dijous, 12 de setembre de 2019

Xavier Bru de Sala en la Semanita del Llibret Catalanet

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Xavier Bru de Sala, antaño intelectual del régimen pujolista, escribe una columnita -diría que semanal- en El Periódico. Unos días atrás escribió una columnita de las suyas en la que viene a contarnos que, al paso que va el asunto, la cultura catalana será solo cultureta. Y acusa de la debacle a la cosa del procés, un elemento que ha tribalizado la ya maltrecha cultura. En buenas horas, Xavier Bru. Bueno, más vale tarde que nunca, pero ya te vale. Lo que se dice muy avispado no lo es Xavier bru de Sala. La cultura catalana lleva muchas décadas incapaz de pasar de cultureta a cultura, y eso es una evidencia que debería conocerla un intelectual de su talla.

La cultureta que nos deja el procés no es cultureta, es una minicultureta, una cultereteta, una ridiculez. Libritos procesistas o patrióticos, novelitas con esteladas en las portadas, la miniaturización de la literatura, cuentos de Junqueras o epístolas tronchantes debidas a la pluma de un tal Jordi Cuixart, individuo incapaz de hilvanar frases inteligibles en un mundo que ya no es medieval, por suerte. Leo a una bloguera que cuenta haber estado en la Semana del Libro en Catalán y que lo ha aprovechado para comprarse el librito de Cuixart. Bravo. En la misma feria había traducciones de filosofía griega y romana, pero ella eligió a Cuixart. Había traducciones de novela norteamericana, inglesa, francesa, rumana, italiana. Pero eligió el librito de Cuixart.

Debería preguntarse, el señor Bru de Sala, en qué contribuyó él a hacer de una posible cultura una cultureta. Pero eso vamos a dejárselo. En su cómodo rincón de pensar.

Yo participé en esa ficción, esa ficcioncita. Y me harté y me largué. Por suerte tengo un trabajo que me gusta y que me apasiona, y que me da retos nuevos muy a menudo (a veces más a menudo de lo que yo quisiera, pero sea como sea bienvenidos sean los retos). Pero eso no quita que mi paso por la identidad provisional y breve de la cultureta catalana no me haya dado grandes datos. Haber publicado algunos títulos, haber conocido la mediocridad apabullante y la estupidez resplandeciente de algunos de sus popes es algo que resulta fabuloso. Recuerdo a una señora que se las daba de comisaria política, literaria y de género. Jamás escribió dos líneas decentes seguidas, pero se las daba de algo. Porque es muy nacionalista y porque exhibe a un gato en el facebook. Creo que el gato (¿gata?) hace más por ella que su nacionalismo de barrio.

Mi conclusión es que lo mejor hubiese sido no haber publicado. Por lo menos no haber publicado en catalán. Pero a lo hecho, pecho. Peores cosas hemos hecho, vamos. Y cada uno se sabe las suyas. Si uno sigue con este razonamiento terminará por concluir, con Mircea Cartarescu, que lo mejor hubiese sido no haber nacido, una opción que jamás podré rebatir.


dimarts, 30 de juliol de 2019

Leer, releer. Y el hastío de la novela negra

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En el verano, el deseo de releer novelas leídas en la primera juventud lo puedo actualizar. Me pregunto qué significa ese deseo, uno de los pocos que perviven en mi líbido fatigada. Sea como sea, no solo releo si no que retomo la escritura en este blog, en estado de abandono desde febrero (un abandono justificado por el título de la entrada anterior: "Y dejar de escribir").

Con el paso del tiempo, se esfumó mi curiosidad por el género denominado "novela negra" y que nadie es capaz de definir muy bien. Lo siento por los conocidos que afirman ser capaces de definirlo y se esfuerzan en su noble propósito (un propósito tan loable como el del santo de Asís, que pretendía dialogar con las bestias). Una de las primeras dudas que me asalta ante este género no es a qué se refiere el adjetivo "negra", sino que mi duda afecta al sustantivo: ¿pueden ser consideradas "novelas" unas narraciones pueriles, maniqueas y simplonas que, bajo la pretensión declarada del "entretenimiento", tan solo consiguen ruborizar al lector, aquejado por esa vergüenza ajena tan molesta?

