dilluns, 26 de febrer de 2018

"El tratamiento" como síntoma


El otro día pude ver "El tratamiento" (De Behandeling), cinta belga -pero de los belgas flamencos, esos de los que ahora tanto habla Tv3- de 2014, con premio en el festival de Sitges del año siguiente. El premio, y alguna pista que tenía, me dispusieron a creer que sería una buena cinta y que incluso tendría algo nuevo, o innovador, o interesante.

Sin embargo, empecé a bostezar a partir de la tercera escena y temí caer en brazos de Morfeo antes de alcanzar la mitad del metraje. Tuve que echarle mano al Nescafé (a su versión Hacendado) para lograrlo. Es una de esas películas que has visto mil veces, con otras caras y otros nombres y otros ámbitos, pero mil veces al fin y al cabo. La película es una colección de tópicos unidos sin sutilidad alguna: policía blanco, soltero, cuarentón y atractivo que no se afeita pero al que tampoco le crece la barba (ni come ni duerme ni mea), tipo atormentado por un suceso infantil que revive durante el presente del relato, el tedioso listado de los procedimientos policiales, me tomo la justicia por mi mano ya que los protocolos policiales no nos sirven contra la gran maldad, ay ay ay que viene el malo, que además de malo es lelo (otra vez con la matraca de la maldad del trastornado, tan asquerosa), el manido asunto de la pedofilia usado con frivolidad, y con el único objetivo de estremecer al espectador -y con tintes fascistoides, por supuesto-, las inverosímiles pintadas con sangre en las paredes de la escena del crimen, la lluvia pertinaz, los arranques de furia del protagonista el poli-que-se-lo-toma-personalmente y etcétera.

Apagué la pantalla bastante fastidiado, y solo tuve un consuelo: era una peli de Filmin de las que entran en la subscripción, sin coste añadido.

Luego, ya más sereno, me di cuenta de que los problemas de "El tratamiento" son los problemas de la narrativa negra-policial que venimos sufriendo en las últimas décadas, más o menos des de "Seven" y "El silencio de los corderos". Una narrativa repetida hasta la saciedad, que contamina tanto el cine como la literatura. Pocos días atrás, también en Filmin, había revisitado "M. El vampiro de Duseldorf" (¡de 1931!) con gran placer, y extasiado con sus planos, con sus juegos narrativos, con su inteligencia. La conclusión fue tan demoledora como pesimista: la narrativa negra está en franco declive, eso es la historia de un oscurecimiento, un viaje hacia el abismo de la nada. 83 años antes de "El tratamiento", Fritz Lang abordó el asunto del abuso sexual de los menores con arte, con sensibilidad y con destellos de genialidad, ya que supo tratar, también, el tema de las clases sociales, de la salud mental, de la corrupción, el dilema moral, el control social, etc.

¿Como es posible que casi un siglo más tarde de la obra de Lang alguien aborde el asunto de la pedofilia con tanta torpeza y sin aportar nada? Creo que en esta pregunta está implícito el modo de pensar de las personas que, como yo, hemos superado los 50 años de edad. Y eso viene a cuenta de leer a los clásicos o soslayarlos, que es lo que se lleva.

Rodar "El tratamiento" tal como se rodó en 2014 solo se puede hacer si se parte de la idea de que el espectador es cada vez más inculto y menos exigente, y eso es un drama. Esa forma de pensar implica una concepción profundamente negativa de la inteligencia del espectador que oculta la incapacidad del equipo responsable de la cinta, o bien su convencimiento de que los espectadores no saben nada de los clásicos del cine y se les puede timar con facilidad: y lo cierto es que incluso se puede timar al jurado del festival de Sitges, que la premió.

Como lector, cada vez leo menos novela negra, casi convencido de que es más difícil dar con una novela negra buena que encontrar la aguja del pajar. Quizás no hay nada nuevo des de Jim Thompson. Como espectador de cine, ya no confío en nadie contemporáneo. La última buena cinta negra que he visto ha sido "La piel que habito" del magistral Almodóvar, que no pretendía hacer cine negro. Busqué la novela en la que se había basado y di con "Tarántula", novela muy breve de un tal Thierry Jonquet (4,5 euros en Iberlibro). Un ejemplo de adaptación libre, inteligente, audaz, interesante, que plantea un montón de buenas cuestiones éticas y morales y lo hace sin salirse de su universo estético, tan rico.

