dimecres, 30 d’octubre de 2019

La última del Cercas


A veces hablo mal de libros que no he leído, por el placer íntimo de hacerlo. Porque me cae mal algo de un libro: el título, la filiación política de su autor, sus postulados estéticos. Por ejemplo. No creo que hablar mal de un libro, de un autor o de un editor sea un delito ni una falta. Ni tan siquiera debería estar mal visto. Además, me parece elegante.

Del mismo modo, quizás para compensar lo anterior, a veces elogio un libro que no he leído tampoco. Como es el caso de este texto. Elogio un libro que ni tan solo está publicado, del que solo tengo noticias. Se trata de la novela de Javier Cercas que acaba de ganar un premio y de la que, a decir verdad, no se ni tan solo el título. O no me acuerdo. Que para el caso es lo mismo no saber que no recordar. Es "la última del Cercas". Y con eso me vale.

Y además Cercas me cae bien.

Creo que fue Tolstoi quien dijo que algún día nos avergonzaremos de haber escrito ficción. Cercas se avergonzará menos que los demás. Me resistí durante años a leer "Soldados de Salamina" por el agobio publicitario que le rodeaba, por el aire de best-seller con el que emponzoñaban el texto. Hasta que un día descubrí a un compañero de trabajo que, durante el descanso del mediodía, estaba sentado encima de unos fardos leyendo "Soldados de Salamina" mientras engullía un bocata de panceta al que no le prestaba una sola mirada de cariño. El compañero se llamaba Javi, eso es cierto, y era un tipo bonachón que a duras penas había terminado los estudios obligatorios para ponerse a currar. Un chavalote bravucón, con un aire de quinqui antiguo, casi mítico, pero un tipo honesto y fiable a más no poder. Por aquellos años (¡hace ya casi 20 años!) yo trabajaba en una empresa de logística y mis compañeros eran transportistas, toreros de toro mecánico y operadoras de telefonía mal pagadas y con unos horarios infames. Javi estaba en una de esas categorías, era muy joven y desgarbado, y aquél mediodía estaba allí, medio escondido durante su descanso, leyendo la novela de Cercas. Aquella misma tarde me compré el libro. Javi hizo en mi lo que no había conseguido ninguna campaña de marketing.

De Cercas creo que lo he leído casi todo, que es una forma de confesar que no lo he leído todo. Creo que me falta un libro y algunos de sus artículos en El País. Si "Soldados de Salamina" me sedujo, mucho más disfruté con la lectura de "El punto ciego", que es ensayo, y un ensayo que se debería leer en las facultades de todo lo relacionado con la cultura, las humanidades y, sobra decirlo, con la literatura.

Y además, como dije, Cercas me cae bien.

En Cataluña abundan (e incluso sobran) los escritorzuelos que escriben para agradar a alguien, que escriben como si quisieran obtener un puestecito, un carguito o algo así. Un comisariado del "Any Pipiolo", un negociado en el Departament de Cultura, un despachito en el Institut d'Estudis Catalanets, una mención en el Premi d'Honor de les Dèries catalanes, una sillita en un programa semanal de Tv3, algo, por favor, lo que sea para gustar al que manda y sacar tajadita. Es esa una actitud muy catalana pero muy cansina. Cercas no pretende gustarle a nadie: solo hay que ver lo que le dijeron a raíz de "El monarca de las sombras", libro que pareció disgustar a todos. Que un escritor disguste a todos es la prueba del nueve: ese es el escritor bueno. El escritor a secas.

De esos nos quedan pocos, y en Cataluña casi sólo Cercas. Por eso me permito elogiar un libro que no está en las librerías y del que desconozco el título. Que Cercas se haya adentrado en el registro del género negro o policial, además, es una gran noticia: me figuro la lección que les dará a los pánfilos que se acercan a este género sin haber comprendido nada y con la espuria intención de publicar ejercicios de escuela de escritura de barrio que presentan un nivel estético de trabajo de la ESO y que todo lo que saben del género es lo que pretenden haber aprendido viendo series de Netflix o, sobretodo, capítulos de CSI Miami.

Se me olvidaba contar un secreto: cuando se publique la novela de Cercas será la primera vez que me compre un premio Planeta recién salido del horno: los pocos que tengo en casa los compré en librerías de segunda mano y son libros que se publicaron durante mi infancia.