Bueno, voy al asunto. Me he reencontrado con "Los demonios" de Dostoievsky, con "Netchaiev ha vuelto" de Semprún y con el "Santuario" de Faulkner. Son tres autores que se esforzaron en defender una tesis, y a los tres les veo sudando tinta para lograr su objetivo, nada fácil, para cortocircuitar el cerebro del lector, para incomodarlo, para recordarle que mantiene la facultad de pensar. Los releo a ratos, desordenadamente y a la vez, y a menudo ni tan solo uso el punto de libro: los abro al azar, por donde se abran (los libros, como otros objetos, tienen voluntad y sentimientos) y así consigo darles una nueva textura, una profundidad inesperada. Aunque hay momentos en los que no sé si Netchaiev apareció en Los demonios (cosa probable) o si, por el contrario, Stavroguin es el protagonista de la novela de Semprún. Eso tendría un pase, porqué Semprún se inspira en Dostoievsky, pero luego están Lee Goodwin y Ruby, que se me pasan de novela a novela y consiguen que espere la aparición de Ruby en un capítulo de "Los demonios", cosa que no sucederá, aunque la evidencia tarde varias páginas en tomar una forma sólida en mi mente.

Las últimas lecturas de lo que las editoriales editan bajo el sello de "novela negra" me dejaron hastiado, y no me sacaron de mi hastío las novelas negras clásicas, puesto que, leyéndolas, no podía soslayar la acusación de culpabilidad que mi corazón les atribuye, la culpabilidad indudable de ser precursoras, inspiradoras o cómplices necesarias del desastre contemporáneo. Hay una infantilización indiscutible en el "producto" cultural, y uso la expresión neoliberal a mi pesar, tan lamentable como la de "gestión de la emociones". Tuve que tragar tantas veces con la idea de que una novela, una obra de teatro o un cuadro son "productos" (así como con la idea de que las emociones se pueden -y se deben- gestionar), que al final he sucumbido, genuflexo y avergonzado, hasta la miseria que es usarlas, bajo el oscuro pretexto vergonzoso de que alguien, así, me comprenderá.

Hoy he visto a un hombre adulto, con barba canosa, circulando en un patinete por la línea blanca que separa los dos sentidos de la avenida. Pinzada bajo su sobaco raudo, viajaba "La verdad sobre el caso Harry Quebert".

Si Faulkner, Dostoievsky o Semprún fuesen jóvenes escritores a día de hoy, sin duda les publicarían a cambio de cuatro euros bajo el epígrafe "novela negra", y se verían lastrados por este sello, lastrado a su vez por esa frivolidad de la "literatura de entretenimiento" que es el eufemismo de la bazofia. La colección de Bruguera "Bolsilibros" tenía más dignidad que la mayoría de los títulos que se publican hoy con unas ínfulas insufribles. Me temo que varias novelas de García Márquez sufrirían el mismo destino oprobioso. Me sabe mal porque hay autores que se esfuerzan por escribir textos dignos que terminan en colecciones "negras", cayendo así en el pozo de lo prescindible junto a los que lo merecen por méritos propios.

Se avecina el año Melville, y me huelo que al pobre Herman serían capaces de publicarle bajo el mismo sello: "Benito Cereno, la novela negra más emocionante del año". No descarto que un editor le corrija el título y le estampe "Benito Sereno", por no decir que, en catalán, sería editado como "Benet Serè", en una nueva muestra de la superioridad intelectual de la cosita catalaneta, que es algo indiscutible.

dilluns, 11 de febrer de 2019

Y dejar de escribir


Aunque escribo textos de ficción, de recuerdos, de reflexión o de banalidades (todos tratan de banalidades, en verdad) desde que era muy niño, siempre he pensado en dejar de hacerlo. Es decir: pienso en dejar de escribir al mismo tiempo en que empiezo escribir, a garabatear -o a teclear, más adelante. Lo de escribir lo vivo como se vive una maldición, o como algo muy próximo a una adicción maligna.

En el 78 o el 79, con unos ahorrillos, me compré una máquina de escribir en un rastrillo. Era una Olivetti Lettera 22 de color grisnubedelluviadeverano, una máquina compacta y sólida pero pequeña, que se consideraba por entonces una máquina portátil. Creí que el aparato me ayudaría y me insuflaría nuevas ganas de escribir, y que quizás me proveería de nuevas ideas, incluso de algo como un estilo personal. Uno jamás olvida las imágenes de Guido en ese chiringuito de playa, en "La dolce vita". Hay algo fascinante en la escena, algo sublime. Guido sentado bajo las parras del chiringuito, el sol, los niños corriendo por ahí mientras intenta concentrarse en escribir su crónica pero, sin embargo, todo le distrae: cualquier cosa es mejor que escribir, todo es un buen argumento para dejarlo, una causa noble.

Siempre quise dejar de escribir y por eso escribí sin cesar. Creo que hay muy pocos días en mi vida en que no haya escrito algo. Muchas veces he escrito sobre dejar de escribir, porqué creo que encontraré la forma de dejar de escribir escribiendo. No se me ocurre otra forma de hallar la fórmula del abandono.

