dimarts, 18 de juliol de 2017

Los leones de Bennasar



Siento debilidad por el género de la novela de no-ficción, que no es lo mismo que la historia novelada o la novela histórica. Me parece que ese género es nuevo -aunque en realidad no lo es- y que permite explorar formas narrativas sugerentes, frescas. Mis referentes contemporáneos en ese territorio son Laurent Binet ("HHhH" y "La séptima función del lenguaje"), y otro el Patrick Deville de "Pura vida". Tanto "HHhH" como "Pura vida" me parecen excelentes, inolvidables. Si me obligasen a escoger, escogería "Pura vida", pero no trata de eso este artículo.

Sebastià Bennasar (Palma de Mallorca, 1976) entra en ese género con "El imperio de los leones" y me obliga a decir que es lo mejor que le he leído, aunque vaya por delante la confesión: no he leído toda su obra, una obra que empieza a ser extensa, numerosa. Los buenos escritores cuya edad es de diez o más años inferior a la mía me producen un efecto raro, me confrontan. Si alguien sabe de psicología sistémica me comprenderá enseguida. Uno no se olvida nunca de la edad de Arthur Rimbaud. O del Vargas Llosa que escribió "La ciudad y los perros".

Me cuentan que Bennasar escribió el primer borrador de "El imperio de los leones" (en mallorquín) mientras elaboraba su tesis doctoral sobre la presencia de las mafias de Lyon en Cataluña, y eso explica la enorme documentación que reposa suavemente bajo esas 300 páginas de narración sostenida con temple, tal como Bach mantenía el bajo contínuo. En la novela negra catalana, "El imperio de los leones" es una pieza única.

El equilibrio entre lo documental y lo narrado en clave de novela es un arte digno de alquimista, es un secreto. Todos conocemos obras de ese mismo palo que se caen por el exceso de una fantasía sin ton ni son o, mucho peor, por el alarde de una documentación tediosa, pesada y abrumadora. Me acuerdo de una novela sobre la Barcelona de principios del siglo XIX en la que hay una página entera dedicada a reseñar los barcos que entraron tal día en el puerto de la ciudad, sin venir a cuento, solo para exhibir músculo de rata de biblioteca. Nada de eso pasa en "El imperio de los leones".

Le reprocharía a Bennasar que haya prescindido de un narrador al estilo de Binet, que nos cuenta las dificultades y las soluciones de un narrador que debe rellenar los vacíos documentales con la inevitable ficción, pero entiendo que eso le hubiese obligado a unos excursos metaliterarios que él rechaza en favor de la narración trepidante, lujuriosa, esa catarata de acción que no decae ni un un segundo (ni un párrafo) en las casi 300 páginas.

La narración cuenta los avatares de la familia Neige, los reyes de la mafia lionesa, des de los años 70 hasta 2007 (cito de memoria). Y una de las virtudes del texto es que alterne episodios del principio con otros posteriores, de modo que en la mente del lector se organiza enseguida un paisaje de casi cuatro décadas de negocios, chanchullos, crímenes de una brutalidad tan apabullante como bien contada, tal como lo harían Peckinpah o su discípulo Tarantino, y que tienen el valor añadido de ser completamente ciertos. Quiero decir reales, históricos. El mal presentado como un abanico abierto.

También le reprocharía al autor (una reseña no puede ser una sucesión de palmaditas en la espalda del texto ni de su autor) que haya soslayado los más que plausibles conflictos familiares entre los miembros de la familia de mafiosos, que no haya indagado más en esa posibilidad. Es muy difícil creer que siempre se llevaron bien padres e hijos, y más aún cuando el narrador cita varias veces la saga que sobre la mafia filmó Francis Ford Coppola que trata, justamente, de los conflictos de la paternidad y la fraternidad más que de negocios oscuros.

Pero a su favor está todo lo demás, y ese derroche de escenas y de personajes que penetran en la memoria a largo plazo. Impagable el asunto de La Modelo y especialmente el personaje del poeta estafador Juan Carlos Firpo, personaje absolutamente real y que reclama una novela para él solo: lo digo por si a alguien le interesa, ya que hay documentación sobre el tipo tan abundante como sugerente. El lector aplaude también lo que se sugiere respecto a la burbuja inmobiliaria que todos hemos sufragado en cuanto estalló, y en la cual la mafia lionesa -entre otras, sin duda- participó para hinchar y luego pinchar, para recoger los beneficios estratosféricos que todos conocemos. Valga el personaje del agente inmobiliario del Port de la Selva como ejemplo paradigmático. (Uno recordaba, durante la lectura, que es en El Port de la Selva en donde tiene una bonita mansión el señor Miquel Roca i Junyent, antaño delfín de Jordi Pujol y número dos de Convergència, y hoy abogado de la Infanta Absuelta).

Y se le agradece a Bennasar que trate a la policía como se merece, como debe hacer un escritor, sin los maniqueísmos ni los remilgos tan al uso y tan ridículos de la novela policial catalana de nuestros días, que tiende a adular a los Mossos de Escuadra para no molestar al poder catalán, no vaya a ser que se pierda una subveción o no nos inviten a los platós de una Tv3 a la cual no le interesa ni un cuerno -dicho sea de paso- la producción literaria de ese país que tanto dicen amar los dueños de Tv3. El Bennasar de "El imperio de los leones" no adolece de los principales males de la narrativa policial catalana, aquejada de flojera conceptual, artística y narrativa. El lenguaje está bien trabado, es seco y punzante, lleno de insinuaciones, sin lirismos. Quizás demasiado periodístico en algunos párrafos, pero más vale el periodismo que las florituras de lletraferit que tanto abundan. Y celebro que prescinda de la gastronomía recreativa.

