divendres, 15 de juny de 2018

Mister Turner y el sol que era Dios

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La providencia me permitió ver "Mr. Turner", la cinta que dirigió Mike Leigh en 2014. Lo mío no son las novedades. Además, empecé a ver la película lleno de desconfianza: el biopic me parece el género más aborrecible de todos los géneros del cine, incluso peor que el musical, que ya es decir.

Sin embargo, "Mr. Turner" es una de las grandes cintas que he visto, y debo no solo aceptarlo, si no también proclamarlo. Aunque sea por aquí, lo cual es una proclama bastante exigua. Leigh y sus guionistas han elaborado una pieza llena de poesía y de sutilezas, con humor (a veces blanco, a veces negro).

Se trata de una cinta que explora la figura tan dífícil del artista en relación a la sociedad que le toca vivir (o sufrir, que es su sinónimo más claro). Vemos al señor William Turner paseando, ocupado en tareas de toda clase, comiendo, bebiendo, susurrando, maldiciendo, perdiendo el tiempo en banalidades. Y, de vez en cuando, pinta un cuadro. Magnífico. No hay fechas ni acotaciones, ni esas insufribles voces en off tan frecuentes en el cine biográfico. La luz que inunda la pantalla es la luz de sus cuadros, siempre esa luz mortecina, enferma y a la vez brillante.

Mike Leigh no se anda con tonterías y presenta a un William Turner humano en el sentido que todo el mundo comprende: sin hablar de grandezas. El artista no es mejor que el panadero, y su trabajo tampoco es más importante. Es un tipo con luces y sombras, generoso y audaz, capaz de filosofar y de empatizar pero también rastrero a veces, ramplón, sentimental, furioso, mezquino, poeta y vulgar.

Debo decir que siempre me ha fascinado la pintura de Turner. Recuerdo que un amigo pintor, hace muchos años, me hizo descubrir la amplitud del genio inglés cuando me dijo que es uno de los pintores más adelantados a su época, ya que anticipó el impresionismo, e incluso el impresionismo abstracto. Y creo que es cierto.

La cinta tiene grandes escenas, aunque me resultaría difícil escoger una. Me divertí con la que se burla de John Constable, que fue el pintor más reconocido y más laureado en su época: visto a día de hoy, Constable es un prescindible patán. Y luego están las varias escenas dedicadas a retratar el ambiente artístico oficial de su tiempo, en donde empezaba a apuntar maneras John Ruskin, presentado aquí como un petimetre insoportable y tan pretencioso como vacío, un esteta rico y estúpido, que con su dinero organiza tertulias destinadas a convertirse en el protagonista de ellas, gracias a una arrogancia indómita. Turner asiste a una de esas terúlias (no le queda más remedio, puesto que Ruskin ha pagado un dineral por uno de sus cuadros), y tras muchos minutos soportando las insolencias de Ruskin, que plantea dilemas estéticos sin interés alguno, le pregunta si prefiere un cocido con carne de cerdo o de ternera. Luego vino el prerafaelitismo, que es un momento malo de la historia de la pintura, y que se debe a la preeminencia que consiguió Ruskin. Creo que, a día de hoy, esa moda estética todavía es muy valorada, y en especial en las regiones aquejadas de nacionalismo romántico, como la que me ha tocado.

Turner fue un artista complejo, entregado al arte. La escena en que se hace atar al mástil de un velero para contemplar una tormenta de nieve es cierta. Y le costó una pulmonía de la que jamás se recuperó por completo, y que está en el origen de la enfermedad que le llevó a la muerte. No hay arte sin sufrimiento, parece que nos dicen los artistas de otros siglos. Pienso en un joven escritor catalán (metido a político nacionalista) que escuché -por error, hace poco- diciendo que disfruta escribiendo, y que lo hace cada mañana durante un ratito antes de irse para el trabajo (de abogado o de alcalde de pueblo, eso no lo precisó). Decía el joven novelista: me lo paso tan bien escribiendo las aventuras de mi protagonista que incluso me levanto un poco antes de la hora que me exige mi profesión.

