dilluns, 20 de juny de 2016

Cuando el narrador no es fiable, según Henry James


Hay un restaurante en Barcelona en donde se sirve a oscuras y el comensal no sabe qué está comiendo. Debe agudizar sus sentidos y su inteligencia. Ni puede ver lo que come ni nadie se lo cuenta. Esta experiencia, llevada a la literatura, es lo que nos ofrece Henry James en "La fontana sagrada" (The Sacred fountain, 1901).

Por estos días, editorial Valdemar está estudiando qué reediciones serían las preferidas por los lectores entre su extenso catálogo. En la lista de libros candidatos está justamente "La fontana sagrada", número 20 de la colección Gótica (1996), que es el libro que he terminado de leer estos días.

Escrita hacia el final de su vida y justo después de la brillante "Otra vuelta de tuerca", James construye un texto único en la historia de la literatura contemporánea. Hay elementos de su texto anterior (la mansión aislada en la campiña, el paisaje luminoso y triste, el jardín extraño), pero James sigue investigando sobre la figura del narrador, llevándolo un poco más allá y hacia límites que le convierten en el precursor de formas muy actuales de abordar el asunto.

Algunos críticos afirman que el narrador es el mejor personaje de la obra de Henry James. Y es evidente que el escritor descubrió posibilidades hoy todavía poco explotadas. En varios textos del escritor americano nacionalizado inglés se trata del tema, al que le dio vueltas y más vueltas en un ejercicio complejo que le proyecta hasta la más rabiosa actualidad.

James también es un ejemplo brillante de como establecer una relación nueva entre el texto y el lector. La lectura de "Otra vuelta de tuerca" y todavía más la de "La fontana sagrada" son lecturas intensamente activas, ya que el narrador oculta, no comprende o manipula lo narrado. Es el lector quién debe pensar y llegar a conclusiones objetivas (si es que las hay, ya que eso tampoco queda resuelto). Dicho de otro modo, son lecturas solo aptas para un lector activo, analítico y crítico. Crítico con ese narrador al que nos creemos en virtud de un pacto, la "suspensión de la incredulidad" (según la expresión de Coleridge), que James deja en entredicho.

En "La fontana sagrada" hay un trabajo minucioso (y precioso) sobre ese narrador del que se desconoce el nombre. A medida que uno lee descubre que lo narrado importa poco, ya que lo que pretende el texto es intentar comprender quién lo narra. Así, uno va descubriendo los mecanismos mentales de la voz que habla: sus prejuicios, sus temores, sus complicados juegos argumentales, sus obsesiones, su proceso de percepción y análisi de la realidad. Y todo ello debe ser sometido a cuarentena, ya que posiblemente se trata de un narrador alterado, quizás demente. Si eso es así o no deberá decidirlo cada lector. Ese es el verdadero asunto, el argumento de la novela. Al final, uno se da cuenta de que James le ha llevado de la mano de un loco a lo largo de más de 200 páginas. Cuando uno llega al punto final, no tiene más remedio que volver a la primera página para intentar confirmar esta hipótesis. Entonces descubre que quizás en la primera página ya estaba planteado todo el asunto, debidamente codificado.

El narrador espera en una estación de tren. Ha aceptado la invitación para pasar unos días en una mansión de la campiña inglesa. En el andén observa las personas a su alrededor, buscando a otros posibles invitados. Ya en este instante, cree descubrir que a algunos les sucede algo raro, que se ha obrado un cambio inexplicable en ellos. Una mujer que antes era fea se ha vuelto bella, un hombre joven ha envejecido súbitamente y un imbécil se ha vuelto agudo e inteligente. El narrador no podrá abandonar este pensamiento en todo el tiempo, y dedica obsesivamente los días de su estancia en la gran mansión a esclarecer el misterio.

Como en "Otra vuelta de tuerca" se insinúan posibles fenómenos extraños e inexplicables científicamente. Uno podría sospechar que está leyendo un relato de vampiros. La presencia de una pintura inquietante (y soberbiamente descrita) en la pared de un salón invita a esta especulación, pero al fin y al cabo todo lo que se ve es lo que mira el narrador. No tan solo eso: es lo que el narrador dice ver, sus apreciaciones. La figura del cuadro es misteriosa en su conjunto, pero el núcleo del misterio se halla en la mano del personaje, que sostiene un objeto ambiguo. El narrador nos da su versión de ese objeto, pero al lector atento no se le escapa que la descripción es parcial y tendenciosa, que posiblemente no describe objetivamente. ¿Qué pasaría si el narrador estuviese loco?

La figura el narrador poco fiable es tremendamente sugerente, y cabe decir que poco explotada por la narrativa actual, embarrancada en un narrador clásico y aburrido, poseído por un tono didáctico bastante irritante. Es justamente en el cine y en las series en donde esta posibilidad ha sido más y mejor aprovechada. Aunque soy poco asiduo del formato "serie televisiva", tengo dos buenos ejemplos del uso inteligente del narrador poco fiable: True detective y The Jinx. En ambos casos, se le pide al espectador que piense, analice y llegue a sus conclusiones.

En el terreno literario, este es un campo todavía por cultivar. Y es una pena, porqué incluso en los noticiarios y las crónicas de la prensa uno debería tener presente la posibilidad de estar siendo informado por un narrador no fiable.

Quizás por temor al riesgo, el escritor suele dirigirse a un lector pasivo que busca entretenimiento fácil, posiblemente harto de las dificultades de la vida diaria. Sin embargo, el viraje hacia una literatura facilona y maniquea como la que llena los estantes de las librerías es un retroceso y un empobrecimiento, cuando no un insulto a la inteligencia del lector.

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