"El imperio de los leones" es una novela que abre puertas y ventanas en el panorama local, un aparato bien pertrechado para ser difundido, vendido -y leído- en el mundo. Tiempo al tiempo. Si Bennasar me escucha, le diría que ha encontrado la voz y el camino por donde andar a partir de ahora.

Felicitats. (I disculpa'm per publicar això un 18 de juliol).

dissabte, 17 de juny de 2017

Una mañana con Michel Foucault


El calor arrecia de tal modo que, a las nueve de la mañana, el sudor empaña mi cuerpo. Estoy tumbado encima de la cama, desnudo, inmóvil. Cierro los ojos. La luz que penetra el ventanal es tan resplandeciente y tan abrumadora como en los instantes previos a una revelación mariana. O, según prefieren algunos, a la llegada de una nave marciana maniobrando para proceder a mi abducción. Siento como millones de poros de la piel se abren, como las bocas de los pececitos recién pescados en la cubierta del "Virgen de Getxo".

¿Cuándo se jodió este país? pienso, de repente y sin aviso previo, ya que lo de Cataluña cada vez me jode más pero me preocupa menos. A mi lado, el libro de Michel Foucault, "Vigilar y castigar", edición de Siglo XXI Editores, mayo de 1994, Madrid. Traducción de Aurelio Garzón del Camino [Aurelio: no se si estás vivo o muerto, pero en ambas situaciones te felicito]. Le miro de lado y sospecho que ese libro emite algo, desprende mala leche, pesimismo y sueños oscuros.

La primera vez que me metí entre las páginas de Foucault fué sobre los 25, con su espeluznante "Yo, Pierre Rivière", el relato de un parricidio en el siglo XIX contado con todo lujo de detalles por el autor de Poitiers, que recogió minuciosamente las actas del juicio y todo tipo de crónicas y reseñas del suceso. Foucault tiene algo que me cuesta explicar, y por lo tanto me remito a las imágenes: la lectura de Foucault actúa sobre el espíritu tal como lo hacen algunas grandes obras de arte: uno es otro después de leerle, es algo parecido a una iluminación, un fogonazo. Como esa luz que me atormenta en esta mañana. Hace años, hablando con un sabio de la cinefília a propósito de Tarkovsky, me dijo que las cintas del genio ruso producen una epifanía en el espectador. Pues eso. Me pasa lo mismo con la música de Bach, algunas pinturas de Caravaggio y de Rembrandt (y de su discípulo tardío Odd Nerdrum).

Cuando pienso en la novela negra se me cruza siempre Foucault por enmedio y me desbarata el plan. No se trata solo del viejo (e inútil) debate sobre el dilema realidad o ficción. Se trata de qué... ¿cómo diablos se puede escribir novela negra después de Foucault? Con la literatura de ese género tengo -como con muchos otros fenómenos "culturales"- una relación conflictiva, para qué vamos a negarlo. Siempre percibo la tensión, la duda, la sospecha. Uno está bastante harto de leer textos supuestamente del "género negro" que no aportan nada, que no conmueven ni emocionan. A veces es porqué están tan mal escritos que a uno le secuestra la palabra "bazofia" y debe mandar el libro al carajo con urgencia. Y a veces es porqué lo que cuentan (aunque esté bien contado) es débil, fruto de una imaginación flacucha y timorata, que cae en un costumbrismo de sofá y pantuflas.

Escuchen ustedes como suena el Pierre Rivière:
Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano...
Y ahora los primero párrafos de "Vigilar y castigar":
Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado deberán serle atenazadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asida en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenazadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiendo, cera y azufre fundidos conjuntamente, y a continuación su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos por el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".
"Finalmente se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro hubo que poner seis, y no bastando aún eso, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas...
"Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; que tan solo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: Dios mío, tened piedad de mi; Jesús, socorredme". Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de Saint-Paul, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento alguno sin consolar al paciente".
Después de leer eso, cierre usted el libro y dispóngase a escribir novela negra, a ver quién es el guapo. Dispóngase a otorgarse el derecho a creer que le va a contar a un lector cualquiera lo que hay de negro en el mundo, en el alma humana. La novela negra se llama "negra" por esa pretensión y no por otra causa, y ese el objetivo artístico que debe tener en mente el escritor cuando escribe. Todo lo demás son excusas baratas sobre el procedimiento policial, ese costumbrismo con policía que tanto se lleva y que confunde el argumento con el tema, la argucia con el fondo. Y se producen unos debates insípidos, salpicados a veces por frases ingeniosas. El otro día, un escritor (¡y experto!) de novela negra dejó caer una pregunta que debía pretender graciosa: "¿Es obligatorio que todos los protagonistas de la novela negra sean unos amargados?". No encuentro la respuesta adecuada, salvo decirle que voy a obviarle y que no pienso leer ninguna producción suya.

Me temo que eso podría ser -quizás, aunque Dios no lo quiera- el siguiente paso en la novela negra: la novela negra con personajes felices, final feliz y mensaje optimista. Quizás ya va siendo hora de que, quién escribe (y publica, por más inri) novela negra en este país tenga el detalle de haber leído algo antes de ponerse a escribir. Y con "algo" no me refiero a que haya leído las obras completas de Foucault ni de Schopenhauer: me refiero a que disponga de ciertos referentes del pensamiento y de la literatura universales, ya que ni Cataluña es un ente que flota en el espacio vacío ni los lectores son tontos. Lectores quedan pocos, y por lo tanto se les debe un respeto. Ya que, de lo contrario, se limitarán con la televisión o el Facebook.