Este artículo es un homenaje al Javi, el chaval que leía "Soldados de Salamina" en un rincón de la nave inhóspita, fría y oscura de aquel almacén de una empresa de logística, allá por el 2001.

dijous, 12 de setembre de 2019

Xavier Bru de Sala en la Semanita del Llibret Catalanet

Resultat d'imatges de estelada ridicula

Xavier Bru de Sala, antaño intelectual del régimen pujolista, escribe una columnita -diría que semanal- en El Periódico. Unos días atrás escribió una columnita de las suyas en la que viene a contarnos que, al paso que va el asunto, la cultura catalana será solo cultureta. Y acusa de la debacle a la cosa del procés, un elemento que ha tribalizado la ya maltrecha cultura. En buenas horas, Xavier Bru. Bueno, más vale tarde que nunca, pero ya te vale. Lo que se dice muy avispado no lo es Xavier bru de Sala. La cultura catalana lleva muchas décadas incapaz de pasar de cultureta a cultura, y eso es una evidencia que debería conocerla un intelectual de su talla.

La cultureta que nos deja el procés no es cultureta, es una minicultureta, una cultereteta, una ridiculez. Libritos procesistas o patrióticos, novelitas con esteladas en las portadas, la miniaturización de la literatura, cuentos de Junqueras o epístolas tronchantes debidas a la pluma de un tal Jordi Cuixart, individuo incapaz de hilvanar frases inteligibles en un mundo que ya no es medieval, por suerte. Leo a una bloguera que cuenta haber estado en la Semana del Libro en Catalán y que lo ha aprovechado para comprarse el librito de Cuixart. Bravo. En la misma feria había traducciones de filosofía griega y romana, pero ella eligió a Cuixart. Había traducciones de novela norteamericana, inglesa, francesa, rumana, italiana. Pero eligió el librito de Cuixart.

Debería preguntarse, el señor Bru de Sala, en qué contribuyó él a hacer de una posible cultura una cultureta. Pero eso vamos a dejárselo. En su cómodo rincón de pensar.

Yo participé en esa ficción, esa ficcioncita. Y me harté y me largué. Por suerte tengo un trabajo que me gusta y que me apasiona, y que me da retos nuevos muy a menudo (a veces más a menudo de lo que yo quisiera, pero sea como sea bienvenidos sean los retos). Pero eso no quita que mi paso por la identidad provisional y breve de la cultureta catalana no me haya dado grandes datos. Haber publicado algunos títulos, haber conocido la mediocridad apabullante y la estupidez resplandeciente de algunos de sus popes es algo que resulta fabuloso. Recuerdo a una señora que se las daba de comisaria política, literaria y de género. Jamás escribió dos líneas decentes seguidas, pero se las daba de algo. Porque es muy nacionalista y porque exhibe a un gato en el facebook. Creo que el gato (¿gata?) hace más por ella que su nacionalismo de barrio.

Mi conclusión es que lo mejor hubiese sido no haber publicado. Por lo menos no haber publicado en catalán. Pero a lo hecho, pecho. Peores cosas hemos hecho, vamos. Y cada uno se sabe las suyas. Si uno sigue con este razonamiento terminará por concluir, con Mircea Cartarescu, que lo mejor hubiese sido no haber nacido, una opción que jamás podré rebatir.


dimarts, 30 de juliol de 2019

Leer, releer. Y el hastío de la novela negra

Resultat d'imatges de la verdad sobre el caso harry quebert

En el verano, el deseo de releer novelas leídas en la primera juventud lo puedo actualizar. Me pregunto qué significa ese deseo, uno de los pocos que perviven en mi líbido fatigada. Sea como sea, no solo releo si no que retomo la escritura en este blog, en estado de abandono desde febrero (un abandono justificado por el título de la entrada anterior: "Y dejar de escribir").

Con el paso del tiempo, se esfumó mi curiosidad por el género denominado "novela negra" y que nadie es capaz de definir muy bien. Lo siento por los conocidos que afirman ser capaces de definirlo y se esfuerzan en su noble propósito (un propósito tan loable como el del santo de Asís, que pretendía dialogar con las bestias). Una de las primeras dudas que me asalta ante este género no es a qué se refiere el adjetivo "negra", sino que mi duda afecta al sustantivo: ¿pueden ser consideradas "novelas" unas narraciones pueriles, maniqueas y simplonas que, bajo la pretensión declarada del "entretenimiento", tan solo consiguen ruborizar al lector, aquejado por esa vergüenza ajena tan molesta?