La cinta de Leigh contiene algunas lagunas argumentales que no le reprocho: ¿quién osa comprender la vida de un ser humano?. Hubo instantes, mientras miraba la película, en que pensé en "Andrei Rubliev", que casi casi diría que es lo más bello y lo más profundo de Tarkovsky. Me vinieron ganas de revisitar al genio ruso y, finalmente, así lo hice.

Eso es lo que mejor que te pasa cuando ves una buena pieza: que te lleva a otra. Y entonces te das cuenta de que lo más humano no está en la vida, si no en el arte. Arte es querer crear cosas bellas, y hacerlo con todas las fuerzas, con el único ojetivo de crear belleza. Una belleza que nos llena la vida de sentido y que, por eso, termina siendo una cosa buena.

dilluns, 4 de juny de 2018

Las desventuras de un autor de novela negra catalana

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En 2013 terminé de escribir una novelita, en catalán, y se la entregué a un agente editorial muy competente. El profesional me propuso dos editoriales como posibles destinatarios. La primera me respondió, poco más tarde, con la siguiente propuesta: "te presentas al premio que yo controlo, te llevas los 10.000 euros del premio y luego te publico. Solo tienes que decirme el título". La otra me respondió con un correo lleno de alabanzas y me citaron en un bar de la Plaza del Sol, en Gracia. Opté por la segunda: vi demasiadas inmoralidades en la primera y la segunda me cayó simpática.

Me encontré con los editores, buena gente. De los tres, dos no habían leído mi novela, pero eso no me importó. Llegamos a un acuerdo sin números. Eso tampoco me importó.

En cuanto leí el contrato, más tarde y en la sede de la editorial, supe que me pagarían un anticipo de 500 euros, que era lo máximo que podían pagar. Pero a cambio -me lo dijeron y yo les creí- me iban a promocionar por infinidad de librerías, foros y festivales. Les creí porqué parecían buena gente y uno sabe que debe rodearse de buena gente para intentar ser feliz. Me ingresaron los 500, menos los impuestos. Fuimos a tres o cuatro eventos, cuatro menos de los programados en el inicio. Durante el tiempo de la promoción, los editores no desaprovecharon la oportunidad de lamentarse: de la escasedad de lectores en catalán, de la desaparición de unas antiguas subvenciones para las publicaciones en este idioma, de la mezquindad del público lector catalán (l'avara povertà dei catalani). Y de la deslealtad de la competencia, y de etcétera y etc.

Un día, uno de los editores me hizo llegar el soplo siguiente: un editor de la competencia pero con el cual compartía sociedad en una asociación de editores de novela en catalán había cometido una deslealtad muy grave con los principios de la asociación y por eso le habían expulsado de ella. Yo fui ingenuo e incauto, y publiqué esa información en Facebook, creyendo que así me solidarizaba con mi editor e incluso que le ayudaba en algo. Me llovieron los insultos, por supuesto. Lo más grave del asunto es que me maltrató el mismo editor que me había dado el soplo, para disimular con su maltrato la felonía cometida: el tipo se me reveló como poseedor de una mezquindad tan grande como inesperada. Y yo, por no traicionar al soplón, que era mi editor, me callé y me tragué los improperios.

Vaya sarta de miserias, tan humanas y tan pequeñas estoy contando.

Pocos meses después gané el primer premio de novela negra que gestionaba la misma editorial. El original ganador estaba premiado con 2000 euros. La mitad del dinero lo pagaba la editorial y la otra mitad el ayuntamiento que acogía el festival literario en donde se celebra el evento. El ayuntamiento me ingresó su parte en poco tiempo. La editorial se demoraba tanto en abonar su parte que, al fin, les escribí para reclamarlo. El editor me respondió que enseguida procedería al pago de los 750 euros que les correspondían. ¿750? le pregunté: ¿no eran 1000? Tres días más tarde me pidió disculpas por el error y unas semanas más tarde me ingresó mi parte. Dijo que, como el año anterior el premio fue de 1500 euros, él pensaba que me debía 750. Lógico. Es un error comprensible, le dije, no pasa nada. Y más comprensible en Cataluña. L'avara povertà. Todo eso son miserias, miserias humanas, deslealtades, mezquindad, pobreza, y la falta de educación que genera la pobreza. Eso lo sabemos todos: en contextos de miseria, no pidas elegancia.

