dissabte, 14 d’octubre de 2017

Blade Runner 2017

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Empujado al cine de ciencia-ficción por el hastío y el fastidio del post-procés catalán, decidí afrontar "Blade runner 2049", con más sospechas que confianzas. Mis temores afectaban, más que la calidad de la propuesta de Villeneuve, a la posibilidad de destruir el mito del "Blade Runner" de Ridley Scott, que llevo desde que, siendo casi todavía un niño, vi aquella maravilla del cine fantástico.

Cuando uno se decide a versionar algo, revisar, hacer un remake o una segunda parte de algo, debe estar muy seguro de que va a aportarle algo nuevo, algo convincente y potente, a la obra original. En caso contrario, es preferible el silencio, la inacción. Y bueno, enfin... Cuando se encendieron las luces, tras casi tres horas de cine, me encontré ensimismado. La cinta está bien, para qué negarlo. Hay un trabajo de arte, de decorados, de ambientes y de atmósferas muy elaborado. Imaginar como serán las ruinas de una ciudad futura es un ejercicio notable, en estética y en nihilismo. O en nihilismo artístico.

La cinta sigue la estructura que nos inventamos los humanos hace miles de años: el héroe quiere saber quién es, como un Edipo cualquiera. Para ello deberá enfrentarse a su pasado, rebuscar en él, decidir qué es verdadero y qué es falso en su vida. En este periplo, contado según las convenciones de la investigación policial, el héroe encuentra personajes que ayudan y personajes que le putean (o adyuvantes y antagonistas, en el léxico más culto de Todorov), sufre engaños, cae en manos de malvados tal como le sucedió al ingenuo Perceval, recibe golpes de suerte y de desgracia -hay que respetar (y honrar) el papel del azar- y por fin termina descubriendo algo, que no es agradable pero por lo menos es verdad. He ahí uno de los asuntos de la cinta: ¿qué es verdad?. El tema no es nada nuevo, pero no le pido novedad al arte, si no buena sintaxis, y bella factura: la forma es el fondo, la forma lo es todo. Tampoco es nada nuevo el personaje que interpreta Jared Leto, ese inventor loco que es un remedo del doctor Frankenstein, el científico que quería emular a Dios y luego superarle, aunque aquí vemos a un doctor Frankenstein releído en clave marxista (lo de las clases sociales y eso). Un dios creador para la era post-industrial, creador de un nuevo lumpen proletariado.

La pieza de Villeneuve es elegante, coherente, avanza sin perder el ritmo pausado, descriptivo. Quizás se excede en las referencias: referencias demasiado frecuentes a la obra de la cual parte, con tal sinfín de guiños que uno se podría cansar. Pero también referencias a las cintas del género, a la historia del género: hay algo de la Metropolis de Fritz Lang, al Solaris de Tarkovsky, a los Doce Monos y al Brasil de Terry Gilliam. Por lo que me cuentan, también hay una cita evidente de una serie televisiva (Black Mirror). Y algo inquietante: una autoreferencia casi inexplicable -¡en el último plano!- a la anterior cinta del director, la muy recomendable "La llegada" (The arrival), que es, quizás, la propuesta más interesante de la ciencia ficción de los últimos años. ¿Se ha excedido Villeneuve con esa cita de si mismo?

Hay instantes en que uno se pregunta: ¿podría haber rodado Villeneuve una cinta propia, auténtica y autónoma, sin recurrir a "Blade Runner"?. Yo diría que, con escasos cambios en el guión, se podria haber construído una película sólida e interesante prescindiendo del Blade Runner de Scott. No es una mala pregunta, creo, porqué uno de los asuntos de la cinta es la búsqueda de la autenticidad. Lo real y sus dobles, sus imitaciones, eso está ahí, todo el tiempo. La relación del hombre con lo virtual, la relación de lo virtual con una segunda capa de la virtualidad, la sospecha de estar viviendo algo más virtual que real, la duda. En una de las escenas más auténticas de la cinta, una mujer real juega a disfrazarse de mujer virtual para seducir al héroe, quién a su vez, es un ser artificial que aspira a dejar de serlo aunque solo sea por un error de cálculo. Este es el momento de más intensidad poética de la cinta, junto a la imagen de la tumba bajo un árbol muerto, poderosamente gótica.

La cinta de Villeneuve es pesimista, triste, llena de muertos y de fantasmas grotescos (ese holograma estropeado de Elvis en un casino en ruinas), esos exteriores deprimentes, fruto de una devastación a escala planetaria. Un mundo decadente, desesperanzado, agotado. Nadie sonríe (excepto los hologramas, que sin embargo también expresan estupor y tristeza, y deseos de desaparecer).

Tampoco sonríen los que anuncian una inminente revolución de los esclavos, en los últimos minutos. Quizás sea este el único atisbo de optimismo de esta cinta. Vista en España, "Blade runner 2049" nos cuenta algo al respecto de las revoluciones: ya sabemos que la revolución de las clases acomodadas (léase la "revolución de las sonrisas" del catalanismo burgués) o la revolución de las clases medias (léase "Podemos" y Pablo Iglesias) son revoluciones de pacotilla, tan inanes como ridículas aunque simulen ser distintas en su discurso. Quizás solo podemos confiar en la revolución de los esclavos. Volvemos a Espartaco, a Kubrik. Se cierra el círculo. En el Blade Runner de Scott, el de 1982, ya había algo del Espartaco de Kubrik.