Y ahora vuelvo al suplicio de Robert-François Damiens, el tipo que abre "Vigilar y castigar". Me conmueven dos elementos del relato, quizás marginales. El primero es el uso del término "parricidio" por parte de la prensa de la época. Damiens había atentado contra el Rey Luis XV, de modo que se usó "parricidio" para equiparar al rey con un padre. El segundo es lo que más me interesa. Se trata de la mención -tangencial- al público que asistió a la ejecución ("todos los espectadores quedaron edificados"), una mención cuyo objeto no es mostrarle si no subrayar lo edificante de la acción piadosa del párroco, el verdadero sujeto de la oración.

Y finalmente regreso al relato. La mañana calurosa. Mi cuerpo tendido encima de las sábanas, la sospecha de que quizás nos mienten los científicos de la NASA y lo que pasa es que el Sol está empezando a estallar antes de lo previsto con lo cual ni Tarkovsky ni Bach ni Nerdrum ni Caravaggio. Recuerdo que, en alguna parte del piso hay un libro de La Felguera, esa editorial que me reconcilia con los editores. Se trata de "Londres Noir, El libro negro del crimen" (Madrid, octubre de 2015), un laborioso compendio de crónicas de la prensa criminal londinense del XIX que se publicaron bajo el título de "The Newgate Calendar. The malefactors bloody register". Con finalidad edificante, las crónicas relatan las fechorías de los criminales más espeluznantes junto al relato pormenorizado de su ejecución pública. Otra vez los espectadores. Hombres, mujeres y niños. Muchos niños, llevados a la plaza del cadalso con intención didáctica, para obtener una lección inolvidable sobre de qué va el asunto.

Por un instante sueño, en el duermevela creativo y fulgurante, que me pongo a escribir una novela sobre un niño de esos, uno de los que asistieron a la ejecución de Robert-François. Hay una milésima de segundo en que me siento como un Charles Dickens en potencia. Y me acuerdo de Borges con un cariño especial: Borges es el genio de la literatura que soñaba novelas pero jamás las escribía: ¿para qué escribir?. En su actitud hay algo que resuena en mi: una mezcla de pereza y de percepción de la inanidad de cualquier acto creativo. Luego, nada. El cuerpo sudoroso y nada más.

Con el dedo gordo del pie empujo el libro de Foucault hacia el otro extremo de la cama, el lado vacío. Me demoro un instante en el último tramo, en los últimos dos o tres centímetros de colchón antes de rebasar el centro de gravedad del ejemplar de papel encuadernado en 1994, cuando yo contaba 30 años. Solo un empujoncito más y el libro se caerá al suelo. Escucharé el leve chasquido del lomo cuando percuta la baldosa. Eso sucede cuando tengo otra vez los ojos cerrados. Incluso los párpados están húmedos y mi respiración es el bajo contínuo de Bach. A lo lejos se escucha el sonido de los altavoces de la plaza, que llega hasta mi cruzando centenares de metros cúbicos de aire flamígero. Fiesta mayor del barrio. Han puesto la canción del año. "Despacito".

dilluns, 1 de maig de 2017

Cataluña negra. Para Andreu Martín

Resultat d'imatges de historia de mort andreu

Trabajé tres cursos en una escuela de un barrio gitano de una ciudad catalana, de provincias. Con el paso del tiempo, uno crea relaciones, confianza y una cierta complicidad con las familias, ya que del cariño nace el roce. Uno de los padres -de dos niños y una niña, los tres muy encantadores y muy gitanos- se me acercó un día para sugerirme que debería cambiar de coche:
-Luis, ese coche que llevas es muy viejo, no vale para nada.
Tenía razón: mi coche era un viejo Renault 4 de segunda mano porqué me niego a gastar más de mil euros en un artefacto mecánico de cuatro ruedas con motor de combustión interna y un volante para atinar en las curvas. A continuación, el padre de las tres criaturas me ofreció un coche excelso, provisto de muchos adjetivos, todos buenos.

"Tráleo y me lo miro", le dije.

Dos semanas más tarde el patriarca se presentó ante la puerta de la escuela con un Citroen Xsara Picasso inmaculado. Tardó dos semanas: los tiempos son más laxos en el universo gitano, porqué saben que las prisas son una pasión inútil que solo lleva líos, sudores fríos y muerte precoz.
Contemplé el vehículo. La pintura que lo recubría era blanca y mate y muy rara, como de pintar paredes.
-Es que era un coche de policía -me dijo el papá gitano- Me lo vendió un policía amigo mío. Te lo dejo por dos mil. El precio es negociable.

La verdad es que era un chollo. Sin embargo, no lo compré: demasiado chollo y además me daba grima su pasado policial, en el caso de que fuese cierto. Igual había un mal fario, mal karma. Poco después le compré un coche -por 800 euros- a mi mecánico de confianza, quien, aún siendo payo, es tanto o más liante que el papá gitano de Can Puiggener y quizás más mentiroso, si cabe. Hay que decir que mi coche todavía anda, pero hay un lío de papeles de mucho cuidado por enmedio.

Cuento todo eso para contar que Cataluña es un lugar peligroso como cualquier otro de la península. Estamos en la península del trapicheo, del embuste y del mangante -con mis sinceras disculpas hacia Portugal, que es un país que admiro. Han metido en el trullo a Ignacio González y a la mitad de su familia. González fué un Pujol mesetario y posterior a Pujol. Como Pujol, un tipo hábil, nacionalista, feo y chulesco.