Bueno, voy al asunto. Me he reencontrado con "Los demonios" de Dostoievsky, con "Netchaiev ha vuelto" de Semprún y con el "Santuario" de Faulkner. Son tres autores que se esforzaron en defender una tesis, y a los tres les veo sudando tinta para lograr su objetivo, nada fácil, para cortocircuitar el cerebro del lector, para incomodarlo, para recordarle que mantiene la facultad de pensar. Los releo a ratos, desordenadamente y a la vez, y a menudo ni tan solo uso el punto de libro: los abro al azar, por donde se abran (los libros, como otros objetos, tienen voluntad y sentimientos) y así consigo darles una nueva textura, una profundidad inesperada. Aunque hay momentos en los que no sé si Netchaiev apareció en Los demonios (cosa probable) o si, por el contrario, Stavroguin es el protagonista de la novela de Semprún. Eso tendría un pase, porqué Semprún se inspira en Dostoievsky, pero luego están Lee Goodwin y Ruby, que se me pasan de novela a novela y consiguen que espere la aparición de Ruby en un capítulo de "Los demonios", cosa que no sucederá, aunque la evidencia tarde varias páginas en tomar una forma sólida en mi mente.

Las últimas lecturas de lo que las editoriales editan bajo el sello de "novela negra" me dejaron hastiado, y no me sacaron de mi hastío las novelas negras clásicas, puesto que, leyéndolas, no podía soslayar la acusación de culpabilidad que mi corazón les atribuye, la culpabilidad indudable de ser precursoras, inspiradoras o cómplices necesarias del desastre contemporáneo. Hay una infantilización indiscutible en el "producto" cultural, y uso la expresión neoliberal a mi pesar, tan lamentable como la de "gestión de la emociones". Tuve que tragar tantas veces con la idea de que una novela, una obra de teatro o un cuadro son "productos" (así como con la idea de que las emociones se pueden -y se deben- gestionar), que al final he sucumbido, genuflexo y avergonzado, hasta la miseria que es usarlas, bajo el oscuro pretexto vergonzoso de que alguien, así, me comprenderá.

Hoy he visto a un hombre adulto, con barba canosa, circulando en un patinete por la línea blanca que separa los dos sentidos de la avenida. Pinzada bajo su sobaco raudo, viajaba "La verdad sobre el caso Harry Quebert".

Si Faulkner, Dostoievsky o Semprún fuesen jóvenes escritores a día de hoy, sin duda les publicarían a cambio de cuatro euros bajo el epígrafe "novela negra", y se verían lastrados por este sello, lastrado a su vez por esa frivolidad de la "literatura de entretenimiento" que es el eufemismo de la bazofia. La colección de Bruguera "Bolsilibros" tenía más dignidad que la mayoría de los títulos que se publican hoy con unas ínfulas insufribles. Me temo que varias novelas de García Márquez sufrirían el mismo destino oprobioso. Me sabe mal porque hay autores que se esfuerzan por escribir textos dignos que terminan en colecciones "negras", cayendo así en el pozo de lo prescindible junto a los que lo merecen por méritos propios.

Se avecina el año Melville, y me huelo que al pobre Herman serían capaces de publicarle bajo el mismo sello: "Benito Cereno, la novela negra más emocionante del año". No descarto que un editor le corrija el título y le estampe "Benito Sereno", por no decir que, en catalán, sería editado como "Benet Serè", en una nueva muestra de la superioridad intelectual de la cosita catalaneta, que es algo indiscutible.

dilluns, 11 de febrer de 2019

Y dejar de escribir


Aunque escribo textos de ficción, de recuerdos, de reflexión o de banalidades (todos tratan de banalidades, en verdad) desde que era muy niño, siempre he pensado en dejar de hacerlo. Es decir: pienso en dejar de escribir al mismo tiempo en que empiezo escribir, a garabatear -o a teclear, más adelante. Lo de escribir lo vivo como se vive una maldición, o como algo muy próximo a una adicción maligna.

En el 78 o el 79, con unos ahorrillos, me compré una máquina de escribir en un rastrillo. Era una Olivetti Lettera 22 de color grisnubedelluviadeverano, una máquina compacta y sólida pero pequeña, que se consideraba por entonces una máquina portátil. Creí que el aparato me ayudaría y me insuflaría nuevas ganas de escribir, y que quizás me proveería de nuevas ideas, incluso de algo como un estilo personal. Uno jamás olvida las imágenes de Guido en ese chiringuito de playa, en "La dolce vita". Hay algo fascinante en la escena, algo sublime. Guido sentado bajo las parras del chiringuito, el sol, los niños corriendo por ahí mientras intenta concentrarse en escribir su crónica pero, sin embargo, todo le distrae: cualquier cosa es mejor que escribir, todo es un buen argumento para dejarlo, una causa noble.

