dimecres, 1 de juny de 2016

Sobre el resurgir del género gótico y el final del negro


La fundación del género gótico es difícil de precisar, tal como el punto exacto en donde nace el Danubio. Una posibilidad sería el escritor E.T.A. Hoffman y sus "Elixires del diablo", pero su sola mención genera infinidad de réplicas y contrapropuestas. En cualquier caso, detrás del género litearario llamado romanticismo oscuro o gótico, está el retrato pesimista de un mundo abocado al cambio social, de estructuras económicas y de valores que se van a pique. En aquellos tiempos nadie se fiaba de la ciencia "moderna" y la técnica sugería tan solo horrores tecnificados. Los escritores góticos anticiparon la llegada del psicoanálisis (el horror está tanto fuera como dentro del individuo), pero es cierto que mostraba una cierta ingenuidad en el aire de sus novelas, vistas a día de hoy. 

Es probable que el género gótico se extinguiese en algún momento que podríamos situar alrededor de la primera guerra mundial: el horror devino algo histórico. Por si quedaba algún ingenuo, unos años más tarde la maquinaria maligna del nacionalismo alemán borró cualquier posibilidad de narrar un terror fantástico. El documental "Shoah", que debería ser de visión obligatoria en todo el mundo, expresa justamente la imposibilidad de explicar lo inexplicable.

Entre su nacimiento y su defunción, el género gótico parió a escritores de calidad literaria diversa (en algunos casos más bien discreta) pero cuyas pesadillas escritas han trascendido los años. Personas como HP Lovecraft, Poe, Goethe, Gautier, Ruyra, Le Fanu, Wilkie Collins, Leopoldo Lugones, Henry Whitehead o Hugh Walpole (por citar a una mínima muestra) lo atestiguan, ya que la mayoría de ellas son vigentes.

Durante su vida, el género gótico dio lugar a un hijo menor, que fue el policial. En este, el asunto del horror sufre una variación y se convierte en enigma a resolver. Así se crea el detective y luego el policía investigador, en un giro sorprendente: el policía investigador es un taumaturgo que devuelve el orden y la paz, restaura el equilibrio y la seguridad. Uno puede volver a caminar tranquilo por las calles una vez liquidado el malo, que es una concreción pueril de aquel mal metafísico que querían contarnos los góticos.

Convertido el mal metafísico en un malo concreto, físico y aprehensible, con nombre y apellidos, y susceptible de ser encerrado en una cárcel o eliminado por obra y gracia de una pistola, el horror es presentado como algo superable, un accidente. ¡A ver qué policía hubiese podido detener y encerrar a Chtulhu...!

Con el paso de los años, el género gótico sucumbió ante su hijastro el policial y se redujo a un producto selecto pero minoritario, uno de los colectivos que fundó el grupo humano conocido luego como freaks, frikis. Sin embargo, también asistimos a un indudable resurgir con textos de calidad literaria indiscutible y, a veces, de éxitos literarios.

No me extenderé en reseñar a Stephen King, que nunca se apartó del universo gótico aunque adaptándolo a los tiempos que corren. King ha hecho una gran tarea. En nuestra latitud, hay que nombrar a José María Latorre (recientemente fallecido por gran desgracia), a la inmensa Pilar Pedraza, a Álvaro Cunqueiro, Joan Perucho y Alfonso Sastre (cuya novela "Las noche lúgubres" constituye un hito insuperado hasta ahora en la difícil tarea de llevar el registro gótico hasta los suburbios, en la postguerra española).

En fechas más recientes (ya hablo de mi generación), hay que hablar de Albert Sánchez Piñol y sus notables "La piel fría" y "Pandora en el Congo". [Luego de esas novelas y algunos relatos memorables, Sánchez Piñol se puso a escribir epopeyas nacionalistas que no he leído, pero en las que creo que ha abandonado el registro para el que está más dotado.]

Más allá de los mares es obligatorio citar a Thomas Ligotti, un autor descomunal por su calidad literaria casi divina. Pero antes de entrar en Ligotti hay que nombrar al joven Jeff VanderMeer y su trilogía "Southern reach" (Ed. Destino), que escribe con pulso envidiable un texto ambicioso y perverso (aunque ambicionar no significa llegar, a pesar de lo que digan los gurús de la New Age).

Thomas Ligotti, sin embargo, consigue lo que parece de momento el mayor logro del género gótico renacido. Sin desvincularse de su maestro Lovecraft, Ligotti repiensa, reescribe y proyecta hacia el futuro la pesadilla de la existencia humana. Lo novedoso es que Ligotti es, además de un poeta extraordinariamente dotado para lo oscuro, un narrador brillante. Y además un filósofo, lo cual es único a día de hoy, en que la mayoría de escritores de ficción (gótica o policial) no pasan de ser espectadores de cine comercial y de series televisivas más bien aburridas. Cuenta muy bien quién es en "La conspiración contra la especie humana", texto ensayístico inclasificable en que homenajea a los pensadores del pesimismo (empezando por el imprescindible Schopenhauer).

Ligotti, alérgico e inalcanzable para los medios, cuenta en la única entrevista que le conozco aquello a lo que se dedica cuando no escribe: a mirar telebasura. Sólo con ese detalle de humor negro, y más allá de que sea cierto o no, yo ya tego bastante para saber que es el autor que esperaba. Dotado de una cultura fuera de lo común, Ligotti se emparenta también con Mircea Eliade para recuperar la pesadilla primigenia y contarla hoy, situada en nuestras ciudades y en nuestros suburbios, y en este mundo que otra vez se hunde y navega desorientado mientras percibe que el mal no es el malo, si no algo superior, metafísico. Algo que está ahí, dentro y fuera, que lo impregna todo y que es, posiblemente, la esencia del universo.

El mundo de hoy, dominado por la información global y la velocidad extrema de la comunicación se nos aparece como un mundo definitivamente horrible. Los escasos paraísos son falsos o pasto de la industria turística. El bebé muerto en la playa se convierte en la imagen más vista alrededor del mundo, pero cada día hay otros bebés cadáveres que ya no despiertan emoción alguna. Cuando esos cadáveres se cuentas por centenares, creo que es ridículo plantear una literatura en que un avispado policía detiene al malo y libera al mundo de la maldad. Es mucho más sensato abordar la maldad desde otra perspectiva.

Muy recientemente y en nuestro maltrecho país, autores como Jordi Ledesma y Toni Hill se han acercado al gótico. En el caso de Ledesma sin abandonar el género negro, y en el de Hill virando hacia un relato que mira hacia el imaginario del gótico canónico, a través de "Jane Eyre". Carlos Zanón opta por una tercera vía que merece un capítulo aparte ya que, sin irse hasta el gótico, flota entre sus páginas un pesimismo cósmico digno de mención.

Es más que probable (y sería fantástico) que la novela negra reivindicase su paternidad gótica.
(Yo lo he intentado en un par de ocasiones, pero me parece feo hablar de mis textos aquí). Dejo para otra ocasión el asunto sugerido en el título, la caída del género negro.

Dejo el asunto en manos de otros. Aunque pretendo volver a ello, necesito la opinión de los expertos y los sabios. Incluso de los que, como yo, solo son amantes rabiosos de la lectura y los géneros literarios.

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