divendres, 20 de juliol de 2018

Salvando las distancias, Éric Vuillard


El título de la novela de Vuillard (premio Goncourt 2017) es "El orden del día" y empieza con la escena de una reunión secreta en el Reichstag que, como es natural, no estaba en el orden del día oficial del 20 de febrero de 1933. Uno se pregunta cuantas reuniones de esta categoría se producen hoy. La "transparencia" de los políticos es un espejismo aumentado por su reflejo en otro espejismo, el de la sociedad de la información, de las cámaras dispuestas por doquier y de las redes "sociales". La política, sin embargo, se cuece en el secreto y en la intimidad, en esas reuniones con humo y copas que tanto se parecen a las reuniones de los hampones, tal como rodó con maestría y lucidez Fritz Lang en 1931 (M, el vampiro de Dusseldorf).

Vuillard escribe una novela breve, de 140 páginas de letra generosa que remiten a un original de apenas 100 folios. Sin embargo, ofrece una lección de literatura para el siglo XXI, aunque bebe de una inspiración que lleva más de un siglo mostrándose por el mundo. Leo con admiración, lento, me detengo en algunas frases. Me pregunto porqué, salvando las distancias, no leo nada parecido en la prosa de ningún autor catalán. ¿Leen lo que se escribe más allá de La Junquera? ¿O será que su autosuficiencia estúpida y engreída se lo impide?

Hace un tiempo, un amigo me contó una anécdota: unos conocidos suyos volvieron de un viaje veraniego por cierto país de Europa y, en una cena tras el viaje, le dijeron: aquel país no está mal, pero en Cataluña tenemos de todo, así que pensamos: ¿para qué viajar fuera, cuando aquí tenemos de todo?. Creo que esa actitud se refleja en lo que se publica en catalán: todo tiene un sospechoso aire endogámico y pueblerino que me lleva a recordar las "culturas cerradas" de las que habló Vargas Llosa (se puede leer en "La verdad de las mentiras").

Vuillard (vuelvo al asunto) propone una literatura que, sin abandonar su función, trata de la realidad.  Para ello se ha documentado, ha investigado y, sobretodo, ha pensado antes de ponerse a escribir. ¿Qué nos cuenta un suceso acaecido en 1933 a los lectores de 2018? Es así como supera el problema de una novela del XXI que es incapaz de ir más allá del bochornoso "la marquesa salió a las cinco" y, a la vez, no cae en el tedioso ejercicio vacío de la "novela histórica" al uso. Ni se refugia en el asunto de la "autoficción", un género que me cae bien por simpatía pero por nada más ya que, a menudo, es muy débil.

Vuillard escribe un cuento sobre las tramas del mal que arranca en 1933 pero lo escribe hoy y para el lector de hoy. Para eso nos recuerda que, detrás de los nombres rimbombantes de aquellos empresarios que auparon a Hitler están los nombres verdaderos: Opel, Bayer, Telefunken, Varta, Allianz, Siemens. Tanto es así que, en Cataluña, es imposible leerle y no pensar en Quim Torra o en Carles Puigdemont cuando se lee lo que sucedía en los palacios del Tercer Reich. Salvando las distancias. Y que conste: no estoy acusando a esos dos señores de nazis ni mucho menos ni nada que se le parezca, pero también siento que deberían pensar en la posibilidad de que se les hayan deslizado tics nazis entre algunas de sus actitudes, en ciertos comentarios suyos sobre la democracia, en el ideal de "pueblo" que pretenden transmitir (o construir), o en afirmaciones como la que exhibió Roger Torrent unos meses atrás: "Ningún tribunal [constitucional] está por encima de un presidente escogido por la voluntad del pueblo". (Aunque esta frase se puede rebatir con el caso de Nixon, sin necesidad de recurrir a Hitler). Salvando las distancias: les recomiendo el título de Vuillard a los dos presidentes catalanes -y a muchas otras personas. Creo que hay traducción al catalán. Y aprovecho la situación para felicitar al traductor, Javier Albiñana.

La prosa de Vuillard me ha fascinado. He ahí una afirmación que, a estas alturas de la reseña, es innecesaria. Y además me da envidia (envidia acrecentada por el hecho de que Éric es algunos años más joven que yo). Yo, que llevo años dándole vueltas a un suceso catalán de mediados de los años 40 porqué se que tiene mucho valor pero, sin embargo, no consigo dar ni con el tono ni con el narrador. Trata de falangistas, catalanes de buenas familias catalanas, y ofrece una sombra alargada, densa y premonitoria que reposa sobre nuestro presente. Pero ya lo ven: no lo consigo. Y Vuillard sabe hacerlo. Con sus excursos extemporáneos pero oportunos, bien situados, brillantes en léxico y en sintaxis, párrafos que uno lee y relee para saborearlos como si quisiera detener el tiempo.