Siento más pena que nada. Más lástima que nada. Trabajo como maestro en una escuela de barrio pobre y se que no se les puede exigir solidaridad ni empatía a los que pasan hambre. Es lo que dijo Abraham Maslow (el de la pirámide de ídem) en "Una teoría sobre la motivación humana". Aunque no creo que mis editores pasen hambre, si creo que sufren de mucha miseria. Otra clase de miseria que no es peor si no distinta, más oscura, disfrazada de cultura, una miseria que actúa en estómagos llenos y en buenas familias. Es una miseria que es más miserable que la miseria del hambriento, la miseria moral del niño rico y bien acostumbrado, consentido, tolerado.

Qué desastre y qué pena, Dios mío, qué pena.

Un atardecer, en un pueblo de las costa, cerca de Barcelona, me encontré departiendo, entre cañas de cerveza, con mis editores. Como todos estábamos sueltos y relajados, les solté que me parecía envidiable su editorial, por la cantidad nada desdeñable de títulos publicados. Uno de ellos me respondió: "bueno, no te creas. Les pagamos 500 eurillos a cada autor por su libro y listos, jamás le pagamos ni un euro más". Creo que se referían a la colección en catalán, porqué al resto de sus ediciones, en lengua castellana, diría yo que les tratan mejor. Quizás porqué venden más. Ahí va el dato, para quien quiera dejar de ser ciego.

dimecres, 23 de maig de 2018

Remember me, tío Howard

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Lo mío con las series es imposible. Soy incapaz de seguir a una sola de ellas. Las pocas que he visto han sido las más breves, las que constan de tres, cuatro o cinco capítulos. Creo que la más extensa fué "True detective" y sostengo todavía que es muy recomendable, aunque lo sería mucho más con tres capítulos de menos.

Para los amantes del género "noir" recomendaría "Rillington Place" (Filmin), en donde se hace un ejercicio de estilo narrativo nada desdeñable a partir de un suceso de la Inglaterra de los años 40. La verdad es que el "noir" me tiene bastante harto, pero a veces hay excepciones honrosas, buenas interpretaciones y voluntad de innovación. Cosa rara en el asunto del folletín televisivo.

A pesar de mis reticencias, me dispuse a ver "Remember me", (Filmin, de nuevo) una producción inglesa a la que acudí tras descubrir que constaba de ¡tan solo 3 capítulos! una maravilla de contención poco frecuente. Otro atractivo de la serie es que está protagonizada por el admirable Michael Palin, el de Monthy Python (¡quién no se acuerda del gobernador romano de Judea en "La vida de Brian"!). Palin, pasados los ochenta, explora nuevos registros interpretativos y ofrece una actuación dulce y melancólica, triste. Aunque hay ocasiones en las que asoma la mirada del cómico pillo en sus ojitos, ahora debilitados por el paso de los años en un rostro surcado por arrugas. Hay que destacar un plano de su mano, extendida a través de la ventanilla del coche para sentir el viento y las gotas de una lluvia que se avecina a lo largo de los 180 minutos. ¡Qué fotogramas tan tiernos! Esa mano octogenaria, surcada por un mundo de arrugas, que pretende gozar de estar vivo tras tantos años de vida. Hay una poesía en esta secuencia.

Luego está lo demás: aunque los guionistas hablan de un cuento basado en el universo de Lovecraft, yo diría que hay algo más próximo a la literatura gótica inglesa del XIX que al maestro de Providence. Aunque sin duda el tío Howard asoma en el ambiente, en esos nubarrones terribles que ensombrecen el cielo sin piedad alguna. Me alegra descubrir que Lovecraft no se termina nunca y me conforta ver que su mundo tremendo y pesimista no se desvanece en el soplo de ignorancia que nos azota el cogote. Y me siento contento al comprobar que a Lovecraft se le puede fusionar con los clásicos, con algo de Kipling incluso, y me maravilla constatar que la cultura inglesa es capaz de cuestionar su historia. eso es algo que deberían apuntarse por estos lares, tan dados al autobombo y al victimismo: los guionistas ingleses saben tratar el asunto.