Hay personas que hablan muy bien, y saben hilar un discurso coherente, argumentado, con objetivos claros. Y sin embargo, no escriben bien. Parecen torpes cuando se ponen a redactar. Parece que cada persona, cada cerebro, halla su forma propia de organizar los pensamientos mediante el lenguaje. Yo jamás he podido hablar más de 3 o 4 minutos seguidos sin tener la sensación de haber caído en un galimatías lleno de titubeos, de incoherencias. Sin embargo puedo escribir durante horas. Llegué a las 12 horas seguidas, en una noche de hace muchos años. Por aquel entonces, escribía ya en un protoordenador, un Macintosh 128k color canela.

Luego volví a las libretas. Me compré plumas estilográficas baratas, de esas de cartuchos que se gastan a las tres páginas. Dejaba regueros de cartuchos vacíos por todas partes, incluso con un incivismo que me parecía romántico, tirándolos por el balcón o abandonándolos encima de las mesitas de los bares. Confié en las libretas y las estilográficas para dejar de escribir, una vez fracasado en mi intento de quitarme con la Olivetti.

Un día leí que Jorge Luis Borges había escrito algo así como que daba las gracias (¿a quién?) por las lecturas leídas, pero no por las obras escritas. Tras haber leído eso me leí todo Borges, esperando encontrarme en ese lugar en el que Borges comprendió que era mejor leer que escribir. De Borges pasé a García Márquez, de García Márquez a Rulfo y luego Cortázar, Mutis (¡qué grande es Mutis, por Dios!) y Vargas Llosa. Leí casi toda la literatura latinoamericana que había en la biblioteca pública del barrio. La lectura, sin embargo, me empujaba a tomar notas. Anotaciones en libretas. No me permitía dejar de escribir la lectura.

Descubrí que mi madre no podía dejar de escribir. Lo supe cuando ella ya estaba muerta. Mientras vaciaba el piso en donde vivió sola los últimos años de su vida, encontré miles de páginas. Un diario de juventud. Cartas antiguas. Las más antiguas, de amor. De un amor ingenuo que aspiraba a una pureza extrema. Eso me heló el corazón. Sin embargo, los últimos textos de mi madre ya muy cerca de la muerte, parecen responder a una vocación notarial austera y estricta. Son largas listas que anotan la hora en la que salió el sol y la hora en que se hundió. Sin comentarios, sin anotaciones al margen. Creo que ella también deseaba dejar de escribir y, no pudiendo hacerlo, usó la escritura en su sentido más terco. Halló la pureza. El sol ha salido a las 6:45 y se ha puesto a las 18:10. Había páginas y más páginas con esas anotaciones del ritmo solar. Nada más que eso. Crónica mínima.

Como una vez me vi clasificado como autor de "novela negra catalana" por ciertos avatares que no vienen a cuento, decidí escribir una novela negra que fuese el fin de la novela negra, una novela que debería ser la última novela negra del mundo. Soñé en escribir una novela que impidiese escribir jamás una nueva novela negra. En realidad, solo quería dejar de escribir novelas negras, un propósito que, claro está, enmascara el verdadero propósito: dejar de escribir. Mandé mi original al editor y el editor me lo devolvió, meses más tarde, y me dijo que mi novela era impublicable, que era una mierda de novela. No se puede pretender que un editor catalán comprenda ciertas cosas, pero comprendí que, en cierta forma, había dado un primer paso: dejar de publicar. Ese es un bello objetivo y una gran conquista, sobretodo en unos tiempos en los que parece que todo el mundo publica o quiere publicar, incluso tipos que jamás han leído ni un solo cuento de Borges.

Hace años, un profesor al que admiro dijo: como cada día se publican miles de libros en el mundo y es imposible orientarse en este océano tan vasto, por falta de brújulas, lo mejor es limitarse a leer a los clásicos universales. Esa idea, que adopté enseguida, me ayudó: si escribo pierdo tiempo de leer a los clásicos. Lo malo es que los clásicos mueven nuevas sinapsis en el cerebro, y esas conexiones me obligaban a tomar notas. Notas que se convertían en relatos breves, relatos breves que devenían embriones de novelas.

Alguien dijo que primero hay que vivir y luego escribir. Quien dijo eso no sabía que hay quien vive cuando escribe y que, cuando no escribe, tiene la angustiosa sensación de no vivir del todo, de estar limitándose a una vida en términos biológicos, que es una vida muy pequeñita.

Hoy he escuchado una conferencia de una hora de duración. Quien la impartía no llevaba apuntes: solo un papelito no mayor que un ticket del metro, en el que había una decena de palabras. Su discurso estaba bien hilvanado, avanzaba con método. Simulaba dudas y lapsus, pero estaba trabado. Yo tomaba notas, y empecé a redactar una pregunta final que era también un relato en el que había recuerdos viejos y nuevos, imágenes, alguna metáfora, y una cuestión final más bien retórica que cerraba mi intervención y contenía un atisbo poético.