Sin temor a cometer "spoiler" (algo imposible en este caso), me permito transcribir el último párrafo de la novela:
Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera no volver a caer, se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves.

dijous, 12 de juliol de 2018

El cuento de la novela catalana (con 30 y pico adjetivos catalanes)

Resultat d'imatges de el vi fa sang

El escritor catalán, lleno de buenas intenciones y creyéndose lo que le han dicho (eres una promesa de las letras catalanas) se levanta temprano, se ducha y busca el coche que dejó aparcado en la calle, dos calles más allá. Su economía no le permite pagarse un garaje como dios manda. Hoy se va para un festival de novela catalana que se celebra en un pueblo catalán cuya principal actividad económica es la producción de vino catalán. Aunque también elaboran rifaclis, unas galletas catalanas, adustas y algo correosas (aunque nutritivas) no aptas para dentaduras postizas.

La ruta es larga y transcurre bajo un cielo triste y catalán, de nubarrones gris de Payne. (En sus tiempos mozos, el escritor catalán probó suerte con la acuarela y por eso retumba en su recuerdo el fascinante gris que -dicen que- inventó William Payne a principios del XIX.

El siglo XIX viene bastante a cuento, ya que de cuentos del XIX trata el asunto. Mientras el escritor catalán conduce hacia el pueblo del festival piensa, disgustado consigo mismo, que lo que ha publicado se parece mucho a las cosas que se publicaban en el siglo XIX: no deja de ser, otra vez, "la marquesa salió a las cinco".

Sabe que la fórmula es obsoleta, vieja y cansina. Pero también sabe que la narrativa catalana de hoy es eso y nada más que eso. Le gustaría escribir como Barnes, por ejemplo, recordar las enseñanzas de Bajtín mientras escribe, tener presente a Vila-Matas, a Roland Barthes, a Laurent Binet. Pero sabe que ni el editor (catalán) ni el hipotético lector (catalán) van a apreciar esos esfuerzos. Lo que le piden es un argumento facilón, un protagonista simpaticote con quien empatizar y una resolución del conflicto que se parezca a la fábula moralizante. Como por ejemplo lo que hace ese chico que escribe en el tiempo libre que le permite su labor como policía autonómico catalán, sin ir más lejos. La prosa del agente del orden es estéril y mala de narices, pero eso es lo que le gusta al público catalán de hoy.

Cuando llega al pueblo catalán busca el lugar del evento, no lo encuentra y pregunta por la calle a uno de los escasos viandantes. Se le ocurre un cuento sobre pueblos fantasmas, dimensiones paralelas y otros horrores cósmicos. Se acuerda de Innsmouth, el pueblo de un gran cuento de Lovecraft. El paisano le indica. Lo hace con esa actitud catalana del interior tan característica, antipática y sarcástica. Eso es la Cataluña interior, se dice, ya sabías a lo que ibas.

En el lugar del evento literario catalán, sumido en una penumbra litúrgica y catalana, hay unos pocos acólitos. ¿Cincuenta? Catalanes todos. Todos parecen muy atentos, religiosamente entregados. Sus padres escuchaban a los ministros de Franco con la misma reverencia sumisa, entrenados en la obediencia a la autoridad competente. De nuevo acude Lovecraft a la mente del escritor catalán. Dagón, se dice para sus adentros. Les hecha una ojeada y descubre que son los mismos que se encontró en otro evento catalán y similar que visitó unos meses atrás, en otro pueblo catalán. Las mismas caras. La misma ausencia de juventud. Algo sugiere una secta, más bien senil y con una sospechosa tendencia a usar complementos de color amarillo en su atuendo. Eso amarillo debe significar algo, algo oscuro, sin duda. Ahora el escritor ya no piensa en Lovecraft si no en aquel cuento escalofriante de Robert Chambers, "El rey Amarillo", que es, a su parecer, el más terrorífico cuento de terror jamás leído.

Algunas caras  de los feligreses le son conocidas. Bueno, en realidad casi todas lo son. Casi todo el mundo es autor (o autora) de alguna novela, de alguna novelita. Nadie lee, solo escriben. Nadie compra libros. Hay abundancia de señoras, y todas ellas en la edad de la respetabilidad. Se sienta y escucha. Alguien, de entre la tiniebla, le ofrece una copa de vino catalán. Bebe con nerviosismo. El vino es bastante malo. La literatura catalana vive de mujeres maduras que escriben novela breve, mujeres que escriben reseñas en blogs en donde otras mujeres aplauden las reseñas y prometen comprarse el libro recomendado, aunque eso último sea mentira, una mentira de esas, tan catalana y tan consentida. Todo el mundo sabe que en Cataluña no se venden libros. Vender libros aquí es, más o menos, como vender jamones de cerdo ibérico en Meknès.