En la historia de Remember me hay muchos elementos, y no todos son meritorios (porqué también hay un cierto sentimentalismo), pero hay una pregunta punzante que cuestiona el pasado colonial y plantea una metáfora que es, quizás, lo mejor de toda la historia. Los países colonizadores ¿arrastran una culpabilidad que no se marcha nunca? Y otra que creo muy interesante ¿deben pagar los ingleses de hoy las culpas de sus abuelos? Es decir: ¿tiene sentido que alguien que no fué un colonizador pida perdón por un crimen que no cometió?. Eso me lleva a pensar en ciertas cuestiones españolas, en las que, a veces, se plantea si alguien que no es un asesino debe pedirle perdón a otro alguien que no fue jamás una víctima. ¡Ay, el espinoso asunto de memoria histórica! Quizás sea pensando en esos términos que "Remember me" me ha parecido una buena serie, en el sentido de qué fomenta el pensamiento y las preguntas.

Y, además, se habla sin tapujos de las miserias de la vejez, de los asilos para ancianos, del rol de nuestros abuelos, de las grietas en el concepto de la asistencia social y la geriatría.

Tras ver la serie, me planteé durante unas horas escribir algo parecido, sin temor al plagio, referido a la Cataluña de hoy mirando hacia atrás, la guerra civil y los nacionalismos y todo eso. Luego se me pasó. Creo que los editores de aquí no estarían muy atentos a mi propuesta. Estuve pensando en la canción "Scarborough Fair", que se usa en la serie como leitmotiv. Pensé en "El testament d'Amèlia" (aquí en la versión de Serrat), que también es oscura, para mi plagio. Luego, por fin, me fui a la cama y soñé con Los mitos de Cthulhu tan magníficamente editados por el gran Rafael Llopis.

diumenge, 11 de març de 2018

Sònia Hernández i Vicente Rojo

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No sóc partidari de celebrar efemèrides de cap mena. De fet, podria explicar que no celebro el meu aniversari. O tal vegada seria més oportú dir que el celebro amb algun acte íntim, gairebé invisible, quasi imperceptible. Em miro al mirall i busco què ha canviat en aquest darrer any. O em poso a pintar una aquarel·la que deixaré inacabada en qualsevol racó.

Podria haver publicat la ressenya del llibre de la Sònia Hernández (Terrassa, 1976) el dia 8 de març, i això m'hagués fet quedar com un senyor solidari i reivindicatiu i progressista, capaç de ser feminista per un dia, i que ressenya la novel·la d'una autora en la data oportuna. Però m'he esperat uns dies per allò, per la meva al·lèrgia a les efemèrides.

Crec que hauria d'explicar com vaig arribar a "El hombre que se creía Vicente Rojo", publicat per El Acantilado, (Barcelona, 2017, 16 euros).

Fou així:

Un migdia, per cap d'any, vaig anar a visitar el punt d'observació des d'on el general Vicente Rojo va dirigir les operacions militars de la batalla de l'Ebre. És un promontori de roca vermella, vora una ermita, als afores de La Figuera. Des d'aquell cap de terra argilosa es veu el riu, al fons. Ara, a l'altra banda del serpent d'aigua platejada hi ha les xemeneies de la central nuclear d'Ascó, i llavors, a finals del 1938, hi havia l'exèrcit nacionalista d'en Franco. El 38, aquesta ermita estava dedicada a una marededéu però, per allà als anys 50, el mossèn del poble la va convertir en lloc d'adoració d'un sant. Com si diguéssim, va transexualitzar la verge i la va substituir per un mascle. Un mascle sant, això sí. El punt d'observació del general Rojo conserva les fortificacions atrinxerades. Aquell dia hi bufava un vent glacial que em va deixar les orelles de color lila.

Al vespre, un cop refugiat i aprop d'un radiador calent, vaig buscar més informació sobre l'únic general que admiro, aquest Vicente Rojo que va escriure memòries i llibres de ficció a l'exili (un d'ells es titula "Platillos volantes"!) i que va tenir la valentia de tornar a Espanya un temps més tard, tot i sabent què l'hi esperava. I així, mentre teclejava el nom del general republicà en aquest improbable món de google, vaig descobrir la novel·la de la Sònia Hernández. L'editorial té la deferència de fer públiques les 10 primeres pàgines de la novel·la. Com que és una novel·la breu, d'apenes 120 pàgines, el fragment públic és una bona mostra. Em va fascinar a l'instant. El to, la veu del narrador, la capacitat de l'autora per crear el que podríem anomenar un "narrador no fiable" el qual, no obstant la poca fiabilitat, de seguida entenem. ("Entendre" en el sentit de "comprendre", de compartir).

