dijous, 5 de desembre de 2019

Del negro al rosa


Durante algunos años fui un escritor de novela negra. Lo que se traduce en que, entre 2013 y 2015 publiqué dos novelas de este género y luego un par de cuentos en dos antologías. Bueno, y participé en algunos eventos del género, más bien previsibles y aburridos, aburridos por el público y los compañeros, ya que los organizadores suelen esforzarse en hacerlo ameno. Son una especie de actos tribales, con un aparato ritual casi litúrgico y muy tedioso, en el que los autores se sonríen y se dan palmadas en la espalda pero se odian sin disimulo (el pastel a repartir es muy escaso, no se venden libros y todo es precario, miserable, mezquino) y en los que, por encima de todos, flota el incienso de la cosa patriótica, una celebración de lo grandes que somos, lo buenos que somos, lo nada que tenemos que envidiarles al resto del mundo y, en especial, a los españoles. Quizás se me olvidó decir que estaba hablando de Cataluña y de gente que escribe en catalán.

Esta etapa de mi vida creo que duró unos cuatro años, luego pasé página (nunca mejor dicho) y me puse en otros asuntos. Antes de la novela negra había sido autor de novela juvenil, dos novelitas y dos colecciones de cuentos, luego una obra de teatro, luego algo así como una novela "histórica". Nunca jamás pensé que fuese una buena opción (hablo por mi y solo por mi) quedarse en una postura hasta caer muerto de repetición, aburrimiento e inanidad. Me gusta regresar al cero, a la nada, a la casilla de salida. Seguí escribiendo porque eso no lo puedo remediar, aunque me gustaría dejar de escribir de una vez y para siempre, y seguí escribiendo a diario, con más dolor que placer, todo hay que decirlo, y no soporto a los que me cuentan que disfrutan escribiendo: los que encuentran placer en la escritura escriben siempre mal, invariablemente mal: eso es una ley universal como la ley de la gravedad, aunque no tenga a un Einstein que la formule.

Así pues, seguí escribiendo sobre otros asuntos, lejos de las intrigas criminales (como lector, me aburren soberanamente las intrigas criminales y las cuitas policiales me parecen insufribles). Siempre me he dejado llevar por la estela de las buenas lecturas, cual ave migratoria en busca de climas más favorables y así pues, como un pato salvaje, me alejé de la cosa negra y criminal sin echarla nunca de menos: la novela de entretenimiento no entretiene ni a una bacteria. Acabo de leer la "Terra Alta" del Cercas, pero solo porque admiro a Cercas y jamás le agradeceré bastante su posición frente al independentismo que nos asola y nos ensombrece la vida. Y la conclusión es, justamente, que lo mejor de Cercas es todo lo demás menos "Terra Alta", y la lectura me ha certificado lo que sabía (¿sesgo de confirmación?): que ya no me interesa el género negro. Ni el gris perla, que es lo que más se lleva por aquí.

Pero la vida es caprichosa, el destino cabrón y el azar indescifrable además de bromista: bastó con que me alejara de la novela negra y de mi etapa como autor clasificado en esa categoría para que empezase a ser tratado como tal. Una vez abandoné el oficio, me empezaron a ofrecer bolos y actuaciones dentro del rango. ¡Maldita sea! Ahora me sucede lo que no me sucedió cuando me consideraba escritor de novela negra. Acabo de recibir la novela breve de un autor que, por lo visto, me conoció en este blog. Es un escritor de Gerona, Xavier Rigall, y su obra lleva por título "Una amistat corrompuda". Se trata de un texto breve y divertido, no sin algo de mala leche -cosa que se agradece de veras-, con ironía, con desencanto, y que juega al negro usando algunas convenciones del género para tratar, en realidad, de cosas humanas, terriblemente humanas.

Casi al mismo tiempo alguien ha rescatado mi última novela, la de 2015, y me propone organizar una ruta callejera por sus escenarios. He accedido después de vivir un extraño debate conmigo mismo en el que participaron dos diablillos: Vanidoso y Hastiado. Llegué a un inesperado punto medio, con concesiones a ambos: haré la ruta pero no hablaré de mi libro (parafraseando al gran Umbral) si no de la ruta en sí, del paisaje, de Pérez Andújar, de Franco en Barcelona, de las periferias urbanas del mundo, de los viejos polígonos de la industria metalúrgica extinguida y hoy ocupados por mayoristas chinos entre los cuales se reúnen los pakistaníes para jugar al crícket los domingos soleados, de los hombres que se pasean con jaulas de pajaritos cantores recubiertas con telas listadas, del curioso nomenclátor de las calles de los barrios pobres: Marx, García Lorca, Carmen Amaya, Machado, Gandhi están en las periferias más periféricas, casi en los no lugares. No como Aribau, Balmes, Gaudí, Maragall. Etcétera.

Y casi al mismo tiempo también, unos alumnos curiosones han investigado y han dado con la página de la Wikipedia que me abrieron cuando, a petición de la editorial de la cosa negra, aparecí en este lugar. ¡Vaya! exclamaron muy orgullosos ¡Qué lujo tener de profesor a un autor de novela negra!, me dijeron. Y yo asentí levemente, esquivo y algo molesto, y murmuré algo así como que ya no soy ese, que ese se fue, que ahora escribo otras cosas en otros lugares pero sobretodo en mi casa, y que me guardo los textos en un cajón recóndito, que aquello no me interesa hasta el punto de que, en realidad, lo tengo olvidado. Creo que esos alumnos pensaron que les había respondido tal como responde un tío más bien borde o demasiado tímido. Si me tienen que recordar por algo, que sea por las clases y por el empeño que le pongo en que sean amenas y dialogadas. Si me preguntan más les diré que lean a los buenos, a los grandes, a los clásicos. Que no pierdan el tiempo leyéndome a mi, que prescindan de los autores catalanes. Que lean rosa. O violeta o rojo. Pero ni negro ni amarillo.

Este blog se muere, despacio pero a pasos firmes, como dijo Aristóteles. Me refiero al Aristóteles antiguo, no al Onassis. Aunque Aristóteles Onassis también se murió tan despacio como seguro.