La literatura negra catalana tiene déficits enormes y es por ese motivo que nadie se la cree: ni sabe hablar de los gitanos que venden coches de la policía ni se atreve con Pujol ni con Mas ni con Forcadell (la señora de las camisetas que echaron de la agrupación sabadellense de ERC). Lo de Cataluña es muy grave y todos empezamos a asumir que, tal como dijo un periódico francés, es la región más corrupta de Europa.

De haber sido catalana, a Dominique Manotti, francesa y maestra del polar, habría pergeñado una de sus buenas novelas con el asunto del patriotismo catalán, y no se le habría escapado lo del señor Trapero, el Mosso de Escuadra que en verano del 2016 cocina una paella -en Cadaqués, en casa de la señorita Rahola-, para Puigdemont y varios jerifaltes secesionistas, famosillos de Tv3 y algún que otro vamos a llamarle periodista de la cosa nostra. Ojo al dato: la paella sucede en agosto de 2016. Pues bien: en abril de 2017, Trapero es ascendido por Puigdemont a "Major", el mayor título -con el mayor salario- que puede ostentar un policía regional. Tenemos aquí la génesis de una buena novela (buena y necesaria) pero claro, ya se sabe: estamos en Cataluña, y si algún escritor quiere abordar el caso deberá hacerlo con pseudónimo y previo empadronamiento más allá del Ebro (o del Mississipi, si es prudente).

Me estaba planteando sugerirle a Andreu Martín que acepte el reto.

Por Andreu Martín siento una simpatía especial que jamás le he manifestado en persona, y algún día debería hacerlo. Nos unen varias casualidades: ambos hemos transitado por la novela policial juvenil, ambos hemos sido guionistas de Cavall Fort y ambos estamos un poco mosqueados con el mundo, y en especial con el mundillo literario catalán. Nos separan muchas cosas, también: yo he publicado siete libros y él setenta. Casi nada.

Siendo yo muy joven leí su "Història de mort", que todavía hoy me parece una buena novela sin que sea un hito de la literatura. Es un texto que, entre otras virtudes, tiene la de contener una segunda lectura, aquello del "entre líneas". Por estos días pienso en Andreu Martín a propósito de un comentario amargo que publicó sobre la festividad de Sant Jordi. Ahora Martín me cae mejor, por protestón y por ingenuo: descubro que estamos unidos por más coincidencias.

La novela negra catalana -la escrita en lengua catalana- es mayormente joven, cobarde, mediocre y mercantilista en su peor acepción. Va a madurar, estoy seguro de ello: a veces veo optimismo en mi y leo cosas que apuntan maneras, o leo a Jordi Ledesma -que es catalán y escribe en castellano- y me lleno de sosiego, de sosegada esperanza. Me gustaría leer a Andreu Martín en una próxima novela con mala leche: si alguien puede abrir -otra vez- el camino es él y casi nadie más que él: a ver para cuando un texto negro con secesionistas corruptos, mangantes arropados con la estelada, con Mark Serra de secundario, un rufián vocinglero, uno que se forra vendiendo camisetas para el 11S hechas en Marruecos a través de una empresa madrileña, un policía regional ascendido por lameculos, los vástagos de Pujol llevando mochilas repletas de billetes y una amante despechada, un micrófono en un florero, unas herencias ocultas en Andorra, un fiscal nombrado por ERC que conspira con un ministro ultracatólico del PP, un vicepresidente mudo ante las corruptelas del partido del presidente, Prenafeta y Alavedra chanchulleando con concejales del PSC, un conseller nacionalista enchironado por traficar con tabaco andorrano -¡otra vez Andorra!-, los extraños contactos con la ultraderecha rancia y mundial del señorito Raul Romeva -antaño eurodiputado de la izquierda elitista y superguay-, el abogado que comparten entre otros Pujol junior, Messi (senior y junior), el notario barcelonés Félix Peña, que fué el notario contratado por Artur Segarra... i Príncep (!!!), catalán detenido en Bangkok y condenado a muerte por el asesinato atroz -con descuartizamiento meticuloso- de su compatriota David Bernat... Uf! Me detengo para tomar aire.

Desconozco por completo si ese Segarra es pariente del poeta que escribió su mejor texto en prosa ("Vida privada", que es algo serio), pero a mi me da que el asunto de Artur Segarra podría ser un feliz punto de partida para elaborar la gran novela negra catalana, la que todos estamos esperando. Y no solo porqué se llame Artur, como el falso timonel catalán por antonomasia -"antonomasia" que no es Antònia Macià, la mujer desposada con Josep Terradellas. Ya lo sabes, Andreu Martín: a por ellos, que son pocos y cobardes -aunque a veces nos asusten porqué parecen muchos y valientes.

dilluns, 24 d’abril de 2017

Bruno Dumont, lo negro y lo grotesco

Resultat d'imatges de ma loute

Sobre la cinta "Ma Loute" (en idioma original) y "La alta sociedad" (en español) se pueden leer críticas y comentarios de todo tipo: hay quien la detesta y hay quien, como yo, quedó maravillado, rendido ante tal alarde de valentía, de locura fílmica y de libertad creativa. Dumont se había ganado a su público con un cine de extrema crudeza, pesimismo y negrura. El giro que representa "Ma Loute/La alta sociedad" habrá decepcionado a los que esperaban más oscuridad. [Al pase al cual asistí, no había más de diez espectadores y dos de ellos se marcharon mucho antes del final]. Aunque, a decir verdad, el viraje radical hacia el sarcasmo, la caricatura y lo grotesco no está nada alejado de sus postulados filosóficos anteriores.