Però allò que més em va impressionar va ser, un cop més, la meva ignorància quasi infinita: el general Vicente Rojo tenia un nebot, de nom Vicente Rojo, que es va exiliar a Mèxic, on va esdevenir, amb els anys, un dels artistes plàstics més rellevants i més influents de la segona meitat del segle XX. És el Vicente Rojo pintor -i no el militar- el Vicente Rojo del qui parla el títol de la Sònia Hernández.

Vaig comprar el llibre i vaig anar-lo llegint a poc a poc. La lectura de "El hombre que se creía Vicente Rojo" ha de ser lenta, penso, perquè és un text que cal llegir frase a frase. Si bé no fa malabarismes estilístics (gràcies, Sònia!), és una novel·la meticulosa, mesurada, tan ben calcul·lada que, a mi, em fa venir moltes ganes de deixar d'escriure per sempre i admetre, per fi, que allò que de veritat em dóna plaer i satisfacció, és llegir. Llegir però també dormir, és clar.

La novel·la està organitzada en dues parts ("Prosopagnosia" i "El hombre que se creía Vicente Rojo" a partir de la pràgina 79), i així elabora una reflexió, gairebé una tesi, sobre el paper de la ficció literària al segle XXI. O més ben dit, sobre l'art al segle XXI. Si algú em respòn que exagero i que en realitat "El hombre que se creía Vicente Rojo" és una novel·la intimista que parla de la relació entre una mare i una filla li diré que podria tenir raó. I tant. [Si ara digués que, després de llegir "El hombre que se creía Vicente Rojo" puc afirmar que Mercè Rodoreda no és la millor escriptora catalana coneguda, podria encendre una foguera, però per encendre fogueres com aquesta -on em cremarien a mi- caldria que aquest blog fos majoritari. I, per fortuna, és minúscul].

Fa poc he trobat una entrevista a l'autora del llibre, al diari ABC ("Las editoriales apuestan muy poco por la cultura"), que m'ha entusiasmat. Hernández diu que l'emperador va nu, cosa que potser sabíem però que pocs gosen dir en veu alta, com és sabut per tots. I parla de més coses. Una de les que m'ha fet pensar de valent és la relació tan escassa (la no-relació) que hi ha entre els autors de novel·la i els artistes d'altres disciplines de l'art, o entre els autors de literatura i els autors del pensament, de la filosofia, de la crítica de l'art. L'abisme que hi ha entre els escriptors de ficció narrativa i el món de l'art o de la filosofia és sorprenent. I decebedor, és clar. De vegades penso que els autors de novel·les del meu país no han llegit altra cosa que novel·les i, en la major part dels casos, novel·letes. I sèries de HBO i de Netflix, això sí, això no falla mai.

Aquí ho tens, em dic: un llibre de 120 pàgines et fa pensar en el llibre, en la història, t'enfronta a la teva ignorància, et qüestiona, et planteja preguntes sobre la ficció narrativa, et confronta als teus dèficits i, a més a més, t'emociona. I et recorda allò que també sabies i que tan pocs diuen. Que la millor prosa que s'està escrivint (i publicant) a Catalunya s'escriu i es publica en llengua castellana. Aquí hi ha un debat sempre menyspreat, sempre silenciat, obviat. Però un debat real que algun dia caldrà afrontar. Si és que algú pensa que existeix una cosa anomenada "cultura catalana", cosa que jo dubto. Metòdicament.

dilluns, 26 de febrer de 2018

"El tratamiento" como síntoma


El otro día pude ver "El tratamiento" (De Behandeling), cinta belga -pero de los belgas flamencos, esos de los que ahora tanto habla Tv3- de 2014, con premio en el festival de Sitges del año siguiente. El premio, y alguna pista que tenía, me dispusieron a creer que sería una buena cinta y que incluso tendría algo nuevo, o innovador, o interesante.

