinta tiene grandes escenas, aunque me resultaría difícil escoger una. Me divertí con la que se burla de John Constable, que fue el pintor más reconocido y más laureado en su época: visto a día de hoy, Constable es un prescindible patán. Y luego están las varias escenas dedicadas a retratar el ambiente artístico oficial de su tiempo, en donde empezaba a apuntar maneras John Ruskin, presentado aquí como un petimetre insoportable y tan pretencioso como vacío, un esteta rico y estúpido, que con su dinero organiza tertulias destinadas a convertirse en el protagonista de ellas, gracias a una arrogancia indómita. Turner asiste a una de esas terúlias (no le queda más remedio, puesto que Ruskin ha pagado un dineral por uno de sus cuadros), y tras muchos minutos soportando las insolencias de Ruskin, que plantea dilemas estéticos sin interés alguno, le pregunta si prefiere un cocido con carne de cerdo o de ternera. Luego vino el prerafaelitismo, que es un momento malo de la historia de la pintura, y que se debe a la preeminencia que consiguió Ruskin. Creo que, a día de hoy, esa moda estética todavía es muy valorada, y en especial en las regiones aquejadas de nacionalismo romántico, como la que me ha tocado.

Turner fue un artista complejo, entregado al arte. La escena en que se hace atar al mástil de un velero para contemplar una tormenta de nieve es cierta. Y le costó una pulmonía de la que jamás se recuperó por completo, y que está en el origen de la enfermedad que le llevó a la muerte. No hay arte sin sufrimiento, parece que nos dicen los artistas de otros siglos. Pienso en un joven escritor catalán (metido a político nacionalista) que escuché -por error, hace poco- diciendo que disfruta escribiendo, y que lo hace cada mañana durante un ratito antes de irse para el trabajo (de abogado o de alcalde de pueblo, eso no lo precisó). Decía el joven novelista: me lo paso tan bien escribiendo las aventuras de mi protagonista que incluso me levanto un poco antes de la hora que me exige mi profesión.

La cinta de Leigh contiene algunas lagunas argumentales que no le reprocho: ¿quién osa comprender la vida de un ser humano?. Hubo instantes, mientras miraba la película, en que pensé en "Andrei Rubliev", que casi casi diría que es lo más bello y lo más profundo de Tarkovsky. Me vinieron ganas de revisitar al genio ruso y, finalmente, así lo hice.

Eso es lo que mejor que te pasa cuando ves una buena pieza: que te lleva a otra. Y entonces te das cuenta de que lo más humano no está en la vida, si no en el arte. Arte es querer crear cosas bellas, y hacerlo con todas las fuerzas, con el único ojetivo de crear belleza. Una belleza que nos llena la vida de sentido y que, por eso, termina siendo una cosa buena.

dilluns, 4 de juny de 2018

Las desventuras de un autor de novela negra catalana

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En 2013 terminé de escribir una novelita, en catalán, y se la entregué a un agente editorial muy competente. El profesional me propuso dos editoriales como posibles destinatarios. La primera me respondió, poco más tarde, con la siguiente propuesta: "te presentas al premio que yo controlo, te llevas los 10.000 euros del premio y luego te publico. Solo tienes que decirme el título". La otra me respondió con un correo lleno de alabanzas y me citaron en un bar de la Plaza del Sol, en Gracia. Opté por la segunda: vi demasiadas inmoralidades en la primera y la segunda me cayó simpática.

Me encontré con los editores, buena gente. De los tres, dos no habían leído mi novela, pero eso no me importó. Llegamos a un acuerdo sin números. Eso tampoco me importó.

En cuanto leí el contrato, más tarde y en la sede de la editorial, supe que me pagarían un anticipo de 500 euros, que era lo máximo que podían pagar. Pero a cambio -me lo dijeron y yo les creí- me iban a promocionar por infinidad de librerías, foros y festivales. Les creí porqué parecían buena gente y uno sabe que debe rodearse de buena gente para intentar ser feliz. Me ingresaron los 500, menos los impuestos. Fuimos a tres o cuatro eventos, cuatro menos de los programados en el inicio. Durante el tiempo de la promoción, los editores no desaprovecharon la oportunidad de lamentarse: de la escasedad de lectores en catalán, de la desaparición de unas antiguas subvenciones para las publicaciones en este idioma, de la mezquindad del público lector catalán (l'avara povertà dei catalani). Y de la deslealtad de la competencia, y de etcétera y etc.

Un día, uno de los editores me hizo llegar el soplo siguiente: un editor de la competencia pero con el cual compartía sociedad en una asociación de editores de novela en catalán había cometido una deslealtad muy grave con los principios de la asociación y por eso le habían expulsado de ella. Yo fui ingenuo e incauto, y publiqué esa información en Facebook, creyendo que así me solidarizaba con mi editor e incluso que le ayudaba en algo. Me llovieron los insultos, por supuesto. Lo más grave del asunto es que me maltrató el mismo editor que me había dado el soplo, para disimular con su maltrato la felonía cometida: el tipo se me reveló como poseedor de una mezquindad tan grande como inesperada. Y yo, por no traicionar al soplón, que era mi editor, me callé y me tragué los improperios.

Vaya sarta de miserias, tan humanas y tan pequeñas estoy contando.

