dimarts, 18 de juliol de 2017

Los leones de Bennasar



Siento debilidad por el género de la novela de no-ficción, que no es lo mismo que la historia novelada o la novela histórica. Me parece que ese género es nuevo -aunque en realidad no lo es- y que permite explorar formas narrativas sugerentes, frescas. Mis referentes contemporáneos en ese territorio son Laurent Binet ("HHhH" y "La séptima función del lenguaje"), y otro el Patrick Deville de "Pura vida". Tanto "HHhH" como "Pura vida" me parecen excelentes, inolvidables. Si me obligasen a escoger, escogería "Pura vida", pero no trata de eso este artículo.

Sebastià Bennasar (Palma de Mallorca, 1976) entra en ese género con "El imperio de los leones" y me obliga a decir que es lo mejor que le he leído, aunque vaya por delante la confesión: no he leído toda su obra, una obra que empieza a ser extensa, numerosa. Los buenos escritores cuya edad es de diez o más años inferior a la mía me producen un efecto raro, me confrontan. Si alguien sabe de psicología sistémica me comprenderá enseguida. Uno no se olvida nunca de la edad de Arthur Rimbaud. O del Vargas Llosa que escribió "La ciudad y los perros".

Me cuentan que Bennasar escribió el primer borrador de "El imperio de los leones" (en mallorquín) mientras elaboraba su tesis doctoral sobre la presencia de las mafias de Lyon en Cataluña, y eso explica la enorme documentación que reposa suavemente bajo esas 300 páginas de narración sostenida con temple, tal como Bach mantenía el bajo contínuo. En la novela negra catalana, "El imperio de los leones" es una pieza única.

El equilibrio entre lo documental y lo narrado en clave de novela es un arte digno de alquimista, es un secreto. Todos conocemos obras de ese mismo palo que se caen por el exceso de una fantasía sin ton ni son o, mucho peor, por el alarde de una documentación tediosa, pesada y abrumadora. Me acuerdo de una novela sobre la Barcelona de principios del siglo XIX en la que hay una página entera dedicada a reseñar los barcos que entraron tal día en el puerto de la ciudad, sin venir a cuento, solo para exhibir músculo de rata de biblioteca. Nada de eso pasa en "El imperio de los leones".

Le reprocharía a Bennasar que haya prescindido de un narrador al estilo de Binet, que nos cuenta las dificultades y las soluciones de un narrador que debe rellenar los vacíos documentales con la inevitable ficción, pero entiendo que eso le hubiese obligado a unos excursos metaliterarios que él rechaza en favor de la narración trepidante, lujuriosa, esa catarata de acción que no decae ni un un segundo (ni un párrafo) en las casi 300 páginas.

La narración cuenta los avatares de la familia Neige, los reyes de la mafia lionesa, des de los años 70 hasta 2007 (cito de memoria). Y una de las virtudes del texto es que alterne episodios del principio con otros posteriores, de modo que en la mente del lector se organiza enseguida un paisaje de casi cuatro décadas de negocios, chanchullos, crímenes de una brutalidad tan apabullante como bien contada, tal como lo harían Peckinpah o su discípulo Tarantino, y que tienen el valor añadido de ser completamente ciertos. Quiero decir reales, históricos. El mal presentado como un abanico abierto.

También le reprocharía al autor (una reseña no puede ser una sucesión de palmaditas en la espalda del texto ni de su autor) que haya soslayado los más que plausibles conflictos familiares entre los miembros de la familia de mafiosos, que no haya indagado más en esa posibilidad. Es muy difícil creer que siempre se llevaron bien padres e hijos, y más aún cuando el narrador cita varias veces la saga que sobre la mafia filmó Francis Ford Coppola que trata, justamente, de los conflictos de la paternidad y la fraternidad más que de negocios oscuros.

Pero a su favor está todo lo demás, y ese derroche de escenas y de personajes que penetran en la memoria a largo plazo. Impagable el asunto de La Modelo y especialmente el personaje del poeta estafador Juan Carlos Firpo, personaje absolutamente real y que reclama una novela para él solo: lo digo por si a alguien le interesa, ya que hay documentación sobre el tipo tan abundante como sugerente. El lector aplaude también lo que se sugiere respecto a la burbuja inmobiliaria que todos hemos sufragado en cuanto estalló, y en la cual la mafia lionesa -entre otras, sin duda- participó para hinchar y luego pinchar, para recoger los beneficios estratosféricos que todos conocemos. Valga el personaje del agente inmobiliario del Port de la Selva como ejemplo paradigmático. (Uno recordaba, durante la lectura, que es en El Port de la Selva en donde tiene una bonita mansión el señor Miquel Roca i Junyent, antaño delfín de Jordi Pujol y número dos de Convergència, y hoy abogado de la Infanta Absuelta).

Y se le agradece a Bennasar que trate a la policía como se merece, como debe hacer un escritor, sin los maniqueísmos ni los remilgos tan al uso y tan ridículos de la novela policial catalana de nuestros días, que tiende a adular a los Mossos de Escuadra para no molestar al poder catalán, no vaya a ser que se pierda una subveción o no nos inviten a los platós de una Tv3 a la cual no le interesa ni un cuerno -dicho sea de paso- la producción literaria de ese país que tanto dicen amar los dueños de Tv3. El Bennasar de "El imperio de los leones" no adolece de los principales males de la narrativa policial catalana, aquejada de flojera conceptual, artística y narrativa. El lenguaje está bien trabado, es seco y punzante, lleno de insinuaciones, sin lirismos. Quizás demasiado periodístico en algunos párrafos, pero más vale el periodismo que las florituras de lletraferit que tanto abundan. Y celebro que prescinda de la gastronomía recreativa.

"El imperio de los leones" es una novela que abre puertas y ventanas en el panorama local, un aparato bien pertrechado para ser difundido, vendido -y leído- en el mundo. Tiempo al tiempo. Si Bennasar me escucha, le diría que ha encontrado la voz y el camino por donde andar a partir de ahora.

Felicitats. (I disculpa'm per publicar això un 18 de juliol).

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