El escritor catalán se siente incómodo. Nadie le mira, nadie le saluda. Le hacen saber, a su modo silencioso, que le han invitado, si, pero que eso es tan cierto como que no es bienvenido. A veces, ese escritor ha publicado críticas que hirieron sentimientos patrios y fueron tomadas como burlas u ofensas entre graves y muy graves. Quizás tengan razón, pero ahora ya es demasiado tarde para lamentarse.

Así que, aprovechando el anonimato que le brinda la parroquia catalana -ahora están ensimismados escuchando a una vieja gloria tan nostálgica y trágica como catalana, cuyo rostro quiere emular a Núria Feliu- se desliza con suavidad hacia la puerta que le brinda una escapatoria cobarde e indigna, pero necesaria.

Afuera el cielo sigue gris y apesadumbrado. Pero el aire es fresco y las bajas presiones que conlleva la borrasca le animan.

-Ep, vostè! On va? -escucha la voz detrás suyo pero no osa darse la vuelta y se apresura hacia el lugar en donde dejó el coche. Desea irse, irse lejos de aquí, hacia el mar o hacia donde sea- Vostè no és l'escriptor català que venia a la taula rodona sobre èxits i llorers de la novel·la catalana?

-Me han confundido -murmura mientras echa a correr, desafiando su sistema respiratorio asmático- No soy de aquí, yo no se nada, discúlpenme, todo ha sido un error, un error lamentable, lo siento.

La insuficiencia respiratoria del desdichado autor catalán detiene su carrera. Su perseguidor le alcanza. Una mano huesuda y leñosa le agarra por el hombro derecho. La garra le presiona de tal modo que podría dejarle una huella indeleble.
-No... es que yo... yo no soy catalán -se le ocurre declarar, a modo de disculpa.

- Ah. D'acord. Pot marxar. Però intenti no molestar-nos mai més. El nostre mal no vol soroll. Recordi això, que és molt important. Li ho repeteixo per darrera vegada: el nostre mal no vol soroll, i vostè no és ningú...

La mano le suelta despacito.

-No, no, por supuesto que no. Lo entiendo. Eso no volverá a suceder.

Poco más tarde llega a Miami Platja, en donde el escritor catalán se detiene ante un garito con rótulos en inglés y allí se emborracha con cervezas irlandesas y del país de Gales, dispuesto a morir por exceso de alcohol. Cuando a la mañana siguiente se desvele tumbado en la arena de una playa desconocida pero catalana, creerá que todo ha sido una pesadilla. Y volverá a su vida y no intentará publicar jamás nada más en lengua catalana. Por si acaso.

dimecres, 4 de juliol de 2018

El diablo en Vallecas


Alberto Ávila lleva ya unos cuantos textos a tener en cuenta, entre los que están ensayos y novelas. Celebro lo de los ensayos ya que, quizás por la edad, el interés por la novela está declinando en mi espíritu. Y porqué es bueno que los autores de ficción ensayen (vaya jueguecito semántico): la escritura ensayística enriquece a quien escribe. Por aquí no son muy frecuentes los autores que combinan los dos géneros, así que mis felicitaciones para Ávila quien, en cierto sentido que ahora no entraré a concretar, me recuerda un poco a mi admirada Pilar Pedraza.

"El diablo en casa. El expediente Vallecas", de todas formas, es más un trabajo periodístico que un ensayo, aunque hay un poco de todo: la fusión de géneros me encanta.

Los sucesos que relata Ávila nos llevan al caso de "posesión diabólica" (o del llamado pánico satánico")  más reconocido en España, el de la niña Estefanía Gutiérrez, a principios de los 90, popularizado de nuevo gracias a una cinta de Paco Plaza (Verónica) que no he visto.

El texto empieza con una larga (quizás demasiado larga) introducción que intenta contextualizar la historia del diablo en la cultura popular reciente, empezando por los Estados Unidos y terminando en Vallecas. Este viaje me gusta, así como la descripción de un paseo por el distrito madrileño bajo la lluvia en el que Ávila muestra su destreza narradora y sus dotes como creador de atmósferas (ahí se echa de menos que haya sido demasiado breve). Por las páginas del texto flota el homenaje, nostálgico y levemente distanciado, a aquella España en la que éramos jovenes y nos dejábamos fascinar por los casos más oscuros, esos sucesos que nos transportaban a la frontera de la realidad y que nos permitieron, siendo casi analfabetos en la materia, comprender el significado de la palabra "metafísica" por la vertiente de la cultura pop en vez de por las lecturas de Swedenborg o de Schopenhauer, que me llegaron más tarde.