La conferencia se extendió demasiado y tuvieron que eliminar el turno de preguntas. No pude leer mi intervención. Tiré la hoja (una cuartilla por las dos caras) a la papelera. No había podido dejar de escribir, pero si pude echar mi texto al olvido, a la nada, dentro de una papelera llena de pañuelos con mocos.

diumenge, 16 de desembre de 2018

La madre de Ismail

La madre de Ismail, y su padre, viajaron de Marruecos a España. Una vez aquí empezaron a trabajar en trabajos muy precarios, muy pequeños. Se instalaron en una ciudad mediana, de provincias, a no muchos kilómetros de Barcelona. Alquilaron un pisito. Un tiempo después, nació Ismail. Uno de los motivos que tuvieron para emigrar a España fue ese: darles mejores oportunidades a sus hijos. Hicieron como tantos emigrantes a lo largo de la historia.

Viven en Ca n'Anglada, que e un barrio antaño conflictivo y hoy un buen barrio, porqué el ayuntamiento hizo sus deberes y Ca n'Anglada es un barrio pobre, obrero, de inmigrantes, pero un buen barrio: tranquilo, con sus tiendas y sus quinquis, bastante limpio, sus locutorios, sus tres mil lenguas, sus bares, sus bazares, sus motocicletas zumbando a las tres de la magrugada cuesta arriba, su panadería de toda la vida, su colegio, su restaurante de bodas y banquetes en decadencia, su mezquita, sus moritos con la chilaba, su salam aleikum, su buenos días, su bon día. Un barrio más. Pobre pero alegre.

Ismail nació con una cardiopatía congénita. No se preocupe, señora, le dijeron los médicos de la mútua que hace las funciones de la sanidad pública en la Cataluña post Artur Mas, post Boi Ruiz. Le ponemos en lista de espera, no se preocupe.

Ismail y yo coincidimos en su primer curso de primaria. Ismail es un morito de ojos claros (medio verdes, medio azules) y pelo rubio, aunque un pelo endiabladamente rizado. Ismail es bueno, dulce, sonríe siempre. A veces llora y me cuesta mucho saber las razones de su llanto. Es un niño delicado, frágil. Es menudo, escaso, invisible a veces. Discreto, como quien está per sin estar, sin intención. Está en las nubes, en los paisajes indescifrables de su imaginación, ensoñado. Sonríe. Con una sonrisa leve, generosa, ancha. Una sonrisa silenciosa, sin risa.

No pregunta, no se pelea con nadie, pasa desapercibido, como el torrente de agua que transita el bosque lejano tras la lluvia, lejos de los caminos, lejos de los ciclistas y los trotadores con ropas relucientes del Dectahlon. Ismail es así, pequeño como un secreto. No le gusta salir al patio y por eso descubro su cardiopatía. A veces le pido que se quede en clase, sin patio. Le pido que me ayude a preparar cosas, a ordenar la biblioteca del aula. El me sonríe, no dice nada. A veces le toco su cabeza de pelo rubio y rizado. El me mira, me sonríe. Jamás comprenderé que les pasa por la mente a los abusadores. Hablamos a veces, pero poco. A él todavía les cuestan el catalán y el castellano. Cuando se termina el primer trimestre monta un álbum de pena y yo no me doy cuenta hasta que su madre no me lo muestra y con sus grandes ojos me dice: ¿qué álbum es esto? Ismail ha puesto la portada del revés, la contraportada tras la portada, las hojas desordenadas. Jolines, le digo yo. No se preocupe, eso no sucederá más. Los álbumes del segundo y del tercer trimestre llegan impecables a las manos de su madre y el se los entrega con esa sonrisa que le conozco, esa sonrisa de silencios, de ojos claros.

Ismail murió hace quince días. Estaba en lista de espera, esperando una operación que ya no hace falta. Ismail murió hace quince días, está muerto. Su sonrisa ya no existe. El mundo perdió la sonrisa ancha de Ismail, perdió su mirada de ojos claros. Mientras Ismail moría, un señor llamado Quim Torra hablaba de la vía eslovena para conseguir la felicidad de él y de los suyos. Otro señor, llamado Donald Trump, defendía los muros electrificados en las fronteras. Otro señor, catalán como Ismail, insistía en reclamar donaciones para mantener su tren de vida en Waterloo. La muerte se ensañaba en el lado de los pobres, de los pobres que sonríen sin hablar, sin micrófonos, solo números grandes en una lista de espera que la Parca cuenta, siniestra y solemne como una declaración de independencia, siniestra y seria como un protocolo, como una sesión parlamentaria.

