divendres, 20 de juliol de 2018

Salvando las distancias, Éric Vuillard


El título de la novela de Vuillard (premio Goncourt 2017) es "El orden del día" y empieza con la escena de una reunión secreta en el Reichstag que, como es natural, no estaba en el orden del día oficial del 20 de febrero de 1933. Uno se pregunta cuantas reuniones de esta categoría se producen hoy. La "transparencia" de los políticos es un espejismo aumentado por su reflejo en otro espejismo, el de la sociedad de la información, de las cámaras dispuestas por doquier y de las redes "sociales". La política, sin embargo, se cuece en el secreto y en la intimidad, en esas reuniones con humo y copas que tanto se parecen a las reuniones de los hampones, tal como rodó con maestría y lucidez Fritz Lang en 1931 (M, el vampiro de Dusseldorf).

Vuillard escribe una novela breve, de 140 páginas de letra generosa que remiten a un original de apenas 100 folios. Sin embargo, ofrece una lección de literatura para el siglo XXI, aunque bebe de una inspiración que lleva más de un siglo mostrándose por el mundo. Leo con admiración, lento, me detengo en algunas frases. Me pregunto porqué, salvando las distancias, no leo nada parecido en la prosa de ningún autor catalán. ¿Leen lo que se escribe más allá de La Junquera? ¿O será que su autosuficiencia estúpida y engreída se lo impide?

Hace un tiempo, un amigo me contó una anécdota: unos conocidos suyos volvieron de un viaje veraniego por cierto país de Europa y, en una cena tras el viaje, le dijeron: aquel país no está mal, pero en Cataluña tenemos de todo, así que pensamos: ¿para qué viajar fuera, cuando aquí tenemos de todo?. Creo que esa actitud se refleja en lo que se publica en catalán: todo tiene un sospechoso aire endogámico y pueblerino que me lleva a recordar las "culturas cerradas" de las que habló Vargas Llosa (se puede leer en "La verdad de las mentiras").

Vuillard (vuelvo al asunto) propone una literatura que, sin abandonar su función, trata de la realidad.  Para ello se ha documentado, ha investigado y, sobretodo, ha pensado antes de ponerse a escribir. ¿Qué nos cuenta un suceso acaecido en 1933 a los lectores de 2018? Es así como supera el problema de una novela del XXI que es incapaz de ir más allá del bochornoso "la marquesa salió a las cinco" y, a la vez, no cae en el tedioso ejercicio vacío de la "novela histórica" al uso. Ni se refugia en el asunto de la "autoficción", un género que me cae bien por simpatía pero por nada más ya que, a menudo, es muy débil.

Vuillard escribe un cuento sobre las tramas del mal que arranca en 1933 pero lo escribe hoy y para el lector de hoy. Para eso nos recuerda que, detrás de los nombres rimbombantes de aquellos empresarios que auparon a Hitler están los nombres verdaderos: Opel, Bayer, Telefunken, Varta, Allianz, Siemens. Tanto es así que, en Cataluña, es imposible leerle y no pensar en Quim Torra o en Carles Puigdemont cuando se lee lo que sucedía en los palacios del Tercer Reich. Salvando las distancias. Y que conste: no estoy acusando a esos dos señores de nazis ni mucho menos ni nada que se le parezca, pero también siento que deberían pensar en la posibilidad de que se les hayan deslizado tics nazis entre algunas de sus actitudes, en ciertos comentarios suyos sobre la democracia, en el ideal de "pueblo" que pretenden transmitir (o construir), o en afirmaciones como la que exhibió Roger Torrent unos meses atrás: "Ningún tribunal [constitucional] está por encima de un presidente escogido por la voluntad del pueblo". (Aunque esta frase se puede rebatir con el caso de Nixon, sin necesidad de recurrir a Hitler). Salvando las distancias: les recomiendo el título de Vuillard a los dos presidentes catalanes -y a muchas otras personas. Creo que hay traducción al catalán. Y aprovecho la situación para felicitar al traductor, Javier Albiñana.