Poltergeist, posesión diabólica, folie à famille, suspensión de las leyes naturales, parapsicología... en mi caso, ese universo turbio me había llegado a través del añorado Andreas Faber-Kaiser y su "Mundo desconocido", la revista que se compraba un tío mío y que, cuando las había leído, me las regalaba. Sin embargo, a mi el caso Vallecas me llegó cuando me acercaba a los 30 y por aquel entonces había desconectado de los misterios de la ouija. Aunque, a diferencia del autor, yo sí jugué con el invento que invoca a los espíritus en un buen puñado de ocasiones y, como no podía ser de otra forma, experimenté situaciones a todas luces inexplicables al amparo de la luz racional.

Así que, a estas alturas y después de un viaje que ya ha rebasado los 50, lo que me gusta es leer un texto bien escrito -aunque bellamente imperfecto- en el que el suceso paranormal se explique dentro del contexto de pobreza, ignorancia, miedo e ingerencias de una prensa que explota a los más pobres para jugar al espectáculo, tan indigno, de mostrar la miseria ajena para sacar tajada. Por eso se le agradece a Alberto Ávila que no solo no caiga en la vieja trampa si no que intente restituir la dignidad a la familia de Estefanía.

Y se le agradece que nos recuerde la larga lista de "periodistas" que practicaron la desvergüenza para aumentar sus cuentas corrientes (o sus cuentas offshore) para hacer, sin arte ni escrúpulo alguno, lo que Tod Browning, en 1932, había hecho en "Freaks". Ya se que la historia de la exhibición del monstruo y lo grotesco es antiquísima, pero su uso espúreo más chirriante y deplorable es, sin duda, una aportación debida a cierta prensa reciente. Antes se debía hacer una larga cola para contemplar al hombre elefante: ahora basta con encender la tv.

A pesar de los años transcurridos, los intereses que cambian y todo lo demás, la lectura de "El diablo en casa" me lleva de nuevo a los asuntos oscuros: es muy probable que ahora los observe des de una distancia sideral, pero aún así revivo la vieja fascinación por lo extraño, aunque a día de hoy me inclino a pensar en las fronteras de la psiquiatría y en las consecuencias aterradoras de la miseria: no hay película de terror más terrorífica que "El ladrón de bicicletas".

Me han entrado ganas de irme a pasear por Vallecas (¿Vallekas?), pero debo esperar a un día oscuro y lluvioso de invierno.

_________________
Ávila Salazar, Alberto. EL DIABLO EN CASA. EL EXPEDIENTE VALLECAS.
AC Agita Vallecas, Madrid 2018



divendres, 15 de juny de 2018

Mister Turner y el sol que era Dios

Resultat d'imatges de mister turner

La providencia me permitió ver "Mr. Turner", la cinta que dirigió Mike Leigh en 2014. Lo mío no son las novedades. Además, empecé a ver la película lleno de desconfianza: el biopic me parece el género más aborrecible de todos los géneros del cine, incluso peor que el musical, que ya es decir.

Sin embargo, "Mr. Turner" es una de las grandes cintas que he visto, y debo no solo aceptarlo, si no también proclamarlo. Aunque sea por aquí, lo cual es una proclama bastante exigua. Leigh y sus guionistas han elaborado una pieza llena de poesía y de sutilezas, con humor (a veces blanco, a veces negro).

Se trata de una cinta que explora la figura tan dífícil del artista en relación a la sociedad que le toca vivir (o sufrir, que es su sinónimo más claro). Vemos al señor William Turner paseando, ocupado en tareas de toda clase, comiendo, bebiendo, susurrando, maldiciendo, perdiendo el tiempo en banalidades. Y, de vez en cuando, pinta un cuadro. Magnífico. No hay fechas ni acotaciones, ni esas insufribles voces en off tan frecuentes en el cine biográfico. La luz que inunda la pantalla es la luz de sus cuadros, siempre esa luz mortecina, enferma y a la vez brillante.

Mike Leigh no se anda con tonterías y presenta a un William Turner humano en el sentido que todo el mundo comprende: sin hablar de grandezas. El artista no es mejor que el panadero, y su trabajo tampoco es más importante. Es un tipo con luces y sombras, generoso y audaz, capaz de filosofar y de empatizar pero también rastrero a veces, ramplón, sentimental, furioso, mezquino, poeta y vulgar.

Debo decir que siempre me ha fascinado la pintura de Turner. Recuerdo que un amigo pintor, hace muchos años, me hizo descubrir la amplitud del genio inglés cuando me dijo que es uno de los pintores más adelantados a su época, ya que anticipó el impresionismo, e incluso el impresionismo abstracto. Y creo que es cierto.