POSTDATA: Como el post-procés catalán siga adelante (o atrás, para volver a empezar), y todo parece indicar que así será, me voy a refugiar en el cine de terror, porqué prefiero el terror de ficción.

dijous, 28 de setembre de 2017

La muerte en el pantano

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La casualidad ha querido que al final de este verano le haya mandado al editor una novela negra, muy negra, inspirada vagamente en "El rojo y el negro" de Stendhal que empieza en un pantano, en donde alguien, una noche, lanza un cuerpo en las aguas turbias. En la novela, el asesino consigue que el cuerpo desaparezca para siempre. Hablo de casualidad porqué, por las mismas fechas en que yo mandé el original al editor, ocurrió un crimen en un pantano de Gerona. Los cuerpos han aparecido ahora. En la realidad, pues, el posible culpable no se salió con la suya. Uno de los dos cuerpos ha flotado porqué las aguas están demasiado bajas. Lo que está ocurriendo con las reservas de agua es dramático, pero el estado de lo político nos está ocultando este drama, otra vez.

Cuando empecé a escribir mi relato me puse enfrente la fotografía en blanco y negro de un cuerpo recién sacado de un embalse. En los años setenta. El cuerpo, medio desnudo, está echado encima de una roca de la orilla. Siete agentes de la Guardia Civil lo rodean, hieráticos, y el espectador escucha el silencio de la escena aunque sea en una fotografía, que ya es silenciosa de por sí. Los siete agentes están de pie, como estátuas o como columnas, solemnes. Un semicírculo de policías alrededor del muerto.

Es la España en blanco y negro de mi niñez. Algunos de mis recuerdos de los setenta son así, como una fotografía de prensa, blanco y negro adusto, sobrio. Pocos grises, y esa trama gorda de puntos. También recuerdo una tarde, volviendo en el coche de mi padre por una carretera del Montseny (a él le gustaba ir a pasar el día en Santa Fe). Había niebla. Posiblemente había menos niebla en la realidad que en mi recuerdo. Y enmedio de la niebla aparecieron dos tricornios y unas capas grises, robustas, casi pétreas. Hubo un accidente y los guardias civiles andaban casi tan desorientados como mi padre, que tuvo que pegar un frenazo y se llevó un susto de muerte con la aparición de las siluetas sombrías, siniestras, surgiendo de la telaraña de vapor blanco que se arrastraba por el asfalto.

Las imágenes de hoy, en el pantano de Gerona, son en color. Hay algo demasiado obvio, demasiado común. El blanco y el negro son una abstracción maravillosa que da un contenido metafísico a lo que cuenta. El color, con su derroche de matices y de tonos, no contiene poesía alguna. La imagen de los policías de hoy, investigando en el pantano gerundense, no me serviría para iniciar una narración. Quizás me estoy haciendo más mayor de lo que yo contemplo. Quizás sea eso.

Vuelvo a mirar la fotografía de los setenta, la de los guardias civiles custodiando el cuerpo difunto. El fotógrafo (quizás el octavo guardia civil, como un alien) la tomó desde bastante lejos. Hay un pudor evidente, un respeto callado por el muerto. Eso fué así durante muchos años, hasta que la prensa prefirió mostrar el detalle, la herida abierta por donde brota la sangre, el rostro desfigurado, el dolor en primera plana. Y nos habituamos a ello. Vemos tres cuerpos de niños rebentados por una bomba en Irak mientras cenamos una pizza peperoni, podemos contemplar con detalle sus cabecitas echadas en la tierra, las cabecitas rapadas, las orejas ensangrentadas, el gesto cancelado de sus manitas.

A mi me impresiona más el cuerpo en blanco y negro de un hombre ahogado en los años setenta. Será quizás porqué la distancia del fotógrafo y la imprecisión de la imagen me permiten sentir el horror de otra forma, más verdadera, más profunda y más tremenda. Podría ser mi cuerpo, ese cuerpo muerto encima de la roca, custodiado por siete policías estáticos y detenidos para siempre en un tiempo de brumas que es hoy, también.


diumenge, 24 de setembre de 2017

Perifèria

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La col·lecció Crims.cat acaba de presentar un recull de contes titulat "Barcelona: viatge a la perifèria criminal". Com que he participat en el recull amb un conte escrit especialment per a l'ocasió, no diré res del contingut, no seria gaire ètic. Tan sols diré que és divers i que conté els perills i les virtuts dels reculls. Els editors del recull, l'Àlex Martín i en Sebastià Bennassar, ens van encarregar a cadascun dels narradors un relat sobre un dels 10 barris de la perifèria de Barcelona. Explicaré, això sí, la meva relació amb la perifèria. Si non è vero, è ben trobato.

Com que vaig néixer durant el franquisme, el 1964, el meu pare va buscar-me una escola que no fos del règim, i així vaig anar a parar en una escola de Sarrià, el Costa i Llobera. El Costa i Llobera (avui incorporat a la xarxa d'escoles públiques de l'estat) era llavors una escola de nens rics que en becava alguns de pobres. Pobres com ara jo. Entre els meus companys hi havia fills de grans industrials i de diversos prohoms del país. En Sandro Rosell i jo vam ser companys de classe. Fins a vuitè d'EGB. En arribar a vuitè, passàvem a fer la secundària, que llavors s'anomenava BUP. Per al BUP, els becaris ja no teníem dret a beca i calia pagar la quota trinco-trinco. El meu pare, que llavors passava per una de les seves moltes males èpoques de diners, em va plantejar la dificultat i jo vaig acceptar: me'n vaig anar a l'institut públic del barri. Això era a l'any 1978, en Franco havia mort poc abans i, a Espanya, es respirava un aire diferent.

El barri on vivíem no era a la perifèria de Barcelona, però era a tocar de la frontera amb la perifèria. Allà vaig descobrir-la, i vaig fer amistat amb companys de classe que venien de l'altra banda, de la perifèria de veritat. El meu millor amic, a primer de BUP, era un adolescent que es deia Emilio, fill d'emigrants d'un poblet de Teruel. Escorihuela. Ara, l'Emilio és militar. La darrera vegada que ens vam veure havia arribat a Tinent d'artilleria. El primer cop que vaig anar a berenar a casa seva vaig descobrir que vivia com jo, de lloguer en un pis molt semblant al meu. Era un pis petit, en un bloc. Era un pis com el meu. No s'assemblava de res a les mansions dels meus antics companys de l'escola Costa i Llobera, enormes i luxoses. Allà, a casa de l'Emilio, vaig descobrir qui era jo i qui eren "els meus". I des de llavors que ho he tingut clar.

L'Emilio tenia un cosí que vivia més enllà de la Verneda, tocant a Sant Adrià. A vegades anàvem a veure'l, a les tardes. Anàvem per l'Avinguda de Guipúscoa enllà i després passàvem pel Pont del Treball, i llavors ens aturàvem a mirar les barraques que hi havia al dessota del pont, un garbuix de xaboles que recordo grises, infinites, un altre món que també era el nostre, vides i més vides, vides com nosaltres. Recordo aquella imatge zenital sempre en penombra i amb fred, com si sempre que hi hagués passat fos un capvespre d'hivern.

Poc més enllà, en un bloc a l'altra banda del riu, hi creixia un altre adolescent que es deia Javier Pérez Andújar, al qui vaig tardar molts anys a conèixer. Quan es va fer gran, en Javier va posar en paraules la vida als blocs de la perifèria i ho va fer amb una prosa tan bella que només puc agrair-la perquè mai no s'ha escrit res tan bell a Catalunya.

Quan em vaig posar a escriure el meu conte per a aquest recull, vaig recordar el Pont del Treball i uns quants altres episodis de la meva vida, i vaig rellegir els "Paseos con mi madre" del Pérez Andújar. Vaig llegir d'altres textos sobre la perifèria, sobre el concepte. I vaig recordar una cançó força ximpleta dels Catarres, que són un grup de pop català (què es pot esperar del pop català?) que té un vers així: "jo que sempre he defensat els productes de la terra, m'he enamorat d'una choni de Castefa". Qui va escriure el vers ¿va considerar que les noies de Castelldefels no són "productes de la terra"?. Pensa que aquestes noies són estrangeres? L'estupidesa, ai, l'estupidesa...!

L'ascensor social (la Catalunya d'acollida i d'oportunitats per a tots) es va avariar primer que enlloc a les perifèries. I després a gairebé tot arreu. Però els qui van néixer a les barraques i a la perifèria en general són tan productes de la terra com els senyorets de l'Eixample, de Gràcia i del Guinardó. Caldria parlar dels catalans pobres, un tema que donaria per a un altre recull de contes. La qüestió, per tant és: per què els Catarres diuen aquest vers? La meva resposta va ser escriure un conte sobre el barri que em van assignar que tracta d'un fantasma que s'apareix de tant en tant. Els fantasmes són això: els invisibles. I els que, quan es fan visibles, espanten.

Crec que és per això que en Javier Pérez Andújar va molestar tants catalans bons quan li van encarregar de fer de pregoner de la Festa Major de Barcelona: perquè el seu discurs no encaixa ni en el discurs de la burgesia catalana ni en el de l'esquerra clàssica catalana. El seu discurs destil·la un anarquisme feliç que els descol·loca a tots dos. Això és el que diu en Pérez Andújar: que ser perifèric no és una desgràcia, si no una forma de resistència.

El meu personatge, el del conte, és un perifèric que és un pallasso. La sort em va acompanyar, i vaig trobar "el payaso torero", àlias Charlot, i de nom Carmelo Tusquellas, un emigrant de Vic que va fer fortuna a la plaça de toros de Las Arenas de Barcelona als anys 20 del segle passat  amb un número còmic, disfressat de Charlot. Vaig pensar que Carmelo Tusquellas tenia alguna cosa d'anarquista: disfressat com Chaplin, fent pallassades amb toros (més aviat vaquillas) a l'arena. Un cop mort, em vaig dir, en Tusquellas segur que va continuar anarquista i que va desobeir les exigències de la mort, i que és prou capaç de fer aparèixer el seu ectoplasma allà on li plagui. Però amb preferència per fer-lo aparèixer a la perifèria on va viure.

La perifèria és el no-lloc per excel·lència, la frontera abans del no-res. També hi ha la perifèria mental, i la perifèria política: avui en dia, els catalans federalistes hem estat enviats a la perifèria. La perifèria és això que diu en Pérez Andújar: és la resistència. D'això tracta el meu conte en aquest recull.

Tothom idealitza els paisatges de la joventut. Jo tinc idealitzada la meva perifèria, la del barri més enllà de la Verneda on anava a les tardes amb el meu amic Emilio, el de Teruel, el qui avui és militar i tracta amb míssils i coets. M'agradaria molt retrobar-lo ara, quan ja deu tenir tants o més cabells blancs que jo. Segur que ens riuríem de tot: de la comèdia de la vida adulta, de les velles trifulques a l'institut, dels polítics que hem hagut de sofrir tota la vida, dels qui parlen de la perifèria sense tenir-ne ni puta idea.

També parlaríem d'aquells diumenges a la tarda en què anàvem a la Casa de Teruel, al capdavall del Clot, a lligar amb les noies (jo sempre vaig fracassar i tu algun cop vas clavar-la, cabrón). I després parlarem del morts, al final.

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dimecres, 13 de setembre de 2017

Els 50 orangutans d'en Carbó

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En aquest país tan procliu a les dates històriques i les efemèrides, avui, jo en celebro una. No té prou categoria per ascendir a data històrica del "poble" de Catalunya, perquè és una efemèride íntima. La intimitat és aquella part de la vida privada que es comparteix amb algú, i avui jo la comparteixo amb en Joaquim Carbó.

Avui fa 50 anys que es va publicar "Els orangutans", la primera novel·la que vaig llegir d'en Joaquim. Per celebrar-ho, l'editorial Males herbes l'ha reeditada. Males herbes és una d'aquestes editorials anomenades petites, una editorial de literatura literària, una de les que cal tenir en compte quan es parla de la literatura entesa com un art que pretén anar més enllà de l'entreteniment (cada cop que sento parlar de literatura d'entreteniment me'n recordo d'en Thomas Ligotti i de l'Albert Serra, que fan de mal agermanar, però tots dos coincideixen en dir que: quan em vull entretenir, em poso a mirar tele-basura, i dic tele-basura a consciència, perquè tele-escombraries sona massa carrincló, sona a telenotícies de Tv3).

Cinquanta anys dels orangutans! I un calfred em corre esquena avall i penso en el temps i els seus contraris, l'eternitat i les teories de l'univers quàntic i tot això, aquell univers en el qual no hi ha temps i els esdeveniments s'esdevenen sempre, infinitament, l'univers on jo sóc un esdeveniment i prou, un animalet que, per un error de l'evolució, ha adquirit un excés de consciència i se sent especial. Cinquanta anys, quasi res, quasi no-res. Com en l'univers quàntic, "Els orangutans" es publica una altra vegada i en Joaquim Carbó ho anuncia una altra vegada, i torna a tenir a les mans les proves d'impremta i la primícia de l'edició, i ara veurem què fa la crítica i el públic lector.

Amb en Joaquim Carbó hi tinc una relació completament especial. Era una amic de la mare, però la casualitat -jo sempre he cregut que fou la casualitat- va fer que fóssim veïns. Tot i que també érem veïns d'una manera especial. El balcó del pis de casa dels pares donava a l'interior d'una illa de cases, i al bloc de l'altra banda hi havia un àtic que la mare m'assenyalava i em deia: allà hi viu en Joaquim Carbó, que és un escriptor. A vegades em deia: avui en Carbó a sortit a la terrassa, a regar les plantes. Jo mirava l'àtic d'en Carbó i en Carbó ja no hi era. Me l'imaginava tancat a dins, davant la màquina d'escriure.

"Els orangutans" no és novel·la per a un nen de 13 anys, però saber que l'escriptor és amic de la mare fa que no te'n puguis estar de llegir-la. Tampoc no és novel·la per a un nen de 50 que busca entreteniment en els llibres, però això és una altra qüestió. Com és fàcil de comprendre, als 13 no vaig comprendre ni un borrall dels orangutans d'en Carbó, de manera que la vaig haver de rellegir uns quants anys més tard, quan sí que vaig començar a entendre. I si ara la rellegeixo, en l'edició de Males herbes, espero que l'acabi de comprendre del tot. La vaig llegir poc després o poc abans de llegir "El martell" d'en Jordi Sarsanedas, i aquestes dues lectures se m'han quedat per sempre, com la cicatriu d'una ferida que es nega a dissoldre's, com les ferides de bala, com les d'una punyalada. "El martell" es podria tornar a editar, també, i la podria reeditar una editorial de "novel·la negra" perquè si no è vero è ben trobato i a més a més els faria una bona repassada a moltes de les novel·les negres d'avui, que potser són negres però no són novel·les.

"Els orangutans", que no la vaig entendre als 13, em va avisar: la vida va en sèrio i no és bonica. És interessant, això sí, però bonic i interessant són dos conceptes molt diferents. I si la vida és interessant ho és perquè hi ha hagut qui ha dedicat la vida a l'art, o a l'amor a l'art, tot i que una cosa i l'altra no són, tampoc, la mateixa cosa. "Els orangutans" és un retrat generacional, d'una generació anterior a la meva per ben poc. I a dia d'avui -llegida avui- aquella generació ens va explicar coses per a qui se les vulgui escoltar. Per al qui les vulgui llegir.

Jo tendeixo a creure que cada generació és una mica pitjor que l'anterior, una mica més banal, una mica més ignorant, una mica més acomodada i una mica més cofoia, per més contradictori que sembli sentir-se cofoi en la ignorància. Però no és contradictori, perquè una cosa du a l'altra. Tant en Carbó con en Sarsanedas li van dir moltes coses a aquell noiet que vaig ser, i que volia saber de què tractava la vida humana que és la vida dels adults. O dels mig adults, que és el que explica "Els orangutans". Durant molts anys, vaig pensar que "Els orangutans" era això, la meva primera lectura de les coses adultes. I ho continuo pensant. D'en Carbó vaig passar a Pavese, i de Pavese a Camus, i de Camus a Norman Mailer. I un dia... Faulkner! I després de Faulkner, Henry Miller, i de Miller a Rimbaud i de Rimbaud (vès per on! ) a Lovecraft, i després Robert W. Chambers... un caos de veres, dintre del qual hi ha la fascinació incombustible per Vargas Llosa. Al mateix temps, però, també llegia les aventures d'en Pere Vidal de "La casa sota la sorra" al Cavall Fort. El meu pare no era un home gaire amant de la literatura, tot sigui dit, però comprava literatura catalana per aquell patriotisme d'aquelles èpoques, quan d'un llibre d'en Pedrolo se'n venien 30.000 exemplars. El meu pare comprava els llibres però no se'ls llegia. Llegia pamflets polítics, això sí, i els llegia en abundància. En aquell temps es començava a gestar el desastre que ara ha parit, després del llarg embaràs de la burra patriòtica.

"Els orangutans" d'en Carbó són a la gènesi de la meva biografia lectora, que és la biografia de la qual n'estic més content, l'únic capítol de la meva biografia que no lamento, l'únic que no m'avergonyeix. Tot i haver llegit molta púrria i no haver llegit molta literatura necessària, me'n sento moderadament satisfet. Em passa com li passava a en Borges (perdó per la immodèstia): estic més orgullós de les coses llegides que no pas de les coses escrites. I això ho dic de cor.

I si parlem del cor -i dels atributs anímics que se li atribueixen a aquest òrgan-, li dec una abraçada cordial a en Joaquim Carbó, als seus orangutans i a d'altres qüestions que ara no toquen.

Diu en Carbó que es va passar a la literatura infantil perquè volia fer lectors joves, per aquest imperatiu moral i cultural. Espero no pertorbar-lo gaire si li dic que va fer un lector amb "Els orangutans".

dimecres, 30 d’agost de 2017

Javier Cercas y el monarca de las sombras

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Cada nueva lectura de Javier Cercas me llega como te llega la primera luz del alba tras una noche oscura y triste. Cuando se te ocurre pensar, presa del pánico, la desazón o el pesimismo, que no saldrás de esa noche. Ahora estoy con "El monarca de las sombras" y atrapado en esas páginas que se desencadenan, viajando de Extremadura a Cataluña y viceversa, en un vaivén que es de verdad, que no es de ficciones baratas. O te pones en la ficción de verdad (en Tartarín de Tarascón, en el Quijote, en Moby Dick, en Gargantúa, en Tarkovsky o en Fellini) o te vas a la verdad. Pero basta ya de ficciones a medias, de ese penoso costumbrismo de las letras catalanas que amenaza con sumirlo todo en un marasmo de tedio y de mediocridad sin fin. Quizás es el peaje del nacionalismo, no lo se.

Cercas vuelve una vez más a la literatura del siglo en que vivimos. Se olvida de los jueguecitos del narrador interpuesto entre el lector y el autor que tanta gracia le hacen a la cultureta local. A mi no me extraña nada que Cercas decida hablar de Cercas, ni que Javier Pérez Andújar haya escrito un diccionario. Basta ya de jueguecitos con el narrador. Y reconozco que hablo de Pérez Andújar cuando quería hablar solo de Cercas, y lo hago en gran parte empujado por dar alguna respuesta a las algaradas insufribles de ese sector del catalanismo cavernícola que está pendiente de Cercas y de Pérez Andújar, siempre de guardia y en guardia, porqué no comprenden lo que está sucediendo.

"El monarca de las sombras" podría ser la aproximación más valiente y verdadera que he leído hasta ahora sobre el asunto, tan difícil, de la "memoria histórica" en esta España tan compleja. Yo tuve un abuelo franquista y otro abuelo republicano, muerto en el exilio de Francia, y llevo media vida pensando en eso y unos cuantos años intentando escribir algo al respecto. Algo que siempre se me escapa, me elude, lo eludo. Los buenos y los malos, la vergüenza y el orgullo, la conciencia que se debate como un pez recién pescado en la red del pescador. ¿Tuve un abuelo bueno y un abuelo malo? ¿Como se habla de eso, como se escribe sobre eso? En definitiva: ¿de donde salgo, quién soy?. El abuelo republicano murió mucho antes de mi nacimiento, es algo así como un mito familiar. El abuelo franquista es un hombre que está en mi memoria, la de la piel, un abuelete buena persona que me enseñó a jugar al ajedrez. ¿Debo pensar que uno tuvo que morir para que el otro me pudiese enseñar el juego del ajedrez?

Javier Cercas empieza con la descripción de una vieja fotografía, la del tío falangista muerto en la batalla del Ebro, y lo enlaza con el relato de la depresión de su madre emigrada des de Ibahernando hasta Gerona, esa ciudad catalana que se le aparece triste, vetusta y gris y fea. Mis dos abuelas emigraron a Barcelona. La una, procedente de un pueblecito alicantino y la otra de una ciudad murciana. Las dos, debidamente aculturadas, casi se olvidaron de sus orígenes. Por suerte mía, eso fué algo que retuve y por fin estuve en los dos lugares, ya una vez cumplidos los 40. Me pregunté un montón de preguntas. Tanto en el pueblo de Alicante como en el de Murcia lo primero que se le ocurrió a mi cabecita fue comparar la luz azul y brillante de esos lugares con la tristeza gris de las fachadas barcelonesas que recibieron a mis abuelas. Me pregunté por el fantasma del progreso, de la industria. La avara hostilidad de los catalanes. Los fantasmas, siempre los fantasmas.

Leo a Cercas cuando tengo algo menos de 100 páginas escritas sobre la postguerra en los pueblos del Ebro, del Ebro después de la batalla. Empecé a escribir sobre esa batalla a partir de un falangista que murió en una carretera de la comarca del Priorato en 1945, bastante más tarde del fin de la guerra. Camilo Morales, ametrallado por un comando del maquis, cuatro guerrilleros que poco después fueron detenidos y fusilados, en Barcelona, y enterrados en el Fossar de la Pedrera, lugar en el que, algunos años más tarde de su entierro, crecieron las barracas de los andaluces y los murcianos. Eso es así tal como lo cuento y por lo tanto un laberinto denso y muy hijodeputa, hay que andarse con sumo cuidado. Ahí está, en esas barracas, Francisco Casavella con ese monumental "El día del Watusi", otra novela fundamental en la literatura catalana que los señores de la cultureta catalana van a negar hasta tres veces, como el canto del gallo que anuncia la aurora. La lectura de Cercas me pilla con la lectura de un texto profundo y necesario, "Las sombras se equivocaron de dueño" de Miquel Cartisano, que vivió en las barracas de Montjuïc (en Can Valero Petit), y que también es un relato que prescinde de esos narradores juguetones tan al gusto de la ficción miserable que nos rodea. Una literatura catalana para el siglo XXI.

Hay que escribir. Debemos escribir. Como Javier Cercas y como Javier Pérez Andújar y como Francisco Casavella y como Miquel Cartisano. Agarrar la verdad por la pechera y no por la espalda. Eso es lo que los catalanes podemos ofrecerle al mundo. ¿Hay que escribir la verdad en catalán o en castellano? Esa pregunta no es relevante en un país bilingüe y además... ¿qué pregunta es esa, después de 100 años de preguntársela? Esa pregunta es como las que Terenci Moix ridiculizó en "El sexe dels àngels" cuando pone en boca de un personaje: "¿la cultura catalana es burguesa o es la cultura preferida por todos los obreros del mundo? ¿Un escritor nacido en Cataluña que escribe en castellano puede considerarse un escritor catalán? ¿El teatro es un arma de agitación social?" Moix se cachondeaba de quienes no han sabido responder a ninguna de esas preguntas, y de quienes mantienen que esas preguntas son relevantes.

Digan lo que digan los comisarios políticos de la crítica subvencionada por el régimen catalán, hay que escribir para decir. Lo demás es silencio, ruido de fondo.

dimarts, 18 de juliol de 2017

Los leones de Bennasar



Siento debilidad por el género de la novela de no-ficción, que no es lo mismo que la historia novelada o la novela histórica. Me parece que ese género es nuevo -aunque en realidad no lo es- y que permite explorar formas narrativas sugerentes, frescas. Mis referentes contemporáneos en ese territorio son Laurent Binet ("HHhH" y "La séptima función del lenguaje"), y otro el Patrick Deville de "Pura vida". Tanto "HHhH" como "Pura vida" me parecen excelentes, inolvidables. Si me obligasen a escoger, escogería "Pura vida", pero no trata de eso este artículo.

Sebastià Bennasar (Palma de Mallorca, 1976) entra en ese género con "El imperio de los leones" y me obliga a decir que es lo mejor que le he leído, aunque vaya por delante la confesión: no he leído toda su obra, una obra que empieza a ser extensa, numerosa. Los buenos escritores cuya edad es de diez o más años inferior a la mía me producen un efecto raro, me confrontan. Si alguien sabe de psicología sistémica me comprenderá enseguida. Uno no se olvida nunca de la edad de Arthur Rimbaud. O del Vargas Llosa que escribió "La ciudad y los perros".

Me cuentan que Bennasar escribió el primer borrador de "El imperio de los leones" (en mallorquín) mientras elaboraba su tesis doctoral sobre la presencia de las mafias de Lyon en Cataluña, y eso explica la enorme documentación que reposa suavemente bajo esas 300 páginas de narración sostenida con temple, tal como Bach mantenía el bajo contínuo. En la novela negra catalana, "El imperio de los leones" es una pieza única.

El equilibrio entre lo documental y lo narrado en clave de novela es un arte digno de alquimista, es un secreto. Todos conocemos obras de ese mismo palo que se caen por el exceso de una fantasía sin ton ni son o, mucho peor, por el alarde de una documentación tediosa, pesada y abrumadora. Me acuerdo de una novela sobre la Barcelona de principios del siglo XIX en la que hay una página entera dedicada a reseñar los barcos que entraron tal día en el puerto de la ciudad, sin venir a cuento, solo para exhibir músculo de rata de biblioteca. Nada de eso pasa en "El imperio de los leones".

Le reprocharía a Bennasar que haya prescindido de un narrador al estilo de Binet, que nos cuenta las dificultades y las soluciones de un narrador que debe rellenar los vacíos documentales con la inevitable ficción, pero entiendo que eso le hubiese obligado a unos excursos metaliterarios que él rechaza en favor de la narración trepidante, lujuriosa, esa catarata de acción que no decae ni un un segundo (ni un párrafo) en las casi 300 páginas.

La narración cuenta los avatares de la familia Neige, los reyes de la mafia lionesa, des de los años 70 hasta 2007 (cito de memoria). Y una de las virtudes del texto es que alterne episodios del principio con otros posteriores, de modo que en la mente del lector se organiza enseguida un paisaje de casi cuatro décadas de negocios, chanchullos, crímenes de una brutalidad tan apabullante como bien contada, tal como lo harían Peckinpah o su discípulo Tarantino, y que tienen el valor añadido de ser completamente ciertos. Quiero decir reales, históricos. El mal presentado como un abanico abierto.

También le reprocharía al autor (una reseña no puede ser una sucesión de palmaditas en la espalda del texto ni de su autor) que haya soslayado los más que plausibles conflictos familiares entre los miembros de la familia de mafiosos, que no haya indagado más en esa posibilidad. Es muy difícil creer que siempre se llevaron bien padres e hijos, y más aún cuando el narrador cita varias veces la saga que sobre la mafia filmó Francis Ford Coppola que trata, justamente, de los conflictos de la paternidad y la fraternidad más que de negocios oscuros.

Pero a su favor está todo lo demás, y ese derroche de escenas y de personajes que penetran en la memoria a largo plazo. Impagable el asunto de La Modelo y especialmente el personaje del poeta estafador Juan Carlos Firpo, personaje absolutamente real y que reclama una novela para él solo: lo digo por si a alguien le interesa, ya que hay documentación sobre el tipo tan abundante como sugerente. El lector aplaude también lo que se sugiere respecto a la burbuja inmobiliaria que todos hemos sufragado en cuanto estalló, y en la cual la mafia lionesa -entre otras, sin duda- participó para hinchar y luego pinchar, para recoger los beneficios estratosféricos que todos conocemos. Valga el personaje del agente inmobiliario del Port de la Selva como ejemplo paradigmático. (Uno recordaba, durante la lectura, que es en El Port de la Selva en donde tiene una bonita mansión el señor Miquel Roca i Junyent, antaño delfín de Jordi Pujol y número dos de Convergència, y hoy abogado de la Infanta Absuelta).

Y se le agradece a Bennasar que trate a la policía como se merece, como debe hacer un escritor, sin los maniqueísmos ni los remilgos tan al uso y tan ridículos de la novela policial catalana de nuestros días, que tiende a adular a los Mossos de Escuadra para no molestar al poder catalán, no vaya a ser que se pierda una subveción o no nos inviten a los platós de una Tv3 a la cual no le interesa ni un cuerno -dicho sea de paso- la producción literaria de ese país que tanto dicen amar los dueños de Tv3. El Bennasar de "El imperio de los leones" no adolece de los principales males de la narrativa policial catalana, aquejada de flojera conceptual, artística y narrativa. El lenguaje está bien trabado, es seco y punzante, lleno de insinuaciones, sin lirismos. Quizás demasiado periodístico en algunos párrafos, pero más vale el periodismo que las florituras de lletraferit que tanto abundan. Y celebro que prescinda de la gastronomía recreativa.

"El imperio de los leones" es una novela que abre puertas y ventanas en el panorama local, un aparato bien pertrechado para ser difundido, vendido -y leído- en el mundo. Tiempo al tiempo. Si Bennasar me escucha, le diría que ha encontrado la voz y el camino por donde andar a partir de ahora.

Felicitats. (I disculpa'm per publicar això un 18 de juliol).

dissabte, 17 de juny de 2017

Una mañana con Michel Foucault


El calor arrecia de tal modo que, a las nueve de la mañana, el sudor empaña mi cuerpo. Estoy tumbado encima de la cama, desnudo, inmóvil. Cierro los ojos. La luz que penetra el ventanal es tan resplandeciente y tan abrumadora como en los instantes previos a una revelación mariana. O, según prefieren algunos, a la llegada de una nave marciana maniobrando para proceder a mi abducción. Siento como millones de poros de la piel se abren, como las bocas de los pececitos recién pescados en la cubierta del "Virgen de Getxo".

¿Cuándo se jodió este país? pienso, de repente y sin aviso previo, ya que lo de Cataluña cada vez me jode más pero me preocupa menos. A mi lado, el libro de Michel Foucault, "Vigilar y castigar", edición de Siglo XXI Editores, mayo de 1994, Madrid. Traducción de Aurelio Garzón del Camino [Aurelio: no se si estás vivo o muerto, pero en ambas situaciones te felicito]. Le miro de lado y sospecho que ese libro emite algo, desprende mala leche, pesimismo y sueños oscuros.

La primera vez que me metí entre las páginas de Foucault fué sobre los 25, con su espeluznante "Yo, Pierre Rivière", el relato de un parricidio en el siglo XIX contado con todo lujo de detalles por el autor de Poitiers, que recogió minuciosamente las actas del juicio y todo tipo de crónicas y reseñas del suceso. Foucault tiene algo que me cuesta explicar, y por lo tanto me remito a las imágenes: la lectura de Foucault actúa sobre el espíritu tal como lo hacen algunas grandes obras de arte: uno es otro después de leerle, es algo parecido a una iluminación, un fogonazo. Como esa luz que me atormenta en esta mañana. Hace años, hablando con un sabio de la cinefília a propósito de Tarkovsky, me dijo que las cintas del genio ruso producen una epifanía en el espectador. Pues eso. Me pasa lo mismo con la música de Bach, algunas pinturas de Caravaggio y de Rembrandt (y de su discípulo tardío Odd Nerdrum).

Cuando pienso en la novela negra se me cruza siempre Foucault por enmedio y me desbarata el plan. No se trata solo del viejo (e inútil) debate sobre el dilema realidad o ficción. Se trata de qué... ¿cómo diablos se puede escribir novela negra después de Foucault? Con la literatura de ese género tengo -como con muchos otros fenómenos "culturales"- una relación conflictiva, para qué vamos a negarlo. Siempre percibo la tensión, la duda, la sospecha. Uno está bastante harto de leer textos supuestamente del "género negro" que no aportan nada, que no conmueven ni emocionan. A veces es porqué están tan mal escritos que a uno le secuestra la palabra "bazofia" y debe mandar el libro al carajo con urgencia. Y a veces es porqué lo que cuentan (aunque esté bien contado) es débil, fruto de una imaginación flacucha y timorata, que cae en un costumbrismo de sofá y pantuflas.

