dijous, 13 de desembre de 2018

La noche del velero desmemoriado. Lectura de Jordi Ledesma.


Leí "La noche sin memoria" en dos sesiones de lectura nocturnas. Noche de viernes y noche de sábado. Puente de la Inmaculada Constitución. Hice lo que yo se que no es correcto: leí deprisa. Aunque debo admitir que la prosa de Jordi Ledesma, que es pausada y equilibrada en apariencia, exige una lectura a tumba abierta. Hay algo de pendiente hacia el infierno en esas páginas. La aceleración la impone la ley física que gobierna todas las caídas. Por los mismos días estaba yo releyendo la "Crónica de una muerte anunciada", novela que releo cada pocos años (cada uno tiene su religión, y cada religión sus obligaciones, sus sacramentos). Y también estaba empezando a leer la "Comedia" de Dante, en esa nueva y flamante traducción que nos brinda El Acantilado. A priori, uno hubiese dicho que la novela de Ledesma poca esperanza albergaba ante tan altos adversarios. Sin embargo, ahí está. Ahí están esas dos noches (las horas previas a acostarse) dedicadas a "La noche sin memoria", título que establece un juego de significados con mis otras lectura de esos días.

Publicada poco después (y quizás demasiado poco después) de "Lo que nos queda de la muerte", "La noche sin memoria" entabla un diálogo con la anterior. Y es un diálogo tan estrecho que, en mi primera reacción, sentí que esos dos textos deberían ser publicados juntos. Hay una hermandad entre ambos títulos, una relación estrecha, visceral, apasionada. Incluso incestuosa.

Me atrevo a decir que el narrador de "La noche sin memoria" es el mismo de "Lo que nos queda de la muerte", solo que aquí ha adquirido mayor relevancia y tiene mayor empeño en mostrarse. Un narrador que es un hallazgo, y que, tras ser el protagonista camuflado en la anterior, ahora se desvela un poco más. Eso es, en efecto una virtud: los buenos autores saben que el protagonista de una buena novela es el narrador. Solo hay que leer la primera frase de "Ana Karenina" para comprenderlo. Aquí el narrador no solo se desvela más: también incluye reflexiones sobre la escritura, sobre el hecho de la misma, opina, critica, se muestra. Bravo por ese narrador cuando distingue entre novelista y escritor, y cuando admite que la novela es la más lamentable de las formas literarias. El mayor defecto de un novelista es ese deseo que tiene de completar la obra de Dios, de otorgarle sentido, coherencia, lógica, intención. Ni la vida ni el mundo tienen nada de eso, que son azar sin necesidad, incluso en la belleza: ¿qué sentido tiene que la atmósfera de Júpiter sea más bella, más inquietante y más estremecedora que cualquier pintura hecha jamás por la mano del hombre?.

Ledesma vuelve a ese pueblo de la costa, ese puerto que protagonizó su aventura literaria anterior. Ese pueblo inspirado en uno real que es algo así como un Comala catalán en ciernes (tanto es así, que no tardaré mucho en irme para allá un rato, a buscar esos bares y restaurantes, a tomar el sol en ese puerto que creo conocer a partir de las páginas de Ledesma), y lo contrapone a esa Ciudad de los señoritos de la avellana que todos conocemos de algún modo. Ese Reus de señoritos falangistas antaño, y hoy de señoritos muy catalanes, muy soberanistas, de la estelada y el lacito amarillo.

"La noche sin memoria" extiende, amplía y comenta, a veces, la novela anterior. Quizás sean dos capítulos de una gran novela que todavía solo existe entera en los sueños del novelista, y a medias en el mundo. Yo diría que algo hay de eso. Eso explicaría, de paso, la evolución del narrador que ahora osa ser un poco más presente, un poco más visible. Como la lectura de Ledesma me pilla leyendo al Dante, le diría que Alighieri no se cortó ni un pelo y se situó a si mismo en el primer verso. (Al fin y al cabo, Ledesma también se halla a mitad del camino de la vida).

La verdad: uno espera que algunos factores del narrador adquieran el relieve que merecen (o que prometen). Hablo de esa politoxicomanía de la que habla sin mostrarla, y que, a mi entender, podría dar mucho más de si. Un narrador toxicómano, y que dice que se droga a menudo (aunque argumenta excusas peregrinas, como todos: la droga estimula mi creatividad, me desinhibe, etc ) podría jugar al juego del narrador poco fiable, una posibilidad que se le aparece en la mente del lector y que no obtiene, a mi parecer, la respuesta que en algunos momentos uno espera (o desea). Decía el crítico Mikhaíl Bakhtín que la obra literaria solo existe cuando tiene un lector, ya que la literatura solo aparece en el diálogo del autor con el lector (por eso se le atribuye, a Bakhtín, el concepto de la lectura dialógica). En el sentido de Bakhtín, "La noche sin memoria" es literatura de veras: el diálogo del narrador con el lector es un diálogo fluido, interesante, sugerente. Incluso la sordidez de las escenas sexuales, que acrecienta la sordidez de las de la novela anterior, activa el resorte de las preguntas: esa reducción de la sexualidad a las relaciones de poder (que tanto gustaría a Michel Foucault) invita al diálogo. ¿Es posible una relación sexual sana e igualitaria? ¿Porqué no hay ninguna relación desprovista de mezquindad en la novela? ¿Porqué todos los personajes están sometidos a una desgracia tan grande?