Pocos meses después gané el primer premio de novela negra que gestionaba la misma editorial. El original ganador estaba premiado con 2000 euros. La mitad del dinero lo pagaba la editorial y la otra mitad el ayuntamiento que acogía el festival literario en donde se celebra el evento. El ayuntamiento me ingresó su parte en poco tiempo. La editorial se demoraba tanto en abonar su parte que, al fin, les escribí para reclamarlo. El editor me respondió que enseguida procedería al pago de los 750 euros que les correspondían. ¿750? le pregunté: ¿no eran 1000? Tres días más tarde me pidió disculpas por el error y unas semanas más tarde me ingresó mi parte. Dijo que, como el año anterior el premio fue de 1500 euros, él pensaba que me debía 750. Lógico. Es un error comprensible, le dije, no pasa nada. Y más comprensible en Cataluña. L'avara povertà. Todo eso son miserias, miserias humanas, deslealtades, mezquindad, pobreza, y la falta de educación que genera la pobreza. Eso lo sabemos todos: en contextos de miseria, no pidas elegancia.

Siento más pena que nada. Más lástima que nada. Trabajo como maestro en una escuela de barrio pobre y se que no se les puede exigir solidaridad ni empatía a los que pasan hambre. Es lo que dijo Abraham Maslow (el de la pirámide de ídem) en "Una teoría sobre la motivación humana". Aunque no creo que mis editores pasen hambre, si creo que sufren de mucha miseria. Otra clase de miseria que no es peor si no distinta, más oscura, disfrazada de cultura, una miseria que actúa en estómagos llenos y en buenas familias. Es una miseria que es más miserable que la miseria del hambriento, la miseria moral del niño rico y bien acostumbrado, consentido, tolerado.

Qué desastre y qué pena, Dios mío, qué pena.

Un atardecer, en un pueblo de las costa, cerca de Barcelona, me encontré departiendo, entre cañas de cerveza, con mis editores. Como todos estábamos sueltos y relajados, les solté que me parecía envidiable su editorial, por la cantidad nada desdeñable de títulos publicados. Uno de ellos me respondió: "bueno, no te creas. Les pagamos 500 eurillos a cada autor por su libro y listos, jamás le pagamos ni un euro más". Creo que se referían a la colección en catalán, porqué al resto de sus ediciones, en lengua castellana, diría yo que les tratan mejor. Quizás porqué venden más. Ahí va el dato, para quien quiera dejar de ser ciego.

dimecres, 23 de maig de 2018

Remember me, tío Howard

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Lo mío con las series es imposible. Soy incapaz de seguir a una sola de ellas. Las pocas que he visto han sido las más breves, las que constan de tres, cuatro o cinco capítulos. Creo que la más extensa fué "True detective" y sostengo todavía que es muy recomendable, aunque lo sería mucho más con tres capítulos de menos.

Para los amantes del género "noir" recomendaría "Rillington Place" (Filmin), en donde se hace un ejercicio de estilo narrativo nada desdeñable a partir de un suceso de la Inglaterra de los años 40. La verdad es que el "noir" me tiene bastante harto, pero a veces hay excepciones honrosas, buenas interpretaciones y voluntad de innovación. Cosa rara en el asunto del folletín televisivo.

A pesar de mis reticencias, me dispuse a ver "Remember me", (Filmin, de nuevo) una producción inglesa a la que acudí tras descubrir que constaba de ¡tan solo 3 capítulos! una maravilla de contención poco frecuente. Otro atractivo de la serie es que está protagonizada por el admirable Michael Palin, el de Monthy Python (¡quién no se acuerda del gobernador romano de Judea en "La vida de Brian"!). Palin, pasados los ochenta, explora nuevos registros interpretativos y ofrece una actuación dulce y melancólica, triste. Aunque hay ocasiones en las que asoma la mirada del cómico pillo en sus ojitos, ahora debilitados por el paso de los años en un rostro surcado por arrugas. Hay que destacar un plano de su mano, extendida a través de la ventanilla del coche para sentir el viento y las gotas de una lluvia que se avecina a lo largo de los 180 minutos. ¡Qué fotogramas tan tiernos! Esa mano octogenaria, surcada por un mundo de arrugas, que pretende gozar de estar vivo tras tantos años de vida. Hay una poesía en esta secuencia.

Luego está lo demás: aunque los guionistas hablan de un cuento basado en el universo de Lovecraft, yo diría que hay algo más próximo a la literatura gótica inglesa del XIX que al maestro de Providence. Aunque sin duda el tío Howard asoma en el ambiente, en esos nubarrones terribles que ensombrecen el cielo sin piedad alguna. Me alegra descubrir que Lovecraft no se termina nunca y me conforta ver que su mundo tremendo y pesimista no se desvanece en el soplo de ignorancia que nos azota el cogote. Y me siento contento al comprobar que a Lovecraft se le puede fusionar con los clásicos, con algo de Kipling incluso, y me maravilla constatar que la cultura inglesa es capaz de cuestionar su historia. eso es algo que deberían apuntarse por estos lares, tan dados al autobombo y al victimismo: los guionistas ingleses saben tratar el asunto.