[Dejo para el final un comentario previsible en mi: la cinta "De Behandelin" la rodó un director flamenco. Los flamencos son esos belgas que se creen superiores al resto de los belgas, como los catalanes al resto de los españoles: la superioridad de ambos colectivos etnicistas hay que demostrarla. Y, de momento, nadie la ha demostrado y nada indica que vayan a hacerlo en los próximos siglos].

diumenge, 18 de febrer de 2018

El club perverso de Pablo Larraín

Resultat d'imatges de el club pablo larrain

Conseguí ver "El club" después de varios intentos fallidos y, una vez vista, me felicité por mi persistencia en querer ver esta cinta. Esa es una de las mejores cintas que he tenido el placer de contemplar. ¿Haneke en Chile? Bueno, la pregunta quizás no es muy afortunada. Porqué Larraín es bueno sin necesidad de remitirse a Haneke, aunque algo de Haneke hay en Larraín.

La cinta del genio chileno sorprende desde el primer instante por esa factura velada, ese aspecto de luz natural y de cámara subjetiva con la que filma el drama que se convierte en tragedia clásica. Y por ese empeño en rodar imágenes que nos trasladan a un imaginario pictórico gótico, oscuro, en donde están Caravaggio, Velázquez, Hyeronimus Bosch, Brueghel el viejo. Y eso, Larraín lo hace sin aspavientos, como si fuese lo más natural del mundo. Que se lo hagan mirar Greenaway y los demás falsos barrocos.

Una casita en la Tierra del Fuego. En el confín del mundo. El Purgatorio en la Tierra, en Tierra del Fuego. Una casa de oración y de penitencia para curitas que han caído en el pecado: la concupiscencia, el negocio de la trata de bebés, la colaboración criminal con Pinochet. Con una monja carcelera y aficionada a las carreras de galgos que, a su vez, también cometió pecado. Cuatro hombres y una mujer que conviven en una armonía aparente hasta que llega un extraño, como en las grandes obras de teatro (piensen en Ibsen o en Priestley, -¡pero sin olvidarse de Haneke, por si acaso!). Y luego llega el detective, que es otro cura, pero un cura de la alta jerarquía eclesiástica, un tipo con el perfil de un inquisidor medieveal pero con estudios de psicología clínica, formado en universidades de mucho prestigio, en España y en los Estados Unidos.

En la historia aparece, también, una víctima de los abusos que cometieron los curitas cuando eran libres y campaban a sus anchas. El pasado vuelve y te agarra por el gaznate, eso es algo que ya dijeron los dramaturgos griegos y que Larraín cuenta con una frescura envidiable, como si te lo contase por primera vez pero sin soslayar que el asunto lleva tres mil años de relato. Uno de los personajes más entrañables y más ambiguos que he visto es ese Sandokán trasnochado, perdido, politóxicomano, miserable vagabundo, iluminado por una luz oscura como un santurrón loco.

Cinta de actores y de interpretación, cinta que pide ser teatro, "El club" es una joya del arte. Una joya del arte que habla del dolor y de la contrición, de la penitencia, un contemporáneo "Corazón de las tinieblas" llevado al siglo XXI, un viaje al horror que se resuelve con el sacrificio extremo (¿nos queda alguna otra opción, a los humanos del siglo XXI que no sea un sacrificio muy grande?). El sacrificio de los tres perros galgos (una aguda referencia a las tres cabezas del Cancerbero que guarda el acceso al infierno), el silencio impuesto mediante chantaje, la tortura de la memoria, el recuerdo de todo el mal que hemos infligido.

He mencionado más de una vez a Haneke pero debería haber dicho algo de Bergman y de Dreyer, que están en "El Club" en un montón de planos. Y quizás no estaría de más nombrar a Murnau y a Fritz Lang. Me los imagino a los cuatro juntos, sentados codo con codo en una imposible sala de cine y aplaudiendo, con "bravos", la cinta de Pablo Larraín.