Sin embargo, empecé a bostezar a partir de la tercera escena y temí caer en brazos de Morfeo antes de alcanzar la mitad del metraje. Tuve que echarle mano al Nescafé (a su versión Hacendado) para lograrlo. Es una de esas películas que has visto mil veces, con otras caras y otros nombres y otros ámbitos, pero mil veces al fin y al cabo. La película es una colección de tópicos unidos sin sutilidad alguna: policía blanco, soltero, cuarentón y atractivo que no se afeita pero al que tampoco le crece la barba (ni come ni duerme ni mea), tipo atormentado por un suceso infantil que revive durante el presente del relato, el tedioso listado de los procedimientos policiales, me tomo la justicia por mi mano ya que los protocolos policiales no nos sirven contra la gran maldad, ay ay ay que viene el malo, que además de malo es lelo (otra vez con la matraca de la maldad del trastornado, tan asquerosa), el manido asunto de la pedofilia usado con frivolidad, y con el único objetivo de estremecer al espectador -y con tintes fascistoides, por supuesto-, las inverosímiles pintadas con sangre en las paredes de la escena del crimen, la lluvia pertinaz, los arranques de furia del protagonista el poli-que-se-lo-toma-personalmente y etcétera.

Apagué la pantalla bastante fastidiado, y solo tuve un consuelo: era una peli de Filmin de las que entran en la subscripción, sin coste añadido.

Luego, ya más sereno, me di cuenta de que los problemas de "El tratamiento" son los problemas de la narrativa negra-policial que venimos sufriendo en las últimas décadas, más o menos des de "Seven" y "El silencio de los corderos". Una narrativa repetida hasta la saciedad, que contamina tanto el cine como la literatura. Pocos días atrás, también en Filmin, había revisitado "M. El vampiro de Duseldorf" (¡de 1931!) con gran placer, y extasiado con sus planos, con sus juegos narrativos, con su inteligencia. La conclusión fue tan demoledora como pesimista: la narrativa negra está en franco declive, eso es la historia de un oscurecimiento, un viaje hacia el abismo de la nada. 83 años antes de "El tratamiento", Fritz Lang abordó el asunto del abuso sexual de los menores con arte, con sensibilidad y con destellos de genialidad, ya que supo tratar, también, el tema de las clases sociales, de la salud mental, de la corrupción, el dilema moral, el control social, etc.

¿Como es posible que casi un siglo más tarde de la obra de Lang alguien aborde el asunto de la pedofilia con tanta torpeza y sin aportar nada? Creo que en esta pregunta está implícito el modo de pensar de las personas que, como yo, hemos superado los 50 años de edad. Y eso viene a cuenta de leer a los clásicos o soslayarlos, que es lo que se lleva.

Rodar "El tratamiento" tal como se rodó en 2014 solo se puede hacer si se parte de la idea de que el espectador es cada vez más inculto y menos exigente, y eso es un drama. Esa forma de pensar implica una concepción profundamente negativa de la inteligencia del espectador que oculta la incapacidad del equipo responsable de la cinta, o bien su convencimiento de que los espectadores no saben nada de los clásicos del cine y se les puede timar con facilidad: y lo cierto es que incluso se puede timar al jurado del festival de Sitges, que la premió.

Como lector, cada vez leo menos novela negra, casi convencido de que es más difícil dar con una novela negra buena que encontrar la aguja del pajar. Quizás no hay nada nuevo des de Jim Thompson. Como espectador de cine, ya no confío en nadie contemporáneo. La última buena cinta negra que he visto ha sido "La piel que habito" del magistral Almodóvar, que no pretendía hacer cine negro. Busqué la novela en la que se había basado y di con "Tarántula", novela muy breve de un tal Thierry Jonquet (4,5 euros en Iberlibro). Un ejemplo de adaptación libre, inteligente, audaz, interesante, que plantea un montón de buenas cuestiones éticas y morales y lo hace sin salirse de su universo estético, tan rico.