Siempre quise dejar de escribir y por eso escribí sin cesar. Creo que hay muy pocos días en mi vida en que no haya escrito algo. Muchas veces he escrito sobre dejar de escribir, porqué creo que encontraré la forma de dejar de escribir escribiendo. No se me ocurre otra forma de hallar la fórmula del abandono.

Hay personas que hablan muy bien, y saben hilar un discurso coherente, argumentado, con objetivos claros. Y sin embargo, no escriben bien. Parecen torpes cuando se ponen a redactar. Parece que cada persona, cada cerebro, halla su forma propia de organizar los pensamientos mediante el lenguaje. Yo jamás he podido hablar más de 3 o 4 minutos seguidos sin tener la sensación de haber caído en un galimatías lleno de titubeos, de incoherencias. Sin embargo puedo escribir durante horas. Llegué a las 12 horas seguidas, en una noche de hace muchos años. Por aquel entonces, escribía ya en un protoordenador, un Macintosh 128k color canela.

Luego volví a las libretas. Me compré plumas estilográficas baratas, de esas de cartuchos que se gastan a las tres páginas. Dejaba regueros de cartuchos vacíos por todas partes, incluso con un incivismo que me parecía romántico, tirándolos por el balcón o abandonándolos encima de las mesitas de los bares. Confié en las libretas y las estilográficas para dejar de escribir, una vez fracasado en mi intento de quitarme con la Olivetti.

Un día leí que Jorge Luis Borges había escrito algo así como que daba las gracias (¿a quién?) por las lecturas leídas, pero no por las obras escritas. Tras haber leído eso me leí todo Borges, esperando encontrarme en ese lugar en el que Borges comprendió que era mejor leer que escribir. De Borges pasé a García Márquez, de García Márquez a Rulfo y luego Cortázar, Mutis (¡qué grande es Mutis, por Dios!) y Vargas Llosa. Leí casi toda la literatura latinoamericana que había en la biblioteca pública del barrio. La lectura, sin embargo, me empujaba a tomar notas. Anotaciones en libretas. No me permitía dejar de escribir la lectura.

Descubrí que mi madre no podía dejar de escribir. Lo supe cuando ella ya estaba muerta. Mientras vaciaba el piso en donde vivió sola los últimos años de su vida, encontré miles de páginas. Un diario de juventud. Cartas antiguas. Las más antiguas, de amor. De un amor ingenuo que aspiraba a una pureza extrema. Eso me heló el corazón. Sin embargo, los últimos textos de mi madre ya muy cerca de la muerte, parecen responder a una vocación notarial austera y estricta. Son largas listas que anotan la hora en la que salió el sol y la hora en que se hundió. Sin comentarios, sin anotaciones al margen. Creo que ella también deseaba dejar de escribir y, no pudiendo hacerlo, usó la escritura en su sentido más terco. Halló la pureza. El sol ha salido a las 6:45 y se ha puesto a las 18:10. Había páginas y más páginas con esas anotaciones del ritmo solar. Nada más que eso. Crónica mínima.

Como una vez me vi clasificado como autor de "novela negra catalana" por ciertos avatares que no vienen a cuento, decidí escribir una novela negra que fuese el fin de la novela negra, una novela que debería ser la última novela negra del mundo. Soñé en escribir una novela que impidiese escribir jamás una nueva novela negra. En realidad, solo quería dejar de escribir novelas negras, un propósito que, claro está, enmascara el verdadero propósito: dejar de escribir. Mandé mi original al editor y el editor me lo devolvió, meses más tarde, y me dijo que mi novela era impublicable, que era una mierda de novela. No se puede pretender que un editor catalán comprenda ciertas cosas, pero comprendí que, en cierta forma, había dado un primer paso: dejar de publicar. Ese es un bello objetivo y una gran conquista, sobretodo en unos tiempos en los que parece que todo el mundo publica o quiere publicar, incluso tipos que jamás han leído ni un solo cuento de Borges.

Hace años, un profesor al que admiro dijo: como cada día se publican miles de libros en el mundo y es imposible orientarse en este océano tan vasto, por falta de brújulas, lo mejor es limitarse a leer a los clásicos universales. Esa idea, que adopté enseguida, me ayudó: si escribo pierdo tiempo de leer a los clásicos. Lo malo es que los clásicos mueven nuevas sinapsis en el cerebro, y esas conexiones me obligaban a tomar notas. Notas que se convertían en relatos breves, relatos breves que devenían embriones de novelas.