En la historia de Remember me hay muchos elementos, y no todos son meritorios (porqué también hay un cierto sentimentalismo), pero hay una pregunta punzante que cuestiona el pasado colonial y plantea una metáfora que es, quizás, lo mejor de toda la historia. Los países colonizadores ¿arrastran una culpabilidad que no se marcha nunca? Y otra que creo muy interesante ¿deben pagar los ingleses de hoy las culpas de sus abuelos? Es decir: ¿tiene sentido que alguien que no fué un colonizador pida perdón por un crimen que no cometió?. Eso me lleva a pensar en ciertas cuestiones españolas, en las que, a veces, se plantea si alguien que no es un asesino debe pedirle perdón a otro alguien que no fue jamás una víctima. ¡Ay, el espinoso asunto de memoria histórica! Quizás sea pensando en esos términos que "Remember me" me ha parecido una buena serie, en el sentido de qué fomenta el pensamiento y las preguntas.

Y, además, se habla sin tapujos de las miserias de la vejez, de los asilos para ancianos, del rol de nuestros abuelos, de las grietas en el concepto de la asistencia social y la geriatría.

Tras ver la serie, me planteé durante unas horas escribir algo parecido, sin temor al plagio, referido a la Cataluña de hoy mirando hacia atrás, la guerra civil y los nacionalismos y todo eso. Luego se me pasó. Creo que los editores de aquí no estarían muy atentos a mi propuesta. Estuve pensando en la canción "Scarborough Fair", que se usa en la serie como leitmotiv. Pensé en "El testament d'Amèlia" (aquí en la versión de Serrat), que también es oscura, para mi plagio. Luego, por fin, me fui a la cama y soñé con Los mitos de Cthulhu tan magníficamente editados por el gran Rafael Llopis.

diumenge, 11 de març de 2018

Sònia Hernández i Vicente Rojo

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No sóc partidari de celebrar efemèrides de cap mena. De fet, podria explicar que no celebro el meu aniversari. O tal vegada seria més oportú dir que el celebro amb algun acte íntim, gairebé invisible, quasi imperceptible. Em miro al mirall i busco què ha canviat en aquest darrer any. O em poso a pintar una aquarel·la que deixaré inacabada en qualsevol racó.

Podria haver publicat la ressenya del llibre de la Sònia Hernández (Terrassa, 1976) el dia 8 de març, i això m'hagués fet quedar com un senyor solidari i reivindicatiu i progressista, capaç de ser feminista per un dia, i que ressenya la novel·la d'una autora en la data oportuna. Però m'he esperat uns dies per allò, per la meva al·lèrgia a les efemèrides.

Crec que hauria d'explicar com vaig arribar a "El hombre que se creía Vicente Rojo", publicat per El Acantilado, (Barcelona, 2017, 16 euros).

Fou així:

Un migdia, per cap d'any, vaig anar a visitar el punt d'observació des d'on el general Vicente Rojo va dirigir les operacions militars de la batalla de l'Ebre. És un promontori de roca vermella, vora una ermita, als afores de La Figuera. Des d'aquell cap de terra argilosa es veu el riu, al fons. Ara, a l'altra banda del serpent d'aigua platejada hi ha les xemeneies de la central nuclear d'Ascó, i llavors, a finals del 1938, hi havia l'exèrcit nacionalista d'en Franco. El 38, aquesta ermita estava dedicada a una marededéu però, per allà als anys 50, el mossèn del poble la va convertir en lloc d'adoració d'un sant. Com si diguéssim, va transexualitzar la verge i la va substituir per un mascle. Un mascle sant, això sí. El punt d'observació del general Rojo conserva les fortificacions atrinxerades. Aquell dia hi bufava un vent glacial que em va deixar les orelles de color lila.

Al vespre, un cop refugiat i aprop d'un radiador calent, vaig buscar més informació sobre l'únic general que admiro, aquest Vicente Rojo que va escriure memòries i llibres de ficció a l'exili (un d'ells es titula "Platillos volantes"!) i que va tenir la valentia de tornar a Espanya un temps més tard, tot i sabent què l'hi esperava. I així, mentre teclejava el nom del general republicà en aquest improbable món de google, vaig descobrir la novel·la de la Sònia Hernández. L'editorial té la deferència de fer públiques les 10 primeres pàgines de la novel·la. Com que és una novel·la breu, d'apenes 120 pàgines, el fragment públic és una bona mostra. Em va fascinar a l'instant. El to, la veu del narrador, la capacitat de l'autora per crear el que podríem anomenar un "narrador no fiable" el qual, no obstant la poca fiabilitat, de seguida entenem. ("Entendre" en el sentit de "comprendre", de compartir).

Però allò que més em va impressionar va ser, un cop més, la meva ignorància quasi infinita: el general Vicente Rojo tenia un nebot, de nom Vicente Rojo, que es va exiliar a Mèxic, on va esdevenir, amb els anys, un dels artistes plàstics més rellevants i més influents de la segona meitat del segle XX. És el Vicente Rojo pintor -i no el militar- el Vicente Rojo del qui parla el títol de la Sònia Hernández.

Vaig comprar el llibre i vaig anar-lo llegint a poc a poc. La lectura de "El hombre que se creía Vicente Rojo" ha de ser lenta, penso, perquè és un text que cal llegir frase a frase. Si bé no fa malabarismes estilístics (gràcies, Sònia!), és una novel·la meticulosa, mesurada, tan ben calcul·lada que, a mi, em fa venir moltes ganes de deixar d'escriure per sempre i admetre, per fi, que allò que de veritat em dóna plaer i satisfacció, és llegir. Llegir però també dormir, és clar.