Ismail está muerto. Muerto de veras. Yo ando buscando a su madre para mostrarle algo, una forma de pésame que deberé improvisar, un gesto, algo.


dijous, 13 de desembre de 2018

La noche del velero desmemoriado. Lectura de Jordi Ledesma.


Leí "La noche sin memoria" en dos sesiones de lectura nocturnas. Noche de viernes y noche de sábado. Puente de la Inmaculada Constitución. Hice lo que yo se que no es correcto: leí deprisa. Aunque debo admitir que la prosa de Jordi Ledesma, que es pausada y equilibrada en apariencia, exige una lectura a tumba abierta. Hay algo de pendiente hacia el infierno en esas páginas. La aceleración la impone la ley física que gobierna todas las caídas. Por los mismos días estaba yo releyendo la "Crónica de una muerte anunciada", novela que releo cada pocos años (cada uno tiene su religión, y cada religión sus obligaciones, sus sacramentos). Y también estaba empezando a leer la "Comedia" de Dante, en esa nueva y flamante traducción que nos brinda El Acantilado. A priori, uno hubiese dicho que la novela de Ledesma poca esperanza albergaba ante tan altos adversarios. Sin embargo, ahí está. Ahí están esas dos noches (las horas previas a acostarse) dedicadas a "La noche sin memoria", título que establece un juego de significados con mis otras lectura de esos días.

Publicada poco después (y quizás demasiado poco después) de "Lo que nos queda de la muerte", "La noche sin memoria" entabla un diálogo con la anterior. Y es un diálogo tan estrecho que, en mi primera reacción, sentí que esos dos textos deberían ser publicados juntos. Hay una hermandad entre ambos títulos, una relación estrecha, visceral, apasionada. Incluso incestuosa.

Me atrevo a decir que el narrador de "La noche sin memoria" es el mismo de "Lo que nos queda de la muerte", solo que aquí ha adquirido mayor relevancia y tiene mayor empeño en mostrarse. Un narrador que es un hallazgo, y que, tras ser el protagonista camuflado en la anterior, ahora se desvela un poco más. Eso es, en efecto una virtud: los buenos autores saben que el protagonista de una buena novela es el narrador. Solo hay que leer la primera frase de "Ana Karenina" para comprenderlo. Aquí el narrador no solo se desvela más: también incluye reflexiones sobre la escritura, sobre el hecho de la misma, opina, critica, se muestra. Bravo por ese narrador cuando distingue entre novelista y escritor, y cuando admite que la novela es la más lamentable de las formas literarias. El mayor defecto de un novelista es ese deseo que tiene de completar la obra de Dios, de otorgarle sentido, coherencia, lógica, intención. Ni la vida ni el mundo tienen nada de eso, que son azar sin necesidad, incluso en la belleza: ¿qué sentido tiene que la atmósfera de Júpiter sea más bella, más inquietante y más estremecedora que cualquier pintura hecha jamás por la mano del hombre?.

Ledesma vuelve a ese pueblo de la costa, ese puerto que protagonizó su aventura literaria anterior. Ese pueblo inspirado en uno real que es algo así como un Comala catalán en ciernes (tanto es así, que no tardaré mucho en irme para allá un rato, a buscar esos bares y restaurantes, a tomar el sol en ese puerto que creo conocer a partir de las páginas de Ledesma), y lo contrapone a esa Ciudad de los señoritos de la avellana que todos conocemos de algún modo. Ese Reus de señoritos falangistas antaño, y hoy de señoritos muy catalanes, muy soberanistas, de la estelada y el lacito amarillo.

"La noche sin memoria" extiende, amplía y comenta, a veces, la novela anterior. Quizás sean dos capítulos de una gran novela que todavía solo existe entera en los sueños del novelista, y a medias en el mundo. Yo diría que algo hay de eso. Eso explicaría, de paso, la evolución del narrador que ahora osa ser un poco más presente, un poco más visible. Como la lectura de Ledesma me pilla leyendo al Dante, le diría que Alighieri no se cortó ni un pelo y se situó a si mismo en el primer verso. (Al fin y al cabo, Ledesma también se halla a mitad del camino de la vida).