Alguien dijo que primero hay que vivir y luego escribir. Quien dijo eso no sabía que hay quien vive cuando escribe y que, cuando no escribe, tiene la angustiosa sensación de no vivir del todo, de estar limitándose a una vida en términos biológicos, que es una vida muy pequeñita.

Hoy he escuchado una conferencia de una hora de duración. Quien la impartía no llevaba apuntes: solo un papelito no mayor que un ticket del metro, en el que había una decena de palabras. Su discurso estaba bien hilvanado, avanzaba con método. Simulaba dudas y lapsus, pero estaba trabado. Yo tomaba notas, y empecé a redactar una pregunta final que era también un relato en el que había recuerdos viejos y nuevos, imágenes, alguna metáfora, y una cuestión final más bien retórica que cerraba mi intervención y contenía un atisbo poético.

La conferencia se extendió demasiado y tuvieron que eliminar el turno de preguntas. No pude leer mi intervención. Tiré la hoja (una cuartilla por las dos caras) a la papelera. No había podido dejar de escribir, pero si pude echar mi texto al olvido, a la nada, dentro de una papelera llena de pañuelos con mocos.

diumenge, 16 de desembre de 2018

La madre de Ismail

La madre de Ismail, y su padre, viajaron de Marruecos a España. Una vez aquí empezaron a trabajar en trabajos muy precarios, muy pequeños. Se instalaron en una ciudad mediana, de provincias, a no muchos kilómetros de Barcelona. Alquilaron un pisito. Un tiempo después, nació Ismail. Uno de los motivos que tuvieron para emigrar a España fue ese: darles mejores oportunidades a sus hijos. Hicieron como tantos emigrantes a lo largo de la historia.

Viven en Ca n'Anglada, que e un barrio antaño conflictivo y hoy un buen barrio, porqué el ayuntamiento hizo sus deberes y Ca n'Anglada es un barrio pobre, obrero, de inmigrantes, pero un buen barrio: tranquilo, con sus tiendas y sus quinquis, bastante limpio, sus locutorios, sus tres mil lenguas, sus bares, sus bazares, sus motocicletas zumbando a las tres de la magrugada cuesta arriba, su panadería de toda la vida, su colegio, su restaurante de bodas y banquetes en decadencia, su mezquita, sus moritos con la chilaba, su salam aleikum, su buenos días, su bon día. Un barrio más. Pobre pero alegre.

Ismail nació con una cardiopatía congénita. No se preocupe, señora, le dijeron los médicos de la mútua que hace las funciones de la sanidad pública en la Cataluña post Artur Mas, post Boi Ruiz. Le ponemos en lista de espera, no se preocupe.

Ismail y yo coincidimos en su primer curso de primaria. Ismail es un morito de ojos claros (medio verdes, medio azules) y pelo rubio, aunque un pelo endiabladamente rizado. Ismail es bueno, dulce, sonríe siempre. A veces llora y me cuesta mucho saber las razones de su llanto. Es un niño delicado, frágil. Es menudo, escaso, invisible a veces. Discreto, como quien está per sin estar, sin intención. Está en las nubes, en los paisajes indescifrables de su imaginación, ensoñado. Sonríe. Con una sonrisa leve, generosa, ancha. Una sonrisa silenciosa, sin risa.

No pregunta, no se pelea con nadie, pasa desapercibido, como el torrente de agua que transita el bosque lejano tras la lluvia, lejos de los caminos, lejos de los ciclistas y los trotadores con ropas relucientes del Dectahlon. Ismail es así, pequeño como un secreto. No le gusta salir al patio y por eso descubro su cardiopatía. A veces le pido que se quede en clase, sin patio. Le pido que me ayude a preparar cosas, a ordenar la biblioteca del aula. El me sonríe, no dice nada. A veces le toco su cabeza de pelo rubio y rizado. El me mira, me sonríe. Jamás comprenderé que les pasa por la mente a los abusadores. Hablamos a veces, pero poco. A él todavía les cuestan el catalán y el castellano. Cuando se termina el primer trimestre monta un álbum de pena y yo no me doy cuenta hasta que su madre no me lo muestra y con sus grandes ojos me dice: ¿qué álbum es esto? Ismail ha puesto la portada del revés, la contraportada tras la portada, las hojas desordenadas. Jolines, le digo yo. No se preocupe, eso no sucederá más. Los álbumes del segundo y del tercer trimestre llegan impecables a las manos de su madre y el se los entrega con esa sonrisa que le conozco, esa sonrisa de silencios, de ojos claros.