[Dejo para el final un comentario previsible en mi: la cinta "De Behandelin" la rodó un director flamenco. Los flamencos son esos belgas que se creen superiores al resto de los belgas, como los catalanes al resto de los españoles: la superioridad de ambos colectivos etnicistas hay que demostrarla. Y, de momento, nadie la ha demostrado y nada indica que vayan a hacerlo en los próximos siglos].

diumenge, 18 de febrer de 2018

El club perverso de Pablo Larraín

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Conseguí ver "El club" después de varios intentos fallidos y, una vez vista, me felicité por mi persistencia en querer ver esta cinta. Esa es una de las mejores cintas que he tenido el placer de contemplar. ¿Haneke en Chile? Bueno, la pregunta quizás no es muy afortunada. Porqué Larraín es bueno sin necesidad de remitirse a Haneke, aunque algo de Haneke hay en Larraín.

La cinta del genio chileno sorprende desde el primer instante por esa factura velada, ese aspecto de luz natural y de cámara subjetiva con la que filma el drama que se convierte en tragedia clásica. Y por ese empeño en rodar imágenes que nos trasladan a un imaginario pictórico gótico, oscuro, en donde están Caravaggio, Velázquez, Hyeronimus Bosch, Brueghel el viejo. Y eso, Larraín lo hace sin aspavientos, como si fuese lo más natural del mundo. Que se lo hagan mirar Greenaway y los demás falsos barrocos.

Una casita en la Tierra del Fuego. En el confín del mundo. El Purgatorio en la Tierra, en Tierra del Fuego. Una casa de oración y de penitencia para curitas que han caído en el pecado: la concupiscencia, el negocio de la trata de bebés, la colaboración criminal con Pinochet. Con una monja carcelera y aficionada a las carreras de galgos que, a su vez, también cometió pecado. Cuatro hombres y una mujer que conviven en una armonía aparente hasta que llega un extraño, como en las grandes obras de teatro (piensen en Ibsen o en Priestley, -¡pero sin olvidarse de Haneke, por si acaso!). Y luego llega el detective, que es otro cura, pero un cura de la alta jerarquía eclesiástica, un tipo con el perfil de un inquisidor medieveal pero con estudios de psicología clínica, formado en universidades de mucho prestigio, en España y en los Estados Unidos.

En la historia aparece, también, una víctima de los abusos que cometieron los curitas cuando eran libres y campaban a sus anchas. El pasado vuelve y te agarra por el gaznate, eso es algo que ya dijeron los dramaturgos griegos y que Larraín cuenta con una frescura envidiable, como si te lo contase por primera vez pero sin soslayar que el asunto lleva tres mil años de relato. Uno de los personajes más entrañables y más ambiguos que he visto es ese Sandokán trasnochado, perdido, politóxicomano, miserable vagabundo, iluminado por una luz oscura como un santurrón loco.

Cinta de actores y de interpretación, cinta que pide ser teatro, "El club" es una joya del arte. Una joya del arte que habla del dolor y de la contrición, de la penitencia, un contemporáneo "Corazón de las tinieblas" llevado al siglo XXI, un viaje al horror que se resuelve con el sacrificio extremo (¿nos queda alguna otra opción, a los humanos del siglo XXI que no sea un sacrificio muy grande?). El sacrificio de los tres perros galgos (una aguda referencia a las tres cabezas del Cancerbero que guarda el acceso al infierno), el silencio impuesto mediante chantaje, la tortura de la memoria, el recuerdo de todo el mal que hemos infligido.

He mencionado más de una vez a Haneke pero debería haber dicho algo de Bergman y de Dreyer, que están en "El Club" en un montón de planos. Y quizás no estaría de más nombrar a Murnau y a Fritz Lang. Me los imagino a los cuatro juntos, sentados codo con codo en una imposible sala de cine y aplaudiendo, con "bravos", la cinta de Pablo Larraín.

dimarts, 30 de gener de 2018

Tres anuncios en las afueras

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Hace casi 20 años me apunté a una academia de teatro porqué probé a ser actor. Fue un fracaso. Si fuese hoy, daría un dedo de la mano por interpretar el papel de Sam Rockwell en "Tres anuncios en las afueras". Si fuese mujer, hoy, daría lo mismo por el papel de Frances McDormand, que supera la genialidad que brodó en "Fargo".