La verdad: uno espera que algunos factores del narrador adquieran el relieve que merecen (o que prometen). Hablo de esa politoxicomanía de la que habla sin mostrarla, y que, a mi entender, podría dar mucho más de si. Un narrador toxicómano, y que dice que se droga a menudo (aunque argumenta excusas peregrinas, como todos: la droga estimula mi creatividad, me desinhibe, etc ) podría jugar al juego del narrador poco fiable, una posibilidad que se le aparece en la mente del lector y que no obtiene, a mi parecer, la respuesta que en algunos momentos uno espera (o desea). Decía el crítico Mikhaíl Bakhtín que la obra literaria solo existe cuando tiene un lector, ya que la literatura solo aparece en el diálogo del autor con el lector (por eso se le atribuye, a Bakhtín, el concepto de la lectura dialógica). En el sentido de Bakhtín, "La noche sin memoria" es literatura de veras: el diálogo del narrador con el lector es un diálogo fluido, interesante, sugerente. Incluso la sordidez de las escenas sexuales, que acrecienta la sordidez de las de la novela anterior, activa el resorte de las preguntas: esa reducción de la sexualidad a las relaciones de poder (que tanto gustaría a Michel Foucault) invita al diálogo. ¿Es posible una relación sexual sana e igualitaria? ¿Porqué no hay ninguna relación desprovista de mezquindad en la novela? ¿Porqué todos los personajes están sometidos a una desgracia tan grande?

Ledesma pone de nuevo los pasos en las huellas de Soler, de Chirbes y de Marsé. El orden puede ser otro, pero podría ser este. Y lo comprendo: aquí están los nombres de la trinidad que cualquier lector español contemporáneo conoce. En la ignorancia mía, que puede ser enorme (no en vano soy maestro de primaria), no he hallado otros autores que superen a los mencionados: por eso hace bien Ledesma subiéndose a hombros de gigantes. Solo andando a hombros de gigantes uno puede aspirar a ser gigante algún día (no muy lejano, lo advierto o solo lo intuyo). Salido de la factoría de la editorial Alrevés, creo adivinar en él a un gigante más alto que otro, que lleva apellido forestal: Ledesma le supera en todo. Y especialmente en estilo, algo de lo que carece el otro. Ledesma se encuentra a muy poco pasos de tener un estilo reconocible. Eso es algo especial. Es lo que hace especial a Beckmann entre otros pintores, lo que hace especial a Francis Bacon, a Velázquez, a Murillo, a Hockney.

En un lugar de otra parte del mundo y con editores inteligentes, Ledesma tendría hoy mismo columnas en periódicos y daría clases en una universidad. Pero eso es otro asunto, que no me atañe ni me importa (aunque me preocupa).

diumenge, 25 de novembre de 2018

Bennassar en el Hotel Metropole

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He estado algunas veces en Lisboa. Cuatro. Una de ellas fue un proyecto frustrado, pero soñé que iba, así que la cuento. Siempre como turista o como viajero: no sabría precisar cual de las dos categorías detesto más. Me hubiese gustado vivir en Lisboa, por un tiempo largo a ser posible. Quizás me jubile en esta ciudad, si todo anda bien. Vivir en Lisboa hasta olvidarme de haber nacido en la triste y ensimismada Cataluña, esa patria que solo quiere a unos cuantos y procura echar a los demás. Lisboa parece lo opuesto a Cataluña: es una ciudad abierta, algo dejada, decadente, tolerante, leve. Nadie se imagina a un Torra en el poder, en Lisboa.

Sebastià Bennassar suma ya más de 30 títulos publicados, aunque para llegar a esta cifra se deban contabilizar los libros de autores varios (colectivos) o los libros en los que consta como editor. Sea como sea, 30 títulos son muchos para un autor de 42 años. La contención no es lo suyo. A Marx le bastó con un solo manifiesto. A Mateo, con un Evangelio breve. A Moisés, con diez frases. A Tolstoi, con una sola frase (seguida de mil páginas, es cierto, pero ninguna de las mil dice nada que no estuviese en la frase incial). Bennasar es expansivo con su pluma y con su verbo. Uno diría que no desaprovecha ninguna idea que se asoma a su cabeza. Y, sin embargo, uno sigue esperando la novela de Bennasar. La novela de Bennasar llegará, lo prometo. Es decir, lo intuyo.

Bennasar es el único escritor en catalán que conozco, aunque en realidad es un escritor mallorquín. El único que vive de su escritura, lo que le hace escritor de veras. Mallorquín y pancatalanista, una de esas personas que creen en la existencia de una entidad llamada "Països catalans" y que, sin tener ningún dato científico que lo sostenga, lo sostienen. Bueno, la ficción no es la realidad, pero entre ellas hay una relación dialógica y a veces pacífica (e incluso educada). Digo que es el único escritor en catalán que conozco porqué es el único que escribe y vive de escribir. Eso es un mérito tremendo. A mi, en este sentido, Bennasar me parece un héroe y un loco. Yo, por ejemplo, escribo. He publicado algunos textos en papel. No los cuento ni los recuento. Pero eso es  porqué no vivo de ello, ni creo que me gustase hacerlo. En realidad, espero no ser nunca un escritor. Espero no vivir jamás de la escritura creativa.