La novel·la està organitzada en dues parts ("Prosopagnosia" i "El hombre que se creía Vicente Rojo" a partir de la pràgina 79), i així elabora una reflexió, gairebé una tesi, sobre el paper de la ficció literària al segle XXI. O més ben dit, sobre l'art al segle XXI. Si algú em respòn que exagero i que en realitat "El hombre que se creía Vicente Rojo" és una novel·la intimista que parla de la relació entre una mare i una filla li diré que podria tenir raó. I tant. [Si ara digués que, després de llegir "El hombre que se creía Vicente Rojo" puc afirmar que Mercè Rodoreda no és la millor escriptora catalana coneguda, podria encendre una foguera, però per encendre fogueres com aquesta -on em cremarien a mi- caldria que aquest blog fos majoritari. I, per fortuna, és minúscul].

Fa poc he trobat una entrevista a l'autora del llibre, al diari ABC ("Las editoriales apuestan muy poco por la cultura"), que m'ha entusiasmat. Hernández diu que l'emperador va nu, cosa que potser sabíem però que pocs gosen dir en veu alta, com és sabut per tots. I parla de més coses. Una de les que m'ha fet pensar de valent és la relació tan escassa (la no-relació) que hi ha entre els autors de novel·la i els artistes d'altres disciplines de l'art, o entre els autors de literatura i els autors del pensament, de la filosofia, de la crítica de l'art. L'abisme que hi ha entre els escriptors de ficció narrativa i el món de l'art o de la filosofia és sorprenent. I decebedor, és clar. De vegades penso que els autors de novel·les del meu país no han llegit altra cosa que novel·les i, en la major part dels casos, novel·letes. I sèries de HBO i de Netflix, això sí, això no falla mai.

Aquí ho tens, em dic: un llibre de 120 pàgines et fa pensar en el llibre, en la història, t'enfronta a la teva ignorància, et qüestiona, et planteja preguntes sobre la ficció narrativa, et confronta als teus dèficits i, a més a més, t'emociona. I et recorda allò que també sabies i que tan pocs diuen. Que la millor prosa que s'està escrivint (i publicant) a Catalunya s'escriu i es publica en llengua castellana. Aquí hi ha un debat sempre menyspreat, sempre silenciat, obviat. Però un debat real que algun dia caldrà afrontar. Si és que algú pensa que existeix una cosa anomenada "cultura catalana", cosa que jo dubto. Metòdicament.

dilluns, 26 de febrer de 2018

"El tratamiento" como síntoma


El otro día pude ver "El tratamiento" (De Behandeling), cinta belga -pero de los belgas flamencos, esos de los que ahora tanto habla Tv3- de 2014, con premio en el festival de Sitges del año siguiente. El premio, y alguna pista que tenía, me dispusieron a creer que sería una buena cinta y que incluso tendría algo nuevo, o innovador, o interesante.

Sin embargo, empecé a bostezar a partir de la tercera escena y temí caer en brazos de Morfeo antes de alcanzar la mitad del metraje. Tuve que echarle mano al Nescafé (a su versión Hacendado) para lograrlo. Es una de esas películas que has visto mil veces, con otras caras y otros nombres y otros ámbitos, pero mil veces al fin y al cabo. La película es una colección de tópicos unidos sin sutilidad alguna: policía blanco, soltero, cuarentón y atractivo que no se afeita pero al que tampoco le crece la barba (ni come ni duerme ni mea), tipo atormentado por un suceso infantil que revive durante el presente del relato, el tedioso listado de los procedimientos policiales, me tomo la justicia por mi mano ya que los protocolos policiales no nos sirven contra la gran maldad, ay ay ay que viene el malo, que además de malo es lelo (otra vez con la matraca de la maldad del trastornado, tan asquerosa), el manido asunto de la pedofilia usado con frivolidad, y con el único objetivo de estremecer al espectador -y con tintes fascistoides, por supuesto-, las inverosímiles pintadas con sangre en las paredes de la escena del crimen, la lluvia pertinaz, los arranques de furia del protagonista el poli-que-se-lo-toma-personalmente y etcétera.

Apagué la pantalla bastante fastidiado, y solo tuve un consuelo: era una peli de Filmin de las que entran en la subscripción, sin coste añadido.

Luego, ya más sereno, me di cuenta de que los problemas de "El tratamiento" son los problemas de la narrativa negra-policial que venimos sufriendo en las últimas décadas, más o menos des de "Seven" y "El silencio de los corderos". Una narrativa repetida hasta la saciedad, que contamina tanto el cine como la literatura. Pocos días atrás, también en Filmin, había revisitado "M. El vampiro de Duseldorf" (¡de 1931!) con gran placer, y extasiado con sus planos, con sus juegos narrativos, con su inteligencia. La conclusión fue tan demoledora como pesimista: la narrativa negra está en franco declive, eso es la historia de un oscurecimiento, un viaje hacia el abismo de la nada. 83 años antes de "El tratamiento", Fritz Lang abordó el asunto del abuso sexual de los menores con arte, con sensibilidad y con destellos de genialidad, ya que supo tratar, también, el tema de las clases sociales, de la salud mental, de la corrupción, el dilema moral, el control social, etc.

¿Como es posible que casi un siglo más tarde de la obra de Lang alguien aborde el asunto de la pedofilia con tanta torpeza y sin aportar nada? Creo que en esta pregunta está implícito el modo de pensar de las personas que, como yo, hemos superado los 50 años de edad. Y eso viene a cuenta de leer a los clásicos o soslayarlos, que es lo que se lleva.

