dilluns, 26 de desembre de 2016

Las bailarinas muertas



Sigo con la lectura de Antonio Soler. "Las bailarinas muertas" es una novela fascinante y atrevida, sinuosa, barroca y moderna a la vez. Las sesiones de lectura que me pego con él permiten que el sol caiga por detrás de los edificios de la calle y se derrumbe en esas noches prematuras y bruscas de diciembre. Sin darme cuenta ya es de noche y yo sigo liado en esas páginas como en una sesión de hipnosis. No hay particiones ni capítulos, no hay respiro ni clemencia: Soler habla para un lector entregado, vencido y rendido. Como debe ser. Las palabras se hunden en un laberinto acuoso, el de la memoria. Se trata de un juego fascinante sobre memoria, imaginación. Trata de un chico que se marchó a Barcelona para triunfar en el mundo del espectáculo y se metió en un cabaret del Paralelo. El chico escribe cartas a su familia, que vive a mil quilómetros, y les cuenta como es la vida de un artista de cabaret. El lector no está obligado a creerse nada de lo que le cuentan. Y además es literatura, caramba.

El narrador es el hermano menor del artista, que crece escuchando a la madre leyendo las cartas del artista. Solo por eso, por ese juego de la ficción sin límites ni reglas, solo por eso ese libro ya es un libro maravilloso. Y osado. En la mente (o en el alma) del niño que escucha los relatos se mezclan las aventuras del hermano bohemio con sus andanzas con los chavales y las chavalas del pueblo, los partidos de fútbol, los líos familiares, las niñas guapas y las maestras de la escuela, tan religiosas, y es por eso que el texto fluye des de las imágenes que desvelan las cartas hasta los recuerdos de esa niñez pobre, casi miserable pero finalmente la infancia real que es la única que hubo, la infancia a la que no se le pueden anteponer adjetivos que la juzguen ni la sometan, magníficamente narrada, transmitida con una sensibilidad exquisita, pormenorizada, con un gusto fabuloso por los detalles y con una capacidad para la imagen y la comparación de puro vértigo, una literatura que se festeja a si misma y que creía perdida en la tiniebla de la literatura mainstream. Antonio Soler sabe como obrar algo parecido a un milagro, aunque solo sean palabras encadenadas: en un mismo párrafo, en una misma frase, me traslada del cabaret del Paralelo hasta mil quilómetros más al sur y me mete en una taverna de vinos y pescado frito. Este tío es un genio, un mago de las palabras.

Seguro que habrá un crítico audaz y hablará de ingeniería narrativa y del narrador poco fiable y de artilugios varios. Pero aquí se trata de reproducir el funcionamiento de la memoria como un río lento y confuso y confundido, con remolinos ocultos bajo la superficie y con esos rincones de los meandros en los que, si te fijas muy atentamente, ves como el agua fluye para atrás. Lo digo porqué lo he visto: la última vez en el Ebro, en el curso bajo del Ebro. Era como una alucinación pero no, era así tal como lo digo: había zonas de agua junto a la ribera en que se invertía el flujo. Y precisamente ahí estaban los peces. Hay un refrán que suelta algo así como que en el agua demasiado limpia no viven peces.

En el cabaret de Barcelona, una bailarina cae muerta sobre el escenario mientras baila. Fulminada por un disparo en la frente. Luego mueren otras bailarinas, aunque el espectáculo debe seguir. Podría sr una novela de muertos y enigmas (¿quién fue el asesino?), y podrían ponerla en las listas de "novela negra". Mientras las bailarinas caen muertas, el hermano artista que escribe cartas y crea imágenes en la mente del hermano que vive en el pueblo y todavía es un niño empieza a triunfar. O al menos eso dice. Sobre las páginas se pasea Tatín, el niño que tuvo la polio y lleva las piernas enfundadas en una férulas de hierro que rechina y al que le toca jugar de portero, está claro, y que solo puede dejarse caer como un mástil para detener la pelota. Y también están los artistas del cabaret vistos como en un sueño, o en una película en blanco y negro (a veces incluso sepia y muda). Uno de ellos interpreta al mago chino Chin Lu. En cuanto llegué a eso del mago Chin Lu dejé caer el libro sobre mi estómago (estaba leyendo en posición horizontal, en el sofá y con la música de Shigeru Umebayashi de fondo, flojita). Lo dejé caer porque se me echó encima un torrente de recuerdos. El texto había obrado el milagro: me recordé a mi mismo, cuando tenía la edad del narrador.