Ismail murió hace quince días. Estaba en lista de espera, esperando una operación que ya no hace falta. Ismail murió hace quince días, está muerto. Su sonrisa ya no existe. El mundo perdió la sonrisa ancha de Ismail, perdió su mirada de ojos claros. Mientras Ismail moría, un señor llamado Quim Torra hablaba de la vía eslovena para conseguir la felicidad de él y de los suyos. Otro señor, llamado Donald Trump, defendía los muros electrificados en las fronteras. Otro señor, catalán como Ismail, insistía en reclamar donaciones para mantener su tren de vida en Waterloo. La muerte se ensañaba en el lado de los pobres, de los pobres que sonríen sin hablar, sin micrófonos, solo números grandes en una lista de espera que la Parca cuenta, siniestra y solemne como una declaración de independencia, siniestra y seria como un protocolo, como una sesión parlamentaria.

Ismail está muerto. Muerto de veras. Yo ando buscando a su madre para mostrarle algo, una forma de pésame que deberé improvisar, un gesto, algo.


dijous, 13 de desembre de 2018

La noche del velero desmemoriado. Lectura de Jordi Ledesma.


Leí "La noche sin memoria" en dos sesiones de lectura nocturnas. Noche de viernes y noche de sábado. Puente de la Inmaculada Constitución. Hice lo que yo se que no es correcto: leí deprisa. Aunque debo admitir que la prosa de Jordi Ledesma, que es pausada y equilibrada en apariencia, exige una lectura a tumba abierta. Hay algo de pendiente hacia el infierno en esas páginas. La aceleración la impone la ley física que gobierna todas las caídas. Por los mismos días estaba yo releyendo la "Crónica de una muerte anunciada", novela que releo cada pocos años (cada uno tiene su religión, y cada religión sus obligaciones, sus sacramentos). Y también estaba empezando a leer la "Comedia" de Dante, en esa nueva y flamante traducción que nos brinda El Acantilado. A priori, uno hubiese dicho que la novela de Ledesma poca esperanza albergaba ante tan altos adversarios. Sin embargo, ahí está. Ahí están esas dos noches (las horas previas a acostarse) dedicadas a "La noche sin memoria", título que establece un juego de significados con mis otras lectura de esos días.

Publicada poco después (y quizás demasiado poco después) de "Lo que nos queda de la muerte", "La noche sin memoria" entabla un diálogo con la anterior. Y es un diálogo tan estrecho que, en mi primera reacción, sentí que esos dos textos deberían ser publicados juntos. Hay una hermandad entre ambos títulos, una relación estrecha, visceral, apasionada. Incluso incestuosa.

Me atrevo a decir que el narrador de "La noche sin memoria" es el mismo de "Lo que nos queda de la muerte", solo que aquí ha adquirido mayor relevancia y tiene mayor empeño en mostrarse. Un narrador que es un hallazgo, y que, tras ser el protagonista camuflado en la anterior, ahora se desvela un poco más. Eso es, en efecto una virtud: los buenos autores saben que el protagonista de una buena novela es el narrador. Solo hay que leer la primera frase de "Ana Karenina" para comprenderlo. Aquí el narrador no solo se desvela más: también incluye reflexiones sobre la escritura, sobre el hecho de la misma, opina, critica, se muestra. Bravo por ese narrador cuando distingue entre novelista y escritor, y cuando admite que la novela es la más lamentable de las formas literarias. El mayor defecto de un novelista es ese deseo que tiene de completar la obra de Dios, de otorgarle sentido, coherencia, lógica, intención. Ni la vida ni el mundo tienen nada de eso, que son azar sin necesidad, incluso en la belleza: ¿qué sentido tiene que la atmósfera de Júpiter sea más bella, más inquietante y más estremecedora que cualquier pintura hecha jamás por la mano del hombre?.

Ledesma vuelve a ese pueblo de la costa, ese puerto que protagonizó su aventura literaria anterior. Ese pueblo inspirado en uno real que es algo así como un Comala catalán en ciernes (tanto es así, que no tardaré mucho en irme para allá un rato, a buscar esos bares y restaurantes, a tomar el sol en ese puerto que creo conocer a partir de las páginas de Ledesma), y lo contrapone a esa Ciudad de los señoritos de la avellana que todos conocemos de algún modo. Ese Reus de señoritos falangistas antaño, y hoy de señoritos muy catalanes, muy soberanistas, de la estelada y el lacito amarillo.