Rodar "El tratamiento" tal como se rodó en 2014 solo se puede hacer si se parte de la idea de que el espectador es cada vez más inculto y menos exigente, y eso es un drama. Esa forma de pensar implica una concepción profundamente negativa de la inteligencia del espectador que oculta la incapacidad del equipo responsable de la cinta, o bien su convencimiento de que los espectadores no saben nada de los clásicos del cine y se les puede timar con facilidad: y lo cierto es que incluso se puede timar al jurado del festival de Sitges, que la premió.

Como lector, cada vez leo menos novela negra, casi convencido de que es más difícil dar con una novela negra buena que encontrar la aguja del pajar. Quizás no hay nada nuevo des de Jim Thompson. Como espectador de cine, ya no confío en nadie contemporáneo. La última buena cinta negra que he visto ha sido "La piel que habito" del magistral Almodóvar, que no pretendía hacer cine negro. Busqué la novela en la que se había basado y di con "Tarántula", novela muy breve de un tal Thierry Jonquet (4,5 euros en Iberlibro). Un ejemplo de adaptación libre, inteligente, audaz, interesante, que plantea un montón de buenas cuestiones éticas y morales y lo hace sin salirse de su universo estético, tan rico.

[Dejo para el final un comentario previsible en mi: la cinta "De Behandelin" la rodó un director flamenco. Los flamencos son esos belgas que se creen superiores al resto de los belgas, como los catalanes al resto de los españoles: la superioridad de ambos colectivos etnicistas hay que demostrarla. Y, de momento, nadie la ha demostrado y nada indica que vayan a hacerlo en los próximos siglos].

diumenge, 18 de febrer de 2018

El club perverso de Pablo Larraín

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Conseguí ver "El club" después de varios intentos fallidos y, una vez vista, me felicité por mi persistencia en querer ver esta cinta. Esa es una de las mejores cintas que he tenido el placer de contemplar. ¿Haneke en Chile? Bueno, la pregunta quizás no es muy afortunada. Porqué Larraín es bueno sin necesidad de remitirse a Haneke, aunque algo de Haneke hay en Larraín.

La cinta del genio chileno sorprende desde el primer instante por esa factura velada, ese aspecto de luz natural y de cámara subjetiva con la que filma el drama que se convierte en tragedia clásica. Y por ese empeño en rodar imágenes que nos trasladan a un imaginario pictórico gótico, oscuro, en donde están Caravaggio, Velázquez, Hyeronimus Bosch, Brueghel el viejo. Y eso, Larraín lo hace sin aspavientos, como si fuese lo más natural del mundo. Que se lo hagan mirar Greenaway y los demás falsos barrocos.

Una casita en la Tierra del Fuego. En el confín del mundo. El Purgatorio en la Tierra, en Tierra del Fuego. Una casa de oración y de penitencia para curitas que han caído en el pecado: la concupiscencia, el negocio de la trata de bebés, la colaboración criminal con Pinochet. Con una monja carcelera y aficionada a las carreras de galgos que, a su vez, también cometió pecado. Cuatro hombres y una mujer que conviven en una armonía aparente hasta que llega un extraño, como en las grandes obras de teatro (piensen en Ibsen o en Priestley, -¡pero sin olvidarse de Haneke, por si acaso!). Y luego llega el detective, que es otro cura, pero un cura de la alta jerarquía eclesiástica, un tipo con el perfil de un inquisidor medieveal pero con estudios de psicología clínica, formado en universidades de mucho prestigio, en España y en los Estados Unidos.

En la historia aparece, también, una víctima de los abusos que cometieron los curitas cuando eran libres y campaban a sus anchas. El pasado vuelve y te agarra por el gaznate, eso es algo que ya dijeron los dramaturgos griegos y que Larraín cuenta con una frescura envidiable, como si te lo contase por primera vez pero sin soslayar que el asunto lleva tres mil años de relato. Uno de los personajes más entrañables y más ambiguos que he visto es ese Sandokán trasnochado, perdido, politóxicomano, miserable vagabundo, iluminado por una luz oscura como un santurrón loco.

Cinta de actores y de interpretación, cinta que pide ser teatro, "El club" es una joya del arte. Una joya del arte que habla del dolor y de la contrición, de la penitencia, un contemporáneo "Corazón de las tinieblas" llevado al siglo XXI, un viaje al horror que se resuelve con el sacrificio extremo (¿nos queda alguna otra opción, a los humanos del siglo XXI que no sea un sacrificio muy grande?). El sacrificio de los tres perros galgos (una aguda referencia a las tres cabezas del Cancerbero que guarda el acceso al infierno), el silencio impuesto mediante chantaje, la tortura de la memoria, el recuerdo de todo el mal que hemos infligido.

He mencionado más de una vez a Haneke pero debería haber dicho algo de Bergman y de Dreyer, que están en "El Club" en un montón de planos. Y quizás no estaría de más nombrar a Murnau y a Fritz Lang. Me los imagino a los cuatro juntos, sentados codo con codo en una imposible sala de cine y aplaudiendo, con "bravos", la cinta de Pablo Larraín.

dimarts, 30 de gener de 2018

Tres anuncios en las afueras

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Hace casi 20 años me apunté a una academia de teatro porqué probé a ser actor. Fue un fracaso. Si fuese hoy, daría un dedo de la mano por interpretar el papel de Sam Rockwell en "Tres anuncios en las afueras". Si fuese mujer, hoy, daría lo mismo por el papel de Frances McDormand, que supera la genialidad que brodó en "Fargo".