Nací en una casa enorme del centro de la ciudad, a pocos metros de la catedral. Cuando yo nací, la familia ya era una familia pobre, pero antaño no lo fueron y conservaban esa casa enorme, con un patio en donde la vegetación, abandonada a su libre albedrío, había conseguido formar una pequeña selva -con su fauna de gatos incontables. La guerra había llevado la miseria y el terror a mi familia. Consecuencia de ello fue que una gran parte de las dependencias estaban cerradas y prohibidas a los menores (mi hermano y yo). El pasillo prohibido era un pasillo largo, estrecho, mohoso. El olor del aire contenido en aquél pasillo no lo olvidaré jamás. Hoy todavía lo percibo, sin esfuerzo alguno. Se parece un poco al olor de los libros y los tebeos muy viejos.

Había cuatro puertas cerradas. En una de ellas, el despacho y la biblioteca del abuelo muerto en un campo de prisioneros cerca de Montpelier. Si no fuera por el polvo que lo cubría todo des de la victoria de Franco y los nacionalistas burgueses (españoles y catalanes), uno diría que el abuelo había estado sentado allí escribiendo hasta un minuto antes de que entraras. La lamparita, la pluma al lado del tintero, el secante, la libreta abierta (y en blanco). Pero incluso esa capa de polvo blancuzco y grisáceo parecía un trampantojo, un truco de cine o de teatro, un engaño. El asunto es que en la habitación contigua a la del despacho del abuelo muerto había otra, con un armario negro y un baúl. Según mi abuela, el baúl era antiquísimo y procedía del bisabuelo, que fue militar en Filipinas -según tengo entendido no estuvo entre los últimos si no que más bien fué de los listos que se largaron en cuanto vieron el porvenir. El bisabuelo, cuyos apellidos retumbaban en los oídos del niño: Coronado y Ladrón de Guevara. (El nombre era más modesto: un austero "José"). En el interior del baúl estaba el disfraz de mago chino de un tío abuelo (no supe jamás si estaba vivo o muerto) del cual nadie hablaba ni contaba nada. Fué su nombre artístico Fu-Manchú, y por lo visto actuaba en eventos familiares pero yo juraría que sus interpretaciones iban más allá del ámbito doméstico y se adentraron en zonas tenebrosas del laberinto puticlubesco barcelonés de postguerra. En mi familia hay varios casos de bohemios, artistas y bailarinas de los que nunca me hablaron con sinceridad. El asunto de las bailarinas siempre fué el más oscuro, el más secreto. Hubo una en especial que se fue a la Argentina para poner tierra y mar de por medio, y por lo visto allí tuvo asuntos de importancia y la prensa de sucesos habló de ella. Los que sabían la verdad de la historia de la bailarina ya han muerto, así que me la podría inventar con una libertad solo parecida a la de los sueños.

Una vez -yo ya contaba más de treinta años- soñé que me habían encerrado en el cuarto del armario y el baúl mientras las excavadoras de una empresa de derribos empezaban a arruinar la casa. En el sueño se impuso una resignación estoica: yo me sentaba a esperar el desastre con bastante tranquilidad. Iba a morir en cualquier momento, sepultado por las ruinas y los escombros enmedio de una nube de polvo. Así que abrí el baúl, me disfracé de tío-abuelo disfrazado de Fu Manchú y esperé tranquilamente el gran momento.

Una vez leí una escena muy parecida a esa de mi sueño en "El último suspiro del Moro", de Salman Rushdie. Es tan parecida a mi sueño y yo soy tan incapaz de saber si fue primero la lectura o primero el sueño que ando hecho un lío. Eso es lo que tiene leer y soñar casi al mismo tiempo.