"La noche sin memoria" extiende, amplía y comenta, a veces, la novela anterior. Quizás sean dos capítulos de una gran novela que todavía solo existe entera en los sueños del novelista, y a medias en el mundo. Yo diría que algo hay de eso. Eso explicaría, de paso, la evolución del narrador que ahora osa ser un poco más presente, un poco más visible. Como la lectura de Ledesma me pilla leyendo al Dante, le diría que Alighieri no se cortó ni un pelo y se situó a si mismo en el primer verso. (Al fin y al cabo, Ledesma también se halla a mitad del camino de la vida).

La verdad: uno espera que algunos factores del narrador adquieran el relieve que merecen (o que prometen). Hablo de esa politoxicomanía de la que habla sin mostrarla, y que, a mi entender, podría dar mucho más de si. Un narrador toxicómano, y que dice que se droga a menudo (aunque argumenta excusas peregrinas, como todos: la droga estimula mi creatividad, me desinhibe, etc ) podría jugar al juego del narrador poco fiable, una posibilidad que se le aparece en la mente del lector y que no obtiene, a mi parecer, la respuesta que en algunos momentos uno espera (o desea). Decía el crítico Mikhaíl Bakhtín que la obra literaria solo existe cuando tiene un lector, ya que la literatura solo aparece en el diálogo del autor con el lector (por eso se le atribuye, a Bakhtín, el concepto de la lectura dialógica). En el sentido de Bakhtín, "La noche sin memoria" es literatura de veras: el diálogo del narrador con el lector es un diálogo fluido, interesante, sugerente. Incluso la sordidez de las escenas sexuales, que acrecienta la sordidez de las de la novela anterior, activa el resorte de las preguntas: esa reducción de la sexualidad a las relaciones de poder (que tanto gustaría a Michel Foucault) invita al diálogo. ¿Es posible una relación sexual sana e igualitaria? ¿Porqué no hay ninguna relación desprovista de mezquindad en la novela? ¿Porqué todos los personajes están sometidos a una desgracia tan grande?

Ledesma pone de nuevo los pasos en las huellas de Soler, de Chirbes y de Marsé. El orden puede ser otro, pero podría ser este. Y lo comprendo: aquí están los nombres de la trinidad que cualquier lector español contemporáneo conoce. En la ignorancia mía, que puede ser enorme (no en vano soy maestro de primaria), no he hallado otros autores que superen a los mencionados: por eso hace bien Ledesma subiéndose a hombros de gigantes. Solo andando a hombros de gigantes uno puede aspirar a ser gigante algún día (no muy lejano, lo advierto o solo lo intuyo). Salido de la factoría de la editorial Alrevés, creo adivinar en él a un gigante más alto que otro, que lleva apellido forestal: Ledesma le supera en todo. Y especialmente en estilo, algo de lo que carece el otro. Ledesma se encuentra a muy poco pasos de tener un estilo reconocible. Eso es algo especial. Es lo que hace especial a Beckmann entre otros pintores, lo que hace especial a Francis Bacon, a Velázquez, a Murillo, a Hockney.

En un lugar de otra parte del mundo y con editores inteligentes, Ledesma tendría hoy mismo columnas en periódicos y daría clases en una universidad. Pero eso es otro asunto, que no me atañe ni me importa (aunque me preocupa).

diumenge, 25 de novembre de 2018

Bennassar en el Hotel Metropole

Resultat d'imatges de hotel metropole bennasar

He estado algunas veces en Lisboa. Cuatro. Una de ellas fue un proyecto frustrado, pero soñé que iba, así que la cuento. Siempre como turista o como viajero: no sabría precisar cual de las dos categorías detesto más. Me hubiese gustado vivir en Lisboa, por un tiempo largo a ser posible. Quizás me jubile en esta ciudad, si todo anda bien. Vivir en Lisboa hasta olvidarme de haber nacido en la triste y ensimismada Cataluña, esa patria que solo quiere a unos cuantos y procura echar a los demás. Lisboa parece lo opuesto a Cataluña: es una ciudad abierta, algo dejada, decadente, tolerante, leve. Nadie se imagina a un Torra en el poder, en Lisboa.

Sebastià Bennassar suma ya más de 30 títulos publicados, aunque para llegar a esta cifra se deban contabilizar los libros de autores varios (colectivos) o los libros en los que consta como editor. Sea como sea, 30 títulos son muchos para un autor de 42 años. La contención no es lo suyo. A Marx le bastó con un solo manifiesto. A Mateo, con un Evangelio breve. A Moisés, con diez frases. A Tolstoi, con una sola frase (seguida de mil páginas, es cierto, pero ninguna de las mil dice nada que no estuviese en la frase incial). Bennasar es expansivo con su pluma y con su verbo. Uno diría que no desaprovecha ninguna idea que se asoma a su cabeza. Y, sin embargo, uno sigue esperando la novela de Bennasar. La novela de Bennasar llegará, lo prometo. Es decir, lo intuyo.