El film arranca con un planteamiento próximo al cine negro: dos policías andan por la playa investigando una desaparición misteriosa. Mientras tanto, una familia de la alta burguesía llega a su casa de veraneo. Estamos en el paisaje de postal del Pas-de-Calais (el lugar en donde, hasta hace muy poco, había el campamento de inmigrantes más vergonzoso de Europa). Sin embargo, enseguida se percibe que el tono de la película va a discurrir por otros derroteros. Los dos policías (referencia u homenaje a Laurel & Hardy) son dos agentes extremadamente estúpidos e ineficaces, y la familia burguesa es indecible por lo grotescos que son todos sus miembros.

"Ma Loute/La alta sociedad" tiene algo de teatro dadaísta, y de aquella corriente -hoy centenaria- recoge multitud de ideas, elementos iconográficos y trucos narrativos. Digo "teatro" porqué la cinta es muy teatral: el escenario es mínimo: la casita de veleidades egipcias de la familia burguesa, las chabolas de los pescadores y el breve espacio de dunas que las separa. Tan cerca y tan lejos. Dumont caricaturiza a las dos clases sociales y muestra un conflicto casi mitológico, imposible de resolver. En eso, el director sigue siendo el pesimista que fue, el hombre que nos presenta a una especie inútil poseída por una angustia sin solución, y por un hambre insaciable. En el caso de la familia pobre, el hambre les ha llevado al canibalismo y devoran -crudos- a los turistas burguesitos que pasean por la bahía. En el caso de los burgueses, a una estulticia sublime, a la endogamia y al incesto reiterado. "Nos casamos con nuestros primos", relata el señor Van Peteghem, "Es así como creamos los imperios industriales en el norte".

Resultat d'imatges de ma loute

Alguien dirá que Dumont caricaturiza en exceso el conflicto de clases, pero esa mirada grotesca aporta la dosis de pesimismo justa y aquel distanciamiento que apela a la inteligencia, esquivando los sentimientos o la cacareada "empatía" hacia los personajes. Es imposible empatizar con ninguno, ya que todos ellos son francamente ridículos y lamentables. A medida que avanza la obra, uno descubre que la miseria humana (me refiero a la espiritual, y a la otra) es un pozo sin fin.

Dumont juega a los juegos clásicos del surrealismo y -como dije- a los del dadaísmo: la repetición, la ilegilibilidad , lo grotesco, la blasfemia (en una increíble procesión mariana), la interpretación desmesurada, la mueca, la ambigüedad sexual y el transformismo, el equívoco, la multisemia, el paroxismo, la irreverencia contínua (la estupidez de la policía es antológica), la brutalidad, la sangre, la literalidad, el exceso, la inclusión de lo extraño. Plagada de pequeños guiños al cine de Buñuel y de Bresson, de Fellini (muy explícitos), de Lynch, sin remilgos para incorporar la ordinariez y lo zafio al lado de lo poético, el chiste fácil junto a lo metafísico, sin miedo a incluir una historia de amor casi puro protagonizada por un despiadado caníbal y un/a transgénero, y todo ello subrayado por una música que remite al romanticismo (¿hay una parodia de Tristán e Isolda?). Una recomendación necesaria: hay que ver la cinta en versión original.

Cuando se termina la cinta, el espectador que haya aceptado el juego de Bruno Dumont va a recibir un premio fabuloso: la satisfacción -íntima y profunda- que produce ser consciente de haber contemplado la obra de un artista tan lúcido como osado, tan libre, tan libertario, tan irreverente e irrespetuoso -incluso con los cánones narrativos en boga. Dumont no solo desprecia al cine comercial: le escupe en el rostro con un escupitajo sanguinolento y lleno de mala uva. Gracias a sus cintas redescubro la frontera que distingue la cultura del entretenimiento. Lo que distingue a Mircea Cartarescu de Pilar Rahola, Tristan Egolf de Xavier Bosch, Bolaño de Jordi Basté: en el mundo debe haber lugar para todos, pero no un mismo lugar indistinto y borroso para todos. Esa es una guerra sorda y muda que se está librando en nuestro tiempo, y del resultado de la cual depende el futuro y la salud cultural de las generaciones venideras.

Cuando uno termina de ver la cinta se pregunta un montón de preguntas, y de ninguna de ellas obtiene respuesta alguna. (Solo el título ya entraña cuestiones sin respuesta posible). Incluso me pregunto: ¿he visto una chorrada o una genialidad? He ahí algo que aprecio especialmente en una propuesta cinematográfica o literaria, o del género artístico que sea: que me cuestione, que me inquiete y que me transforme en un ser un poco más lleno de incertidumbre.

De vuelta para casa descubro que me es imposible soslayarme de reflexionar sobre la producción literaria y fílmica catalana, que se encuentra en un bache tan deprimente: leo propuestas de una simpleza moral y argumental bochornosa, sin riesgo alguno y sin ninguna intención provocadora, sin sangre, de una escalofriante mediocridad. "Ma Loute" me ha brindado un respiro en mi pesimismo: es posible -todavía- sacudir y despertar al lector/espectador aletargado en la medriocridad ambiental, y es un placer descubrir que hay quien se atreve justo detrás de los Pirineos. A este país nuestro, automplacido y onanista -culturalmente, politicamente- la cinta de Bruno Dumont le viene de maravilla: es imprescindible reirse de uno mismo, de su cultura, de su historia, de sus gentes, de sus tradiciones. Cataluña necesita con urgencia a un Bruno Dumont que nos repita "Ma Loute" rodada en el Ampurdán -por ejemplo.