Ledesma pone de nuevo los pasos en las huellas de Soler, de Chirbes y de Marsé. El orden puede ser otro, pero podría ser este. Y lo comprendo: aquí están los nombres de la trinidad que cualquier lector español contemporáneo conoce. En la ignorancia mía, que puede ser enorme (no en vano soy maestro de primaria), no he hallado otros autores que superen a los mencionados: por eso hace bien Ledesma subiéndose a hombros de gigantes. Solo andando a hombros de gigantes uno puede aspirar a ser gigante algún día (no muy lejano, lo advierto o solo lo intuyo). Salido de la factoría de la editorial Alrevés, creo adivinar en él a un gigante más alto que otro, que lleva apellido forestal: Ledesma le supera en todo. Y especialmente en estilo, algo de lo que carece el otro. Ledesma se encuentra a muy poco pasos de tener un estilo reconocible. Eso es algo especial. Es lo que hace especial a Beckmann entre otros pintores, lo que hace especial a Francis Bacon, a Velázquez, a Murillo, a Hockney.

En un lugar de otra parte del mundo y con editores inteligentes, Ledesma tendría hoy mismo columnas en periódicos y daría clases en una universidad. Pero eso es otro asunto, que no me atañe ni me importa (aunque me preocupa).

diumenge, 25 de novembre de 2018

Bennassar en el Hotel Metropole

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He estado algunas veces en Lisboa. Cuatro. Una de ellas fue un proyecto frustrado, pero soñé que iba, así que la cuento. Siempre como turista o como viajero: no sabría precisar cual de las dos categorías detesto más. Me hubiese gustado vivir en Lisboa, por un tiempo largo a ser posible. Quizás me jubile en esta ciudad, si todo anda bien. Vivir en Lisboa hasta olvidarme de haber nacido en la triste y ensimismada Cataluña, esa patria que solo quiere a unos cuantos y procura echar a los demás. Lisboa parece lo opuesto a Cataluña: es una ciudad abierta, algo dejada, decadente, tolerante, leve. Nadie se imagina a un Torra en el poder, en Lisboa.

Sebastià Bennassar suma ya más de 30 títulos publicados, aunque para llegar a esta cifra se deban contabilizar los libros de autores varios (colectivos) o los libros en los que consta como editor. Sea como sea, 30 títulos son muchos para un autor de 42 años. La contención no es lo suyo. A Marx le bastó con un solo manifiesto. A Mateo, con un Evangelio breve. A Moisés, con diez frases. A Tolstoi, con una sola frase (seguida de mil páginas, es cierto, pero ninguna de las mil dice nada que no estuviese en la frase incial). Bennasar es expansivo con su pluma y con su verbo. Uno diría que no desaprovecha ninguna idea que se asoma a su cabeza. Y, sin embargo, uno sigue esperando la novela de Bennasar. La novela de Bennasar llegará, lo prometo. Es decir, lo intuyo.

Bennasar es el único escritor en catalán que conozco, aunque en realidad es un escritor mallorquín. El único que vive de su escritura, lo que le hace escritor de veras. Mallorquín y pancatalanista, una de esas personas que creen en la existencia de una entidad llamada "Països catalans" y que, sin tener ningún dato científico que lo sostenga, lo sostienen. Bueno, la ficción no es la realidad, pero entre ellas hay una relación dialógica y a veces pacífica (e incluso educada). Digo que es el único escritor en catalán que conozco porqué es el único que escribe y vive de escribir. Eso es un mérito tremendo. A mi, en este sentido, Bennasar me parece un héroe y un loco. Yo, por ejemplo, escribo. He publicado algunos textos en papel. No los cuento ni los recuento. Pero eso es  porqué no vivo de ello, ni creo que me gustase hacerlo. En realidad, espero no ser nunca un escritor. Espero no vivir jamás de la escritura creativa.

"Hotel Metropole" es otra aproximación al talento narrativo de Bennasar. Yo diría que el autor no durmió jamás en ese hotel lisboeta. Quizás estuvo ante la entrada, quizás incluso pisó el hall con sus zapatos (¿un 45?). Y de ahí nació esta historia de espías que es una historia bella, elegante, delicada, humanista. Se agradece todo eso en un autor que se dejó deslizar por la pendiente del género negro y del cinismo. "Hotel Metropole" no es novela negra. Es una novela con espías, sin ser una novela de espionaje.  Es una novela construida con anacronismos: ¿todas las épocas son la misma época?. Si Shakespeare es universal lo es porqué cuando habla de Macbeth habla de la ambición desmedida, si Homero es universal lo es porqué cuando habla del hombre que pretende volver a casa habla de todos los hombres y de que la vida es un intento, siempre fallido, de volver al hogar. A Bennasar le falta algo, aunque poco, para hablar de lo que es humano y universal. Le falta una vuelta de tuerca.

La literatura de espías, con espías, es una apuesta de riesgo. El otro día me dijeron que la novela de espías solo gusta a los hombres. Y a los hombres homosexuales. Sin entenderlo muy bien, creo que algo entiendo. En esos tiempos de hoy, en los que solo leen las mujeres, y en el que las mujeres se inclinan por el género policíaco, escribir una novela con espías es una osadía. Ante cualquier osadía, uno se inclina con respeto ante el osado que la acomete. A mi, John Le Carré me gusta mucho. Llevo 50 años creyendo que soy hombre heterosexual, pero quizás debo replantearme mi identidad.