La prosa de Vuillard me ha fascinado. He ahí una afirmación que, a estas alturas de la reseña, es innecesaria. Y además me da envidia (envidia acrecentada por el hecho de que Éric es algunos años más joven que yo). Yo, que llevo años dándole vueltas a un suceso catalán de mediados de los años 40 porqué se que tiene mucho valor pero, sin embargo, no consigo dar ni con el tono ni con el narrador. Trata de falangistas, catalanes de buenas familias catalanas, y ofrece una sombra alargada, densa y premonitoria que reposa sobre nuestro presente. Pero ya lo ven: no lo consigo. Y Vuillard sabe hacerlo. Con sus excursos extemporáneos pero oportunos, bien situados, brillantes en léxico y en sintaxis, párrafos que uno lee y relee para saborearlos como si quisiera detener el tiempo.

Sin temor a cometer "spoiler" (algo imposible en este caso), me permito transcribir el último párrafo de la novela:
Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera no volver a caer, se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves.

dijous, 12 de juliol de 2018

El cuento de la novela catalana (con 30 y pico adjetivos catalanes)

Resultat d'imatges de el vi fa sang

El escritor catalán, lleno de buenas intenciones y creyéndose lo que le han dicho (eres una promesa de las letras catalanas) se levanta temprano, se ducha y busca el coche que dejó aparcado en la calle, dos calles más allá. Su economía no le permite pagarse un garaje como dios manda. Hoy se va para un festival de novela catalana que se celebra en un pueblo catalán cuya principal actividad económica es la producción de vino catalán. Aunque también elaboran rifaclis, unas galletas catalanas, adustas y algo correosas (aunque nutritivas) no aptas para dentaduras postizas.

La ruta es larga y transcurre bajo un cielo triste y catalán, de nubarrones gris de Payne. (En sus tiempos mozos, el escritor catalán probó suerte con la acuarela y por eso retumba en su recuerdo el fascinante gris que -dicen que- inventó William Payne a principios del XIX.

El siglo XIX viene bastante a cuento, ya que de cuentos del XIX trata el asunto. Mientras el escritor catalán conduce hacia el pueblo del festival piensa, disgustado consigo mismo, que lo que ha publicado se parece mucho a las cosas que se publicaban en el siglo XIX: no deja de ser, otra vez, "la marquesa salió a las cinco".

Sabe que la fórmula es obsoleta, vieja y cansina. Pero también sabe que la narrativa catalana de hoy es eso y nada más que eso. Le gustaría escribir como Barnes, por ejemplo, recordar las enseñanzas de Bajtín mientras escribe, tener presente a Vila-Matas, a Roland Barthes, a Laurent Binet. Pero sabe que ni el editor (catalán) ni el hipotético lector (catalán) van a apreciar esos esfuerzos. Lo que le piden es un argumento facilón, un protagonista simpaticote con quien empatizar y una resolución del conflicto que se parezca a la fábula moralizante. Como por ejemplo lo que hace ese chico que escribe en el tiempo libre que le permite su labor como policía autonómico catalán, sin ir más lejos. La prosa del agente del orden es estéril y mala de narices, pero eso es lo que le gusta al público catalán de hoy.

Cuando llega al pueblo catalán busca el lugar del evento, no lo encuentra y pregunta por la calle a uno de los escasos viandantes. Se le ocurre un cuento sobre pueblos fantasmas, dimensiones paralelas y otros horrores cósmicos. Se acuerda de Innsmouth, el pueblo de un gran cuento de Lovecraft. El paisano le indica. Lo hace con esa actitud catalana del interior tan característica, antipática y sarcástica. Eso es la Cataluña interior, se dice, ya sabías a lo que ibas.

En el lugar del evento literario catalán, sumido en una penumbra litúrgica y catalana, hay unos pocos acólitos. ¿Cincuenta? Catalanes todos. Todos parecen muy atentos, religiosamente entregados. Sus padres escuchaban a los ministros de Franco con la misma reverencia sumisa, entrenados en la obediencia a la autoridad competente. De nuevo acude Lovecraft a la mente del escritor catalán. Dagón, se dice para sus adentros. Les hecha una ojeada y descubre que son los mismos que se encontró en otro evento catalán y similar que visitó unos meses atrás, en otro pueblo catalán. Las mismas caras. La misma ausencia de juventud. Algo sugiere una secta, más bien senil y con una sospechosa tendencia a usar complementos de color amarillo en su atuendo. Eso amarillo debe significar algo, algo oscuro, sin duda. Ahora el escritor ya no piensa en Lovecraft si no en aquel cuento escalofriante de Robert Chambers, "El rey Amarillo", que es, a su parecer, el más terrorífico cuento de terror jamás leído.