La cinta tiene grandes escenas, aunque me resultaría difícil escoger una. Me divertí con la que se burla de John Constable, que fue el pintor más reconocido y más laureado en su época: visto a día de hoy, Constable es un prescindible patán. Y luego están las varias escenas dedicadas a retratar el ambiente artístico oficial de su tiempo, en donde empezaba a apuntar maneras John Ruskin, presentado aquí como un petimetre insoportable y tan pretencioso como vacío, un esteta rico y estúpido, que con su dinero organiza tertulias destinadas a convertirse en el protagonista de ellas, gracias a una arrogancia indómita. Turner asiste a una de esas terúlias (no le queda más remedio, puesto que Ruskin ha pagado un dineral por uno de sus cuadros), y tras muchos minutos soportando las insolencias de Ruskin, que plantea dilemas estéticos sin interés alguno, le pregunta si prefiere un cocido con carne de cerdo o de ternera. Luego vino el prerafaelitismo, que es un momento malo de la historia de la pintura, y que se debe a la preeminencia que consiguió Ruskin. Creo que, a día de hoy, esa moda estética todavía es muy valorada, y en especial en las regiones aquejadas de nacionalismo romántico, como la que me ha tocado.

Turner fue un artista complejo, entregado al arte. La escena en que se hace atar al mástil de un velero para contemplar una tormenta de nieve es cierta. Y le costó una pulmonía de la que jamás se recuperó por completo, y que está en el origen de la enfermedad que le llevó a la muerte. No hay arte sin sufrimiento, parece que nos dicen los artistas de otros siglos. Pienso en un joven escritor catalán (metido a político nacionalista) que escuché -por error, hace poco- diciendo que disfruta escribiendo, y que lo hace cada mañana durante un ratito antes de irse para el trabajo (de abogado o de alcalde de pueblo, eso no lo precisó). Decía el joven novelista: me lo paso tan bien escribiendo las aventuras de mi protagonista que incluso me levanto un poco antes de la hora que me exige mi profesión.

La cinta de Leigh contiene algunas lagunas argumentales que no le reprocho: ¿quién osa comprender la vida de un ser humano?. Hubo instantes, mientras miraba la película, en que pensé en "Andrei Rubliev", que casi casi diría que es lo más bello y lo más profundo de Tarkovsky. Me vinieron ganas de revisitar al genio ruso y, finalmente, así lo hice.

Eso es lo que mejor que te pasa cuando ves una buena pieza: que te lleva a otra. Y entonces te das cuenta de que lo más humano no está en la vida, si no en el arte. Arte es querer crear cosas bellas, y hacerlo con todas las fuerzas, con el único ojetivo de crear belleza. Una belleza que nos llena la vida de sentido y que, por eso, termina siendo una cosa buena.

dilluns, 4 de juny de 2018

Las desventuras de un autor de novela negra catalana

Resultat d'imatges de aire brutResultat d'imatges de besos mar

En 2013 terminé de escribir una novelita, en catalán, y se la entregué a un agente editorial muy competente. El profesional me propuso dos editoriales como posibles destinatarios. La primera me respondió, poco más tarde, con la siguiente propuesta: "te presentas al premio que yo controlo, te llevas los 10.000 euros del premio y luego te publico. Solo tienes que decirme el título". La otra me respondió con un correo lleno de alabanzas y me citaron en un bar de la Plaza del Sol, en Gracia. Opté por la segunda: vi demasiadas inmoralidades en la primera y la segunda me cayó simpática.

Me encontré con los editores, buena gente. De los tres, dos no habían leído mi novela, pero eso no me importó. Llegamos a un acuerdo sin números. Eso tampoco me importó.

En cuanto leí el contrato, más tarde y en la sede de la editorial, supe que me pagarían un anticipo de 500 euros, que era lo máximo que podían pagar. Pero a cambio -me lo dijeron y yo les creí- me iban a promocionar por infinidad de librerías, foros y festivales. Les creí porqué parecían buena gente y uno sabe que debe rodearse de buena gente para intentar ser feliz. Me ingresaron los 500, menos los impuestos. Fuimos a tres o cuatro eventos, cuatro menos de los programados en el inicio. Durante el tiempo de la promoción, los editores no desaprovecharon la oportunidad de lamentarse: de la escasedad de lectores en catalán, de la desaparición de unas antiguas subvenciones para las publicaciones en este idioma, de la mezquindad del público lector catalán (l'avara povertà dei catalani). Y de la deslealtad de la competencia, y de etcétera y etc.