"Hotel Metropole" me gusta y a la vez insisto en lo mismo: uno espera la novela de Bennasar. Con Bennasar me sucede lo contrario que con el otro mallorquín, el inefable Baltasar Porcel. Porcel escribió una primera novela magnífica ("Cavalls cap a la fosca") y jamás escribió nada que se pareciese a esa opera prima, ni de lejos. Lo demás es débil, genuflexo, pujoliano, prescindible. Bennasar parece prepararse para su novela una y otra vez. Yo, partidario más bien de la contención, no haría lo que él hace. Preferiría el silencio. Pero Bennasar parece seguir el consejo del malagueño genial: "que la inspiración te encuentre trabajando".

Sobre "Hotel Metropole" quiero decir algo más concreto: en el juego narrativo que emprende, Bennasar reincide en el uso de la segunda persona y debo decirle lo mismo que otras veces: el narrador que habla en segunda persona es original, pero es muy pesado. Dice el autor, en una entrevista que le leí, que él piensa que el narrador en segunda persona acerca al lector y lo implica, pero a mi se me hace insoportable y me invita a cerrar la lectura. La segunda persona es original, como lo es el uso del theremin en la música: sin embargo, nadie compuso una sinfonía para theremin. Y será por algo, digo yo. Ni Dostoievsky ni Faulkner usaron la segunda persona en el narrador: dicho esto, está todo dicho sobre la segunda persona.

Mi sensación es que Bennasar se acerca a su novela, se aproxima a ella en círculos, quizás en espiral, girando cada vez más cerca del centro. Pronto llegará a ella, o eso creo. O eso espero.

dissabte, 27 d’octubre de 2018

La maldad hereditaria (Hereditary)

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Hacer cine de terror con dignidad y aportando cosas nuevas está muy difícil. Por este motivo me quedo con los clásicos, aún reconociendo que ellos lo tuvieron más fácil: tenían todo el terreno virgen ante ellos y cada osadía abría un nuevo camino. Vistos a día de hoy, algunos hitos del terror pecan de ingenuidad, pero excelen en imaginación y en valentía: construían su imaginario sobre la nada, apenas sin referentes ni citas. "Demencia 13", la cinta gótica del joven Coppola, es casi experimental. "Carnival of souls", del 62, es casi pueril, pero descubre un montón de recursos baratos y efectivos. Y ¡qué decir de "La noche del demonio", de Tourneur! Y luego, más atrás en el tiempo, las grandes creaciones del expresionismo alemán (y sus réplicas americanas). Mi lista de imprescindibles del género se inicia con "El gabinete del Doctor Caligari", y a veces pienso que el cine se inventó para ella y sus secuelas.

Alguien dirá que, en realidad, deberíamos ser mejores y más creativos ahora, creciendo sobre el sustrato de todo lo rodado anteriormente. Pero sin embargo, la experiencia del sufrido seguidor del terror fantástico demuestra que la creatividad disminuye, se achica e incluso desaparece. Solo muy de vez en cuando aparece una propuesta distinta.

Es el caso de "Hereditary", una cinta que aún recurriendo a muchas citas y referencias, por lo menos intenta abrir caminos nuevos. Por lo menos lo intenta. Ari Aster, director y guionista, destaca por el tratamiento visual de la cinta con un interesante juego de miniaturas, maquetas y dioramas rodados con lentes que confunden al espectador, ya que practica un extraño juego de muñecas rusas.

Tratar a los humanos como si fuesen muñequitos, sometidos al capricho de un ser superior (y cruel) puede ser una metáfora del propio cine, y una ironía sobre la figura del director. También puede ser una hipótesis sobre la naturaleza de Dios. Y, quien dice Dios, dice el Diablo, que asoma sus cuernos en la cinta. A la vez, parece un referencia a la prosa de Thomas Ligotti, posiblemente el más innovador de los escritores de terror contemporáneos. En los cuentos de Ligotti, los humanos son tratados como marionetas, o las marionetas como seres humanos.

Aster renuncia al susto, al uso de la música como instrumento para enervar al respetable y a la previsibilidad. El resultado es que "Hereditary" no pega sustos pero, sin embargo, produce algo mucho peor: deja al espectador con muy mal cuerpo. Es lo mismo que hace Ligotti en sus cuentos, crear desasosiego, pena, un malestar indefinido. Ligotti avanza dos pasos más desde el lugar en donde nos dejó Lovecraft.  El visionado de la cinta es una inmersión lenta pero segura y eficaz en el horror, lo feo, lo desagradable. Para ello se sirve de todo lo que dispone: algo de psicoanálisis, algo de terror a la muerte, algo de asqueroso, de tedio, de maloliente, de pesadilla, de estupidez. Incluso algo extraído del "Diccionario Infernal" de Colin de Plancy. Es un retrato de lo gratuito y estúpido que es el mal, lo malo, la desgracia. Sus personajes -como muñecos desdichados- sufren toda clase de atropellos, algunos de crueldad insidiosa, cósmica, y cuentan la vida humana como un relato insoportable.