Hay cintas que van para clásicos del cine, y "Tres anuncios en las afueras" va para clásico. Con sus incoherencias y estos pequeños defectos que no sabemos si son queridos o no, ya que el director (director y guionista) se arriesga sin miedo. Martin McDonagh es un creador valiente y osado que presenta una obra a veces solo esbozada pero que, en su conjunto, es de una gran belleza. McDonagh tiene la virtud, cada vez más rara en el cine norteamericano, de saber encontrar lo bello en medio de lo soez, de lo triste, de lo vulgar.

El relato es estrictamente lineal (un solo y breve flashback sobre la profecía autocumplida) y algunas elipsis, las justas. Lo demás es casi un reportaje en tiempo real. Y, sin embargo, el director elabora una narrativa compleja y atrevida, sobre un fondo de nihilismo oscuro y muy triste a veces explícito y otras menos, barnizado de poesía.

A pesar del pesimismo muy severo que destila la cinta, el guión cuenta la ambivalencia moral de los personajes: aquí no hay buenos ni malos, ni corruptos contra honrados. Aquí lo que hay son personas capaces de lo mejor y de lo peor, depende de como les vaya la vida (o la muerte). Me entusiasmó el tratamiento del fuego, que ni purifica ni elimina nada: solo ensucia las paredes con su hollín. Un fuego impotente incapaz de transformar la realidad, una realidad que se transforma más con unas cartas procedentes de ultratumba que, rozando el ridículo, hablan de amor y nada más.

Una galería preciosa de personajes entrañables. Entrañables en su dolor, en sus cambios de humor, en sus cuitas por sobrevivir (a veces sin lograrlo). Personajes que son personas, y entre las cuales fluye una comprensión última que me parece lo mejor de la historia. En el fondo, todos se reconocen como lo que son (como lo que somos): pequeños seres perdidos en un lugar cruel y sin sentido, condenados a convivir. Y es eso lo que se reconocen entre ellos: que todos somos condenados del mismo presidio de espacio y de tiempo.

En algunos instantes de la película se me ocurrió pensar en la última novela de Jordi Ledesma, "Lo que nos queda de la muerte", por ese narrador que también muestra una comprensión para con casi todos los personajes. Aunque todos seamos responsables de la maldad del mundo, también somos sus víctimas, y en esta dualidad tensa está el secreto. Quizás la cinta cuenta solo eso, pero caramba, ¡como lo cuenta!

Y es por eso que juega a humor blanco y a humor negro, a comedia y a tragedia, al lenguaje soez al lado de una (falsa) cita de Oscar Wilde -confundido con Shakespeare-, a violencia y a misticismo idílico (la escena de la cierva es para retenerla), a western y a costumbrismo, a retrato del final del sueño americano (a Trump ni se le nombra pero flota en el aire) y a nostalgia del viejo sur racista, a grandes espacios abiertos y a escenas casi teatrales.

Siempre me ha maravillado ese cine norteamericano que sabe contar grandes historias que suceden en pequeños pueblos, lugares que condensan el mundo porqué la tragedia de un pueblo pequeño es la tragedia del mundo (si se sabe explicar, claro).

Le podría reprochar a McDonagh su empeño en querer meter muchas cosas en un solo relato, pero me sería difícil quitarle algo: el monólogo de la protagonista dirigido al cura del pueblo, en el que le niega cualquier autoridad moral (recortenlo y guardenselo si saben como hacerlo, porqué es para guardarlo), quizás es prescindible, pero a ver quien es el guapo que elimina un monólogo así.

Creo que el cine americano, con su narrativa en constante innovación y su capacidad crítica, nos sigue dando lecciones a los de por aquí: hay que ser muy maduro para poder retratar así a la policía local (por estos tristes lares nuestros sigo viendo novelitas negras destinadas a complacer a los Mossos d'Esquadra), para contar que el fracaso es absoluto en nuestro proyecto de sociedad y que estamos solos en un mundo sin Dios, vacío, con tanto odio y tanta venganza pendientes.

Aunque el final (lo cuento sin revelar nada del final en tanto que argumento) dice algo que va más allá del nihilismo y que habla de posibilidades: posibilidad de tener debates morales, de entenderse, de compadecerse, de salir de la opresión de nuestras propias paredes y de nuestros prejuicios, de nuestro dolor y del resentimiento. Cosas que, dichas hoy, en Cataluña, tienen un sentido muy comprensible.