dimecres, 20 d’abril de 2016

Rembrandt en Cuba (Leonardo Padura)


¿Qué hacía una pintura de Rembrandt en La Habana en 1939 y porqué aparece en una subasta en Miami en 2008? ¿Cuál es la terrible historia dels transatlántico S.S. Saint Louis, que zarpó de Hamburgo en 1939 con casi mil judíos emigrantes y estuvo unos días varado en Cuba? ¿Qué fue de la familia Kaminsky, judíos de Cracovia, emigrados al Caribe?

"Herejes", de Leonardo Padura no solo responde a estas preguntas si no a muchas más. Con el envidiable estilo el narrador nato, dueño del tiempo, la descripción y el equilibrio preciso, la novela acoge en sus brazos generosos, como de mamá amorosa, una historia que arranca en la vieja Europa del XVII y llega hasta nuestros días. Un flujo de dolor y miserias humanas pero al fin y al cabo una historia humana. De hombres que huyen con miedo, pero que también aman. Hombres que buscan y no encuentran, pero gozan, transitan, se ríen, beben. Sobreviven. Herejes tiene algo de epopeya, algo de relato de intriga, algo de catálogo humano y manual de supervivencia. Y la mano firme de un maestro.

Leonardo Padura construye una novela. Así, sin más. Si los técnicos de ventas de la editoriales y los libreros lo venden como novela negra (o de intriga detectivesca) será por las cosas de la moda y porqué el asunto está jodido, pero la verdad es que "Herejes" es novela y punto, novela con N mayúscula. No solo por esa mirada a lo largo y ancho de la historia y del tiempo si no por ese retrato tan vívido de la Cuba de hoy, de la vida en las calles de La Habana. Uno llega a oler a qué huelen esas calles y escucha el zumbido del motor del Chevrolet Bel Air, quizás el coche más bonito del mundo. Y se enternece con la historia del perro callejero Basura II, hijo del difunto Basura I. Es en esos detalles en donde la historia crece, se multiplica, se enrama.

Leonardo Padura deja zonas oscuras (¿el punto ciego de Javier Cercas?) porqué en su historia los encajes perfectos y las certezas tienen poco espacio. Uno se pregunta si se trata de una historia de supervivientes o de vividores, de la calle o de algo superior e inefable. Las dudas crecen. El cuadro de Rembrandt que provoca la génesis del relato (Cabeza de Cristo), ¿es el retrato de un judío holandés?

Pero más allá de la historia que cuenta, Padura me resuelve algunas dudas que me atormentan en los último tiempos: ¿es la novela negra efectivamente un género inferior? ¿la novela negra es novela popular y de escaso valor iterario? Y sobretodo esa duda: ¿el epíteto "novela negra" se usa espureamente como excusa para escribir decididamente mal? Padura me lo responde: es posible escribir buena novela en clave negra, es posible escribir novelas que no sean un tedioso relato de detectives resolviendo enigmas absurdos y es posible hacer novela de verdad, aunque sea con detectives por enmedio.

Padura sabe hacer descripciones buenas y a la vez creíbles, e incluso tiernas. Su acercamiento a lo humano es ejemplar. Escribe los diálogos justos y bien pensados, y bien situados. Nada de esas cosas aburridas y con guiones precediendo frases que no aportan nada, y que ni tan siquiera describen a quien las dice, si no que reflejan algún aburrido y prescindible trasunto del autor. De lo inmediato a lo lejano, de lo anecdótico a lo simbólico y a la vez lo eterno.

Pues eso, que si: que se puede escribir buena novela negra y detectivesca y de intriga. Hay unos cuantos escritores de por aquí que yo me se (y usted también) a quienes les convendría leer a Padura durante unos años, durante los cuales deberían tener terminantemente prohibido escribir ni una sola línea.


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