Eso es una caída, dice Aster, y hacia abajo no hay límite. Se diría que, para escribir el guión, Aster se soltó por la pendiente hacia la negrura y no puso freno a su imaginario negro. Me da un poco de miedo pensar en lo que sueña la cabecita de este director, nacido en 1986 (¡32 añitos!) y con cara de niño bueno. Su imaginario debe atormentarle mucho: no hay nada positivo ni alegre ni tan siquiera neutro en la cinta. Quizás no habría estado mal introducir un personaje o una situación de tono optimista, positivo, luminoso: aunque solo fuese para contrastar, por lo del contrapunto, que nunca está de más. Pero no, nada de eso: Aster es despiadado. En la historia se mezcla la enfermedad mental (el temor a sufrirla), el satanismo, el espiritismo malvado, la explotación de los unos sobre los otros, la impotencia, la mala intención, la falta de empatía, la soledad de los miembros de una familia "unida", la pulsión suicida unida a la pulsión asesina (en el ámbito familiar), las ideaciones negras, los jóvenes perdidos en el aburrimiento y los adultos atónitos, incapaces. La negrura ambiental es tan enorme que... ¿quién necesitaría sustos para asustarse más?. ¿Qué susto podría asustarle a alguien que sabe que la vida es horrorosa?.

Es posible que a la cinta le sobren minutos, y que alguno de los varios giros argumentales sea innecesario. Creo que ese tipo de críticas siempre se le pueden aplicar a una opera prima, porqué la opera prima tiene unos defectos clásicos y universales: uno intenta poner en ella todo lo que sabe, todo lo que piensa, demostrar todo lo que es capaz de hacer. El resultado salta a la vista: es como querer matar a una mosca con 20 kilos de dinamita.

He leído en alguna parte que se compara "Hereditary" con "Rosemary's Baby". Aunque tienen algo en común (no solo argumental), Aster es mucho más barroco que Polansky, más excesivo.

Después de "Hereditary" vi "El hombre de más", otra opera prima. En este caso, una opera prima del italiano Paolo Sorrentino. Filmin acaba de recuperar esta pieza de 2001 -nunca estrenada en España- para su clientela. Sorrentino es un pesimista, también. También cree que la vida no es lo mejor que te puede pasar, pero no se olvida de reconocer que la vida tiene sus momentos buenos, instantes de alegría, escenas de luz. Que en todo buen momento se esconde uno malo. Pero del revés también: en cualquier desgracia podría esconderse la semilla de un instante brillante.

Lo advierto: si alguien desea ver "Hereditary" que escoja bien el día, y mejor todavía si conoce a Séneca o a Epicteto, su esclavo.

diumenge, 14 d’octubre de 2018

El reverendo de First Reformed Church

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Del director Paul Schrader he visto algunas cintas, no todas. De lo visto hasta ayer, me quedaba con "Affliction", que me pareció una obra madura, sobria, elegante. Casi un clásico. En "Affliction" está el Nick Nolte más rudo y más humano filmado, su interpretación más adulta y conmovedora. Sin embargo, después de ver "First reformed" (en la versión española "El reverendo") tengo mi nueva obra predilecta de Schrader.

En la sala hay menos de una docena de personas. Un sábado lluvioso por la tarde, en el centro de Barcelona. Creo que hoy no juega el Barça. Un día ideal para ir al cine. A priori, me temía una cola enorme. Pero nada, lo dicho: menos de una docena de espectadores. Uno de ellos chatea en Whatsapp hasta que aparece la primera imagen. No es un jovencito. Los créditos iniciales no le interesan más que su chat.

Lo primero que me atrae es la capacidad que ha tenido Schrader para filmar en los EUA como si estuviese en Suecia. La cinta es un largo homenaje a Dreyer, al mejor Dreyer según mi gusto. De Dreyer sigo quedándome con "Ordet", de 1955. Y luego "Vampyr", claro. Creo que más de un plano de Schrader está sacado de "Ordet", así como el edificio de la iglesia que protagoniza la película.

Siempre tuve una debilidad para ver referencias a Tarkovsky en el cine, y aquí también están. Referencias incluso gráficas, no solo conceptuales: la cascada de cabello de la joven Mary en el instante previo a la levitación es una réplica de algo muy parecido en "El espejo" del ruso. Sobre la presencia de Tarkovsky en la cinta de Schrader podría extenderme y no lo haré, por miedo a la adulación y, por consiguiente, al ridículo. Pero he visto fragmentos de "Sacrificio" y de "Andrei Rubliev". Incluso de "Stalker", y bastante obvios. Uno se siente cómodo y como en casa cuando descubre las citas de Tarkovsy en una cinta de hoy. Me digo "vaya, estoy como en casa, con amigos". Las cintas del director ruso me produjeron algo que podría llamarse una epifanía, y es muy grato saber que, en una parte del planeta (tan lejana de mi como de Andrei) alguien lo reivindica, hoy.

Cuando Tarkovsky rodó "Sacrificio" sabía que el cáncer estaba muy avanzado, sabía que no habría otra cinta, que se encontraba ante las puertas del fin del mundo.