Hay cintas que van para clásicos del cine, y "Tres anuncios en las afueras" va para clásico. Con sus incoherencias y estos pequeños defectos que no sabemos si son queridos o no, ya que el director (director y guionista) se arriesga sin miedo. Martin McDonagh es un creador valiente y osado que presenta una obra a veces solo esbozada pero que, en su conjunto, es de una gran belleza. McDonagh tiene la virtud, cada vez más rara en el cine norteamericano, de saber encontrar lo bello en medio de lo soez, de lo triste, de lo vulgar.

El relato es estrictamente lineal (un solo y breve flashback sobre la profecía autocumplida) y algunas elipsis, las justas. Lo demás es casi un reportaje en tiempo real. Y, sin embargo, el director elabora una narrativa compleja y atrevida, sobre un fondo de nihilismo oscuro y muy triste a veces explícito y otras menos, barnizado de poesía.

A pesar del pesimismo muy severo que destila la cinta, el guión cuenta la ambivalencia moral de los personajes: aquí no hay buenos ni malos, ni corruptos contra honrados. Aquí lo que hay son personas capaces de lo mejor y de lo peor, depende de como les vaya la vida (o la muerte). Me entusiasmó el tratamiento del fuego, que ni purifica ni elimina nada: solo ensucia las paredes con su hollín. Un fuego impotente incapaz de transformar la realidad, una realidad que se transforma más con unas cartas procedentes de ultratumba que, rozando el ridículo, hablan de amor y nada más.

Una galería preciosa de personajes entrañables. Entrañables en su dolor, en sus cambios de humor, en sus cuitas por sobrevivir (a veces sin lograrlo). Personajes que son personas, y entre las cuales fluye una comprensión última que me parece lo mejor de la historia. En el fondo, todos se reconocen como lo que son (como lo que somos): pequeños seres perdidos en un lugar cruel y sin sentido, condenados a convivir. Y es eso lo que se reconocen entre ellos: que todos somos condenados del mismo presidio de espacio y de tiempo.

En algunos instantes de la película se me ocurrió pensar en la última novela de Jordi Ledesma, "Lo que nos queda de la muerte", por ese narrador que también muestra una comprensión para con casi todos los personajes. Aunque todos seamos responsables de la maldad del mundo, también somos sus víctimas, y en esta dualidad tensa está el secreto. Quizás la cinta cuenta solo eso, pero caramba, ¡como lo cuenta!

Y es por eso que juega a humor blanco y a humor negro, a comedia y a tragedia, al lenguaje soez al lado de una (falsa) cita de Oscar Wilde -confundido con Shakespeare-, a violencia y a misticismo idílico (la escena de la cierva es para retenerla), a western y a costumbrismo, a retrato del final del sueño americano (a Trump ni se le nombra pero flota en el aire) y a nostalgia del viejo sur racista, a grandes espacios abiertos y a escenas casi teatrales.

Siempre me ha maravillado ese cine norteamericano que sabe contar grandes historias que suceden en pequeños pueblos, lugares que condensan el mundo porqué la tragedia de un pueblo pequeño es la tragedia del mundo (si se sabe explicar, claro).

Le podría reprochar a McDonagh su empeño en querer meter muchas cosas en un solo relato, pero me sería difícil quitarle algo: el monólogo de la protagonista dirigido al cura del pueblo, en el que le niega cualquier autoridad moral (recortenlo y guardenselo si saben como hacerlo, porqué es para guardarlo), quizás es prescindible, pero a ver quien es el guapo que elimina un monólogo así.

Creo que el cine americano, con su narrativa en constante innovación y su capacidad crítica, nos sigue dando lecciones a los de por aquí: hay que ser muy maduro para poder retratar así a la policía local (por estos tristes lares nuestros sigo viendo novelitas negras destinadas a complacer a los Mossos d'Esquadra), para contar que el fracaso es absoluto en nuestro proyecto de sociedad y que estamos solos en un mundo sin Dios, vacío, con tanto odio y tanta venganza pendientes.

Aunque el final (lo cuento sin revelar nada del final en tanto que argumento) dice algo que va más allá del nihilismo y que habla de posibilidades: posibilidad de tener debates morales, de entenderse, de compadecerse, de salir de la opresión de nuestras propias paredes y de nuestros prejuicios, de nuestro dolor y del resentimiento. Cosas que, dichas hoy, en Cataluña, tienen un sentido muy comprensible.

divendres, 19 de gener de 2018

L'home que no havia mort

 

Això és "El hombre que no había muerto", i pesa 45 grams de paper vellet, esgrogueït, atacat pels fongs i amb el llom rosegat per un peixet de plata remot, l'insecte devorador de paper que té l'aspecte d'un escorpí sense cua ni fibló.