Un día, uno de los editores me hizo llegar el soplo siguiente: un editor de la competencia pero con el cual compartía sociedad en una asociación de editores de novela en catalán había cometido una deslealtad muy grave con los principios de la asociación y por eso le habían expulsado de ella. Yo fui ingenuo e incauto, y publiqué esa información en Facebook, creyendo que así me solidarizaba con mi editor e incluso que le ayudaba en algo. Me llovieron los insultos, por supuesto. Lo más grave del asunto es que me maltrató el mismo editor que me había dado el soplo, para disimular con su maltrato la felonía cometida: el tipo se me reveló como poseedor de una mezquindad tan grande como inesperada. Y yo, por no traicionar al soplón, que era mi editor, me callé y me tragué los improperios.

Vaya sarta de miserias, tan humanas y tan pequeñas estoy contando.

Pocos meses después gané el primer premio de novela negra que gestionaba la misma editorial. El original ganador estaba premiado con 2000 euros. La mitad del dinero lo pagaba la editorial y la otra mitad el ayuntamiento que acogía el festival literario en donde se celebra el evento. El ayuntamiento me ingresó su parte en poco tiempo. La editorial se demoraba tanto en abonar su parte que, al fin, les escribí para reclamarlo. El editor me respondió que enseguida procedería al pago de los 750 euros que les correspondían. ¿750? le pregunté: ¿no eran 1000? Tres días más tarde me pidió disculpas por el error y unas semanas más tarde me ingresó mi parte. Dijo que, como el año anterior el premio fue de 1500 euros, él pensaba que me debía 750. Lógico. Es un error comprensible, le dije, no pasa nada. Y más comprensible en Cataluña. L'avara povertà. Todo eso son miserias, miserias humanas, deslealtades, mezquindad, pobreza, y la falta de educación que genera la pobreza. Eso lo sabemos todos: en contextos de miseria, no pidas elegancia.

Siento más pena que nada. Más lástima que nada. Trabajo como maestro en una escuela de barrio pobre y se que no se les puede exigir solidaridad ni empatía a los que pasan hambre. Es lo que dijo Abraham Maslow (el de la pirámide de ídem) en "Una teoría sobre la motivación humana". Aunque no creo que mis editores pasen hambre, si creo que sufren de mucha miseria. Otra clase de miseria que no es peor si no distinta, más oscura, disfrazada de cultura, una miseria que actúa en estómagos llenos y en buenas familias. Es una miseria que es más miserable que la miseria del hambriento, la miseria moral del niño rico y bien acostumbrado, consentido, tolerado.

Qué desastre y qué pena, Dios mío, qué pena.

Un atardecer, en un pueblo de las costa, cerca de Barcelona, me encontré departiendo, entre cañas de cerveza, con mis editores. Como todos estábamos sueltos y relajados, les solté que me parecía envidiable su editorial, por la cantidad nada desdeñable de títulos publicados. Uno de ellos me respondió: "bueno, no te creas. Les pagamos 500 eurillos a cada autor por su libro y listos, jamás le pagamos ni un euro más". Creo que se referían a la colección en catalán, porqué al resto de sus ediciones, en lengua castellana, diría yo que les tratan mejor. Quizás porqué venden más. Ahí va el dato, para quien quiera dejar de ser ciego.

dimecres, 23 de maig de 2018

Remember me, tío Howard

Resultat d'imatges de remember me serie

Lo mío con las series es imposible. Soy incapaz de seguir a una sola de ellas. Las pocas que he visto han sido las más breves, las que constan de tres, cuatro o cinco capítulos. Creo que la más extensa fué "True detective" y sostengo todavía que es muy recomendable, aunque lo sería mucho más con tres capítulos de menos.

Para los amantes del género "noir" recomendaría "Rillington Place" (Filmin), en donde se hace un ejercicio de estilo narrativo nada desdeñable a partir de un suceso de la Inglaterra de los años 40. La verdad es que el "noir" me tiene bastante harto, pero a veces hay excepciones honrosas, buenas interpretaciones y voluntad de innovación. Cosa rara en el asunto del folletín televisivo.

A pesar de mis reticencias, me dispuse a ver "Remember me", (Filmin, de nuevo) una producción inglesa a la que acudí tras descubrir que constaba de ¡tan solo 3 capítulos! una maravilla de contención poco frecuente. Otro atractivo de la serie es que está protagonizada por el admirable Michael Palin, el de Monthy Python (¡quién no se acuerda del gobernador romano de Judea en "La vida de Brian"!). Palin, pasados los ochenta, explora nuevos registros interpretativos y ofrece una actuación dulce y melancólica, triste. Aunque hay ocasiones en las que asoma la mirada del cómico pillo en sus ojitos, ahora debilitados por el paso de los años en un rostro surcado por arrugas. Hay que destacar un plano de su mano, extendida a través de la ventanilla del coche para sentir el viento y las gotas de una lluvia que se avecina a lo largo de los 180 minutos. ¡Qué fotogramas tan tiernos! Esa mano octogenaria, surcada por un mundo de arrugas, que pretende gozar de estar vivo tras tantos años de vida. Hay una poesía en esta secuencia.