Es difícil (e inútil) resumir la cinta de Schrader, pero voy a intentarlo con muy pocas palabras: un sacerdote cristiano se pregunta si Dios podrá perdonar el daño que infrigimos a su obra. El hombre ha sufrido un despertar muy repentino a la conciencia ecológica, y eso es algo que, en un primer instante, me chirriaba. Lo único que no me encajaba bien: ¿se puede despertar a una nueva conciencia tan velozmente como lo hace él? Sin embargo, y después de pensarlo, mi respuesta es sí. Se puede. Del mismo que uno se puede iluminar de repente (u oscurecerse en un solo instante). Saulo de Tarso creyó de repente. Chateaubriand lo cuenta con unas palabras bellísimas: Lloré y creí. J'ai pleuré et j'ai cru. Dios llega en un solo instante, no necesita largos procesos: su voz resuena en lo más profundo, sin necesidad de convencer con razones intelectuales. De repente está ahí y nada podrá ser como antes. Vendrán luego las razones, los motivos, los argumentos y la lógica. Después. Y más tarde las consecuencias, que pueden ser definitivas.

En el interior del cristianismo (del cristianismo místico, no del vaticano) hay una invitación a la muerte, a la renuncia definitiva, al sacrificio con todas las consecuencias. Algunos autores se ocuparon de eso. El reverendo de la cinta se rebela ante el maltrato que los hombres le producen a la creación de Dios que es el mundo, pero a la vez maltrata a su cuerpo, que también es creación divina. Paolo Sorrentino, el director de cine que poco o nada tiene que ver con todo esto, le hace decir al protagonista de "La Juventud": la vida no me ha gustado mucho. El mismo personaje que ha dicho esto no cree en los cuidados paliativos que le ofrecen: acepta lo que el destino le da. Morir.

Vuelvo a Tarkovsky: en "Andrei Rubliev", el monje protagonista asiste a la visión de la pasión de Cristo enmedio de la estepa helada, en un instante de duda. Cristo asciende por una pendiente nevada bajo la cual la nieve se ha desplomado y aparece la tierra. La herida en la tierra, eso es la pasión de Cristo: una herida sangrante en la Tierra. Schrader revisita esa imagen cuando filma al cura andando por el caminito de tierra roja enmedio de la nieve que le lleva hasta el cadáver de un suicida que se ha inmolado, también, para sacrificarse y remover nuestras conciencias. El joven suicida tiene algo de un Cristo lleno de dudas, agobiado por malos presagios. Un Cristo del siglo XXI, sin esperanza, y que evita la paternidad en consecuencia. Un Cristo cuyo aspecto recuerda a la efigie del Che Guevara en los últimos tiempos del argentino y que nombra la edad de 33 años durante un dialógo muy largo, en una escena osada.

"First reformed" podría convertirse en una película de culto, pero  quizás solo hablo por mi. Veo, en internet, que gentes de varias partes del mundo y de edades muy diversas debaten sobre el significado de la escena final, que hiela la sangre de los espectadores. Aunque sean pocos y algunos de ellos demasiado pendientes del whatsapp. ¿Hay esperanza o desesperación en esa escena final? No lo voy a responder. Mi deseo (mi necesidad, supongo) de interpretar esa escena final como la revelación de un milagro me lleva a pensar de nuevo en el final de "Ordet". Dreyer mostró un milagro y se quedó tan pancho: ahí lo tenéis, parece que diga, feliz el que cree. El valor inmenso que tuvo Dreyer cuando rodó un milagro sin perder la compostura. Finalmente, la intervención divina. Finalmente, pues, el destello de la esperanza en un mundo sucio y corrupto, feo.

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Dejo el enlace al trailer de "El reverendo" y al de "Affliction" para los curiosos.
Y para los más curiosos, también el trailer de "La juventud" de Sorrentino.

dimecres, 19 de setembre de 2018

Schneider, Bax, Warmerdam y el fin del cine negro

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Ramon Bax es un escritor politoxicómano que vive en una casita de madera de la costa, en medio de un cenagal de aguas turbias y juncos enfermos. Schneider es un asesino a sueldo que recibe el encargo de matar al escritor. Este es el punto de partida de "Schneider versus Bax", la segunda cinta que veo del director Alex van Warmerdam, un holandés al que descubrí por una cinta fantástica, "Borgman".

"Borgman" es un cuento de terror que propone un acercamiento furiosamente contemporáneo al tema del vampirismo, al que relaciona con la lucha (muy salvaje) de clases y la pederastia, asuntos que trata de un modo que complacería mucho a Michel Foucault, ya que, en resumen, todo es analizado como una pulsión de poder. Mientras "Borgman" recurre al género fantástico para irse hacia un realismo oscuro, muy oscuro, en "Schneider vs. Bax" el fantástico está ausente (quizás una sutil referencia, en el final) y todo es tediosamente realista. Se diría que Warmerdam va al grano, se deja de retóricas y de estilos y cuenta una historia atroz, con una crudeza digna de entomólogo. Hay que señalar: el director interpreta al escritor drogadicto, hijo de un drogadicto pederasta y que, como padre, intenta llevar a su hija hacia las bondades de la drogadicción como único medio para escapar del horror de la vida.

Todo es deprimente, y cada giro narrativo ahonda más en la depresión, la amoralidad o el elogio de la inmoralidad. Lo que pinta Warmerdam es un mundo salvaje, absurdo. Los hombres (y las mujeres) son animales sumidos en una lucha por la supervivencia más estricta, una supervivencia que consiste en matar antes de que te maten. Las relaciones personales están subordinadas al principio de la supervivencia, como si no hubiese nada más.

