dimarts, 30 de gener de 2018

Tres anuncios en las afueras

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Hace casi 20 años me apunté a una academia de teatro porqué probé a ser actor. Fue un fracaso. Si fuese hoy, daría un dedo de la mano por interpretar el papel de Sam Rockwell en "Tres anuncios en las afueras". Si fuese mujer, hoy, daría lo mismo por el papel de Frances McDormand, que supera la genialidad que brodó en "Fargo".

Hay cintas que van para clásicos del cine, y "Tres anuncios en las afueras" va para clásico. Con sus incoherencias y estos pequeños defectos que no sabemos si son queridos o no, ya que el director (director y guionista) se arriesga sin miedo. Martin McDonagh es un creador valiente y osado que presenta una obra a veces solo esbozada pero que, en su conjunto, es de una gran belleza. McDonagh tiene la virtud, cada vez más rara en el cine norteamericano, de saber encontrar lo bello en medio de lo soez, de lo triste, de lo vulgar.

El relato es estrictamente lineal (un solo y breve flashback sobre la profecía autocumplida) y algunas elipsis, las justas. Lo demás es casi un reportaje en tiempo real. Y, sin embargo, el director elabora una narrativa compleja y atrevida, sobre un fondo de nihilismo oscuro y muy triste a veces explícito y otras menos, barnizado de poesía.

A pesar del pesimismo muy severo que destila la cinta, el guión cuenta la ambivalencia moral de los personajes: aquí no hay buenos ni malos, ni corruptos contra honrados. Aquí lo que hay son personas capaces de lo mejor y de lo peor, depende de como les vaya la vida (o la muerte). Me entusiasmó el tratamiento del fuego, que ni purifica ni elimina nada: solo ensucia las paredes con su hollín. Un fuego impotente incapaz de transformar la realidad, una realidad que se transforma más con unas cartas procedentes de ultratumba que, rozando el ridículo, hablan de amor y nada más.

Una galería preciosa de personajes entrañables. Entrañables en su dolor, en sus cambios de humor, en sus cuitas por sobrevivir (a veces sin lograrlo). Personajes que son personas, y entre las cuales fluye una comprensión última que me parece lo mejor de la historia. En el fondo, todos se reconocen como lo que son (como lo que somos): pequeños seres perdidos en un lugar cruel y sin sentido, condenados a convivir. Y es eso lo que se reconocen entre ellos: que todos somos condenados del mismo presidio de espacio y de tiempo.

En algunos instantes de la película se me ocurrió pensar en la última novela de Jordi Ledesma, "Lo que nos queda de la muerte", por ese narrador que también muestra una comprensión para con casi todos los personajes. Aunque todos seamos responsables de la maldad del mundo, también somos sus víctimas, y en esta dualidad tensa está el secreto. Quizás la cinta cuenta solo eso, pero caramba, ¡como lo cuenta!

Y es por eso que juega a humor blanco y a humor negro, a comedia y a tragedia, al lenguaje soez al lado de una (falsa) cita de Oscar Wilde -confundido con Shakespeare-, a violencia y a misticismo idílico (la escena de la cierva es para retenerla), a western y a costumbrismo, a retrato del final del sueño americano (a Trump ni se le nombra pero flota en el aire) y a nostalgia del viejo sur racista, a grandes espacios abiertos y a escenas casi teatrales.

Siempre me ha maravillado ese cine norteamericano que sabe contar grandes historias que suceden en pequeños pueblos, lugares que condensan el mundo porqué la tragedia de un pueblo pequeño es la tragedia del mundo (si se sabe explicar, claro).

Le podría reprochar a McDonagh su empeño en querer meter muchas cosas en un solo relato, pero me sería difícil quitarle algo: el monólogo de la protagonista dirigido al cura del pueblo, en el que le niega cualquier autoridad moral (recortenlo y guardenselo si saben como hacerlo, porqué es para guardarlo), quizás es prescindible, pero a ver quien es el guapo que elimina un monólogo así.

Creo que el cine americano, con su narrativa en constante innovación y su capacidad crítica, nos sigue dando lecciones a los de por aquí: hay que ser muy maduro para poder retratar así a la policía local (por estos tristes lares nuestros sigo viendo novelitas negras destinadas a complacer a los Mossos d'Esquadra), para contar que el fracaso es absoluto en nuestro proyecto de sociedad y que estamos solos en un mundo sin Dios, vacío, con tanto odio y tanta venganza pendientes.

Aunque el final (lo cuento sin revelar nada del final en tanto que argumento) dice algo que va más allá del nihilismo y que habla de posibilidades: posibilidad de tener debates morales, de entenderse, de compadecerse, de salir de la opresión de nuestras propias paredes y de nuestros prejuicios, de nuestro dolor y del resentimiento. Cosas que, dichas hoy, en Cataluña, tienen un sentido muy comprensible.

3 comentaris:

  1. Me pareció muy buena al verla. Lo certifico al leer tu crítica.
    Saludos cordiales.

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    1. Gracias por comentarme eso, Mónica. He descubierto tu blog y te felicito por él. Muy interesante y muy sugerente.

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