Editat a Barcelona, el 1949 a PONSA, impresor, c. Iradier, 5. Col·lecció "Relatos de pesadilla". Costava 5 pessetes (una mica menys de 3 cèntims d'euro: és poc o és molt? Quin salari cobrava un obrer el 1949?), fa 14 x 10 cm i té 128 pàgines. Conté 5 relats: "El hombre que no había muerto", de l'Arthur Leo Zagat; "La obra maestra de la locura", de HM Appel, "La grande Bretêche", d'en Balzac, "La ventana cerrada", de l'Ambrose Bierce i "Terrible y extraño lecho", de Wilkie Collins.

Una meravella, publicada tot just 10 anys després de la guerra. El paper fa aquella olor que només fa el paper imprès antic, perfum de temps que se'n va, promesa de no-res. El 1949 el meu pare tenia 23 anys i la meva mare era una nena amb trenes, de 15. Faltaven dècades perquè es coneguessin, aquell temps forma part de l'eternitat en què jo no existia. Algú seleccionava els millors autors del fantàstic de terror, i jo els llegeixo ara, uns anys abans de retornar a l'eternitat de la inexistència. Els temps antics no foren ni millors ni pitjors.

El llegeixo amb cura, perquè em fa por que se'm desintegri als dits, la mateixa por que deu sentir l'arqueòleg que obre un sarcòfag egipci i hi troba papirs. Aquest llibre té 69 anys, una quantitat de temps que té res a veure amb el temps que en separa dels sarcòfags egipcis, ja ho sé, però els meus dits entren en contacte amb un objecte procedent de l'eternitat. Me n'adono que això m'impressiona i em commou: llavors jo no existia, i d'aquí a un temps tornaré a no existir. La consciència humana és això, precisament: saber que som un esquitx irrisori en una eternitat de no-res. Tan irrisori és l'instant en què existim que, de fet, cal acceptar que gairebé no hem existit mai. Una eternitat de no ser-hi.

Dedicar una part d'aquest esquitx -d'aquesta instantània quieta que som- a la lectura (o a la redacció, tant li fa) de contes de terror em sembla extraordinari. Sento com se m'ericen els pèls dels braços mentre passo les pàgines de "El hombre que no había muerto" (quina exquisida ironia, pensar el que penso davant d'aquest títol!). Els cinc relats són molt bons, de veritat que són molt bons. Recordo haver llegit fa molts anys el conte de l'Ambrose Bierce, però no sabria dir on. Em sembla que fou en un altre recull de contes d'horror que vaig comprar, d'adolescent, al Mercat de Sant Antoni, el dels llibres de vell dels diumenges.

Avui fa pocs dies que l'Artur Mas va fer un nou "pas al costat" i li recomenava a en Carles el Legítim  que l'imités (no he vist mai ningú que camini de costat, a no ser durant les dues o tres passes que fem per esquivar una caca de gos a la vorera). [He sentit la temptació de fer unes bromes amb el títol i el nom de l'autor del primer conte: Arthur Leo Zagat. Però no ho faig, n'estic fatigat, de la monserga dels nacionalistes d'aquest país irrespirable més que petit]. Zagat no és cap pseudònim, per cert: aquest autor, nord-americà de Nova York, fou un autor amb força publicacions, popular i conegut, tot i que, a dia d'avui, roman en l'oblit. Va morir el 1949, precisament: se'n va tornar a l'eternitat el mateix any en què, a Barcelona, es va editar aquest llibret que ara sembla que tremoli com una fulla d'arbre, com si vulgués retornar al vegetal que fou llavors, vés a saber quan, quan aquest país sortia d'una guerra terrible, terrorífica de veritat, perquè la veritat és el que fa por i les ficcions de terror són com un bàlsam o una vacuna, voluntariosa però feble, ficcions gelocatil que ens calmen de l'horror de viure en aquest univers.

Al llibre que llegeixo ara mateix -un altre llibre-, l'autor fa una disquisició deliciosa en què recorda un dels meus relats d'horror preferits, "La Venus d'Illa". En Pròsper Merimée (el de "Carmen", sí, en efecte) va construir un conte esfereïdor, ambientat a la vil·la d'Illa, que és Ille sur Têt, prop de Ceret, al Rosselló francès. "El Rosselló francès"...! Mare meva, quina expressió tan estúpida! No hi ha cap Rosselló català ni cap Rosselló espanyol, i això és així gràcies al mal cap dels jerarques catalans a l'hora de buscar-se aliances europees, que sempre els surten guerxes per culpa de les males anàlisis que fan de les conjuntures europees, des de fa segles. Com si la història no existís, analitzen tan malament ahir com avui: el temps és una il·lusió estranya, molt estranya. De vegades diries que passa, de vegades que no, que vivim en una fotografia i que el moviment és tan sols aparent, i una convenció deguda a què naixem i morim, i creiem que entremig dels dos fets passen coses d'una certa rellevància.

Deso el llibre que es va editar el 1949 i me'l miro amb amor i amb respecte, que són sinònims.





diumenge, 14 de gener de 2018

Les coses que realment han vist aquests ulls inexistents

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Si el món és una il·lusió, llavors per què existeixen els núvols?
Existiria Moby Dick, sense Ahab?

El llibre que tinc a les mans proposa aquesta mena de preguntes. No és una novel·la, no és un assaig, no és un llibre d'aforismes, no és un catàleg de records, no és un viatge per la literatura. És tot això  -i alguna cosa més-. I s'assembla a una novel·la o vol dir que una novel·la voldria assemblar-se a aquest llibre.