Es cierto que la empatía (e incluso la compasión) encuentran un hueco en esa historia que transcurre en la Holanda de hoy, pero podría transcurrir en una selva primitiva. Sin embargo, compasión y empatía parecen puestas ahí enmedio como contrapunto, sin otra intención.

Hay que reconocerle al director que ha depurado la narrativa, y que con pocos escenarios le basta para contar su historia. La factura es limpia, elegante, con predominio de los colores claros y con especial mención al blanco. Hay que destacar el papel que juega el teléfono móvil, un instrumento que adquiere un matiz diabólico y nefasto, ya que lo único que hace es importunar, promover la mentira, la hipocresía y el error.

Recuerdo haber visto "Borgman" en 2016. La nueva cinta del director, vista en 2018, me ha llevado a algunas consideraciones. La primera de ellas es que cada vez me interesa menos el género negro: me estoy hartando de él. Lo que nos cuenta el negro, ese realismo que pone el foco en la maldad y todo su entorno, me satura y me fatiga. Exceptuando a cierto tipo de ingenuo, creo que todos sabemos lo que hay. Citar la "banalidad del mal" de Hannah Arendt empieza a resultar una banalidad, repetida pero quizás no bien pensada.

Quizás estoy perdiendo el interés por esa mirada sobre el retrato de una humanidad triste y egoísta, a la brutalidad como medio para sobrevivir como individuos, sin consciencia. Hace un par de años, también, dejé de leer los reportajes sobre políticos de El diario.es y los reportajes sobre delincuentes de El español. Leer sobre los malos es cansino por aburrido, obvio y recurrente. Ya se que están ahí, pero no necesito leerlo cada día. Me gustaría la novela negra si fuese un niño rico que vive en Pedralbes, o un niño catalanet y ganadero que vive en Olot. Pero no es mi caso. Ni fui un niño rico ni mi realidad cotidiana es nada parecido a eso. veo la pobreza, la fealdad, la hipocresía y todos los derivados de la miseria de cada día. La miseria moral que se deriva de la pobreza material.

¿Las personas pueden ser malas e hipócritas? Claro que si, ya lo se. Prefiero leer ensayos sobre como vivir mejor entre todos, o novelas que hablen de sueños. El lector de novela negra y el visionador de cine negro tiene algo de voyeur, y de beata que se complace al escandalizarse con los horrores que se suceden en los otros barrios, los bajos, los de por debajo. Nada hay más interesante en las clases bienestantes que repetirse que los hay por debajo de ellos: que los hay más feos, más sucios, más innobles. Más delincuentes. ¡Qué lejos queda la idea de Rousseau, cuando dijo que la propiedad privada es la génesis del mal! ¡Cuan lejos queda Rousseau, por Dios! Y qué fácil es no haber leído a Rousseau pero haber leído novelas negras.

Creo que el cine y la novela negra son productos de una subcultura, bastante zafia, destinada a satisfacer la morbosidad de las clases bienestantes. Lo creo de veras. Del mismo modo que el cine con superhéroes debe estar pensado para calmar a los pobres. Todo eso es pensable, posible, probable.

Como también creo que hay que buscar el bien, la excelencia y la sorpresa del bien. La belleza. La belleza.

divendres, 20 de juliol de 2018

Salvando las distancias, Éric Vuillard


El título de la novela de Vuillard (premio Goncourt 2017) es "El orden del día" y empieza con la escena de una reunión secreta en el Reichstag que, como es natural, no estaba en el orden del día oficial del 20 de febrero de 1933. Uno se pregunta cuantas reuniones de esta categoría se producen hoy. La "transparencia" de los políticos es un espejismo aumentado por su reflejo en otro espejismo, el de la sociedad de la información, de las cámaras dispuestas por doquier y de las redes "sociales". La política, sin embargo, se cuece en el secreto y en la intimidad, en esas reuniones con humo y copas que tanto se parecen a las reuniones de los hampones, tal como rodó con maestría y lucidez Fritz Lang en 1931 (M, el vampiro de Dusseldorf).

Vuillard escribe una novela breve, de 140 páginas de letra generosa que remiten a un original de apenas 100 folios. Sin embargo, ofrece una lección de literatura para el siglo XXI, aunque bebe de una inspiración que lleva más de un siglo mostrándose por el mundo. Leo con admiración, lento, me detengo en algunas frases. Me pregunto porqué, salvando las distancias, no leo nada parecido en la prosa de ningún autor catalán. ¿Leen lo que se escribe más allá de La Junquera? ¿O será que su autosuficiencia estúpida y engreída se lo impide?

Hace un tiempo, un amigo me contó una anécdota: unos conocidos suyos volvieron de un viaje veraniego por cierto país de Europa y, en una cena tras el viaje, le dijeron: aquel país no está mal, pero en Cataluña tenemos de todo, así que pensamos: ¿para qué viajar fuera, cuando aquí tenemos de todo?. Creo que esa actitud se refleja en lo que se publica en catalán: todo tiene un sospechoso aire endogámico y pueblerino que me lleva a recordar las "culturas cerradas" de las que habló Vargas Llosa (se puede leer en "La verdad de las mentiras").