Me temo que si un nacionalista catalán lee esta reseña me dirá que "ya nos reiremos de nosotros cuando seamos independientes" sin ni tan siquiera sospechar que esa respuesta es ridícula y contiene algo digno de aparecer en el cabaret dadaísta.

Resultat d'imatges de ma loute

dimecres, 19 d’abril de 2017

Jaume Cabré: literatura sin alma

Resultat d'imatges de quan arriba la penombra

En este país tan faltado de críticos literarios, el nombre de Ponç Puigdevall adquiere un valor muy relevante. He leído a pocos críticos tan valientes como él, ya que Puigdevall no escribe en un discreto blog ni en un fanzine (con todos los respetos hacia ambos medios). Puigdevall escribe crítica literaria en la visibilidad enorme de El País, y sus artículos son de lectura obligatoria. Desconozco si el crítico se somete a alguna poderosa editorial, si se genuflexiona ante determinados sellos. Mas no me interesa ese asunto: solo se que he leído muy buenas críticas con su firma y que, cuando hay que decir que un texto es malo, lo dice sin remilgos. Y eso es milagroso en el panorama de la crítica literaria actual.

La cantidad de blogs dedicados a la reseña y el comentario literario es enorme, pero la inmensa mayoría de los que sigo practican bochornosas adulaciones por motivos que no desconozco pero que soslayo. El deseo de agradar siempre sonroja, por más común que sea. Por eso cito a Puigdevall, quien ha osado decir lo que muchos pensamos de -por ejempolo- Jaume Cabré: que el autor catalán "más leído" es un cuco, un timo.

Cabré acaba de publicar "Quan arriba la penombra" (Proa, Barcelona, 2017) a pocas semanas del día de san Jorge y no dudo que venderá miles de ejemplares -para alegría de La Caixa-, pero su libro es un texto que se cae de las manos del lector, por más voluntarioso que sea. Quizás la editorial le dio prisas para terminarlo antes de la fecha sacrosanta, o quizás Cabré no da más de si. Creo que las dos hipótesis son válidas. El autor de Terrassa siempre ha adolecido del mismo mal, pero ahora se ha acuciado: tras su técnica literaria, tan loada como florida, hay una dramática ausencia de verdad. "Quan arriba la penombra" es una recopilación de cuentos, trece en total, del cual se salvan el primero y el último -con benevolencia. El común denominador de esos trece intentos fallidos es una aproximación al relato negro, género de moda pero falto de buenos textos en catalán y que, por el momento, sigue en ese déficit de calidad -agravado, si cabe, por la aportación de Jaume Cabré, que acrecienta el fiasco.

El autor insiste en los juegos estilísticos con los cuales cree que cautiva a su lector, pero la falta de alma y de emoción que caracteriza su obra aquí se convierte en evidencia dolorosa de un timo. Los diálogos fallan estrepitosamente, los personajes están vacíos y todo es impostura, trampa. He ahí una muestra, extraída del relato "L'Ebre" (página 261): 
-Va ser una carnisseria. Vaig passar tanta por, tanta, que encara ho somio. I tantes coses...
-Sí, quan va morir la mama. Fan uns croissanets que vas dir que t'havien agradat molt.
-Un xicot de Terol, pobret, al mig del riu, quan van començar a caure bombes... Feien un bum-bum que feia feredat. I el nano es va quedar petrificat, blanc, com mort en vida. Ni s'ajupia ni mirava de disparar contra els núvols.
Es posible que un lector incauto (o anestesiado por la narrativa mainstream que colma las librerías) no detecte aquí nada significativamente penoso, pero en cualquier caso eso no es un trabajo digno del "gran autor contemporáneo de las letras catalanas": eso es un esbozo precipitado, lleno de tópicos facilones construídos con un lenguaje ajeno a la literatura. En la línea de otros autores de tercera división catalana como Antoni Vives o Rafael Nadal (el primero, por cierto, imputado por corrupción -como casi todos los cargos de Convergència).

Durante la lectura (incompleta y diagonalizada, lo confieso) no podía dejar de añorar a los maestros del cuento contemporáneo que, con menos técnica alambicada, son capaces de transmitir algo, de llegar a la emoción. En términos musicales, Jaume Cabré es Núria Feliu jugando a ser Johann Sebastian Bach. Y no será porqué Cabré no domine recursos técnicos, si no porqué no emociona ni llega a penetrar la epidermis del lector: la lectura se olvida a medida que se lee y "Quan arriba la penombra" se va directo a engrosar la lista de los libros prescindibles, inanes, listos para llevar al mercadillo de segunda mano. Le auguro una sólida presencia en el Mercat de Sant Antoni y en las sucursales de ReRead -aunque no admito apuestas, porqué soy uno de esos pésimos adivinos que confunden deseo y realidad (como Carles Puigdemont).

Es probable que nos encontremos ante un texto de encargo, como dije, y que el encargo se deba a un cálculo debido a los técnicos de márketing de Proa (grupo Planeta & La Caixa), quienes le habrían indicado al autor la necesidad de personarse en el género negro para competir con los sellos que trabajan ese "nicho de mercado". El librito (por fortuna no llega a 300 páginas) se cierra con un epílogo que debe leerse con indulgencia piadosa, como algo parecido a una excusa, a una disculpa para el sufrido lector que llegó hasta las últimas: quizás es lo más parecido a algo honesto, aunque si te fijas está lleno de trampas y de verdades a medias. Diría que Cabré pide perdón cuando cuenta que está metido en la elaboración de una novela y que esos cuentos surgen de un rato de pausa, como admitiendo que es una obrita, algo menor y necesitada de compasión. Está bien esa disculpa, pienso. Aunque me pregunto qué pensará quien haya dilapidado los 20 euros que te cobran por el ejemplar, ya que, por fortuna, a mi me llegó sin pagar y por lo tanto no me enojé demasiado.