Imagina't que entres en una taverna del port. Tu caminaves pel port, prop del moll de la fusta, i la finestra il·luminada t'ha cridat. La finestra il·luminada té el color de la lluna, com en aquell quadre d'en Van Gogh del qui no en recordes el títol, en Van Gogh, pintor i fantasma tavernari, i tan pobre. Hi has entrat. T'has assegut en una cadira. Poc més tard hi ha entrat el Capità del Vaixell Fantasma, que és un fantasma, és clar. El Capità s'ha posat a explicar històries, històries de mariners i monstres marins, i llocs terribles més enllà de les portes de l'infern que hi ha prop de Groenlàndia.

El teu pare fou Aquil·les, un Aquil·les condemnat a dur una vida familiar i gris després de la guerra de Troia, que és una guerra tan estúpida i tan cruent com la resta de les guerres. Li van prohibir tocar l'alcohol: mai més! Però un dia el vas enxampar bevent-se una copa de Dubois, aquell xampany barat, per als pobres, del qual els rics en feien acudits perquè coneixien, ja llavors, als setanta, el bruts nature francesos Moët & Chandon.

Ara imagina't que, un cop ha marxat el Capità del vaixell fantasma, a la taverna hi arriba un poeta xinès del segle XV que se'n va anar a viure a la poesia, en una cabana enmig del bosc. Sabia que no era el millor poeta, i sabia que tenia un talent limitat per a la poesia. I poc més tard un altre poeta xinès que es passava la vida mirant-se els núvols i deia: el món és una il·lusió, d'acord, però llavors... com és que existeixen els núvols?

Recordes la teva àvia. I la teva mare, que mantenia la família unida, i l'enyor del pare, i els amics del barri, un dels quals va aparèixer mort a la bassa del safareig que hi ha als afores. I els gossos. El cos de Moby Dick ple de tatuatges, un dels quals és el cos d'Ahab, amb el braç enlairat, saludant l'eternitat. Què els espera als teus fills? L'èpica dels mamífers, baixeses, llum. I alguna de les formes menors de l'amor o del teatre.

Arquímedes va dir que, si li donaven un punt de suport, seria capaç de moure el món. Però per moure el món, a Arquímedes li caldria ser fora del món. I això és él que volia dir: que li agradaria ser fora del món. Fora de la novel·la per moure la novel·la. Moure el món, però per dur-lo on? Hi ha un punt fixe on es pugui arrepenjar la palanca?

Bado molta estona mirant-me els núvols. M'agraden els blancs, els dispersos en un cel blau, amb el sol molt alt. Com que em toca vigilar el pati de l'escola de primària, solc badar mirant els núvols que passen, els que venen de la Mola. Mai no he sabut veure formes reconeixibles als núvols. Només veig núvols, núvols que tenen forma de núvols. Es desfan, es tornen a fer. N'hi ha que s'uneixen, n'hi ha que es rebutgen. Bado molt amb els núvols, al pati, i de vegades ho explico als nens que em pregunten "què mires?". No hi ha res com un nen per recordar-te com es respira, al món.

La meva àvia (la meva, no la d'en J.L. Badal) tenia un càntir a l'armari de la cuina, amb aigua. Li afegia un raget de Marie Brizard, deia que l'anís refresca més. Més que l'aigua tota sola. Era un càntir de ceràmica negra que devia dur prop d'un segle en aquella casa que semblava un panteó, tan plena de fantasmes, la majoria dels quals mai no vaig saber quin nom tingueren, en vida. Avantapassats meus que rondaven per les estances buides. La meva àvia, la Carme, la Carmeta, fou una heroïna dels anys quaranta. La majoria de les dones que conec són heroïnes. Heroïnes per força, com la Carmeta, heroïnes perquè són dones, dones que són Aquil·les als quals els han arrabassat Troia i aquella guerra tan bèstia, tan estúpida. No hi ha homes herois, al món. No n'he vist mai cap. He vist heroïnes i he vist núvols, això sí.

A les estances abandonades de la casa de la iaia Carmeta hi havia armaris i baguls. Plens de roba. Un oncle seu es disfressava de Fu-Manxú i actuava en locals del barri Xino de Barcelona dels quals mai no me'n va dir el nom, perquè en el nom hi havia la reputació del lloc, i més valia no anomenar-la. El birret amb la borla i el kimono se'm van desfer a les mans, com les benes dels emperadors egipcis a les mans d'en Howard Carter. Els gats del pati. Els geranis ressecs. Un núvol rosa, al capvespre del dia en què la mare em va dir que tenia un càncer d'úter, per telèfon, i jo vaig mirar a través del vidre del balcó i vaig veure'l, solitari, lent, rodanxó. Des d'un balcó obert, a la casa del davant, me n'arribava el so del violoncel que assaja l'Ària de la Suite en re, Johann Sebastian Bach. Una música imprevista en un barri de pobres i de moros, que són moros i pobres.

Un llibre és una pedra, un ocell. Hi ha gent que camina i gent que són un camí. Hi ha dos nens que riuen en blanc i negre, en un pati assolellat. Això no és una novel·la. Però la novel·la és. I un núvol. Blanc, encara que la paraula "blanc" està escrita en color negre i tu hi veuràs el negre encara que no siguis un pintor. I la guerra de Troia, tan llarga, tan cruent, tan estúpida com qualsevol altra guerra. I la capa de glaç que cobreix l'aigua del safareig.