Vuillard (vuelvo al asunto) propone una literatura que, sin abandonar su función, trata de la realidad.  Para ello se ha documentado, ha investigado y, sobretodo, ha pensado antes de ponerse a escribir. ¿Qué nos cuenta un suceso acaecido en 1933 a los lectores de 2018? Es así como supera el problema de una novela del XXI que es incapaz de ir más allá del bochornoso "la marquesa salió a las cinco" y, a la vez, no cae en el tedioso ejercicio vacío de la "novela histórica" al uso. Ni se refugia en el asunto de la "autoficción", un género que me cae bien por simpatía pero por nada más ya que, a menudo, es muy débil.

Vuillard escribe un cuento sobre las tramas del mal que arranca en 1933 pero lo escribe hoy y para el lector de hoy. Para eso nos recuerda que, detrás de los nombres rimbombantes de aquellos empresarios que auparon a Hitler están los nombres verdaderos: Opel, Bayer, Telefunken, Varta, Allianz, Siemens. Tanto es así que, en Cataluña, es imposible leerle y no pensar en Quim Torra o en Carles Puigdemont cuando se lee lo que sucedía en los palacios del Tercer Reich. Salvando las distancias. Y que conste: no estoy acusando a esos dos señores de nazis ni mucho menos ni nada que se le parezca, pero también siento que deberían pensar en la posibilidad de que se les hayan deslizado tics nazis entre algunas de sus actitudes, en ciertos comentarios suyos sobre la democracia, en el ideal de "pueblo" que pretenden transmitir (o construir), o en afirmaciones como la que exhibió Roger Torrent unos meses atrás: "Ningún tribunal [constitucional] está por encima de un presidente escogido por la voluntad del pueblo". (Aunque esta frase se puede rebatir con el caso de Nixon, sin necesidad de recurrir a Hitler). Salvando las distancias: les recomiendo el título de Vuillard a los dos presidentes catalanes -y a muchas otras personas. Creo que hay traducción al catalán. Y aprovecho la situación para felicitar al traductor, Javier Albiñana.

La prosa de Vuillard me ha fascinado. He ahí una afirmación que, a estas alturas de la reseña, es innecesaria. Y además me da envidia (envidia acrecentada por el hecho de que Éric es algunos años más joven que yo). Yo, que llevo años dándole vueltas a un suceso catalán de mediados de los años 40 porqué se que tiene mucho valor pero, sin embargo, no consigo dar ni con el tono ni con el narrador. Trata de falangistas, catalanes de buenas familias catalanas, y ofrece una sombra alargada, densa y premonitoria que reposa sobre nuestro presente. Pero ya lo ven: no lo consigo. Y Vuillard sabe hacerlo. Con sus excursos extemporáneos pero oportunos, bien situados, brillantes en léxico y en sintaxis, párrafos que uno lee y relee para saborearlos como si quisiera detener el tiempo.

Sin temor a cometer "spoiler" (algo imposible en este caso), me permito transcribir el último párrafo de la novela:
Nunca se cae dos veces en el mismo abismo. Pero siempre se cae de la misma manera, con una mezcla de ridículo y de pavor. Y uno quisiera no volver a caer, se agarra, grita. A taconazos nos quiebran los dedos, a picotazos nos rompen los dientes, nos roen los ojos. El abismo está jalonado de altas moradas. Y la Historia está ahí, diosa sensata, estatua erguida en medio de cualquier Plaza Mayor, y se le rinde tributo, una vez al año, con ramos secos de peonías, y a modo de propina, todos los días, con pan para las aves.

dijous, 12 de juliol de 2018

El cuento de la novela catalana (con 30 y pico adjetivos catalanes)

Resultat d'imatges de el vi fa sang

El escritor catalán, lleno de buenas intenciones y creyéndose lo que le han dicho (eres una promesa de las letras catalanas) se levanta temprano, se ducha y busca el coche que dejó aparcado en la calle, dos calles más allá. Su economía no le permite pagarse un garaje como dios manda. Hoy se va para un festival de novela catalana que se celebra en un pueblo catalán cuya principal actividad económica es la producción de vino catalán. Aunque también elaboran rifaclis, unas galletas catalanas, adustas y algo correosas (aunque nutritivas) no aptas para dentaduras postizas.

La ruta es larga y transcurre bajo un cielo triste y catalán, de nubarrones gris de Payne. (En sus tiempos mozos, el escritor catalán probó suerte con la acuarela y por eso retumba en su recuerdo el fascinante gris que -dicen que- inventó William Payne a principios del XIX.

El siglo XIX viene bastante a cuento, ya que de cuentos del XIX trata el asunto. Mientras el escritor catalán conduce hacia el pueblo del festival piensa, disgustado consigo mismo, que lo que ha publicado se parece mucho a las cosas que se publicaban en el siglo XIX: no deja de ser, otra vez, "la marquesa salió a las cinco".

Sabe que la fórmula es obsoleta, vieja y cansina. Pero también sabe que la narrativa catalana de hoy es eso y nada más que eso. Le gustaría escribir como Barnes, por ejemplo, recordar las enseñanzas de Bajtín mientras escribe, tener presente a Vila-Matas, a Roland Barthes, a Laurent Binet. Pero sabe que ni el editor (catalán) ni el hipotético lector (catalán) van a apreciar esos esfuerzos. Lo que le piden es un argumento facilón, un protagonista simpaticote con quien empatizar y una resolución del conflicto que se parezca a la fábula moralizante. Como por ejemplo lo que hace ese chico que escribe en el tiempo libre que le permite su labor como policía autonómico catalán, sin ir más lejos. La prosa del agente del orden es estéril y mala de narices, pero eso es lo que le gusta al público catalán de hoy.

