diumenge, 18 de febrer de 2018

El club perverso de Pablo Larraín

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Conseguí ver "El club" después de varios intentos fallidos y, una vez vista, me felicité por mi persistencia en querer ver esta cinta. Esa es una de las mejores cintas que he tenido el placer de contemplar. ¿Haneke en Chile? Bueno, la pregunta quizás no es muy afortunada. Porqué Larraín es bueno sin necesidad de remitirse a Haneke, aunque algo de Haneke hay en Larraín.

La cinta del genio chileno sorprende desde el primer instante por esa factura velada, ese aspecto de luz natural y de cámara subjetiva con la que filma el drama que se convierte en tragedia clásica. Y por ese empeño en rodar imágenes que nos trasladan a un imaginario pictórico gótico, oscuro, en donde están Caravaggio, Velázquez, Hyeronimus Bosch, Brueghel el viejo. Y eso, Larraín lo hace sin aspavientos, como si fuese lo más natural del mundo. Que se lo hagan mirar Greenaway y los demás falsos barrocos.

Una casita en la Tierra del Fuego. En el confín del mundo. El Purgatorio en la Tierra, en Tierra del Fuego. Una casa de oración y de penitencia para curitas que han caído en el pecado: la concupiscencia, el negocio de la trata de bebés, la colaboración criminal con Pinochet. Con una monja carcelera y aficionada a las carreras de galgos que, a su vez, también cometió pecado. Cuatro hombres y una mujer que conviven en una armonía aparente hasta que llega un extraño, como en las grandes obras de teatro (piensen en Ibsen o en Priestley, -¡pero sin olvidarse de Haneke, por si acaso!). Y luego llega el detective, que es otro cura, pero un cura de la alta jerarquía eclesiástica, un tipo con el perfil de un inquisidor medieveal pero con estudios de psicología clínica, formado en universidades de mucho prestigio, en España y en los Estados Unidos.

En la historia aparece, también, una víctima de los abusos que cometieron los curitas cuando eran libres y campaban a sus anchas. El pasado vuelve y te agarra por el gaznate, eso es algo que ya dijeron los dramaturgos griegos y que Larraín cuenta con una frescura envidiable, como si te lo contase por primera vez pero sin soslayar que el asunto lleva tres mil años de relato. Uno de los personajes más entrañables y más ambiguos que he visto es ese Sandokán trasnochado, perdido, politóxicomano, miserable vagabundo, iluminado por una luz oscura como un santurrón loco.

Cinta de actores y de interpretación, cinta que pide ser teatro, "El club" es una joya del arte. Una joya del arte que habla del dolor y de la contrición, de la penitencia, un contemporáneo "Corazón de las tinieblas" llevado al siglo XXI, un viaje al horror que se resuelve con el sacrificio extremo (¿nos queda alguna otra opción, a los humanos del siglo XXI que no sea un sacrificio muy grande?). El sacrificio de los tres perros galgos (una aguda referencia a las tres cabezas del Cancerbero que guarda el acceso al infierno), el silencio impuesto mediante chantaje, la tortura de la memoria, el recuerdo de todo el mal que hemos infligido.

He mencionado más de una vez a Haneke pero debería haber dicho algo de Bergman y de Dreyer, que están en "El Club" en un montón de planos. Y quizás no estaría de más nombrar a Murnau y a Fritz Lang. Me los imagino a los cuatro juntos, sentados codo con codo en una imposible sala de cine y aplaudiendo, con "bravos", la cinta de Pablo Larraín.

1 comentari:

  1. No he visto nada del autor citado, bueno ni de este ni de muchos que se citan. En realidad creo que huyo del cine, no se porqué, pero siempre me parece que me engañan.
    Un abrazo

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