Algunas caras  de los feligreses le son conocidas. Bueno, en realidad casi todas lo son. Casi todo el mundo es autor (o autora) de alguna novela, de alguna novelita. Nadie lee, solo escriben. Nadie compra libros. Hay abundancia de señoras, y todas ellas en la edad de la respetabilidad. Se sienta y escucha. Alguien, de entre la tiniebla, le ofrece una copa de vino catalán. Bebe con nerviosismo. El vino es bastante malo. La literatura catalana vive de mujeres maduras que escriben novela breve, mujeres que escriben reseñas en blogs en donde otras mujeres aplauden las reseñas y prometen comprarse el libro recomendado, aunque eso último sea mentira, una mentira de esas, tan catalana y tan consentida. Todo el mundo sabe que en Cataluña no se venden libros. Vender libros aquí es, más o menos, como vender jamones de cerdo ibérico en Meknès.

El escritor catalán se siente incómodo. Nadie le mira, nadie le saluda. Le hacen saber, a su modo silencioso, que le han invitado, si, pero que eso es tan cierto como que no es bienvenido. A veces, ese escritor ha publicado críticas que hirieron sentimientos patrios y fueron tomadas como burlas u ofensas entre graves y muy graves. Quizás tengan razón, pero ahora ya es demasiado tarde para lamentarse.

Así que, aprovechando el anonimato que le brinda la parroquia catalana -ahora están ensimismados escuchando a una vieja gloria tan nostálgica y trágica como catalana, cuyo rostro quiere emular a Núria Feliu- se desliza con suavidad hacia la puerta que le brinda una escapatoria cobarde e indigna, pero necesaria.

Afuera el cielo sigue gris y apesadumbrado. Pero el aire es fresco y las bajas presiones que conlleva la borrasca le animan.

-Ep, vostè! On va? -escucha la voz detrás suyo pero no osa darse la vuelta y se apresura hacia el lugar en donde dejó el coche. Desea irse, irse lejos de aquí, hacia el mar o hacia donde sea- Vostè no és l'escriptor català que venia a la taula rodona sobre èxits i llorers de la novel·la catalana?

-Me han confundido -murmura mientras echa a correr, desafiando su sistema respiratorio asmático- No soy de aquí, yo no se nada, discúlpenme, todo ha sido un error, un error lamentable, lo siento.

La insuficiencia respiratoria del desdichado autor catalán detiene su carrera. Su perseguidor le alcanza. Una mano huesuda y leñosa le agarra por el hombro derecho. La garra le presiona de tal modo que podría dejarle una huella indeleble.
-No... es que yo... yo no soy catalán -se le ocurre declarar, a modo de disculpa.

- Ah. D'acord. Pot marxar. Però intenti no molestar-nos mai més. El nostre mal no vol soroll. Recordi això, que és molt important. Li ho repeteixo per darrera vegada: el nostre mal no vol soroll, i vostè no és ningú...

La mano le suelta despacito.

-No, no, por supuesto que no. Lo entiendo. Eso no volverá a suceder.

Poco más tarde llega a Miami Platja, en donde el escritor catalán se detiene ante un garito con rótulos en inglés y allí se emborracha con cervezas irlandesas y del país de Gales, dispuesto a morir por exceso de alcohol. Cuando a la mañana siguiente se desvele tumbado en la arena de una playa desconocida pero catalana, creerá que todo ha sido una pesadilla. Y volverá a su vida y no intentará publicar jamás nada más en lengua catalana. Por si acaso.

dimecres, 4 de juliol de 2018

El diablo en Vallecas


Alberto Ávila lleva ya unos cuantos textos a tener en cuenta, entre los que están ensayos y novelas. Celebro lo de los ensayos ya que, quizás por la edad, el interés por la novela está declinando en mi espíritu. Y porqué es bueno que los autores de ficción ensayen (vaya jueguecito semántico): la escritura ensayística enriquece a quien escribe. Por aquí no son muy frecuentes los autores que combinan los dos géneros, así que mis felicitaciones para Ávila quien, en cierto sentido que ahora no entraré a concretar, me recuerda un poco a mi admirada Pilar Pedraza.