"Hotel Metropole" es otra aproximación al talento narrativo de Bennasar. Yo diría que el autor no durmió jamás en ese hotel lisboeta. Quizás estuvo ante la entrada, quizás incluso pisó el hall con sus zapatos (¿un 45?). Y de ahí nació esta historia de espías que es una historia bella, elegante, delicada, humanista. Se agradece todo eso en un autor que se dejó deslizar por la pendiente del género negro y del cinismo. "Hotel Metropole" no es novela negra. Es una novela con espías, sin ser una novela de espionaje.  Es una novela construida con anacronismos: ¿todas las épocas son la misma época?. Si Shakespeare es universal lo es porqué cuando habla de Macbeth habla de la ambición desmedida, si Homero es universal lo es porqué cuando habla del hombre que pretende volver a casa habla de todos los hombres y de que la vida es un intento, siempre fallido, de volver al hogar. A Bennasar le falta algo, aunque poco, para hablar de lo que es humano y universal. Le falta una vuelta de tuerca.

La literatura de espías, con espías, es una apuesta de riesgo. El otro día me dijeron que la novela de espías solo gusta a los hombres. Y a los hombres homosexuales. Sin entenderlo muy bien, creo que algo entiendo. En esos tiempos de hoy, en los que solo leen las mujeres, y en el que las mujeres se inclinan por el género policíaco, escribir una novela con espías es una osadía. Ante cualquier osadía, uno se inclina con respeto ante el osado que la acomete. A mi, John Le Carré me gusta mucho. Llevo 50 años creyendo que soy hombre heterosexual, pero quizás debo replantearme mi identidad.

"Hotel Metropole" me gusta y a la vez insisto en lo mismo: uno espera la novela de Bennasar. Con Bennasar me sucede lo contrario que con el otro mallorquín, el inefable Baltasar Porcel. Porcel escribió una primera novela magnífica ("Cavalls cap a la fosca") y jamás escribió nada que se pareciese a esa opera prima, ni de lejos. Lo demás es débil, genuflexo, pujoliano, prescindible. Bennasar parece prepararse para su novela una y otra vez. Yo, partidario más bien de la contención, no haría lo que él hace. Preferiría el silencio. Pero Bennasar parece seguir el consejo del malagueño genial: "que la inspiración te encuentre trabajando".

Sobre "Hotel Metropole" quiero decir algo más concreto: en el juego narrativo que emprende, Bennasar reincide en el uso de la segunda persona y debo decirle lo mismo que otras veces: el narrador que habla en segunda persona es original, pero es muy pesado. Dice el autor, en una entrevista que le leí, que él piensa que el narrador en segunda persona acerca al lector y lo implica, pero a mi se me hace insoportable y me invita a cerrar la lectura. La segunda persona es original, como lo es el uso del theremin en la música: sin embargo, nadie compuso una sinfonía para theremin. Y será por algo, digo yo. Ni Dostoievsky ni Faulkner usaron la segunda persona en el narrador: dicho esto, está todo dicho sobre la segunda persona.

Mi sensación es que Bennasar se acerca a su novela, se aproxima a ella en círculos, quizás en espiral, girando cada vez más cerca del centro. Pronto llegará a ella, o eso creo. O eso espero.

dissabte, 27 d’octubre de 2018

La maldad hereditaria (Hereditary)

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Hacer cine de terror con dignidad y aportando cosas nuevas está muy difícil. Por este motivo me quedo con los clásicos, aún reconociendo que ellos lo tuvieron más fácil: tenían todo el terreno virgen ante ellos y cada osadía abría un nuevo camino. Vistos a día de hoy, algunos hitos del terror pecan de ingenuidad, pero excelen en imaginación y en valentía: construían su imaginario sobre la nada, apenas sin referentes ni citas. "Demencia 13", la cinta gótica del joven Coppola, es casi experimental. "Carnival of souls", del 62, es casi pueril, pero descubre un montón de recursos baratos y efectivos. Y ¡qué decir de "La noche del demonio", de Tourneur! Y luego, más atrás en el tiempo, las grandes creaciones del expresionismo alemán (y sus réplicas americanas). Mi lista de imprescindibles del género se inicia con "El gabinete del Doctor Caligari", y a veces pienso que el cine se inventó para ella y sus secuelas.

Alguien dirá que, en realidad, deberíamos ser mejores y más creativos ahora, creciendo sobre el sustrato de todo lo rodado anteriormente. Pero sin embargo, la experiencia del sufrido seguidor del terror fantástico demuestra que la creatividad disminuye, se achica e incluso desaparece. Solo muy de vez en cuando aparece una propuesta distinta.