Cuando llega al pueblo catalán busca el lugar del evento, no lo encuentra y pregunta por la calle a uno de los escasos viandantes. Se le ocurre un cuento sobre pueblos fantasmas, dimensiones paralelas y otros horrores cósmicos. Se acuerda de Innsmouth, el pueblo de un gran cuento de Lovecraft. El paisano le indica. Lo hace con esa actitud catalana del interior tan característica, antipática y sarcástica. Eso es la Cataluña interior, se dice, ya sabías a lo que ibas.

En el lugar del evento literario catalán, sumido en una penumbra litúrgica y catalana, hay unos pocos acólitos. ¿Cincuenta? Catalanes todos. Todos parecen muy atentos, religiosamente entregados. Sus padres escuchaban a los ministros de Franco con la misma reverencia sumisa, entrenados en la obediencia a la autoridad competente. De nuevo acude Lovecraft a la mente del escritor catalán. Dagón, se dice para sus adentros. Les hecha una ojeada y descubre que son los mismos que se encontró en otro evento catalán y similar que visitó unos meses atrás, en otro pueblo catalán. Las mismas caras. La misma ausencia de juventud. Algo sugiere una secta, más bien senil y con una sospechosa tendencia a usar complementos de color amarillo en su atuendo. Eso amarillo debe significar algo, algo oscuro, sin duda. Ahora el escritor ya no piensa en Lovecraft si no en aquel cuento escalofriante de Robert Chambers, "El rey Amarillo", que es, a su parecer, el más terrorífico cuento de terror jamás leído.

Algunas caras  de los feligreses le son conocidas. Bueno, en realidad casi todas lo son. Casi todo el mundo es autor (o autora) de alguna novela, de alguna novelita. Nadie lee, solo escriben. Nadie compra libros. Hay abundancia de señoras, y todas ellas en la edad de la respetabilidad. Se sienta y escucha. Alguien, de entre la tiniebla, le ofrece una copa de vino catalán. Bebe con nerviosismo. El vino es bastante malo. La literatura catalana vive de mujeres maduras que escriben novela breve, mujeres que escriben reseñas en blogs en donde otras mujeres aplauden las reseñas y prometen comprarse el libro recomendado, aunque eso último sea mentira, una mentira de esas, tan catalana y tan consentida. Todo el mundo sabe que en Cataluña no se venden libros. Vender libros aquí es, más o menos, como vender jamones de cerdo ibérico en Meknès.

El escritor catalán se siente incómodo. Nadie le mira, nadie le saluda. Le hacen saber, a su modo silencioso, que le han invitado, si, pero que eso es tan cierto como que no es bienvenido. A veces, ese escritor ha publicado críticas que hirieron sentimientos patrios y fueron tomadas como burlas u ofensas entre graves y muy graves. Quizás tengan razón, pero ahora ya es demasiado tarde para lamentarse.

Así que, aprovechando el anonimato que le brinda la parroquia catalana -ahora están ensimismados escuchando a una vieja gloria tan nostálgica y trágica como catalana, cuyo rostro quiere emular a Núria Feliu- se desliza con suavidad hacia la puerta que le brinda una escapatoria cobarde e indigna, pero necesaria.

Afuera el cielo sigue gris y apesadumbrado. Pero el aire es fresco y las bajas presiones que conlleva la borrasca le animan.

-Ep, vostè! On va? -escucha la voz detrás suyo pero no osa darse la vuelta y se apresura hacia el lugar en donde dejó el coche. Desea irse, irse lejos de aquí, hacia el mar o hacia donde sea- Vostè no és l'escriptor català que venia a la taula rodona sobre èxits i llorers de la novel·la catalana?

-Me han confundido -murmura mientras echa a correr, desafiando su sistema respiratorio asmático- No soy de aquí, yo no se nada, discúlpenme, todo ha sido un error, un error lamentable, lo siento.

La insuficiencia respiratoria del desdichado autor catalán detiene su carrera. Su perseguidor le alcanza. Una mano huesuda y leñosa le agarra por el hombro derecho. La garra le presiona de tal modo que podría dejarle una huella indeleble.
-No... es que yo... yo no soy catalán -se le ocurre declarar, a modo de disculpa.

- Ah. D'acord. Pot marxar. Però intenti no molestar-nos mai més. El nostre mal no vol soroll. Recordi això, que és molt important. Li ho repeteixo per darrera vegada: el nostre mal no vol soroll, i vostè no és ningú...

La mano le suelta despacito.

-No, no, por supuesto que no. Lo entiendo. Eso no volverá a suceder.

Poco más tarde llega a Miami Platja, en donde el escritor catalán se detiene ante un garito con rótulos en inglés y allí se emborracha con cervezas irlandesas y del país de Gales, dispuesto a morir por exceso de alcohol. Cuando a la mañana siguiente se desvele tumbado en la arena de una playa desconocida pero catalana, creerá que todo ha sido una pesadilla. Y volverá a su vida y no intentará publicar jamás nada más en lengua catalana. Por si acaso.