"El diablo en casa. El expediente Vallecas", de todas formas, es más un trabajo periodístico que un ensayo, aunque hay un poco de todo: la fusión de géneros me encanta.

Los sucesos que relata Ávila nos llevan al caso de "posesión diabólica" (o del llamado pánico satánico")  más reconocido en España, el de la niña Estefanía Gutiérrez, a principios de los 90, popularizado de nuevo gracias a una cinta de Paco Plaza (Verónica) que no he visto.

El texto empieza con una larga (quizás demasiado larga) introducción que intenta contextualizar la historia del diablo en la cultura popular reciente, empezando por los Estados Unidos y terminando en Vallecas. Este viaje me gusta, así como la descripción de un paseo por el distrito madrileño bajo la lluvia en el que Ávila muestra su destreza narradora y sus dotes como creador de atmósferas (ahí se echa de menos que haya sido demasiado breve). Por las páginas del texto flota el homenaje, nostálgico y levemente distanciado, a aquella España en la que éramos jovenes y nos dejábamos fascinar por los casos más oscuros, esos sucesos que nos transportaban a la frontera de la realidad y que nos permitieron, siendo casi analfabetos en la materia, comprender el significado de la palabra "metafísica" por la vertiente de la cultura pop en vez de por las lecturas de Swedenborg o de Schopenhauer, que me llegaron más tarde.

Poltergeist, posesión diabólica, folie à famille, suspensión de las leyes naturales, parapsicología... en mi caso, ese universo turbio me había llegado a través del añorado Andreas Faber-Kaiser y su "Mundo desconocido", la revista que se compraba un tío mío y que, cuando las había leído, me las regalaba. Sin embargo, a mi el caso Vallecas me llegó cuando me acercaba a los 30 y por aquel entonces había desconectado de los misterios de la ouija. Aunque, a diferencia del autor, yo sí jugué con el invento que invoca a los espíritus en un buen puñado de ocasiones y, como no podía ser de otra forma, experimenté situaciones a todas luces inexplicables al amparo de la luz racional.

Así que, a estas alturas y después de un viaje que ya ha rebasado los 50, lo que me gusta es leer un texto bien escrito -aunque bellamente imperfecto- en el que el suceso paranormal se explique dentro del contexto de pobreza, ignorancia, miedo e ingerencias de una prensa que explota a los más pobres para jugar al espectáculo, tan indigno, de mostrar la miseria ajena para sacar tajada. Por eso se le agradece a Alberto Ávila que no solo no caiga en la vieja trampa si no que intente restituir la dignidad a la familia de Estefanía.

Y se le agradece que nos recuerde la larga lista de "periodistas" que practicaron la desvergüenza para aumentar sus cuentas corrientes (o sus cuentas offshore) para hacer, sin arte ni escrúpulo alguno, lo que Tod Browning, en 1932, había hecho en "Freaks". Ya se que la historia de la exhibición del monstruo y lo grotesco es antiquísima, pero su uso espúreo más chirriante y deplorable es, sin duda, una aportación debida a cierta prensa reciente. Antes se debía hacer una larga cola para contemplar al hombre elefante: ahora basta con encender la tv.

A pesar de los años transcurridos, los intereses que cambian y todo lo demás, la lectura de "El diablo en casa" me lleva de nuevo a los asuntos oscuros: es muy probable que ahora los observe des de una distancia sideral, pero aún así revivo la vieja fascinación por lo extraño, aunque a día de hoy me inclino a pensar en las fronteras de la psiquiatría y en las consecuencias aterradoras de la miseria: no hay película de terror más terrorífica que "El ladrón de bicicletas".

Me han entrado ganas de irme a pasear por Vallecas (¿Vallekas?), pero debo esperar a un día oscuro y lluvioso de invierno.

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Ávila Salazar, Alberto. EL DIABLO EN CASA. EL EXPEDIENTE VALLECAS.
AC Agita Vallecas, Madrid 2018