Luego está lo demás: aunque los guionistas hablan de un cuento basado en el universo de Lovecraft, yo diría que hay algo más próximo a la literatura gótica inglesa del XIX que al maestro de Providence. Aunque sin duda el tío Howard asoma en el ambiente, en esos nubarrones terribles que ensombrecen el cielo sin piedad alguna. Me alegra descubrir que Lovecraft no se termina nunca y me conforta ver que su mundo tremendo y pesimista no se desvanece en el soplo de ignorancia que nos azota el cogote. Y me siento contento al comprobar que a Lovecraft se le puede fusionar con los clásicos, con algo de Kipling incluso, y me maravilla constatar que la cultura inglesa es capaz de cuestionar su historia. eso es algo que deberían apuntarse por estos lares, tan dados al autobombo y al victimismo: los guionistas ingleses saben tratar el asunto.

En la historia de Remember me hay muchos elementos, y no todos son meritorios (porqué también hay un cierto sentimentalismo), pero hay una pregunta punzante que cuestiona el pasado colonial y plantea una metáfora que es, quizás, lo mejor de toda la historia. Los países colonizadores ¿arrastran una culpabilidad que no se marcha nunca? Y otra que creo muy interesante ¿deben pagar los ingleses de hoy las culpas de sus abuelos? Es decir: ¿tiene sentido que alguien que no fué un colonizador pida perdón por un crimen que no cometió?. Eso me lleva a pensar en ciertas cuestiones españolas, en las que, a veces, se plantea si alguien que no es un asesino debe pedirle perdón a otro alguien que no fue jamás una víctima. ¡Ay, el espinoso asunto de memoria histórica! Quizás sea pensando en esos términos que "Remember me" me ha parecido una buena serie, en el sentido de qué fomenta el pensamiento y las preguntas.

Y, además, se habla sin tapujos de las miserias de la vejez, de los asilos para ancianos, del rol de nuestros abuelos, de las grietas en el concepto de la asistencia social y la geriatría.

Tras ver la serie, me planteé durante unas horas escribir algo parecido, sin temor al plagio, referido a la Cataluña de hoy mirando hacia atrás, la guerra civil y los nacionalismos y todo eso. Luego se me pasó. Creo que los editores de aquí no estarían muy atentos a mi propuesta. Estuve pensando en la canción "Scarborough Fair", que se usa en la serie como leitmotiv. Pensé en "El testament d'Amèlia" (aquí en la versión de Serrat), que también es oscura, para mi plagio. Luego, por fin, me fui a la cama y soñé con Los mitos de Cthulhu tan magníficamente editados por el gran Rafael Llopis.

diumenge, 11 de març de 2018

Sònia Hernández i Vicente Rojo

Resultat d'imatges de el hombre que se creía vicente rojo

No sóc partidari de celebrar efemèrides de cap mena. De fet, podria explicar que no celebro el meu aniversari. O tal vegada seria més oportú dir que el celebro amb algun acte íntim, gairebé invisible, quasi imperceptible. Em miro al mirall i busco què ha canviat en aquest darrer any. O em poso a pintar una aquarel·la que deixaré inacabada en qualsevol racó.

Podria haver publicat la ressenya del llibre de la Sònia Hernández (Terrassa, 1976) el dia 8 de març, i això m'hagués fet quedar com un senyor solidari i reivindicatiu i progressista, capaç de ser feminista per un dia, i que ressenya la novel·la d'una autora en la data oportuna. Però m'he esperat uns dies per allò, per la meva al·lèrgia a les efemèrides.

Crec que hauria d'explicar com vaig arribar a "El hombre que se creía Vicente Rojo", publicat per El Acantilado, (Barcelona, 2017, 16 euros).

Fou així:

Un migdia, per cap d'any, vaig anar a visitar el punt d'observació des d'on el general Vicente Rojo va dirigir les operacions militars de la batalla de l'Ebre. És un promontori de roca vermella, vora una ermita, als afores de La Figuera. Des d'aquell cap de terra argilosa es veu el riu, al fons. Ara, a l'altra banda del serpent d'aigua platejada hi ha les xemeneies de la central nuclear d'Ascó, i llavors, a finals del 1938, hi havia l'exèrcit nacionalista d'en Franco. El 38, aquesta ermita estava dedicada a una marededéu però, per allà als anys 50, el mossèn del poble la va convertir en lloc d'adoració d'un sant. Com si diguéssim, va transexualitzar la verge i la va substituir per un mascle. Un mascle sant, això sí. El punt d'observació del general Rojo conserva les fortificacions atrinxerades. Aquell dia hi bufava un vent glacial que em va deixar les orelles de color lila.

