divendres, 8 d’abril de 2016

Los ángeles de hielo, Toni Hill en gótico



El azar, que es caprichoso por naturaleza, quiso que "Los ángeles de hielo" llegara a mi mesita de las lecturas mientras en ella también estaba "Los elixires del diablo", la diabólica novela de E.T.A. Hoffman. Por si esto no fuera poco, también está "El punto ciego", el último ensayo de Cercas.

Creo que dos años atrás escribí en alguna parte que, a la época en que vivimos, la literatura que mejor le sienta es la gótica. Ya se que estamos sumidos en el boom (¿la burbuja?) de la novela negra o policíaca, pero sigo pensando que nuestros tiempos se prestan mejor a la mirada de lo que algunos llamaron el "romanticismo oscuro". El género policial se empeña en descifrar la verdad para luego aislar al malo y, a poder ser, meterlo en la cárcel. Y así nos quedamos más tranquilos.

Pero hay algo que nos sigue inquietando en cuanto se apaga la luz. Una sombra que nunca duerme, algo que está ahí pero donde, como... Quizás se trata de un burdo fantasma, una pesadilla de niño. Pero también podría ser algo más tremendo, más raro, más lúgubre. Un mal metafísico que acecha en cada sombra, en cada duda. Cualquier haz de luz proyectado sobre un cuerpo dibuja una sombra mucho mayor que las medidas del cuerpo iluminado.

Me dijo un profesor de astronomía que, si nos dejasen caer en un punto cualquiera del universo, tendríamos un 99,99% de probabilidades de caer en la negrura más absoluta. El universo es una infinitud oscura.

Toni Hill transita del policial al gótico, y eso es algo que celebro. Es un tránsito suave, porqué mantiene su voz y tono narrativo, sencillo por eficaz, sin sobresaltos estilísticos ni esas líricas odiosas que a menudo empañan el gótico. Hay enigma, hay pregunta y la historia que cuenta es la búsqueda de la respuesta más que la respuesta en si misma. Otro acierto.

Y entre los aciertos está la elección del momento del relato: la Barcelona de 1916 que, no por casualidad, es la que ahora cumple un siglo exacto. En esta mirada anacrónica está una de las mayores virtudes del texto: ¿han pasado cien años y seguimos en el mismo lugar? Hill juega al anacronismo con humor, aunque a veces negro. Busca las similitudes y las diferencias entre 1916 y 2016, mezcla personajes históricos con ficticios, recrea, se divierte, salpica las páginas con referencias bien situadas: Jane Eyre y Cumbres borrascosas, Hofmann por supuesto, Henry James y el otro James, M.R. James. Y a la vez hay algo del cine de fantasmas del bueno, con una espeluznante dama de negro que asoma en las primeras páginas. Solo en el prólogo, el lector cuenta tres cadáveres, en un guiño oportuno al género negro justo cuando está a punto de ponerle unos cuernos gozosos. Este soplo de aire horrible y malsano (ambigüedades, intuiciones, decadencia, maldat, perversión, psicoanálisis, espiritismo) discurre por todo el relato, asoma por las esquinas de las frases y se aproxima constantemente. Hay un envidiable control del tempo, una demora lánguida que le permite al lector anticipar, con horror, la llegada de algo inminente y maligno, la locura, la perdición.

El retrato de la ciudad de Barcelona (y esa mansión en las afueras) bebe de la mejor tradición contemporánea, y yo diría que uno recuerda al gran Mendoza de "La verdad sobre el caso Savolta", así como al no menos grande de "La ciudad de los prodigios". En aquélla Barcelona se estaba forjando algo de esta, la de hoy. Contar esto es, sin duda, la función del escritor.

Hill se vale de la mirada de un extraño apátrida, medio catalán y medio austríaco, -y además psiquiatra que ha conocido a Freud, y a su hija Anna(!)- para describir la Barcelona de la época, un mundo decadente (y ya por entonces con una burguesía protoindependentista que forjaba el imaginario presente, de tintes prefascistas) que vivía maravillosamente alejado de la guerra horrible que estaba transformando al mundo, justo por encima del impenetrable Pirineo. España siempre ha estado lejos, fuera de los grandes conflictos bélicos transformadores, y uno se pregunta a menudo si eso es bueno o malo. Diría que Hill también se hizo esta pregunta.

Tal como dije al principio, la novela de Hill me llegó casi simultáneamente al ensayo de Javier Cercas en que, entre otras cuestiones mayores, habla del compromiso del escritor. Del compromiso del escritor con la escritura, con la literatura. Hay que felicitar a Toni Hill por el giro en su narrativa, por la apuesta por lo romántico oscuro y por todos los homenajes, citas y referencias que iluminan una novela valiente y osada que muestra, antes que nada, sus deudas como lector pero también su mirada sobre el mundo.

Hay que tener en cuenta que Toni Hill (él o su obra) se mueve en el terreno pedregoso de los escritores que, aún sin ser "mediáticos", si son publicados y publicitados como "best sellers" populares, con amplias campañas en los medios. Es por eso que le agradezco este giro valiente que le situa entre los escritores de verdad. Para un lector formado en la literatura gótica como yo, la lectura de "Los ángeles de hielo" es un placer. Para un escritor que también apuesta por los fantasmas y lo sobrenatural, una gran noticia.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada