dissabte, 25 de febrer de 2017

Don Edi y las miserias del humor

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El día 14 de febrero, el Diari de Terrassa se presentó en la calle con la viñeta de arriba en sus páginas. No es habitual que un suceso tan "local" adquiera las dimensiones que tuvo el asunto, pero el caso es que desde El País hasta El diario.es se hicieron eco del caso. La noticia no era el dibujo en sí (eso que se llama "humor gráfico" y que está en toda la prensa) sino el comunicado que hicieron los trabajadores del Diari, en donde expresaron su malestar por esa muestra de humor tan lamentable. La noticia interesante estaba ahí, en el comunicado de los trabajadores del medio, ya que el chiste y su autor no merecen ningún relieve.

En su comunicado, los trabajadores del Diari hablan de su malestar, de la violencia de machista y de su tratamiento en la prensa y en los medios en general. Y, en definitiva, de un problema que no es de la prensa sino de la sociedad, pero es un problema que, como tantos otros, los medios pueden modular. Hay que tener mucha inteligencia y sobretodo mucha sensibilidad para abordar esta cuestión. Dos virtudes de las cuales carece por completo el autor del chiste, pero cabe preguntarse cómo es posible que la dirección del Diari no tuviese objeción alguna en publicarlo. Eso es preocupante y por eso fue noticia.

Un par de días más tarde, y viendo el revuelo levantado con la viñeta, tanto su autor como la dirección del periódico pidieron disculpas. Uno diría que las piden con la boca pequeña, más por compromiso que por convicción sincera. O incluso por el temor a perder algo, algo que ellos sabrán lo que es: ¿prestigio? ¿ventas? ¿puesto de trabajo?

Cuando era pequeño y veía a un indigente pidiendo limosna en la calle, mi madre respondía a mis preguntas diciéndome que la culpa la tenía Franco. Y cuenta Luis Goytisolo que estaba convencido de que, con la muerte de Franco, el fútbol perdería relieve y devendría residual, como el boxeo o los toros. Tanto mi madre -de barrio y de clase humilde- como Goytisolo -intelectual de clase alta- se equivocaron por completo. Lo mismo puede decirse de ese fenómeno atroz llamado "violencia de ¿género?", que es una forma de nombrarlo bastante malintencionada, eufemismo barroco y manipulador que pretende ocultar algo infame, pero sobre todo algo enorme y global, monstruoso. Algo que ni 30 años de educación en democracia han resuelto, algo que quizás crece ante nuestra mirada impávida y que la "crisis", con sus tensiones, ha desvelado con una crudeza inesperada.

Vivimos en un mundo (en una sociedad) progresivamente tensionado porque es posible que esa tensión constante les convenga a quienes detentan el poder: fracturar, romper, violentar. Dividir. Eso lo sabían ya los emperadores de Roma y nos lo aplican de nuevo. Catalanes contra españoles, hombres contra mujeres: todo vale para mantenernos ocupados en las miserias.

El humor puede sanar heridas, pero la banalización de un problema grave es un error monumental. Cuando me miro tres veces la viñeta de ese "humorista" que se oculta bajo el pseudónimo de "Don Edi" descubro algo malsano otra vez: en su broma hay un indiscutible deje clasista. El maltratador que aparece dibujado es, indudablemente, un paria. ¿Pretende decir que quienes maltratan a las mujeres son hombres de clase baja y que eso es un asunto de catetos o de pobres? Me temo que Don Edi no solo usa un pseudónimo de señorito de mierda, si no que se comporta como eso, como un auténtico señorito de mierda cuando piensa y cuando produce esas desafortunadas muestras de un ingenio dudoso, lamentable y facilón. Porque cuando un señorito se ríe de los pobres hay algo deplorable y vetusto, algo triste y que surge de ese pasado atroz, de la oscuridad del franquismo, del caciquismo y de todos los “ismos” de aquellos tiempos de la miseria intelectual más profunda de la que venimos. De la que venimos todos. Algunos hemos intentado combatirla dentro de nosotros y la hemos superado o más o menos, pero es evidente que hay quién todavía vive allí y se regocija allí, en su medio fangoso, como el cocodrilo ancestral.

O nos ponemos en serio en la cuestión o la cuestión nos va a arrastrar hacia el desastre. Lo intolerable es solo intolerable, sin más apelativos ni excusas. Eso es lo que dijeron los trabajadores del Diari de Terrassa, eso es lo importante.

[No me extraña lo más mínimo que Don Edi publique a menudo otras muestras de humor gráfico en las que se posiciona a favor del secesionismo catalán y contra las leyes o la Constitución, y aunque ese sea otro asunto en realidad es el mismo: hay unos que se creen mejores que otros.]

diumenge, 12 de febrer de 2017

Debes encontrar a tu Joseph Conrad

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Cada vez que leo (quizás sería mejor hablar de "releer") a Joseph Conrad me dan ganas de agarrar mi ordenador, mi lápiz, mi estilográfica y mis libretas y todo aquello que sirva para escribir para echarlo al río. Lo del río es un decir: echaría cada cosa a su contenedor correspondiente, como buen catalán educado en los antiguos valores de la clase baja, la obediente y la complaciente.

Con Joseph Conrad me sucede eso: un bloqueo absoluto, y la certeza de que jamás escribiré nada mejor que "El corazón de las tinieblas" por más ríos que describa o barbarie y locura que intente narrar. ¿Para qué escribir después de Conrad, si no tienes nada mejor que contar, o si no sabes escribir mejor que él? Uno debe ser sensato, pero sobre todo honesto con uno mismo. El espejo no perdona y no dispongo del espejito mágico del cuento. También es cierto que luego me repongo y regreso a mi escritura. Lo hago con un argumento pueril, consuelo de tontos: si Beethoven o Wagner hubiesen pensado como yo, siendo Beethoven y Wagner posteriores a Bach, no habrían compuesto ni el uno Egmont ni el otro Tristán e Isolda. Sin embargo, se repusieron al handicap. ¿Pensaron Beethoven o Wagner que no podrían componer nada mejor que La pasión según san Mateo? ¿Pensaron que sí podían? ¿Lo consiguieron?

Soy deshonesto conmigo mismo y me pongo a escribir de nuevo. Me lo tomo como un reto, como si los seres humanos deseáramos esclavizarnos a la idea del reto, a la ensoñación del héroe y sus hazañas, siempre futuras, siempre por venir. Me esfuerzo y a la vez me siento estúpido dos veces: por el esfuerzo y por la desfachatez, por el esfuerzo y su inutilidad. Jamás seré mejor que Conrad. Jamás mejor que Vargas.

Leo poco a mis contemporáneos y cuando les leo suelo abandonar sus textos a las pocas páginas, agotado por la decepción. Me asquea el poco esfuerzo, lamento ese culto a la facilidad que se adueña de todo. Hace poco asistí a una charla en uno de esos muchos "festivales" de literatura catalana que tanto se prodigan y a los cuales los ayuntamientos destinan un dinero que estaría mejor empleado en becas de comedor escolar. Un escritor sonriente, fascinado por su efigie ante un micrófono, afirmaba ante un público escaso y de edad avanzada que "disfruto tanto escribiendo...". En sus frases había una negación absoluta del reto, del esfuerzo. Y una orgullosa afirmación del culto al analfabetismo literario: "no leo nada para que no me contamine". Y una celebración de la banalidad, ya que esos escritores suelen reivindicar la literatura fácil y de entretenimiento. Es lo que hace la zorra de Esopo cuando se da cuenta de que no alcanza los frutos más bellos y más maduros: justifica la preferencia por la mediocridad.

Cada un debería encontrar a su Joseph Conrad. Encontrárselo, mirarlo de frente y sin temor, a los ojos. Y luego pensar. Hay algo enfermizo en la sonrisa del escritor publicado cuando habla de sí mismo o de su obra con ese ridículo engreimiento, como si jamás hubiese conocido a Conrad. ¿Obra? ¿Acaso no es más importante la obra del panadero del barrio? ¿La del picapedrero que talló los sillares de Santo Domingo de Silos?

Escribo con problemas y asediado por las dudas. No disfruto escribiendo. Lo sufro, y si sigo escribiendo es porque no lo puedo evitar y porque no he encontrado una ocupación mejor. En el arte -en cualquiera de ellos- hay sufrimiento y eso no tiene nada que ver con la moral católica y su hipertrofiada confianza en el sufrimiento. Los arquitectos, los ingenieros y los picapedreros que levantaron Chichén Itzá sufrieron de lo lindo, y no conocían a Jesucristo: nada tiene que ver el catolicismo. No me imagino a Jorge Luis Borges sonriendo mientras escribe, ni a Bolaño redactando 2666 con una sonrisa dibujada en los labios. Me resulta imposible suponer que Jorge Volpi, en una presentación de "En busca de Klingsor" suelta ante el auditorio que se lo ha pasado de rechupete escribiendo. No, ni de coña. Como mucho, hablará de la satisfacción final, la qu surge cuando uno mira hacia atrás y contempla la lucha con la sintaxis, con el sentido, con el riesgo. Lo que sucede es que Borges, Bolaño y Volpi habían encontrado a su Joseph Conrad, fuese quien fuese su Conrad.

Un antiguo colega mío dejó de escribir literatura y se pasó a la correspondencia. Los presuntuosos lo llamarían "género epistolar". La primera epístola que mandó a sus conocidos (la misma para todos, ya que habíamos llegado a la era del correo electrónico) empezaba así: "He fracasado como poeta". Luego explicaba que se retiraba de la escritura con frases que tenían algo que ver con el Bartleby de Vila-Matas, que a veces ejerce de Joseph Conrad de repuesto para mi. El autor de esta frase había publicado libros de poesía y había obtenido varios premios. Debió de encontrarse con su Joseph Conrad y, afortunadamente para los árboles del planeta, no supo superar el impacto.

Mi Joseph Conrad se me aparece a menudo. No me habla, solo se me aparece. Tiene una apariencia severa y a veces incluso lacónica y triste. En sus últimas apariciones toma el aspecto de Antonio Soler y de Jordi Ledesma, el uno malagueño y el otro catalán de expresión castellana y ancestros africanos. Ni Soler ni Ledesma son Conrad, pero sí lo son.

Le pido al fantasma de Conrad que se manifieste más a menudo entre mis coetáneos y que lo haga generosamente, sin remilgos.

dilluns, 26 de desembre de 2016

Las bailarinas muertas



Sigo con la lectura de Antonio Soler. "Las bailarinas muertas" es una novela fascinante y atrevida, sinuosa, barroca y moderna a la vez. Las sesiones de lectura que me pego con él permiten que el sol caiga por detrás de los edificios de la calle y se derrumbe en esas noches prematuras y bruscas de diciembre. Sin darme cuenta ya es de noche y yo sigo liado en esas páginas como en una sesión de hipnosis. No hay particiones ni capítulos, no hay respiro ni clemencia: Soler habla para un lector entregado, vencido y rendido. Como debe ser. Las palabras se hunden en un laberinto acuoso, el de la memoria. Se trata de un juego fascinante sobre memoria, imaginación. Trata de un chico que se marchó a Barcelona para triunfar en el mundo del espectáculo y se metió en un cabaret del Paralelo. El chico escribe cartas a su familia, que vive a mil quilómetros, y les cuenta como es la vida de un artista de cabaret. El lector no está obligado a creerse nada de lo que le cuentan. Y además es literatura, caramba.

El narrador es el hermano menor del artista, que crece escuchando a la madre leyendo las cartas del artista. Solo por eso, por ese juego de la ficción sin límites ni reglas, solo por eso ese libro ya es un libro maravilloso. Y osado. En la mente (o en el alma) del niño que escucha los relatos se mezclan las aventuras del hermano bohemio con sus andanzas con los chavales y las chavalas del pueblo, los partidos de fútbol, los líos familiares, las niñas guapas y las maestras de la escuela, tan religiosas, y es por eso que el texto fluye des de las imágenes que desvelan las cartas hasta los recuerdos de esa niñez pobre, casi miserable pero finalmente la infancia real que es la única que hubo, la infancia a la que no se le pueden anteponer adjetivos que la juzguen ni la sometan, magníficamente narrada, transmitida con una sensibilidad exquisita, pormenorizada, con un gusto fabuloso por los detalles y con una capacidad para la imagen y la comparación de puro vértigo, una literatura que se festeja a si misma y que creía perdida en la tiniebla de la literatura mainstream. Antonio Soler sabe como obrar algo parecido a un milagro, aunque solo sean palabras encadenadas: en un mismo párrafo, en una misma frase, me traslada del cabaret del Paralelo hasta mil quilómetros más al sur y me mete en una taverna de vinos y pescado frito. Este tío es un genio, un mago de las palabras.

Seguro que habrá un crítico audaz y hablará de ingeniería narrativa y del narrador poco fiable y de artilugios varios. Pero aquí se trata de reproducir el funcionamiento de la memoria como un río lento y confuso y confundido, con remolinos ocultos bajo la superficie y con esos rincones de los meandros en los que, si te fijas muy atentamente, ves como el agua fluye para atrás. Lo digo porqué lo he visto: la última vez en el Ebro, en el curso bajo del Ebro. Era como una alucinación pero no, era así tal como lo digo: había zonas de agua junto a la ribera en que se invertía el flujo. Y precisamente ahí estaban los peces. Hay un refrán que suelta algo así como que en el agua demasiado limpia no viven peces.

En el cabaret de Barcelona, una bailarina cae muerta sobre el escenario mientras baila. Fulminada por un disparo en la frente. Luego mueren otras bailarinas, aunque el espectáculo debe seguir. Podría sr una novela de muertos y enigmas (¿quién fue el asesino?), y podrían ponerla en las listas de "novela negra". Mientras las bailarinas caen muertas, el hermano artista que escribe cartas y crea imágenes en la mente del hermano que vive en el pueblo y todavía es un niño empieza a triunfar. O al menos eso dice. Sobre las páginas se pasea Tatín, el niño que tuvo la polio y lleva las piernas enfundadas en una férulas de hierro que rechina y al que le toca jugar de portero, está claro, y que solo puede dejarse caer como un mástil para detener la pelota. Y también están los artistas del cabaret vistos como en un sueño, o en una película en blanco y negro (a veces incluso sepia y muda). Uno de ellos interpreta al mago chino Chin Lu. En cuanto llegué a eso del mago Chin Lu dejé caer el libro sobre mi estómago (estaba leyendo en posición horizontal, en el sofá y con la música de Shigeru Umebayashi de fondo, flojita). Lo dejé caer porque se me echó encima un torrente de recuerdos. El texto había obrado el milagro: me recordé a mi mismo, cuando tenía la edad del narrador.

Nací en una casa enorme del centro de la ciudad, a pocos metros de la catedral. Cuando yo nací, la familia ya era una familia pobre, pero antaño no lo fueron y conservaban esa casa enorme, con un patio en donde la vegetación, abandonada a su libre albedrío, había conseguido formar una pequeña selva -con su fauna de gatos incontables. La guerra había llevado la miseria y el terror a mi familia. Consecuencia de ello fue que una gran parte de las dependencias estaban cerradas y prohibidas a los menores (mi hermano y yo). El pasillo prohibido era un pasillo largo, estrecho, mohoso. El olor del aire contenido en aquél pasillo no lo olvidaré jamás. Hoy todavía lo percibo, sin esfuerzo alguno. Se parece un poco al olor de los libros y los tebeos muy viejos.

Había cuatro puertas cerradas. En una de ellas, el despacho y la biblioteca del abuelo muerto en un campo de prisioneros cerca de Montpelier. Si no fuera por el polvo que lo cubría todo des de la victoria de Franco y los nacionalistas burgueses (españoles y catalanes), uno diría que el abuelo había estado sentado allí escribiendo hasta un minuto antes de que entraras. La lamparita, la pluma al lado del tintero, el secante, la libreta abierta (y en blanco). Pero incluso esa capa de polvo blancuzco y grisáceo parecía un trampantojo, un truco de cine o de teatro, un engaño. El asunto es que en la habitación contigua a la del despacho del abuelo muerto había otra, con un armario negro y un baúl. Según mi abuela, el baúl era antiquísimo y procedía del bisabuelo, que fue militar en Filipinas -según tengo entendido no estuvo entre los últimos si no que más bien fué de los listos que se largaron en cuanto vieron el porvenir. El bisabuelo, cuyos apellidos retumbaban en los oídos del niño: Coronado y Ladrón de Guevara. (El nombre era más modesto: un austero "José"). En el interior del baúl estaba el disfraz de mago chino de un tío abuelo (no supe jamás si estaba vivo o muerto) del cual nadie hablaba ni contaba nada. Fué su nombre artístico Fu-Manchú, y por lo visto actuaba en eventos familiares pero yo juraría que sus interpretaciones iban más allá del ámbito doméstico y se adentraron en zonas tenebrosas del laberinto puticlubesco barcelonés de postguerra. En mi familia hay varios casos de bohemios, artistas y bailarinas de los que nunca me hablaron con sinceridad. El asunto de las bailarinas siempre fué el más oscuro, el más secreto. Hubo una en especial que se fue a la Argentina para poner tierra y mar de por medio, y por lo visto allí tuvo asuntos de importancia y la prensa de sucesos habló de ella. Los que sabían la verdad de la historia de la bailarina ya han muerto, así que me la podría inventar con una libertad solo parecida a la de los sueños.

Una vez -yo ya contaba más de treinta años- soñé que me habían encerrado en el cuarto del armario y el baúl mientras las excavadoras de una empresa de derribos empezaban a arruinar la casa. En el sueño se impuso una resignación estoica: yo me sentaba a esperar el desastre con bastante tranquilidad. Iba a morir en cualquier momento, sepultado por las ruinas y los escombros enmedio de una nube de polvo. Así que abrí el baúl, me disfracé de tío-abuelo disfrazado de Fu Manchú y esperé tranquilamente el gran momento.

Una vez leí una escena muy parecida a esa de mi sueño en "El último suspiro del Moro", de Salman Rushdie. Es tan parecida a mi sueño y yo soy tan incapaz de saber si fue primero la lectura o primero el sueño que ando hecho un lío. Eso es lo que tiene leer y soñar casi al mismo tiempo.

dimecres, 30 de novembre de 2016

Lo que nos queda de la muerte



L'autor de "Lo que nos queda de la muerte" sap: que el protagonista de la novel·la és la veu del narrador i no pas cap altre personatge, tot i que hi ha personatges que protagonitzen l'argument. És per això que en Jordi Ledesma em sembla un autor dels de veritat, dels que saben què és la literatura. La literatura és allò que passa quan un escriptor sap que no escriu trames interessants ni girs enginyosos ni finals sorprenents, si no bones frases, bones idees. Les bones idees són les que molesten a la majoria. Les bones frases fan que t'aturis a pensar.

En Jordi Ledesma és un escriptor que sorgeix d'un gran lector i no ho amaga. I això se li agraeix, perquè la lectura és rica de matisos, de referències i d'imatges. La literatura és allò que queda quan hom ha despullat un text de l'argument i dels ginys narratius que són a l'abast de qualsevol. Literatura és talent, i el talent és allò que passa quan hom es mira el món i diu que el món no li agrada, i que vol desagradar aquells a qui el món els sembla agradable. La literatura també és una acció que vol ser art, i que per tant dialoga amb la memòria, amb el seu temps i amb la resta de les obres d'art. Sense Velázquez no hi ha Picasso, i tal vegada sense Picasso no hi ha Velázquez: això és el diàleg en el món de l'art. Al text de Ledesma hi ha Juan Marsé com hi ha la gran narrativa llatinoamericana que em va salvar la vida fa uns anys. No és pel modisme que també cito Bolaño quan parla de Blanes.

La lectura de "Lo que nos queda de la muerte" haurà estat una de les més notables de l'any. He recordat un debat de mesos enrere que, sobre la novel·la negra, es demanava què és negre, gris asfalt o gris perla i etc. Fou un debat anecdòtic, que només pretenia amagar-ne un altre, molt més greu: no es tracta de pensar "què és novel·la negra" si no de pensar "què és novel·la". Els adjectius vindran més tard, si volen venir.

L'obra de Ledesma camina pels camins del gènere, però el lector descobreix ben aviat que es troba davant d'un text ambiciós, capaç de rebentar els dics de les etiquetes. No parlo amb tòpics. I és per aquest motiu que abans d'arribar a la pàgina 50 vaig publicar unes notes de lectura

Algú em dirà que la novel·la negra és això, aquesta mirada lletja sobre la part lletja de la vida i del món. Que negre vol dir pessimista, que negre és una atmosfera, un fons. La fotografia d'un país amb els foscos pujats, que ens mostra un país més real que el que ens volen mostrar les postals.

La literatura és un acte polític, i cal saber-ho, viure-ho conscientment. I dir-ho: això és un acte polític. Sense manies.

L'escriptor es compromet políticament, i per tant es compromet amb la literatura. Pel que conec d'en Ledesma, el compromís no tan sols és obvi, si no que és l'escriptor més compromès que he conegut -en persona- fins ara.

Per això ha creat una tercera novel·la en majúscules: breu, justa, un conjunt barroc i lluminós de frases i d'imatges que em fa pensar en Caravaggio. La veu del narrador és la principal virtut del text, aquest joc brillant sobre la omnisciència del qui narra el passat coneixent el futur d'allò que narra, una opció que tendeix a la veritat (que no a la versemblança, tal com pretenen fer els mediocres). Tot allò que explica és exactament una mentida, una ficció fabulosa, però és la mentida que diu la veritat. La veritat incòmode. Hi ha algun eco del relat mitològic, i ho dic sense exagerar. I puc dir que la solució final remet, també, al somni mitològic que parla de destins, que vol dir de classes socials i de rols. Tot estava anunciat.

Així com la història és el relat que esdevindrà mentida, el mite és el relat fictici que esdevindrà veritat. És una qüestió de temps. Si algú vol conèixer la costa catalana, es pot remetre a algunes referències. Jo en dic dues: la cinta d'en Josep Maria Forn "La piel quemada" i la novel·la que ressenyo. Que em semblen complementàries i que en alguns instants he sentit com l'una demana l'altra per ser completa, tal com fan els enamorats.

A "Lo que nos queda de la muerte" hi ha allò que en Javier Cercas reclama com a tret essencial de la novel·la: la pregunta que no es respòn perquè la resposta és la novel·la en sí. El punt cec. La pregunta té alguna cosa a veure amb la classe social, amb la distància que hi ha entre elles i amb la rigidesa del joc.

Sé que les ressenyes de novetats editorials exigeixen brevetat, com els 20 segons de la publicitat televisiva. Però m'arrisco i els excedeixo, i hi afegeixo el darrer ingredient:

En Jordi Ledesma fa la crònica catalana que cal fer. Ho dic clar i català: fa la crònica que no volen fer els escriptors catalanoparlants (catalanoescribents?), i ells sabran perquè no la fan, però la caguen en triar aquest mutisme selectiu i tan covard. Catalunya no fou mai una terra d'acollida. Catalunya fou una terra de catàstrofe, d'explotació salvatge. Integració? Una terra de mort i de trens que s'enduen vides, això és Catalunya. I la literatura "nacional" bada i abandona el millor relat que se li ofereix.

A les properes dècades, el nostre millor cronista en clau de negre es dirà Hafsa de nom. Ja m'entens. O tal vegada Omar, o Baba, o Malak. No es dirà ni Joan ni Josep ni Carles. Cal pensar-hi: no és una boutade.

Entre les frases belles de la novel·la hi ha la bellesa del no-res i la del crim impune. La costa catalana és un paisatge nefast, i tal com ens l'explica en Ledesma aquí descobreixo com es pot fer un text amb vocació universal que parla d'un poblet qualsevol, d'antics pescadors explotats convertits en explotadors per certificar l'ascens social:
No hay nada peor que un negrero negro. 
La frase anterior (pàgina 118) necessita matisos, és clar. Hi són. Retornaria a Cercas, i explicaria allò que diu sobre la literatura d'entreteniment i perquè és menyspreable, o perquè aquesta opció no és literària. Una novel·la vol fer pensar. Per entretenir-se, més val sintonitzar Telecinco o Tv3. Cal dir les coses pel seu nom.

No és per casualitat que en Jordi Ledesma escriu en castellà sobre Catalunya, i altra vegada, com sol ser habitual, és en aquesta llengua que molts comprenem i potser arribem a reconciliar-nos amb el país dels catalans, una tasca que no és fàcil perquè els catalans no agraden, no poden agradar. Jo, almenys, mai no em reconciliaré amb el país a través dels qui ens l'expliquen en català. Necessito el relat xarnego per comprendre. Necessito en Ledesma, en Pérez Andújar. Als fills dels señoritos no me'ls escolto perquè escriuen banalitats i no tenen res interessant per dir. Això podria ser un prejudici, però qui em llegeixi des de Catalunya sap què vull dir. I sap que, des de fa molts anys, en català s'escriuen textos d'una escassa densitat i que no expliquen res. O drames burgesos que imiten vells drames rurals de les regions carlines, costumisme estèril.

Lamento dir-ho així, però escriure avui sobre Catalunya i dir les coses com són sembla que només es pugui fer, si es fa amb ànim de dir, en castellà. És per això que recomano amb insistència la novel·la d'en Jordi Ledesma al lector catalanolector. Espero qualsevol comentari i m'animo a qualsevol debat. I aprofito l'ocasió per demanar als organitzadors de festivals de literatura catalana que incloguin l'autor als seus programes. Tenim un debat pendent, i aquí hi ha una veu necessària. Els qui no ho facin se'n pedenediran. Això és, en efecte, una maledicció.

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dimarts, 22 de novembre de 2016

Muerte de Bearn Black

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Hasta el momento de conocer la noticia de su defunción, yo había tenido la sensación de que esta publicación tenía un buen porvenir. Como adivino no valgo ni un pimiento, aunque eso no es nada nuevo para mi: pensé que el comunismo triunfaría en Europa, que el nacionalismo catalán era un cadáver y que Blai Bonet (BB, como la Bardot y Bearn Black) ganaría el Nobel de literatura.

He sido un lector bastante fiel y razonablemente asíduo de Bearn Black, y siempre he gozado con la lectura de sus artículos y entrevistas. No hay que ser muy agudo para descubrir que han dicho grandes verdades, que han puesto el dedo en las llagas y que han enriquecido el debate, a menudo superficial y sombrío, que se genera alrededor de la novela negra española (incluyendo la catalana).

Toda muerte es una pérdida. Y vivimos en un tiempo y en un país de pérdidas constantes, vivimos en un lugar jodido y severamente enfermo. Si en vez de un país fuese un individuo, uno le pondría el diagnóstico de Alzheimer y seguro que acertaría. Uno ya no sabe qué pensar. Los líderes del procesismo catalán se están gastando millonadas en construir lo que ellos llaman "estructuras de estado" (para el improbable estado catalán que sueñan), pero entre estas estructuras la cultura no ocupa lugar alguno. Y la verdad es que no conozco nada más parecido a una estructura de estado que la cultura. Pero por lo visto también iba errado: por lo que veo, se trata de favorecer intercambios comerciales y financieros, y cenas y contactos entre mandarines. Un desastre absoluto.

La muerte de Bearn Black habla de la muerte (o de la agonía) de un mundo que imaginamos posible y no lo fue. Un mundo de personas interesadas en la cultura, en lo que tiene de cultura el debate literario. Publicaron textos aptos para el lector medio y el bajo, e incluso para el de nivel alto. Sin embargo, nada de eso los salvó. Publicaron su publicación en lengua castellana, de modo que casi toda la península podía gozar de sus textos. Eso tampoco fue suficiente: el dinero todo lo puede. Puede matar. Si hubiesen escrito sobre un tal Messi o una tal Esteban no habrían muerto, pero por lo visto no ha llegado la hora de los valientes.

En su terrible artículo final (quizás será el más leído, por lo del morbo y por como nos gustan los fracasos de los demás, ya que ocultan el nuestro) hablan de motivos y diagnostican el asunto. Me llama la atención algo que nombran oscuramente: el envilecimiento del mundo de la novela negra. La verdad es que llevo bastante tiempo como ausente del mundillo y jamás he cursado solicitud alguna para pertenecer a ninguna de las capillitas del sector, todas ellas bastante cutres y de bajo nivel. Pero algo intuyo. Y me resulta espeluznante, porqué la novela negra española (incluyendo la catalana) ha sufrido un aumento de ediciones, pero no de lectores. ¿Quién se pelea con puñales por 20 euros de beneficio? Y ¿qué relación tiene ese envilecimiento con la precarización del escritor de la que se ha hablado más de una vez en Bearn Black?

La muerte de Bearn Black es la muerte de una aventura que debería haber llegado a su destino, que era permanecer más o menos tranquila, llanamente. Pero las aventuras son eso, aventuras. Luego viene otro aventurero más osado o más suertudo, como en la historia de Livingstone y Stanley.

Me apena de verdad la noticia. Porqué nos falta crítica y nos sobra vanidad, nos falta análisis y nos sobran eslóganes. Necesitamos reseñas y sobran estupideces narcisistas de Narcisos que se masturban ante la imagen de su propia impotencia brillante. Más cultura, por favor, digo yo. Y me responden con muerte. Eso no pinta nada bien. Yo soy un ingenuo que no sabe adivinar el futuro, pero ese futuro... ¿quién tiene ganas de adivinarlo?

Es cuando leo cosas como la muerte de Bearn Black cuando le doy gracias a la naturaleza, que me ha permitido estar más de 50 años en ella: estoy contento de hacerme mayor (o viejo) y de comprender que ya me voy yendo -poco a poco, si puede ser. Cada vez me interesa menos el mundo y los caminos que toma. Y sigo escribiendo, por cierto, pero con la calma.

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dimecres, 2 de novembre de 2016

Ledesma i "Lo que nos queda de la muerte"



He de fer dos aclariments previs, necessaris abans de continuar: el primer és que escric aquest apunt quan encara no he arribat a la meitat de "Lo que nos queda de la muerte", la darrera novel·la d'en Jordi Ledesma, acabada de sortir del forn i que tinc entre les mans per gentilesa de l'autor, i amb una bella dedicatòria. Ara mateix reposa en una banda de la taula. Escriure sobre allò que s'està llegint abans d'acabar-ho no em sembla cap despropòsit, perquè allò que importa d'una lectura no és el final ni el desenllaç, si no les qüestions que planteja al lector, les imatges que li produeix a la ment. O a l'estómac.

El segon aclariment que faig té poc a veure amb la novel·la: es tracta dels dubtes que em planteja la redacció d'aquest apunt. En castellà o en català? em demanava fins fa pocs minuts. I finalment el faig en català, perquè intueixo que aquesta elecció li permetrà a la ressenya arribar al lector que m'interessa. També intueixo que la novel·la obtindrà força ressenyes en castellà. I finalment penso que el lector català va curt de lectures com aquesta, sobretot si té tendència a seleccionar les lectures de textos escrits en català. Vivim en temps de replegaments identitaris i ja no sé què pensar dels meus congèneres.

Ja som al cap del carrer: una novel·la escrita per un autor català és una novel·la catalana? Ara no respondré què en penso. Deu ser obvi imaginar quina resposta tinc, si hom sap que penso que som un país bilingüe. Afortunadament bilingüe i plurinacional, malgrat els nacionalistes.

Una novel·la escrita per un autor català que parla sobre la Catalunya de veritat és una novel·la catalana. I alhora espanyola, perquè està escrita en llengua castellana. Sort en tenim, del socialisme lingüístic.

Una de les primeres reflexions (reaccions?) que em produeix el text d'en Jordi Ledesma és la maduresa de la frase, el plaer que experimento quan llegeixo el gust per la redacció rica i alhora el to contemporani, viu, allunyat d'alguns escriptors que es fan tupits i tediosos malgrat el reconeixement que obtenen: Ledesma escriu des del segle XXI. I el més bo del cas és que ens remet a la literatura que l'ha precedit, amb la qual sap crear els ponts. Una novel·la és una obra d'art que dialoga amb el seu temps i al matex temps amb les obres d'art que el precedeixen. (La frase és d'en David Lodge). "Lo que nos queda de la muerte" és parent, potser llunyà, de les "Úlltimas tardes con Teresa": entre la pàgina 13 i la 14 hi ha un fragment que em sembla brillant on parla de "charnegos y castellanada" que m'he emmarcat al costat d'aquells paràgrafs tan fabulosos de Marsé en què retrata els "señoritos de mierda" catalans. És clar que en Ledesma es refereix a un col·lectiu que no és el mateix destinatari al qual li parlava Marsé, però explica quelcom imprescindible sobre la relació entre la immigració andalusa, murciana, gallega i etc que va arribar a Catalunya, la "terra d'acollida", els seus acollidors.

També he recordat el fragment d'un text més proper i molt car per mi: aquell de "Paseos con mi madre" en què explica què bramaven els convergents reunits a la porta de l'hotel de la Rambla de Catalunya, celebrant una de les victòries electorals d'en Pujol el timador per majoria absoluta: "que n'aprenguin, els xarnegos!".

La lectura de Ledesma em du, també, als fotogrames de "La piel quemada", una referència vibrant. Allò que va passar a la Costa Brava va passar també a la Costa de Tarragona (es diu Daurada?). El que avui es considera la burgesia costanera catalana és la mateixa arreu de la costa: pagesos i pescadors humiliats i explotats que van esdevenir humiliadors i explotadors gràcies al franquisme, perquè van creure que així adquirien una nova identitat i un ascens -català. "De aquellos polvos vienen estos lodos", diuen: què té a veure la conversió en propietaris i empresaris dels antics pagesos i pescadors amb el sobiranisme identitari d'avui? La pregunta està formulada.

Penso que seria fabulós llegir un text de to semblant escrit en català, i per això dubtava sobre l'idioma en què calia escriure aquesta ressenya. I em demano: com és que un text així no existeix en català? És que no hi ha catalans pobres? Els catalans pobres no s'aventuren a la literatura? Si ho fan s'alineen amb la catalanitat més que amb la pobresa? I espero que no em salti ningú dient-me que a Catalunya no hi ha classes socials, o que això està superat.

La prosa d'en Ledesma és rica perquè està ben escrita i perquè fa les preguntes que cal fer en aquests temps. No és una literatura maniquea -un defecte tan vergonyós com habitual-, és una novel·la  "coral" en millor sentit del terme, perquè és difícil imaginar un lector que no se senti al·ludit, citat o interpel·lat en aquestes 190 pàgines que no són ni poc ni massa. Les pàgines justes.


dimecres, 26 d’octubre de 2016

La memòria negra, negra i catalana

Resultat d'imatges de divan del psiquiatra

La darrera xerrada que he anat a fer sobre novel·la negra, al club de lectura d'una biblioteca del Maresme, em va servir per confirmar algunes tesis sobre la relació entre la literatura i la història. Parlo de literatura catalana i d'història catalana, perquè és el que conec. La conversa va arrencar parlant de ficció, de propostes novel·lístiques que anaven des de Ramiro Pinilla a Sebastià Bennassar, de Vázquez Montalbán a Alfonso Sastre. Hi hagués pogut afegir el darrer premi Agustí Vehí, "Els ossos soterrats" d'en Silvestre Vilaplana, perquè hi hauria escaigut molt bé.

Vaig tardar en comprendre que el meu inconscient m'havia traït, i que havia mostrat la meva predilecció pel gènere negre quan revisa la història, més que quan parla d'un present desproveït de perspectiva i d'anàlisi interessant. Deu ser per això que vaig incloure a la llista de les meves preferències literàries un títol gens negre com és "Les històries naturals" d'en Joan Perucho. Però en Perucho sempre el tinc acollit dins del meu cap -fins al punt que temo que un dia d'aquests no comenci a sentir la seva veu quan m'adormo o poc abans de desvetllar-me.

Les persones que van acudir a la cita de la biblioteca eren, majoritàriament, d'una "certa edat", com se sol dir. A aquestes persones la revisió de la història els interessa. Molt. Perquè vivim en un país que no paeix la història i això dol més quan et fas gran i comences a sospitar que no hi ha remei. Si ens agafés un psiquiatra capaç de tractar col·lectius "nacionals" o regionals o autonòmics, enviaria Catalunya a teràpia urgent -o al manicomi. De la guerra civil espanyola ençà, sembla que els episodis es cloguin per decret però sense haver fet la bugada que la salut demana. Per poc que gratis, surt el dolor. Fa pocs dies i en una altra banda m'explicaven una "anècdota", referida a un poblet de Terol: quan van entrar les tropes de Franco, van rapar la dona d'un anarquista, li van administrar un laxant poderós i la van fer desfilar carrer Major amunt i carrer Major avall. Un espectacle per celebrar la victòria del feixisme. Això va passar a Terol, hi insisteixo. I hi ha relats semblants referits a Granada, Badajoz, Jaén, Madrid, Astúries, Huesca, Córdoba... una guerra contra Catalunya?

Ara, en temps de reivindicació nacionalista i de sobriranisme, hi ha un interès estrany en passar per alt el sentit i les conseqüències de la guerra civil (parlo de la guerra de 1936 a 1939, per si de cas algú ja havia caigut al parany). Hi ha veus -cíniques o grotesques- que diuen que la guerra que cal tenir en compte és una de molt anterior, que es recorda més o menys per força gràcies a l'efemèride de l'11 de setembre de 1714. Per què s'entesten tant els uns com els altres en enviar a l'oblit la guerra del general Franco i de la burgesia contra la classe obrera? I per què s'obsedeixen en explicar l'Alzamiento Nacional com una guerra d'Espanya contra Catalunya quan això no s'ha esdevingut mai -ni tan sols el tediós i obscur 1714?

Sigui com sigui, la salut mental col·lectiva no s'afavoreix amb mentides ni amb oblits ni amb tergiversacions barroeres. La història no explicada i silenciada es converteix en un tumor col·lectiu, en una bola d'insania allotjada al cor d'una societat. Tal com diria un psiquiatra, allò que cal és expressar-se, parlar, explicar. Per poder repensar, per poder reviure i reformular. Joan Perucho va fer una obra genial amb "Les històries naturals" perquè repensa, reescriu i qüestiona el lector. Parla de les guerres carlines, és clar, però més val això que la literatura oblidadissa i despistada que veiem tants cops escrita en català, fins i tot sota l'etiqueta del "gènere negre".  En aquest sentit, en Vilaplana escriu un text que cal llegir atentament: memòria i oblit, ossos soterrats en fosses comunes. A la guerra que va acabar el 1939 i no a la 1714, en què ningú no sap dir-nos qui lluitava contra qui, quines eren les ideologies enfrontades, quins els territoris de la comtesa. (Al Fossar de les Moreres, per cert, no hi ha cap mort de 1714).

Es troba a faltar una novel·lística que ajudi el lector català a repensar la història recent. La que va des de 1939 fins als nostres dies, la que qüestiona la transició. Per aquets dies tinc damunt la taula una novel·la excel·lent (i no negra) de l'Ignacio Martínez de Pisón, "El día de mañana" (Seix Barral, 2011) en què pregunta per la transició a Catalunya, sobretot a Barcelona. M'ha semblat un text brillant per qüestions literàries, però també perquè ajuda a repensar on som i des d'on venim per ser on som. Martínez de Pisón, nascut a Zaragoza (o "Saragossa" pels amics de canviar els topònims i que s'ofenen quan algú, parlant en castellà, diu "Lérida") parla d'immigració aragonesa a Catalunya. Parla del mite de la "integració" i del mite de la "terra d'acollida", parla d'un home que esdevé confident de la Brigada Social, de la Barcelona dels anys 60 i 70, que és la Barcelona de la meva infantesa. "El día de mañana" és una novel·la que contribueix a la salut col·lectiva dels catalans, malgrat que a molts catalans no els agradarà veure's retratats allà. Per això necessitem aquesta mena de textos, aquesta literatura. O bé el psiquiatra col·lectiu (i argentí?).

Resultat d'imatges de el dia de mañana

És possible que la distorsió sobiranista de la política catalana estigui impedint una revisió sana de la història recent. El més dramàtic, però, és que la major part de la literatura catalana que es publica avui contribueix al desastre. Quan la literatura (o l'art, en general) es doblega davant del discurs dels polítics al poder, deixa de ser literatura i deixa de ser art, i esdevé una crossa de la propaganda. Una crossa lamentable. Jo diria que aquesta actitud, tan vergonyosament generalitzada, és la responsable de què ens trobem amb una producció novel·lística xarona, dèbil, incapaç, ridícula i avorrida. I terminal, per desgràcia. Els qui escriuen novel·la cofoia, xiroia i amable amb el poder no deuen sospitar que estan liquidant la literatura catalana. Imbuïts de l'esperit de les desfilades amb uniforme, deuen sentir (que no pensar) que contribueixen a un causa noble. 

Acabo aquest text amb la cita d'un article del professor Jordi Llovet, extraordinàriament lúcid, on cita George Orwell, un altre lúcid. Lucidesa al quadrat:
Diu Orwell: “Una societat esdevé totalitària quan la seva estructura es torna manifestament artificial... La simple prevalença de determinades idees pot escampar una mena de verí que fa impossible abordar un tema rere l’altre amb propòsits literaris... Sempre que s’imposa una ortodòxia deixa d’haver-hi bona literatura”. 
I diu Llovet: "Catalunya! TV3! Independentisme de gresca i processó uniformada! Llegiu a fons aquest article dins el nostre llibre d’avui, i potser hi trobareu una de les causes, només una, del panorama eixorc, lànguid, desolat, pobrissó, indulgent, anèmic i esvaït no solament de la nostra literatura actual —la poesia n’és una excepció, com molt bé em va dir Marc Romera, que n’edita i en fa de molt bona—, sinó de tot l’àmbit cultural. Si jo fos marxant a Prades i conseller de Cultura en aquests moments —cosa del tot improbable—, no exportaria els castellers a l’Orient; importaria a Catalunya el bo i millor del que encara es fa, no a Espanya, però sí a la resta del continent".

Resultat d'imatges de els ossos soterrats