Al vespre, un cop refugiat i aprop d'un radiador calent, vaig buscar més informació sobre l'únic general que admiro, aquest Vicente Rojo que va escriure memòries i llibres de ficció a l'exili (un d'ells es titula "Platillos volantes"!) i que va tenir la valentia de tornar a Espanya un temps més tard, tot i sabent què l'hi esperava. I així, mentre teclejava el nom del general republicà en aquest improbable món de google, vaig descobrir la novel·la de la Sònia Hernández. L'editorial té la deferència de fer públiques les 10 primeres pàgines de la novel·la. Com que és una novel·la breu, d'apenes 120 pàgines, el fragment públic és una bona mostra. Em va fascinar a l'instant. El to, la veu del narrador, la capacitat de l'autora per crear el que podríem anomenar un "narrador no fiable" el qual, no obstant la poca fiabilitat, de seguida entenem. ("Entendre" en el sentit de "comprendre", de compartir).

Però allò que més em va impressionar va ser, un cop més, la meva ignorància quasi infinita: el general Vicente Rojo tenia un nebot, de nom Vicente Rojo, que es va exiliar a Mèxic, on va esdevenir, amb els anys, un dels artistes plàstics més rellevants i més influents de la segona meitat del segle XX. És el Vicente Rojo pintor -i no el militar- el Vicente Rojo del qui parla el títol de la Sònia Hernández.

Vaig comprar el llibre i vaig anar-lo llegint a poc a poc. La lectura de "El hombre que se creía Vicente Rojo" ha de ser lenta, penso, perquè és un text que cal llegir frase a frase. Si bé no fa malabarismes estilístics (gràcies, Sònia!), és una novel·la meticulosa, mesurada, tan ben calcul·lada que, a mi, em fa venir moltes ganes de deixar d'escriure per sempre i admetre, per fi, que allò que de veritat em dóna plaer i satisfacció, és llegir. Llegir però també dormir, és clar.

La novel·la està organitzada en dues parts ("Prosopagnosia" i "El hombre que se creía Vicente Rojo" a partir de la pràgina 79), i així elabora una reflexió, gairebé una tesi, sobre el paper de la ficció literària al segle XXI. O més ben dit, sobre l'art al segle XXI. Si algú em respòn que exagero i que en realitat "El hombre que se creía Vicente Rojo" és una novel·la intimista que parla de la relació entre una mare i una filla li diré que podria tenir raó. I tant. [Si ara digués que, després de llegir "El hombre que se creía Vicente Rojo" puc afirmar que Mercè Rodoreda no és la millor escriptora catalana coneguda, podria encendre una foguera, però per encendre fogueres com aquesta -on em cremarien a mi- caldria que aquest blog fos majoritari. I, per fortuna, és minúscul].

Fa poc he trobat una entrevista a l'autora del llibre, al diari ABC ("Las editoriales apuestan muy poco por la cultura"), que m'ha entusiasmat. Hernández diu que l'emperador va nu, cosa que potser sabíem però que pocs gosen dir en veu alta, com és sabut per tots. I parla de més coses. Una de les que m'ha fet pensar de valent és la relació tan escassa (la no-relació) que hi ha entre els autors de novel·la i els artistes d'altres disciplines de l'art, o entre els autors de literatura i els autors del pensament, de la filosofia, de la crítica de l'art. L'abisme que hi ha entre els escriptors de ficció narrativa i el món de l'art o de la filosofia és sorprenent. I decebedor, és clar. De vegades penso que els autors de novel·les del meu país no han llegit altra cosa que novel·les i, en la major part dels casos, novel·letes. I sèries de HBO i de Netflix, això sí, això no falla mai.

Aquí ho tens, em dic: un llibre de 120 pàgines et fa pensar en el llibre, en la història, t'enfronta a la teva ignorància, et qüestiona, et planteja preguntes sobre la ficció narrativa, et confronta als teus dèficits i, a més a més, t'emociona. I et recorda allò que també sabies i que tan pocs diuen. Que la millor prosa que s'està escrivint (i publicant) a Catalunya s'escriu i es publica en llengua castellana. Aquí hi ha un debat sempre menyspreat, sempre silenciat, obviat. Però un debat real que algun dia caldrà afrontar. Si és que algú pensa que existeix una cosa anomenada "cultura catalana", cosa que jo dubto. Metòdicament.