Además de confesar mi lectura diagonal de Jaume Cabré, también confieso mi prejuicio para con un escritor que expresó su simpatía hacia la coalición de "Junts pel Sí", y lo cuento porqué creo que es oportuno: desconfío de un artista que proclama su adhesión ideológica con el poder político y oligárquico, aunque entiendo que Cabré, por nacimiento, está adscrito a esa clase. Mas ¿qué clase de artista es quien se postula al lado del poderoso? ¿Cabe esperar algún tipo de tensión artística en ese caso?

dissabte, 25 de febrer de 2017

Don Edi y las miserias del humor

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El día 14 de febrero, el Diari de Terrassa se presentó en la calle con la viñeta de arriba en sus páginas. No es habitual que un suceso tan "local" adquiera las dimensiones que tuvo el asunto, pero el caso es que desde El País hasta El diario.es se hicieron eco del caso. La noticia no era el dibujo en sí (eso que se llama "humor gráfico" y que está en toda la prensa) sino el comunicado que hicieron los trabajadores del Diari, en donde expresaron su malestar por esa muestra de humor tan lamentable. La noticia interesante estaba ahí, en el comunicado de los trabajadores del medio, ya que el chiste y su autor no merecen ningún relieve.

En su comunicado, los trabajadores del Diari hablan de su malestar, de la violencia de machista y de su tratamiento en la prensa y en los medios en general. Y, en definitiva, de un problema que no es de la prensa sino de la sociedad, pero es un problema que, como tantos otros, los medios pueden modular. Hay que tener mucha inteligencia y sobretodo mucha sensibilidad para abordar esta cuestión. Dos virtudes de las cuales carece por completo el autor del chiste, pero cabe preguntarse cómo es posible que la dirección del Diari no tuviese objeción alguna en publicarlo. Eso es preocupante y por eso fue noticia.

Un par de días más tarde, y viendo el revuelo levantado con la viñeta, tanto su autor como la dirección del periódico pidieron disculpas. Uno diría que las piden con la boca pequeña, más por compromiso que por convicción sincera. O incluso por el temor a perder algo, algo que ellos sabrán lo que es: ¿prestigio? ¿ventas? ¿puesto de trabajo?

Cuando era pequeño y veía a un indigente pidiendo limosna en la calle, mi madre respondía a mis preguntas diciéndome que la culpa la tenía Franco. Y cuenta Luis Goytisolo que estaba convencido de que, con la muerte de Franco, el fútbol perdería relieve y devendría residual, como el boxeo o los toros. Tanto mi madre -de barrio y de clase humilde- como Goytisolo -intelectual de clase alta- se equivocaron por completo. Lo mismo puede decirse de ese fenómeno atroz llamado "violencia de ¿género?", que es una forma de nombrarlo bastante malintencionada, eufemismo barroco y manipulador que pretende ocultar algo infame, pero sobre todo algo enorme y global, monstruoso. Algo que ni 30 años de educación en democracia han resuelto, algo que quizás crece ante nuestra mirada impávida y que la "crisis", con sus tensiones, ha desvelado con una crudeza inesperada.

Vivimos en un mundo (en una sociedad) progresivamente tensionado porque es posible que esa tensión constante les convenga a quienes detentan el poder: fracturar, romper, violentar. Dividir. Eso lo sabían ya los emperadores de Roma y nos lo aplican de nuevo. Catalanes contra españoles, hombres contra mujeres: todo vale para mantenernos ocupados en las miserias.

El humor puede sanar heridas, pero la banalización de un problema grave es un error monumental. Cuando me miro tres veces la viñeta de ese "humorista" que se oculta bajo el pseudónimo de "Don Edi" descubro algo malsano otra vez: en su broma hay un indiscutible deje clasista. El maltratador que aparece dibujado es, indudablemente, un paria. ¿Pretende decir que quienes maltratan a las mujeres son hombres de clase baja y que eso es un asunto de catetos o de pobres? Me temo que Don Edi no solo usa un pseudónimo de señorito de mierda, si no que se comporta como eso, como un auténtico señorito de mierda cuando piensa y cuando produce esas desafortunadas muestras de un ingenio dudoso, lamentable y facilón. Porque cuando un señorito se ríe de los pobres hay algo deplorable y vetusto, algo triste y que surge de ese pasado atroz, de la oscuridad del franquismo, del caciquismo y de todos los “ismos” de aquellos tiempos de la miseria intelectual más profunda de la que venimos. De la que venimos todos. Algunos hemos intentado combatirla dentro de nosotros y la hemos superado o más o menos, pero es evidente que hay quién todavía vive allí y se regocija allí, en su medio fangoso, como el cocodrilo ancestral.

O nos ponemos en serio en la cuestión o la cuestión nos va a arrastrar hacia el desastre. Lo intolerable es solo intolerable, sin más apelativos ni excusas. Eso es lo que dijeron los trabajadores del Diari de Terrassa, eso es lo importante.

[No me extraña lo más mínimo que Don Edi publique a menudo otras muestras de humor gráfico en las que se posiciona a favor del secesionismo catalán y contra las leyes o la Constitución, y aunque ese sea otro asunto en realidad es el mismo: hay unos que se creen mejores que otros.]

diumenge, 12 de febrer de 2017

Debes encontrar a tu Joseph Conrad

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Cada vez que leo (quizás sería mejor hablar de "releer") a Joseph Conrad me dan ganas de agarrar mi ordenador, mi lápiz, mi estilográfica y mis libretas y todo aquello que sirva para escribir para echarlo al río. Lo del río es un decir: echaría cada cosa a su contenedor correspondiente, como buen catalán educado en los antiguos valores de la clase baja, la obediente y la complaciente.