Es el caso de "Hereditary", una cinta que aún recurriendo a muchas citas y referencias, por lo menos intenta abrir caminos nuevos. Por lo menos lo intenta. Ari Aster, director y guionista, destaca por el tratamiento visual de la cinta con un interesante juego de miniaturas, maquetas y dioramas rodados con lentes que confunden al espectador, ya que practica un extraño juego de muñecas rusas.

Tratar a los humanos como si fuesen muñequitos, sometidos al capricho de un ser superior (y cruel) puede ser una metáfora del propio cine, y una ironía sobre la figura del director. También puede ser una hipótesis sobre la naturaleza de Dios. Y, quien dice Dios, dice el Diablo, que asoma sus cuernos en la cinta. A la vez, parece un referencia a la prosa de Thomas Ligotti, posiblemente el más innovador de los escritores de terror contemporáneos. En los cuentos de Ligotti, los humanos son tratados como marionetas, o las marionetas como seres humanos.

Aster renuncia al susto, al uso de la música como instrumento para enervar al respetable y a la previsibilidad. El resultado es que "Hereditary" no pega sustos pero, sin embargo, produce algo mucho peor: deja al espectador con muy mal cuerpo. Es lo mismo que hace Ligotti en sus cuentos, crear desasosiego, pena, un malestar indefinido. Ligotti avanza dos pasos más desde el lugar en donde nos dejó Lovecraft.  El visionado de la cinta es una inmersión lenta pero segura y eficaz en el horror, lo feo, lo desagradable. Para ello se sirve de todo lo que dispone: algo de psicoanálisis, algo de terror a la muerte, algo de asqueroso, de tedio, de maloliente, de pesadilla, de estupidez. Incluso algo extraído del "Diccionario Infernal" de Colin de Plancy. Es un retrato de lo gratuito y estúpido que es el mal, lo malo, la desgracia. Sus personajes -como muñecos desdichados- sufren toda clase de atropellos, algunos de crueldad insidiosa, cósmica, y cuentan la vida humana como un relato insoportable.

Eso es una caída, dice Aster, y hacia abajo no hay límite. Se diría que, para escribir el guión, Aster se soltó por la pendiente hacia la negrura y no puso freno a su imaginario negro. Me da un poco de miedo pensar en lo que sueña la cabecita de este director, nacido en 1986 (¡32 añitos!) y con cara de niño bueno. Su imaginario debe atormentarle mucho: no hay nada positivo ni alegre ni tan siquiera neutro en la cinta. Quizás no habría estado mal introducir un personaje o una situación de tono optimista, positivo, luminoso: aunque solo fuese para contrastar, por lo del contrapunto, que nunca está de más. Pero no, nada de eso: Aster es despiadado. En la historia se mezcla la enfermedad mental (el temor a sufrirla), el satanismo, el espiritismo malvado, la explotación de los unos sobre los otros, la impotencia, la mala intención, la falta de empatía, la soledad de los miembros de una familia "unida", la pulsión suicida unida a la pulsión asesina (en el ámbito familiar), las ideaciones negras, los jóvenes perdidos en el aburrimiento y los adultos atónitos, incapaces. La negrura ambiental es tan enorme que... ¿quién necesitaría sustos para asustarse más?. ¿Qué susto podría asustarle a alguien que sabe que la vida es horrorosa?.

Es posible que a la cinta le sobren minutos, y que alguno de los varios giros argumentales sea innecesario. Creo que ese tipo de críticas siempre se le pueden aplicar a una opera prima, porqué la opera prima tiene unos defectos clásicos y universales: uno intenta poner en ella todo lo que sabe, todo lo que piensa, demostrar todo lo que es capaz de hacer. El resultado salta a la vista: es como querer matar a una mosca con 20 kilos de dinamita.

He leído en alguna parte que se compara "Hereditary" con "Rosemary's Baby". Aunque tienen algo en común (no solo argumental), Aster es mucho más barroco que Polansky, más excesivo.

Después de "Hereditary" vi "El hombre de más", otra opera prima. En este caso, una opera prima del italiano Paolo Sorrentino. Filmin acaba de recuperar esta pieza de 2001 -nunca estrenada en España- para su clientela. Sorrentino es un pesimista, también. También cree que la vida no es lo mejor que te puede pasar, pero no se olvida de reconocer que la vida tiene sus momentos buenos, instantes de alegría, escenas de luz. Que en todo buen momento se esconde uno malo. Pero del revés también: en cualquier desgracia podría esconderse la semilla de un instante brillante.

Lo advierto: si alguien desea ver "Hereditary" que escoja bien el día, y mejor todavía si conoce a Séneca o a Epicteto, su esclavo.