Bennasar es el único escritor en catalán que conozco, aunque en realidad es un escritor mallorquín. El único que vive de su escritura, lo que le hace escritor de veras. Mallorquín y pancatalanista, una de esas personas que creen en la existencia de una entidad llamada "Països catalans" y que, sin tener ningún dato científico que lo sostenga, lo sostienen. Bueno, la ficción no es la realidad, pero entre ellas hay una relación dialógica y a veces pacífica (e incluso educada). Digo que es el único escritor en catalán que conozco porqué es el único que escribe y vive de escribir. Eso es un mérito tremendo. A mi, en este sentido, Bennasar me parece un héroe y un loco. Yo, por ejemplo, escribo. He publicado algunos textos en papel. No los cuento ni los recuento. Pero eso es  porqué no vivo de ello, ni creo que me gustase hacerlo. En realidad, espero no ser nunca un escritor. Espero no vivir jamás de la escritura creativa.

"Hotel Metropole" es otra aproximación al talento narrativo de Bennasar. Yo diría que el autor no durmió jamás en ese hotel lisboeta. Quizás estuvo ante la entrada, quizás incluso pisó el hall con sus zapatos (¿un 45?). Y de ahí nació esta historia de espías que es una historia bella, elegante, delicada, humanista. Se agradece todo eso en un autor que se dejó deslizar por la pendiente del género negro y del cinismo. "Hotel Metropole" no es novela negra. Es una novela con espías, sin ser una novela de espionaje.  Es una novela construida con anacronismos: ¿todas las épocas son la misma época?. Si Shakespeare es universal lo es porqué cuando habla de Macbeth habla de la ambición desmedida, si Homero es universal lo es porqué cuando habla del hombre que pretende volver a casa habla de todos los hombres y de que la vida es un intento, siempre fallido, de volver al hogar. A Bennasar le falta algo, aunque poco, para hablar de lo que es humano y universal. Le falta una vuelta de tuerca.

La literatura de espías, con espías, es una apuesta de riesgo. El otro día me dijeron que la novela de espías solo gusta a los hombres. Y a los hombres homosexuales. Sin entenderlo muy bien, creo que algo entiendo. En esos tiempos de hoy, en los que solo leen las mujeres, y en el que las mujeres se inclinan por el género policíaco, escribir una novela con espías es una osadía. Ante cualquier osadía, uno se inclina con respeto ante el osado que la acomete. A mi, John Le Carré me gusta mucho. Llevo 50 años creyendo que soy hombre heterosexual, pero quizás debo replantearme mi identidad.

"Hotel Metropole" me gusta y a la vez insisto en lo mismo: uno espera la novela de Bennasar. Con Bennasar me sucede lo contrario que con el otro mallorquín, el inefable Baltasar Porcel. Porcel escribió una primera novela magnífica ("Cavalls cap a la fosca") y jamás escribió nada que se pareciese a esa opera prima, ni de lejos. Lo demás es débil, genuflexo, pujoliano, prescindible. Bennasar parece prepararse para su novela una y otra vez. Yo, partidario más bien de la contención, no haría lo que él hace. Preferiría el silencio. Pero Bennasar parece seguir el consejo del malagueño genial: "que la inspiración te encuentre trabajando".

Sobre "Hotel Metropole" quiero decir algo más concreto: en el juego narrativo que emprende, Bennasar reincide en el uso de la segunda persona y debo decirle lo mismo que otras veces: el narrador que habla en segunda persona es original, pero es muy pesado. Dice el autor, en una entrevista que le leí, que él piensa que el narrador en segunda persona acerca al lector y lo implica, pero a mi se me hace insoportable y me invita a cerrar la lectura. La segunda persona es original, como lo es el uso del theremin en la música: sin embargo, nadie compuso una sinfonía para theremin. Y será por algo, digo yo. Ni Dostoievsky ni Faulkner usaron la segunda persona en el narrador: dicho esto, está todo dicho sobre la segunda persona.

Mi sensación es que Bennasar se acerca a su novela, se aproxima a ella en círculos, quizás en espiral, girando cada vez más cerca del centro. Pronto llegará a ella, o eso creo. O eso espero.