Con Joseph Conrad me sucede eso: un bloqueo absoluto, y la certeza de que jamás escribiré nada mejor que "El corazón de las tinieblas" por más ríos que describa o barbarie y locura que intente narrar. ¿Para qué escribir después de Conrad, si no tienes nada mejor que contar, o si no sabes escribir mejor que él? Uno debe ser sensato, pero sobre todo honesto con uno mismo. El espejo no perdona y no dispongo del espejito mágico del cuento. También es cierto que luego me repongo y regreso a mi escritura. Lo hago con un argumento pueril, consuelo de tontos: si Beethoven o Wagner hubiesen pensado como yo, siendo Beethoven y Wagner posteriores a Bach, no habrían compuesto ni el uno Egmont ni el otro Tristán e Isolda. Sin embargo, se repusieron al handicap. ¿Pensaron Beethoven o Wagner que no podrían componer nada mejor que La pasión según san Mateo? ¿Pensaron que sí podían? ¿Lo consiguieron?

Soy deshonesto conmigo mismo y me pongo a escribir de nuevo. Me lo tomo como un reto, como si los seres humanos deseáramos esclavizarnos a la idea del reto, a la ensoñación del héroe y sus hazañas, siempre futuras, siempre por venir. Me esfuerzo y a la vez me siento estúpido dos veces: por el esfuerzo y por la desfachatez, por el esfuerzo y su inutilidad. Jamás seré mejor que Conrad. Jamás mejor que Vargas.

Leo poco a mis contemporáneos y cuando les leo suelo abandonar sus textos a las pocas páginas, agotado por la decepción. Me asquea el poco esfuerzo, lamento ese culto a la facilidad que se adueña de todo. Hace poco asistí a una charla en uno de esos muchos "festivales" de literatura catalana que tanto se prodigan y a los cuales los ayuntamientos destinan un dinero que estaría mejor empleado en becas de comedor escolar. Un escritor sonriente, fascinado por su efigie ante un micrófono, afirmaba ante un público escaso y de edad avanzada que "disfruto tanto escribiendo...". En sus frases había una negación absoluta del reto, del esfuerzo. Y una orgullosa afirmación del culto al analfabetismo literario: "no leo nada para que no me contamine". Y una celebración de la banalidad, ya que esos escritores suelen reivindicar la literatura fácil y de entretenimiento. Es lo que hace la zorra de Esopo cuando se da cuenta de que no alcanza los frutos más bellos y más maduros: justifica la preferencia por la mediocridad.

Cada un debería encontrar a su Joseph Conrad. Encontrárselo, mirarlo de frente y sin temor, a los ojos. Y luego pensar. Hay algo enfermizo en la sonrisa del escritor publicado cuando habla de sí mismo o de su obra con ese ridículo engreimiento, como si jamás hubiese conocido a Conrad. ¿Obra? ¿Acaso no es más importante la obra del panadero del barrio? ¿La del picapedrero que talló los sillares de Santo Domingo de Silos?

Escribo con problemas y asediado por las dudas. No disfruto escribiendo. Lo sufro, y si sigo escribiendo es porque no lo puedo evitar y porque no he encontrado una ocupación mejor. En el arte -en cualquiera de ellos- hay sufrimiento y eso no tiene nada que ver con la moral católica y su hipertrofiada confianza en el sufrimiento. Los arquitectos, los ingenieros y los picapedreros que levantaron Chichén Itzá sufrieron de lo lindo, y no conocían a Jesucristo: nada tiene que ver el catolicismo. No me imagino a Jorge Luis Borges sonriendo mientras escribe, ni a Bolaño redactando 2666 con una sonrisa dibujada en los labios. Me resulta imposible suponer que Jorge Volpi, en una presentación de "En busca de Klingsor" suelta ante el auditorio que se lo ha pasado de rechupete escribiendo. No, ni de coña. Como mucho, hablará de la satisfacción final, la qu surge cuando uno mira hacia atrás y contempla la lucha con la sintaxis, con el sentido, con el riesgo. Lo que sucede es que Borges, Bolaño y Volpi habían encontrado a su Joseph Conrad, fuese quien fuese su Conrad.

Un antiguo colega mío dejó de escribir literatura y se pasó a la correspondencia. Los presuntuosos lo llamarían "género epistolar". La primera epístola que mandó a sus conocidos (la misma para todos, ya que habíamos llegado a la era del correo electrónico) empezaba así: "He fracasado como poeta". Luego explicaba que se retiraba de la escritura con frases que tenían algo que ver con el Bartleby de Vila-Matas, que a veces ejerce de Joseph Conrad de repuesto para mi. El autor de esta frase había publicado libros de poesía y había obtenido varios premios. Debió de encontrarse con su Joseph Conrad y, afortunadamente para los árboles del planeta, no supo superar el impacto.

Mi Joseph Conrad se me aparece a menudo. No me habla, solo se me aparece. Tiene una apariencia severa y a veces incluso lacónica y triste. En sus últimas apariciones toma el aspecto de Antonio Soler y de Jordi Ledesma, el uno malagueño y el otro catalán de expresión castellana y ancestros africanos. Ni Soler ni Ledesma son Conrad, pero sí lo son.

Le pido al fantasma de Conrad que se manifieste más a menudo entre mis coetáneos y que lo haga generosamente, sin remilgos.