Escuchen ustedes como suena el Pierre Rivière:
Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano...
Y ahora los primero párrafos de "Vigilar y castigar":
Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado deberán serle atenazadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asida en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenazadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiendo, cera y azufre fundidos conjuntamente, y a continuación su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos por el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".
"Finalmente se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro hubo que poner seis, y no bastando aún eso, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas...
"Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; que tan solo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: Dios mío, tened piedad de mi; Jesús, socorredme". Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de Saint-Paul, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento alguno sin consolar al paciente".
Después de leer eso, cierre usted el libro y dispóngase a escribir novela negra, a ver quién es el guapo. Dispóngase a otorgarse el derecho a creer que le va a contar a un lector cualquiera lo que hay de negro en el mundo, en el alma humana. La novela negra se llama "negra" por esa pretensión y no por otra causa, y ese el objetivo artístico que debe tener en mente el escritor cuando escribe. Todo lo demás son excusas baratas sobre el procedimiento policial, ese costumbrismo con policía que tanto se lleva y que confunde el argumento con el tema, la argucia con el fondo. Y se producen unos debates insípidos, salpicados a veces por frases ingeniosas. El otro día, un escritor (¡y experto!) de novela negra dejó caer una pregunta que debía pretender graciosa: "¿Es obligatorio que todos los protagonistas de la novela negra sean unos amargados?". No encuentro la respuesta adecuada, salvo decirle que voy a obviarle y que no pienso leer ninguna producción suya.

Me temo que eso podría ser -quizás, aunque Dios no lo quiera- el siguiente paso en la novela negra: la novela negra con personajes felices, final feliz y mensaje optimista. Quizás ya va siendo hora de que, quién escribe (y publica, por más inri) novela negra en este país tenga el detalle de haber leído algo antes de ponerse a escribir. Y con "algo" no me refiero a que haya leído las obras completas de Foucault ni de Schopenhauer: me refiero a que disponga de ciertos referentes del pensamiento y de la literatura universales, ya que ni Cataluña es un ente que flota en el espacio vacío ni los lectores son tontos. Lectores quedan pocos, y por lo tanto se les debe un respeto. Ya que, de lo contrario, se limitarán con la televisión o el Facebook.

Y ahora vuelvo al suplicio de Robert-François Damiens, el tipo que abre "Vigilar y castigar". Me conmueven dos elementos del relato, quizás marginales. El primero es el uso del término "parricidio" por parte de la prensa de la época. Damiens había atentado contra el Rey Luis XV, de modo que se usó "parricidio" para equiparar al rey con un padre. El segundo es lo que más me interesa. Se trata de la mención -tangencial- al público que asistió a la ejecución ("todos los espectadores quedaron edificados"), una mención cuyo objeto no es mostrarle si no subrayar lo edificante de la acción piadosa del párroco, el verdadero sujeto de la oración.

Y finalmente regreso al relato. La mañana calurosa. Mi cuerpo tendido encima de las sábanas, la sospecha de que quizás nos mienten los científicos de la NASA y lo que pasa es que el Sol está empezando a estallar antes de lo previsto con lo cual ni Tarkovsky ni Bach ni Nerdrum ni Caravaggio. Recuerdo que, en alguna parte del piso hay un libro de La Felguera, esa editorial que me reconcilia con los editores. Se trata de "Londres Noir, El libro negro del crimen" (Madrid, octubre de 2015), un laborioso compendio de crónicas de la prensa criminal londinense del XIX que se publicaron bajo el título de "The Newgate Calendar. The malefactors bloody register". Con finalidad edificante, las crónicas relatan las fechorías de los criminales más espeluznantes junto al relato pormenorizado de su ejecución pública. Otra vez los espectadores. Hombres, mujeres y niños. Muchos niños, llevados a la plaza del cadalso con intención didáctica, para obtener una lección inolvidable sobre de qué va el asunto.

Por un instante sueño, en el duermevela creativo y fulgurante, que me pongo a escribir una novela sobre un niño de esos, uno de los que asistieron a la ejecución de Robert-François. Hay una milésima de segundo en que me siento como un Charles Dickens en potencia. Y me acuerdo de Borges con un cariño especial: Borges es el genio de la literatura que soñaba novelas pero jamás las escribía: ¿para qué escribir?. En su actitud hay algo que resuena en mi: una mezcla de pereza y de percepción de la inanidad de cualquier acto creativo. Luego, nada. El cuerpo sudoroso y nada más.

Con el dedo gordo del pie empujo el libro de Foucault hacia el otro extremo de la cama, el lado vacío. Me demoro un instante en el último tramo, en los últimos dos o tres centímetros de colchón antes de rebasar el centro de gravedad del ejemplar de papel encuadernado en 1994, cuando yo contaba 30 años. Solo un empujoncito más y el libro se caerá al suelo. Escucharé el leve chasquido del lomo cuando percuta la baldosa. Eso sucede cuando tengo otra vez los ojos cerrados. Incluso los párpados están húmedos y mi respiración es el bajo contínuo de Bach. A lo lejos se escucha el sonido de los altavoces de la plaza, que llega hasta mi cruzando centenares de metros cúbicos de aire flamígero. Fiesta mayor del barrio. Han puesto la canción del año. "Despacito".